Capítulo 20
Willa
E staba en la mesa de la cocina examinando una de las carpetas mientras Oscar hojeaba otra y Rock removía los espaguetis en agua hirviendo en la estufa, cuando Neo subió las escaleras con paso pesado.
Entró en la cocina con varias bolsas de compras y las dejó caer en el suelo.
Su mirada buscó la mía como atraída por un imán y me pregunté si estaba imaginando el alivio en sus ojos.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
—Mejor de lo que tenía derecho a esperar —dije—. Me dio las carpetas.
Casi me sentí orgullosa de la sorpresa en su rostro. Sorprender a Neo era jodidamente difícil.
—¿Simplemente te las dio? —preguntó.
—Sí —dije—. Incluso buscó en su estudio más pruebas.
Se dejó caer en una de las sillas de la mesa de la cocina.
—Joder. No esperaba eso.
—Yo tampoco —dije.
—¿Cómo te fue con Hawk? —preguntó Oscar.
—Pareció bastante receptivo —dijo Neo—. Pero supongo que el tiempo lo dirá.
Se veía cansado, otra emoción inesperada en Neo, pero sabía que era mejor no mencionarlo. Nunca lo admitiría de todos modos. Para Neo, ser algo menos que imparable era una debilidad, y Neo no se permitía debilidades.
Me puse de pie.
—¿Quieres algo de beber?
Chillé cuando me rodeó la cintura con los brazos y me atrajo a su regazo.
Su polla dura presionaba contra mi trasero, lo suficientemente cerca de mi coño como para mojarme de nuevo.
—No, quiero tu culo en mi regazo —dijo.
Me acarició el cuello con la nariz y luego levantó la cabeza para mirar acusadoramente a Oscar y Rock.
—Willa huele a champú. Y a jabón. Y a polla.
Rock se encogió de hombros.
—No estabas aquí.
Una de las manos de Neo se deslizó bajo mi camiseta rosa mientras la otra se metía en mis bragas del miércoles.
—¿Dejaste que estos dos imbéciles te follaran sin mí?
—Como dijo Rock, no estabas aquí. —Intenté mantener la voz firme, pero mi falta de aliento me delató.
Acababa de ser follada hasta el olvido por Oscar y Rock, pero estaba más que lista para montarme encima de Neo y meterme su polla allí mismo en la cocina.
Qué zorra.
Deslizó dos dedos dentro de mí y acarició las paredes de mi coño. Su polla era enorme bajo mi trasero y me retorcí contra ella, buscando el alivio que mi cuerpo ansiaba.
—Tal vez deberías haber esperado —dijo mientras me follaba con los dedos.
—Tal vez deberías haber vuelto a casa antes —dije, restregándome contra sus dedos mientras otro orgasmo empezaba a arder entre mis muslos.
—Joder —dijo Rock, con la mirada clavada en Neo y en mí—. Si vosotros dos no paráis, voy a cocer de más la pasta y quemar la salsa. Jodida pasta y salsa de bote. Mi ego nunca se recuperará.
—No podemos permitir eso —dijo Neo, retirando los dedos—. Me muero de hambre.
Mi cuerpo gritó su frustración.
—Cabrón.
Su risa fue oscura, cómplice y jodidamente sexy.
—Eso te enseñará a no divertirte sin mí.
Miré las bolsas de compras apiladas en el suelo, buscando una distracción de la frustración de mi orgasmo truncado.
—Parece que tú te lo pasaste bastante bien sin nosotros.
—Apuesto a que te divertiste más que yo —dijo—. Pero sé una buena chica y tráeme las bolsas y te enseñaré lo que compré.
Joder. ¿Por qué tenía que llamarme buena chica?
Lo único que me gustaba más que oír a Neo llamarme buena chica era que me lo dijera con su polla en mi boca.
Me bajé de su regazo de un salto y recogí las bolsas de compras. Las dejé junto a él en el suelo y pasó los siguientes quince minutos sacando lo que había comprado: varios conjuntos para mí y algunas cosas para Rock y Oscar.
—Gracias a Dios —dijo Rock mientras cogía un paquete de ropa interior y una pila de vaqueros y camisetas blancas de las manos de Neo—. Te debo una.
