Capítulo 23
Willa
— N o puedo creer que esté haciendo esto —dije, desnuda y tiritando en aquella habitación del tercer piso llena de corrientes de aire.
Oscar me dedicó una sonrisa pícara. —No puedo creer que te estemos diciendo que te escondas de nosotros estando así.
Los miré de arriba abajo. —Esto no es justo. Si yo tengo que estar desnuda, vosotros también deberíais estarlo.
—Tiene razón —dijo Rock—. No sería muy feminista por nuestra parte esperar que Willa sea la única que juegue desnuda.
Neo puso los ojos en blanco. —Joder —murmuró, y llevó la mano al botón de los vaqueros que había comprado en el centro comercial.
Observé con satisfacción cómo se quitaban la ropa y dejaban al descubierto poco a poco sus magníficos cuerpos, aún más atractivos a la luz de las velas, esculpidos a la perfección, con las pollas duras entre los muslos.
Sabía lo que se sentía tenerlos dentro —en el coño, en el culo, en la boca— y eso hacía que verlos fuera aún más excitante.
Parecían dioses desnudos; la luz de las velas exageraba cada sombra, cada músculo, y proyectaba sobre sus rostros un resplandor malvado que me humedecía.
—¿Por qué tengo que esconderme yo? —pregunté.
Neo cruzó sus musculosos brazos sobre el pecho. —Ya has negociado hasta el límite. Tú corres. Nosotros cazamos.
La idea de que me cazaran por la casa abandonada me provocó un escalofrío de terror. No era que fueran a hacerme daño, pero algo en imaginarlos persiguiéndome, en preguntarme qué me harían cuando me encontraran, hizo que el miedo se mezclara con la lujuria que ya recorría mi cuerpo.
—Vale —murmuré—. Pero esta casa es enorme. Si podemos usarla entera, necesito una buena ventaja.
—Me parece bien darte ventaja —dijo Oscar—. Pero creo que necesitamos algunas reglas básicas.
—¿Qué tipo de reglas básicas? —pregunté.
—Nada de sótano, nada de ático y nada de salir fuera —dijo—. En los dos primeros probablemente pillarías el tétanos, y no quiero preocuparme de que te congeles en la nieve o te caigas por el acantilado hacia las cataratas.
Un escalofrío me recorrió la columna. —Me parece bien.
—Suena bien —dijo Rock—. Solo las tres plantas de la casa.
—Te daremos tres minutos —dijo Neo.
—¿Tres minutos? Tardaré dos solo en llegar a la planta baja —dije.
—Pues corre más rápido. —Sus ojos se clavaron en los míos a través de la habitación iluminada por las velas—. Tres minutos, Jezabel.
Reconocí la nota de frialdad en su voz.
Significaba que él estaba al mando. Significaba que estaba a su merced.
Debería haberlo odiado. Debería haberme rebelado. En cambio, tuve que contener el rugido de hambre sexual que me recorrió el cuerpo.
Levanté la barbilla. —Daos la vuelta y empezad a contar.