Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 26
39%

Capítulo 26

Neo

E scaneé los árboles que rodeaban la casa mientras salíamos del camino de entrada arbolado. Llevaba tenso desde que dejamos el lugar de Daisy, tras recoger las pocas cosas que habíamos acumulado durante la semana que pasamos allí.

Si solo hubiéramos sido Drago, Rock y yo, me habría importado una mierda. Los hombres de mi padre podían venir a por nosotros y que pasara lo que tuviera que pasar.

Pero esto no iba solo de nosotros.

Miré a Willa por el espejo retrovisor, sentada en el asiento trasero junto a Drago, con el rostro aún magullado vuelto hacia la ventana mientras nos acercábamos a la casa.

Una tormenta de furia protectora me atravesó al verla. Ya no me importaba lo que mi padre me hiciera, pero protegería a Willa hasta mi último aliento.

Pensé en el anillo que llevaba guardado en la bolsa y esperaba encontrar el momento adecuado para dárselo.

Para hacerle la pregunta que me abrasaba el maldito corazón.

Usé la aplicación de domótica que había descargado en el móvil desechable para abrir la puerta del garaje y volví a fijarme en el bosque mientras esperaba a que subiera.

Rafe me había asegurado que la propiedad estaba repleta de guardias entrenados, pero en cuanto dejara a Willa instalada, saldría a contarlos yo mismo para asegurarme de que hubiera hombres de sobra para repeler cualquier cosa que Roberto nos mandara.

Willa tendría la ilusión de libertad ahora que estábamos de vuelta en casa, pero no pensaba arriesgarme con su seguridad.

—Es raro estar de vuelta, ¿verdad? —preguntó Willa.

—Y tanto, joder —dijo Rock desde el asiento del copiloto.

—Es como si todo debiera ser diferente, como si un huracán o un tornado nos hubiera obligado a irnos y todo tuviera que estar destrozado o algo así —dijo Willa.

Sabía a qué se refería. Habíamos abandonado la casa como quien huye de un barco que se hunde tras el asalto, llevándonos solo lo que pudimos con el poco tiempo que teníamos.

Ya habíamos pasado la noche enterrando a los hombres de Roberto —los que se habían atrevido a venir a por Willa bajo nuestro techo— y no sabíamos cuánto tiempo teníamos antes de que enviara refuerzos.

Volvíamos a la escena del crimen —los que cometieron contra nosotros y los que cometimos para proteger a Willa.

Rock y Willa tenían razón. Era jodidamente extraño.

Metí el coche en el garaje y esperamos a que se cerrara la puerta detrás de nosotros para salir.

—Metamos todo dentro —dije—. Tengo que hablar con Rafe.

Ya había revisado la casa y me esperaba fuera para ponerme al día sobre las nuevas medidas de seguridad.

—Por mí perfecto —dijo Willa—. Estoy deseando dormir en mi propia cama.

Sus palabras me animaron. Estaba contenta de volver. Este también era su hogar.

Entonces recordé que no pensaba quedarse y ese pensamiento me atravesó como un maldito machete.

Drago y yo cogimos nuestras cosas del maletero del Buick y nos dirigimos a la puerta que daba a la casa.

Nunca me había alegrado tanto de ver nuestros coches y motos alineados en el garaje, y los miré como a mascotas que llevaran años perdidas. El Buick nos había sacado del apuro esa semana, pero era lento de cojones y más aburrido todavía. Estaba deseando pasárselo al desguace de los Blades.

—Hola, preciosa —arrulló Drago, acariciando el Porsche mientras nos dirigíamos a la puerta de la casa—. Joder, cómo te he echado de menos.

—Dios mío —gimió Willa.

—¿Qué? —preguntó Drago—. Después de ti, este coche es lo más sexy que he tenido en mi vida.

Willa se volvió hacia él con los ojos verdes centelleando.

—Debes de estar colocado. No soy tuya.

Drago sonrió.

—Eso no es lo que decías anoche cuando tenía la polla en tu culo.

