Capítulo 21
Willa
D os días después seguíamos estudiando las carpetas. La luz del día se desvanecía y el sol poniente proyectaba una luz débil sobre el destartalado salón que Neo y Oscar habían improvisado al traer dos sofás de dos plazas de los dormitorios.
Los sofás eran pequeños y estrechos, con patas de madera tallada y respaldos rígidos, pero era agradable tener un sitio donde sentarse además de la cocina y el dormitorio. La primera era pequeña, solo cabía la mesa, y el segundo siempre acababa en algo más que pasar el rato.
Una de las muchas cosas que había aprendido sobre mí misma en los últimos meses era que no podía confiarme con los Kings cerca de una cama. En realidad, no podía confiarme con los Kings en ningún sitio, pero la cama lo ponía demasiado fácil.
—Ya ni siquiera sé qué estamos buscando a estas alturas —dije, recostándome en uno de los sofás.
Tenía la vista borrosa de tanto mirar la información de las carpetas y no estaba más cerca de descubrir nada que cuando había salido de casa de la señora Giordana con ellas.
—Yo tampoco lo sé —dijo Oscar.
Seguía con la cabeza inclinada sobre una de las carpetas, un mechón de pelo oscuro caído sobre la frente. Resistí el impulso de apartárselo. Sabía lo sedoso que se sentiría entre mis dedos, pero también sabía que acabaríamos follando en uno de los diminutos sofás si lo tocaba.
Si tocaba a cualquiera de ellos.
Y eso era lo otro: todavía estaba aprendiendo a manejar esto de tener una relación con tres amigos.
Sabía que Neo tenía una vena celosa a pesar de su disposición a compartir, y tenía cuidado de no hacer favoritismos, ni en el dormitorio ni fuera de él.
—Bueno, al menos ahora sabemos que cada carpeta tiene la información de una de las cabañas —dijo Rock a mi lado, en el suelo—.
Todas tienen el mapa que Willa fotografió la primera vez que fue a casa del decano Giordana, pero después de eso, parece que solo son un montón de estudios de terrenos y documentos financieros.
—Me da la sensación de que lo financiero debería tener más sentido —dije, volviendo a centrar mi atención en la carpeta abierta frente a mí.
Era la de la cabaña etiquetada como RAA, y estaba mirando una página de lo que parecían transferencias bancarias de una empresa con el mismo nombre a una compañía de custodia del propietario anterior.
Me sorprendió sentir la mano de Neo en mi cabeza. Estaba sentado en el sofá, detrás de mí, y podía admitir que disfrutaba demasiado apoyándome en sus fuertes piernas.
Me acarició el pelo y no pude evitar pensar que había algo... ¿ afectuoso en ello?
Uf. Patético.
Habíamos roto el sello de nuestra relación física, y él había demostrado que le importaba con su empeño en verme en el hospital después de recuperar la consciencia y en protegerme de los hombres de Roberto.
Pero todavía había una parte de él que parecía inalcanzable, y la idiota desesperada que había en mí quería llegar hasta ella.
—Los nombres son la clave —dijo Neo—. Los números nunca serán nada más que números, pero los nombres de las cabañas tienen que significar algo.
—De acuerdo —dijo Oscar desde el otro sofá.
Rock miró a Neo.
—¿Y estás seguro de que ninguno de estos otros nombres te suena? Quizá si pudiéramos demostrar que Roberto es el dueño de todas podríamos conseguir que la policía registrara el bosque en busca de las chicas desaparecidas.
Había admitido que sabía que Emma probablemente estaba muerta, pero la idea de que estuviera enterrada en una tumba anónima en el bosque con las otras chicas desaparecidas seguía doliéndome.
—Nada en absoluto —dijo Neo—. Podría hacer una búsqueda más exhaustiva de sus activos conocidos si tuviera acceso a un ordenador.
—¿Se sabe cuándo llega Rafe? —preguntó Oscar.
—A finales de esta semana —dijo Neo—. Calcula que necesitamos al menos veinte hombres, seguramente más cerca de veinticinco, para cubrir el bosque alrededor de la casa.
Solo pensarlo bastaba para provocarme un ataque de pánico.
Los Kings tenían razón: no podíamos quedarnos aquí.
Pero cuando por fin volviéramos, estaríamos en peligro real. Tanto peligro que nos rodearía un pequeño ejército, todos tratando de evitar que Roberto y sus hombres nos mataran.
—No te voy a mentir, tengo ganas de volver a tener luz por las noches —dije—. Y comida a domicilio —miré a Rock—. Sin ánimo de ofender. Sabes que me encanta cómo cocinas. Pero echo mucho de menos la comida a domicilio y Amor o dinero .
Nunca había necesitado tanto nuestro programa de telerrealidad favorito, una pizza grasienta y acurrucarme en el sofá de casa con los Kings.
Neo se puso de pie.
—Hablando de luces, deberíamos cortar la electricidad. El sol ya casi se ha puesto —lanzó una mirada cómplice a Oscar y Rock—. ¿No teníais vosotros dos un recado que hacer?
Rock pareció confundido un momento, hasta que cayó en la cuenta y sus ojos azules se iluminaron.
—¡Cierto! Lo tenemos.
Entrecerré los ojos mirándolos. Estaba claro que me perdía algo.
—¿Qué recado?
—Eso es para que nosotros lo sepamos y tú lo descubras —dijo Rock con una sonrisa.
¿Qué demonios tramaban? Se suponía que no debíamos salir de la casa a menos que fuera absolutamente necesario.
—En serio —dije—, me estáis asustando, chicos.
Oscar me puso de pie y me rodeó con sus brazos.
Rock me miró como si fuera el sol, la luna y las estrellas, todo en uno.
Neo, como si fuera una joya rara, una que mataría por proteger.
Pero Oscar parecía ver todos los rincones sombríos de mi alma. Como si viera todo lo que intentaba ocultar y aun así me quisiera.
Me acercó más a él y sonrió.
—Feliz Nochevieja, tigresa.