Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Willa

S i alguien me hubiera dicho cuatro meses antes que me alegraría de volver a la casa de los Kings, le habría dicho que estaba loco.

Pero no podía mentir. Aquello se sentía como un hogar.

Dejé caer en el suelo de mi habitación las pocas cosas que Neo me había comprado en el centro comercial y me desplomé en la cama con un suspiro. Mi dormitorio me parecía enorme y lujoso después de haber estado apretujada en una habitación con tres tíos enormes.

No es que me quejara de esa parte.

Había tenido una semana entera del mejor sexo de mi vida con tres de los tíos más atractivos del planeta.

Y no solo sexo.

Habíamos hablado, reído, hecho rompecabezas y cocinado en la diminuta cocina abarrotada, y todo había parecido más una escapada muy necesaria que un escondite obligado.

También habíamos dormido mucho sin televisión ni otras distracciones, algo que nuestros cuerpos heridos necesitaban de verdad. El brazo de Rock seguía enyesado, pero la herida de bala en el pecho de Neo y la del muslo de Oscar iban mejorando.

Todavía estábamos todos un poco magullados, pero los moretones y cortes iban sanando, y me alegraba mirarme en el espejo y ver que mi cara ya no estaba tan maltratada. Lo mejor de todo era que podía respirar y reír sin que me doliera el pecho.

Habíamos sobrevivido al intento de asesinato de Roberto gracias a la preparación de los Kings y a la ayuda de Daisy.

Ahora solo nos quedaba averiguar quién más había estado involucrado con las chicas desaparecidas.

Y después teníamos que hacerles caer con todo.

Me incorporé con un suspiro y me levanté para quitarme la ropa. Fui descalza hasta el baño y abrí el grifo del agua caliente en mi lujosa ducha, gimiendo de placer al meterme bajo el potente chorro.

La casa de Daisy había sido una bendición, pero la presión del agua era una mierda, y por mucho que me hubiera encantado que los Kings me follaran en la ducha, estar sola en mi espaciosa ducha privada era el máximo lujo.

Me lavé el pelo con champú y me enjaboné el cuerpo con los productos de lujo que había en mi baño, aspirando sus delicados aromas.

Había vivido con cosas baratas cuando viajaba, así que no es que fuera una esnob de los cosméticos, pero me había acostumbrado a la buena vida con los Kings y tenía que admitir que, después de una semana de austeridad, aquello era una delicia.

Salí de la ducha y me sequé con una de las gruesas toallas apiladas en el baño.

Luego me envolví el pelo con una toalla y me puse el chándal de terciopelo más suave que tenía.

Me calcé los calcetines más gordos —parecía que iba a volver a nevar— y me desplomé en la cama. Me quedé dormida en segundos.

Cuando me desperté horas después, mi habitación estaba bañada en un tenue resplandor azul; el sol de invierno estaba a punto de ponerse.

Tuve un momento de desorientación antes de recordar que estaba de vuelta en mi dormitorio en la casa de los Kings. Me quedé allí tumbada unos minutos, disfrutando de lo limpia y cómoda que me sentía después de la ducha y con mi ropa.

Había estado desconectada más de una semana. Claire y Mara estarían preocupadas, sobre todo Mara. Era raro que no nos escribiéramos a diario, y ya habíamos tenido poco contacto desde la isla.

Me pregunté si habrían llegado los móviles nuevos que Neo había pedido. Parte de mí no estaba lista para volver al mundo real —sabía la carnicería que nos esperaba—, pero tampoco quería preocupar a mis dos mejores amigas.

Aparté las sábanas y me senté, saliendo de la cama a regañadientes. El estómago me rugía y me sentía increíblemente deshidratada. Necesitaba comida y el vaso de agua más grande del mundo.

Bajé por las escaleras traseras, reconfortada por el sonido de alguien en la cocina y el olor a carne haciéndose. Supuse que sería Rock, pero cuando llegué abajo y entré en la cocina vi que era Reva.

Levantó la vista cuando entré.

—¡Vaya, qué alegría verte!

Me lancé hacia ella y la abracé con fuerza.

—¡Cuánto me alegro de verte!

Puede que me pasara un poco de entusiasta.

Se tambaleó un paso hacia atrás y se rio, estrechándome con más fuerza.

—Desde luego que sabes hacer que una se sienta bienvenida.

—No te imaginas cuánto te he echado de menos —dije, soltándola.

Me alisó el pelo y me tomó la cara entre las manos, estudiándome.

—Sin ánimo de ofender, cariño, pero se nota.

Me reí.

—Han sido unas semanas duras.

—Rock me dijo que habéis estado pasándolas canutas, así que os he preparado una buena cena —dijo—. Pastel de carne y puré de patatas, y de postre mi famoso pastel de chocolate.

Sabía que todo estaría horrible —toda la comida de Reva era horrible—, pero en ese momento ni siquiera me importaba. Solo me alegraba de estar de vuelta en la gran cocina de los Kings con la presencia reconfortante de Reva.