Willa se sonrojó y me vinieron a la mente nuestros cuerpos enredados y las horas que habíamos pasado follándola de todas las formas posibles mientras estuvimos encerrados en casa de Daisy. Había sido el lugar perfecto para reagruparnos, para sanar y recuperarnos en más de un sentido.

Que hubiéramos tenido tiempo ilimitado para follarnos a Willa había sido una ventaja de la hostia.

Se rio.

—Eres el peor.

Entramos en fila en la cocina y desactivé la alarma. Rafe había instalado un generador de emergencia en el sótano, un seguro contra otro corte de luz. Ahora, para cortar la corriente tendrían que entrar en la casa, y no podían hacerlo mientras la alarma estuviera activada.

Drago miró a Willa.

—Supongo que ahora puedes deshacerte de la ropa interior con los días de la semana.

—No sé —dijo ella—, creo que me gustan.

—Ya somos dos —dijo Rock—. No puedo decir lo mismo de mi caftán. Creo que nunca podré mirar esa cosa sin que me piquen las pelotas.

—Encantado de montar una hoguera ritual para quemar esa mierda si con eso no tengo que volver a oír hablar de tus pelotas —dijo Drago.

Willa se dirigió a las escaleras.

—No aguanto otra conversación sobre las pelotas de Rock. Me voy a duchar.

—Voy a... —empezaron Drago y Rock a la vez.

—Esta vez no —dijo Willa sin volverse—. Solo quiero una ducha en la que lo único que haga sea lavarme.

Se me puso dura solo con oír mencionar una ducha con Willa, como un puto perro de Pavlov cachondo. Había perdido la cuenta de las duchas que habíamos pasado follándonos a Willa en casa de Daisy. No estaba seguro de poder volver a ducharme sin empalmarme.

—Voy a hablar con Rafe —dije, dirigiéndome a las puertas que daban al patio junto a la cocina.

Hacía frío y el cielo estaba nublado, la piscina cubierta para el invierno, los muebles del patio guardados hasta la primavera. Salí al césped cubierto de nieve y me encaminé hacia el lindero del bosque.

Estaba a medio camino cuando una figura vestida de negro salió del bosque.

Se acercó y vi que era Rafe, con equipo táctico de invierno completo y un arma semiautomática al hombro.

—Bienvenido a casa —dijo. Llevaba el pelo castaño recogido bajo un gorro negro, y el frío le endurecía el rostro. Sabía que había servido como Ranger del Ejército, y sus ojos dejaban claro que había visto lo peor.

Le estreché la mano. —Gracias. Sin ti no estaría aquí, literalmente.

—Es lo mínimo que puedo hacer después de lo que pasó la última vez —dijo.

Me había disculpado por la pérdida de sus hombres en el asalto a la casa y me había sorprendido descubrir que él se sentía responsable. Era dueño de la mejor empresa de seguridad de la costa este y consideraba un fracaso personal que alguien hubiera burlado a sus hombres.

—Los únicos culpables son los que apretaron el gatillo —dije—. ¿Qué tenemos aquí fuera?

Rafe se volvió hacia los árboles y silbó. Hombres vestidos de forma similar fueron saliendo del bosque en pequeños grupos, apostándose en el lindero con sus armas mientras vigilaban la casa.

—Veinticinco hombres armados, entrenados y listos para entrar en acción —dijo—. Además del nuevo generador en el sótano, conectado al wifi y al sistema de alarma. También he añadido cuatro cámaras en el perímetro que envían señal a tu circuito cerrado.

Miré a los hombres que rodeaban la casa y pensé en las nuevas medidas de seguridad, con la esperanza de que bastaran para proteger a Willa hasta que pudiéramos averiguar quién colaboraba con mi padre y neutralizar la amenaza.

—Gracias —dije.

Abrió la boca para decir algo, pero pareció pensárselo mejor.

—¿Algo más que decir? —pregunté.

Negó con la cabeza y se frotó la mandíbula. —Aquí estás bien cubierto, de eso estoy seguro. Lo que me preocupa es todo lo demás.