Capítulo 24
Willa
E ché a correr hacia la escalera antes incluso de que empezaran a contar.
Quizás sus culos al aire deberían haberme hecho gracia, pero con esas espaldas musculosas y esos hombros anchos, por no hablar de la casa oscura que se cernía a mi alrededor, me sentí como un conejo lanzado a una madriguera de zorros.
Iban por el diez cuando alcancé las escaleras. Bajé volando el primer tramo, aferrada a la barandilla mientras giraba hacia el segundo.
Correr por la casa completamente desnuda resultaba subversivo, pero también extrañamente liberador. Estábamos al borde del precipicio en aquella casa gigante, lejos del pueblo, con una tormenta invernal aullando fuera.
La luna debía de estar oculta tras las nubes porque estaba oscuro como boca de lobo, y respiré aliviada al llegar a la planta baja, lejos de aquella escalera señorial que habría sido mortal en caso de caída.
En algún punto del último tramo de escaleras, había dejado atrás el sonido de los Kings contando. No sabía por dónde iban, pero la adrenalina me recorría las venas mientras atravesaba a toda prisa el largo pasillo principal de la primera planta.
Al pasar, echaba vistazos a través de las puertas abiertas de las habitaciones, donde formas fantasmales de muebles cubiertos acechaban entre las sombras.
Entré en lo que parecía un salón formal y consideré esconderme bajo lo que tenía pinta de ser un piano de cola junto a un ventanal, pero era demasiado obvio. Si me había llamado la atención a mí, también se la llamaría a los Kings.
Necesitaba algo escondido pero tan corriente que pasara desapercibido en el resto de la casa.
Volví al pasillo y oí pasos que retumbaban en la escalera.
—Ven, gatita, gatita, gatita.
La voz de Rock sonaba siniestra mientras resonaba por la casa vacía.
Huí por el pasillo hacia la parte trasera de la casa. No la había explorado en absoluto; Daisy solo nos había enseñado el tercer piso, y a Neo la sala de calderas. No sabía adónde me dirigía, pero unos segundos después empujé una gran puerta batiente y me encontré en una cocina enorme.
Y cuando digo enorme, lo digo en serio.
La cocina de lujo de la casa de los Kings era enorme, pero esta era al menos el doble de grande, con lo que debía de ser una mesa enorme en el centro, cubierta con una sábana blanca polvorienta.
—Espero que tengas un buen escondite, tigresa —gritó Oscar desde la parte delantera de la casa—. No te imaginas lo que tenemos planeado para cuando te encontremos.
La sangre me rugía en los oídos, el corazón latiéndome desbocado.
Mi cerebro no distinguía entre una amenaza real y una fingida, y quién iba a culparlo.
Había creído que los Kings eran mis enemigos y habían acabado siendo mis únicos aliados.
Había creído que podía confiar en mi madre y me había dado la espalda.
Mi sentido de la seguridad estaba completamente jodido.
Estaba en pleno modo supervivencia, con el pánico trepándome por la garganta mientras buscaba frenéticamente un lugar donde esconderme.
Y por debajo de todo eso, por retorcido que fuera, estaba cachonda perdida.
Me perseguían por la casa los tres hombres más atractivos y peligrosos que había conocido en mi vida, y sabía perfectamente lo que me harían cuando me encontraran.
Que mi miedo instintivo se mezclara con el deseo sexual era una señal más de que aún me quedaba mucho por aprender sobre mí misma.
En algún lugar demasiado cerca, Rock chasqueó la lengua como si llamara a un gato perdido.
—Creo que nuestra gatita se ha perdido, chicos.
Recorrí la cocina con la mirada hasta que mis ojos se posaron en una puerta a un lado. No sabía qué había detrás, pero la cocina no era precisamente rica en escondites, así que corrí hacia la puerta y la abrí de golpe.
Acababa de cerrarla cuando oí pasos pesados entrando en la cocina que acababa de abandonar.
Miré frenéticamente a mi alrededor en la habitación oscura y estrecha en la que había entrado, pero no distinguí nada salvo una hilera de armarios.
Extendí la mano con cautela, procurando no hacer ruido, y toqué una superficie lisa y polvorienta que parecía madera de cortar.
¿Estaba en un office? Tendría sentido. La gente rica los tenía antiguamente para guardar la vajilla y las provisiones.
Mis ojos se iban acostumbrando a la oscuridad. Distinguía una fila de armarios bajos con pomos de madera redondos.
Fui hacia los del fondo de la habitación estrecha y abrí con cuidado una de las puertas de abajo, con la esperanza de que fuera lo bastante grande para caber dentro.
Intenté no pensar en todos los insectos muertos y las cagadas de ratón que podría haber dentro del armario. Era asqueroso, pero estaba completamente metida en el juego y decidida a que no me encontraran.
Me metí en el armario bajo, que por suerte era lo bastante alto para que cupiera si me doblaba sobre las rodillas.
Cerré la puerta tras de mí y oí a alguien entrar en la habitación.
Intenté calmar la respiración. Sonaba tan fuerte en aquel espacio reducido que me sorprendía que no se oyera fuera de mi escondite.
—Oh, Jezzzzebel…
La voz de Neo sonaba casi tranquilizadora, con apenas un atisbo de amenaza bajo las palabras.
—Sé que estás aquí.
Mi mente y mi cuerpo estaban hechos un lío. Estaba aterrorizada y a la vez tenía el coño empapado de deseo.
—Sabes que no puedes esconderte de mí —dijo Neo con voz baja y peligrosa, justo al otro lado del armario donde me escondía—. Puedo olerte. Puedo sentirte.
Contuve la respiración.
La puerta del armario se abrió de golpe y un par de manos fuertes me sacaron de dentro.
—Te pillé.