—Fue egoísmo —dijo Neo—. Iba a tirarme por las cataratas si tenía que oír una vez más lo de tus pelotas escocidas.
—Nunca pensé que diría esto —dijo Oscar—, pero me alegro igual de ver la ropa interior.
—La cena está lista —dijo Rock. Abrió el horno y sacó una bandeja con rebanadas de pan blanco que había untado con mantequilla y espolvoreado con sal de ajo—. Y uso la palabra cena con reservas.
Mi estómago rugió ante el olor de la salsa de tomate y el pan de ajo con mantequilla.
—A mí me huele bien.
Rock se inclinó para besarme y su lengua asomó para provocar mis labios antes de apartarse.
—O eres muy fácil de complacer o tienes un paladar terrible.
Pasamos la siguiente hora cenando y poniéndole a Neo al día sobre mi conversación con la señora Giordana. Luego nos contó su conversación con Hawk, y Oscar y Rock le hicieron un montón de preguntas sobre las armas.
—Llamé a Rafe de camino a casa —dijo Neo mientras apartaba el plato.
—¿Por qué a Rafe? —preguntó Oscar.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Neo—. No sin nuestros ordenadores y eso. Y aunque los tuviéramos, el wifi es una mierda. Estas carpetas son todo lo que tenemos para averiguar qué les pasó a Emma y a las otras chicas, y no podemos investigar nada aquí.
—¿Estás diciendo que volvemos a la casa? —pregunté.
—Lo que digo es que la casa es la mejor de nuestras opciones de mierda —dijo Neo—. Según lo que contaste, no hay ninguna prueba definitiva en esos archivadores. Descubrir qué está pasando nos llevará tiempo, y las clases empiezan en dos semanas.
—Ni siquiera puedo pensar en las clases ahora mismo —dije.
Oscar me cogió la mano por debajo de la mesa. —Lo entiendo, pero Neo tiene razón. Aquí estamos en desventaja, incluso con toda la ayuda de Daisy. Estaremos mejor en la casa, donde tenemos acceso a nuestra tecnología y más control sobre quién entra y sale. Ya veremos qué hacemos con las clases.
—Me encanta la idea de volver a casa, pero no me hace gracia que nos encuentren fácilmente —dijo Rock—. Sobre todo después de que esos cabrones se colaran antes de irnos a la isla.
—Por eso llamé a Rafe —dijo Neo.
—Haría falta un pequeño ejército para proteger la casa como es debido —dijo Oscar.
—Por eso tendremos que quedarnos aquí unos días más —dijo Neo—. Rafe necesitará ese tiempo para reunir lo que nos hace falta.
—Me sorprende que Rafe vaya a cedernos a alguno de sus hombres después de lo que pasó —dije, recordando a los tres que habían muerto durante el asalto a la casa que nos obligó a huir a la isla—. Pero supongo que me vas a decir que te debe un favor.
—O cinco —dijo Rock.
Suspiré. No tenía sentido intentar desentrañar el misterio de los Kings y sus vidas antes de mi llegada a Aventine. Quizá algún día tendríamos tiempo para hablar de verdad, como hacen los amantes recién enamorados.
Ahora mismo estábamos demasiado ocupados intentando sobrevivir.
—¿Cuánto tardará Hawk en entregar las armas? —preguntó Oscar.
—Un día o dos —dijo Neo.
—¿No estaremos ya en la casa para entonces? —pregunté.
—Es difícil saberlo —dijo Neo—. Depende de cuánto tarde Rafe en conseguir suficientes hombres para cubrir el bosque que rodea la casa. No pienso arriesgarme a que se repita ese puto asalto. Pero necesitaremos las armas de todos modos.
—Pero ya tenéis armas en la casa, ¿no? —pregunté.
—Creo que esta es una de esas situaciones de «cuantas más armas, mejor» —dijo Rock, que recogió mi plato y lo llevó junto con el suyo al fregadero.
—Exacto —dijo Neo—. Dejaste las llaves en el Mercedes, ¿verdad? Daisy vendrá a recogerlo a primera hora de la mañana.
—Sí, tal como me dijiste —dijo Oscar—. No es el Porsche, pero menudo cochazo.
—No es que le falte dinero —dijo Neo.
