Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Willa

E l recado consistía en pizza.

Pizza caliente, llena de queso, deliciosa.

Oscar y Rock fueron en el Buick hasta un pueblo a tres localidades de distancia para recogerla, asegurándose de que nadie los siguiera.

Para cuando volvieron a casa, Neo había sacado varias botellas de champán que había comprado cuando se reunió con Hawk y que había guardado en el maletero del Buick para dar una sorpresa.

También me había comprado lencería sexy, otra sorpresa que guardaba desde su reunión con Hawk.

Abrí las bolsas emocionada, deseando deshacerme de mis bragas del viernes.

Me observó mientras sacaba un mar de satén y encaje de las bolsas, jodidamente sexy recostado en el sofá.

Despatarrase podía ser de mala educación en un autobús o en el metro, pero ver a Neo observarme con un hambre innegable, las piernas musculosas abiertas de par en par dejando ver su polla marcada, era lo más excitante del siglo.

Insistió en que eligiera algo para nuestra fiesta de Nochevieja, y para cuando salí del dormitorio que compartíamos con un recatado pero mínimo camisón rosa de estilo baby-doll, Rock y Oscar ya habían vuelto con la pizza.

Rock se paró en seco al verme y se pasó la mano por la cara.

—Que me jodan —dijo—. Y cuando digo que me jodan , lo digo literalmente: por favor, fóllenme.

Me reí, un poco avergonzada por tanta atención.

Los ojos oscuros de Oscar ardían de deseo y Neo me observaba desde el sofá como un león a punto de abalanzarse sobre una gacela desprevenida.

La verdad es que no podía culparlos. Los finos tirantes del camisón apenas sujetaban la diminuta prenda.

Mis tetas quedaban completamente a la vista a través de las copas de malla transparente, y aunque la parte de abajo caía en amplios pliegues, terminaba en un volante que apenas —y digo apenas— me cubría el culo, que quedaba a la vista de todos con el diminuto tanga de encaje a juego con el camisón.

—No pienso follar con nadie hasta que pruebe esa pizza.

Se me hacía la boca agua con el olor a masa caliente y queso derretido.

—Tú mandas —dijo Oscar con una sonrisa—. Por ahora.

Abrimos las cajas en nuestra sala de estar improvisada mientras Rock iba a por platos.

Oscar sirvió otra ronda de champán en las tazas de café que Daisy había traído con la vajilla, y pasamos la siguiente hora dando cuenta de tres pizzas —a veces olvidaba lo enormes que eran los Kings; comían como follaban, como bestias hambrientas— y de dos botellas de champán.

Neo había apagado las luces hacía rato y la habitación resultaba acogedora y cálida, con velas titilando en el suelo y sobre la cómoda del rincón.

Había empezado a nevar, pero desde dentro de la casa a oscuras era imposible ver caer los copos cristalinos. La única señal del temporal era el aullido ocasional del viento que sacudía las viejas ventanas.

—Ojalá pudiéramos ver una película —dijo Oscar—. O aunque fuera escuchar música.

—Hay tanto silencio aquí —dije, echando la cabeza hacia atrás contra el sofá, sentada en el suelo—. Es como si el resto del mundo estuviera a un millón de kilómetros.

—Ojalá lo estuviera —dijo Rock.

Sabía a qué se refería. Entre nuestros momentos de paz juntos —momentos como este— era muy consciente de que Roberto nos pisaba los talones.

Y no solo él. Sabía en lo más profundo que lo que le había hecho a Emma y a las otras chicas desaparecidas no lo había hecho solo.

Teníamos otros enemigos. Solo que aún no sabíamos quiénes eran.

—Juguemos a algo —dijo Neo.

Había algo oscuro en su voz que me provocó un escalofrío. ¿Anticipación? ¿Miedo? A veces con Neo eran lo mismo.

—¿A qué tipo de juego? —pregunté.

Alzó la vista hacia los techos altos y recorrió la habitación con la mirada, los ojos indescifrables en la oscuridad.

—Tenemos esta casona a nuestra disposición y apenas hemos explorado nada. ¿Qué mejor sitio para jugar al escondite?

—¿Al escondite? —repetí.

—Me gusta —dijo Oscar.

Le brillaban los ojos de emoción.

—Willa se esconde. Desnuda. Nosotros buscamos.