—Suena increíble —dije—. Espero que hayas hecho mucho, porque a los Kings les encanta tu pastel de carne.

Contuve una sonrisa, deseando que llegara el momento en que Reva obligara a los Kings a repetir de su pastel de carne, porque serían demasiado educados para negarse.

—Ya lo sabes, cariño —dijo—. No puedo dejar que tú y mis chicos paséis hambre.

Sonreí.

—Cuidas muy bien de nosotros.

—Es un placer —dijo.

—Hablando de eso, ¿por qué lo haces? —pregunté mientras iba hacia la nevera.

Era una pregunta que llevaba tiempo queriendo hacer. Ahora parecía que Reva lo sabía todo sobre nuestra ausencia de la casa.

Lo que significaba que probablemente lo sabía todo de todo.

Lo que no entendía era por qué les era tan leal a los Kings. Estaba segura de que le pagaban bien y todo eso, pero su lealtad parecía ir más allá de un sueldo.

Destapé una de las dos botellas de agua que había cogido de la nevera y me bebí la mitad de un trago.

—Digamos que me casé con quien no debía —dijo—. Cuando la cosa se puso fea, necesité un poco de ayuda para hacerlo desaparecer.

—¿Así que lo mataron por ti? —pregunté.

Que los Kings mataran a alguien ya no me sorprendía. Los había visto hacerlo con los hombres que invadieron la casa antes de irnos a la isla, había visto a Neo y a Oscar volver cubiertos de tierra después de enterrar los cuerpos.

Reva se rio.

—Oh, cariño, no necesitaba ayuda para matar. Solo para hacerlo desaparecer.

Ahora sí que estaba sorprendida.

—¿Lo mataste tú?

—Probé todo lo demás —dijo, abriendo la puerta del horno para echar un vistazo a los tres moldes alineados en el interior—.

En fin, los chicos se aseguraron de que no hubiera demasiadas preguntas, y si las había, nadie iba a encontrar respuestas.

Luego me dieron trabajo aquí en la casa.

Mi ex era un imbécil, pero al menos tenía un sueldo, y siento decir que no tengo muchas habilidades que ofrecer.

Miré a la dulce mujer sureña que se pasaba el día cuidándonos e intenté imaginarla matando a su marido. ¿Cómo lo hizo? ¿Con una sartén? ¿Asfixiándolo con la almohada en mitad de la noche?

Quería preguntarle, pero me parecía de mala educación, y aunque a veces la mala educación tiene su momento, este no parecía ser uno de ellos.

—Siento que tuvieras que pasar por todo eso —dije en cambio.

Apagó el fuego bajo una olla de patatas hervidas.

—No lo sientas. Aprendí que las peores cosas que nos pasan en la vida suelen acabar llevándonos a los mejores lugares.

Me costaba creerlo con Emma desaparecida y probablemente muerta, con las otras chicas desaparecidas y probablemente muertas. Mi padre ya no estaba, también probablemente muerto, y mi madre me había dado la espalda por un psicópata maltratador.

Pero no quería aguarle la fiesta a Reva.

—Bueno, me alegro de que acabaras con los Kings y conmigo —dije.

Sonrió.

—Yo también. Quizá nunca habría descubierto lo buena cocinera que soy si no hubiera tenido que cocinar para esos chicos.

Forcé una sonrisa y asentí porque no iba a pincharle el globo.

—Desde luego.

Vi un destello de luz cerca de los árboles que rodeaban la casa y me acerqué a la ventana para observar la finca.

—No tendrás que preocuparte de que se repita lo de antes de que os fuerais —dijo Reva a mi espalda—. Este lugar está blindado como Fort Knox.

No me sorprendía que supiera lo del asalto a la casa o lo de la seguridad reforzada en el bosque.

Tenía razón: estaba claro que Reva lo sabía todo.

—Es raro pensar que están ahí fuera, ¿verdad? —pregunté sin darme la vuelta. La luz que había visto desapareció, ya fuera porque la apagaron o porque la orientaron en otra dirección.

—No tan raro como preocuparme por vosotros cuatro aquí desprotegidos —dijo Reva.

—Tienes razón —dije. Me di la vuelta y me alejé de la ventana. No tenía sentido obsesionarme con que el bosque estuviera lleno de hombres de Rafe. Tendría que acostumbrarme a la idea—. ¿Dónde están los Kings?

—Durmiendo, seguramente —dijo—. Rock y Oscar subieron nada más llegar yo. Neo estuvo hablando con Rafe un rato, pero luego subió también. Te dejaron eso.

Seguí su mirada hasta el teléfono nuevo, todavía en su caja, sobre la isla.

No sabía si quería abrirlo, pero lo cogí de todos modos, pensando en Claire y Mara. Era hora de volver a la realidad.

Preparada o no.