—¿Cuál es su historia? —pregunté—. Si se puede contar sin traicionar su confianza, claro.
Era evidente que estaba siendo cotilla, pero no podía fingir que no sentía curiosidad.
Oscar miró a Neo, que asintió de forma casi imperceptible.
—Estuvo involucrada en un asesinato muy turbio que ocurrió aquí hace unos años —dijo Oscar.
—¿Que ocurrió aquí ? —No me asustaba fácilmente, pero aquella casona en medio de la nada, en lo alto de las cataratas, era lo más espeluznante que uno pudiera imaginar.
La idea de pasar los próximos días allí sabiendo que había ocurrido un asesinato dentro de sus muros no era precisamente reconfortante.
—No en la casa —dijo Rock—. En Blackwell Falls.
—Estás de broma. —Era imposible creer que aquella chica tan cercana, de ojos violetas atormentados, que tanto había hecho por ayudarnos, fuera una asesina.
—Bueno, en realidad ella no cometió el asesinato —aclaró Oscar.
—Quizá deberías empezar desde el principio —dije.
—El hermano mayor de Daisy fue asesinado al pie de las cataratas —dijo Neo—. Cuando llegó la policía, Daisy estaba de pie junto al cuerpo con tres amigos suyos. Daisy sujetaba el cuchillo con el que habían matado a su hermano, y los hombres que la acompañaban estaban cubiertos de sangre.
Miré a Oscar. —Pensaba que habías dicho que ella no había cometido el asesinato.
—No lo hizo —dijo Oscar—. Al principio afirmaron que ninguno de ellos lo había hecho. Aseguraron que habían encontrado al hermano de Daisy ya muerto en las cataratas. Pero luego uno de los tipos confesó y los otros dos admitieron que le habían ayudado.
—Todos acabaron en la cárcel por el crimen —dijo Oscar—. Todos menos Daisy, probablemente porque su padre está forrado.
—Y porque tres tíos confesaron el crimen —dijo Rock.
Negué con la cabeza, tratando de encajar esta nueva información con la imagen que ya tenía de Daisy. —Entonces, espera, ¿Daisy fue sospechosa de asesinato hasta que tres tipos confesaron y acabaron en prisión?
—Básicamente, sí —dijo Rock.
—Fue un escándalo enorme en Blackwell Falls durante meses —dijo Neo—. La historia ya es casi una leyenda. Los periódicos llamaron a los tres tipos «las Bestias de Blackwell».
—Vaya —dije—. No sé qué esperaba cuando pregunté por Daisy, pero desde luego no era esto.
—A los tres tipos les asignaron un abogado de oficio, pero el padre de Daisy contrató al mejor penalista del país —dijo Neo.
No sabía qué decir. ¿Era Daisy una asesina que había dejado que tres tipos cargaran con las culpas por ella?
Era difícil de creer, pero había aprendido por las malas que la gente podía sorprenderte de mil maneras, y no todas buenas.
La cocina quedó en silencio hasta que Neo se apartó de la mesa y se levantó. —Deberíamos apagar las luces. Ya ha oscurecido.
¿Me acababan de contar lo de un asesinato famoso que había ocurrido al pie de las cataratas y ahora tocaba apagar las luces para pasar la noche?
Genial.
—Voy a por las velas —dijo Rock.
Sonaba abatido y no podía culparlo. Nos habían perseguido y nos habían disparado —dos veces— y ahora estábamos escondidos en medio de la nada.
—¿Alguna idea de cómo pasar el rato? —preguntó Oscar.
Neo sonrió.
—Seguro que se me ocurre algo.
Puse los ojos en blanco.
—Solo son las seis. Creo que vi un puzle en uno de los armarios. Voy a buscarlo.
Estaba a mitad del pasillo cuando Neo apagó las luces.
Mi móvil desechable no tenía linterna, pero usé la tenue luz de la pantalla para abrirme camino hasta el dormitorio vacío donde había visto el puzle.
El viento invernal hacía traquetear los viejos cristales de las ventanas y me pareció oír las cataratas como un suspiro profundo muy por debajo del acantilado.
Por primera vez desde que habíamos llegado a la casa de Daisy, sentí el pulso del miedo.
Estábamos total y absolutamente solos.