Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Willa

A ún llevaba las carpetas apretadas contra el regazo cuando enfilamos el largo camino hacia la casa de Daisy.

Todavía estaba en shock. Había esperado que la señora Giordana me dejara volver a ver las carpetas, pero jamás imaginé que me las dejaría llevar.

—¿Y estás segura de que te enseñó todo lo del estudio? —preguntó Rock desde el asiento de atrás.

—Que yo sepa, sí —dije—. Desde luego no parecía que estuviera ocultando nada.

Toda la visita había sido una sorpresa tras otra.

A pesar de las extrañas circunstancias, la señora Giordana se había mostrado más colaboradora de lo que esperaba: me dejó quedarme en el estudio del decano Giordana mientras ella buscaba pistas en su escritorio, e incluso me pidió que revisara las estanterías por si había algo, aparte de las carpetas, que pudiera dar alguna pista sobre lo que su marido había estado tramando y con quién.

—Bueno, al menos no parece que te haya echado nada en el té —dijo Rock mientras Oscar paraba frente a la casa.

El Buick no estaba, lo que significaba que Neo aún no había vuelto.

—En eso seguro que estamos a salvo —dije.

Oscar me miró desde el asiento delantero del Mercedes. —Todavía no me puedo creer que ni siquiera quisiera ver lo que había en las carpetas.

—A mí también me sorprendió —dije—. Pero creo que ahora lo entiendo.

—¿Qué entiendes? —preguntó Oscar.

Pensé en mi madre, en lo destrozada que me sentí en el hospital cuando descartó todo lo que le conté sobre Roberto. Prefirió creer en él a pesar de todas las pruebas en su contra porque le daba demasiado miedo ver cómo sería la vida sola.

—A veces cuesta ver la verdad sobre las personas que queremos —dije.

Nos quedamos en el coche mientras el motor se enfriaba con un suave tictac en la tranquila tarde de finales de invierno. Me pregunté si estarían pensando en sus propias familias, en todas las maneras en que la gente puede decepcionarte.

—Bueno, eso es jodidamente deprimente —dijo Rock.

—Sí, perdona. —No pretendía ponerme tan filosófica solo por haber pasado un par de horas con la viuda del decano Giordana.

Abrí la puerta. —Me duele todo el cuerpo. Necesito una ducha caliente y mis bragas de miércoles.

Estaba más que harta de llevar la misma ropa y deseaba ponerme otra, cuando fuera.

Oscar alargó el brazo por encima del asiento delantero y me puso la mano en la nuca. Me acarició la piel con las yemas de los dedos y un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Es una ducha de quiero-estar-sola o una ducha de acepto-compañía? —preguntó.

Fingí pensármelo solo para tenerlos en vilo a él y a Rock, porque era impensable que Rock fuera a dejarme duchar a solas con Oscar.

No es que me importara. Ir a casa del decano Giordana y confesarle a su esposa que le había mentido había sido estresante. No iba a decir que no a un poco de relax con final feliz para desconectar.

—Quizá me deje convencer para aceptar compañía —dije.

—Joder, menos mal —dijo Rock mientras abría la puerta de atrás—. No sé Oscar, pero yo he sentido que me jugaba la puta vida durante un momento. ¿A qué esperas? Vamos de una puta vez.

Ya casi había llegado a la puerta de la casa cuando yo salí del coche.