Capítulo 16
Willa
— N o tenías por qué haberte molestado —dije mientras la señora Giordana depositaba una bandeja de plata con una tetera pequeña y dos tazas de té.
—Lo sé —dijo—, y la verdad es que no sé muy bien por qué lo he hecho.
—Seguramente por los buenos modales —dije.
—Seguramente —respondió.
Sonaba resignada, como si los buenos modales fueran una carga que soportar.
La verdad es que no podía culparla. Los buenos modales la habían metido en este lío. Si no me hubiera dejado entrar la primera vez, yo no estaría aquí ahora.
Sirvió el té en las dos tazas y tomó asiento en una de las sillas frente al sofá donde yo estaba sentada.
—Ahora que te he deslumbrado con mis buenos modales, ¿por qué no me dices a qué has venido? —dijo.
Me sorprendió detectar un toque de humor en su voz y entendí cómo el decano Giordana debió de enamorarse de ella. Era hermosa y elegante incluso en su estado desaliñado, y claramente tenía sentido del humor bajo toda esa capa de buenos modales.
—Mi verdadero nombre es Willa Russo —dije—. Mi hermana Emma era estudiante de Bellepoint y desapareció hace dos años. La última vez que la vieron fue en Aventine.
Algo cambió en su expresión. Era sutil, pero estaba segura de que no me lo estaba imaginando. Como un destello de reconocimiento, como si lo que le había dicho no la pillara del todo por sorpresa.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? ¿Con mi marido? —preguntó.
—Vine a Aventine este año para buscarla. No tenía ninguna pista ni nada, solo el presentimiento de que algo le había pasado en el campus. Pero en cuanto empecé a hacer preguntas, comenzaron las amenazas.
Tragó saliva, nerviosa, y dio un sorbo a su té.
—¿Qué tipo de amenazas? —preguntó.
—Fotos mías por todo el campus que dejaban claro que alguien me había estado siguiendo —dije—. Cartas amenazantes y… un pendiente que se me había caído en el despacho de su marido.
—¿Qué hacías en su despacho? —preguntó.
—Fisgoneando —respondí.
No pensaba disculparme por fisgonear en el despacho de su marido cuando luego él había intentado matarme.
—Buscando alguna pista sobre lo que le pasó a mi hermana.
—¿Y encontraste algo? —preguntó.
—No —dije—, pero sabía que quien me había enviado el pendiente debía de haberlo encontrado en el despacho del decano Giordana.
Después recibí otra nota en la que me decían que fuera a una cabaña en el bosque de los alrededores de Aventine, que quien me escribía estaría allí con respuestas sobre Emma.
—¿Por qué no llamaste a la policía?
—No lo sé —dije—. Seguramente debería haberlo hecho. En ese momento no sabía en quién podía confiar. Solo quería saber qué le había pasado a mi hermana.
—¿Y qué hiciste? —preguntó.
—Fui a la cabaña sola, como decía la carta. Y cuando llegué, el decano Giordana, su marido, estaba allí con otro hombre.
Me apresuré a continuar porque solo quería acabar con la siguiente parte; aunque la señora Giordana técnicamente estaba del lado de los malos, me revolvía el estómago tener que contarle la verdad.
—Me agarraron en el bosque y me llevaron a la cabaña, y entonces su marido le dijo al otro hombre que empezara a cavar un hoyo para mi tumba.
El corazón me latía con fuerza en el pecho; el recuerdo desencadenaba toda una serie de respuestas fisiológicas en mi cuerpo que me hacían querer salir corriendo.
Esperaba que lo negara, que protestara. Que me echara de su casa. Cualquier cosa menos lo que hizo, que fue quedarse mirándome por encima del servicio de té como si yo fuera una cobradora de deudas a la que llevaba mucho tiempo esperando.
—Por eso te mentí —dije—. No creí que fueras a creerme.
—¿Y crees que eso te da derecho a invadir mi intimidad? —preguntó.
—¿Acaso me equivoqué? —pregunté—. Si hubiera llamado a tu puerta y te hubiera contado todo lo que sabía, todo lo que me había pasado en la cabaña, ¿me habrías creído? ¿Habrías querido ayudarme?
Cogió su taza de té y se la llevó a los labios con manos temblorosas.
Resistí el impulso de llenar el silencio con más palabras. Todavía no me había echado y tenía la sensación de que de verdad estaba sopesando lo que le había dicho.
Casi había conseguido llegar a ella. Lo notaba.
Dejó la taza con un suspiro.
—Quería a mi marido, incluso con todos los defectos que una descubre después de veinticinco años de matrimonio, pero no era ningún genio del crimen.
Dudé antes de hacer mi siguiente pregunta. El decano Giordana había muerto en el incendio de la cabaña. Independientemente de lo que hubiera hecho, era el marido de esta mujer y su muerte la había dejado destrozada.
—La cabaña que se incendió —comencé, intentando ser delicada dado que allí había muerto su marido— era propiedad de Roberto Alinari. Solo lo sé por las carpetas del estudio del decano Giordana.
Frunció el ceño.
—Esa cabaña no es propiedad del campus. No sé por qué mi marido habría tenido información sobre ella.
—Yo tampoco —dije—. Pero cuando estuve allí con él y el otro hombre, tuve la sensación de que no actuaban solos. De que recibían órdenes de otra persona. Luego descubrí que la cabaña era propiedad de Roberto y empecé a preguntarme quién más podría estar implicado.
—¿Cómo sabes que todo esto tiene que ver con la desaparición de tu hermana? —preguntó.
—No lo sé. No con certeza. Solo estoy encajando piezas y viendo qué tiene sentido. Empecé a buscar información sobre mi hermana y entonces recibí cartas amenazantes en las que me decían que dejara de buscar. Y de repente, estaba a punto de ser enterrada viva.
Me incliné hacia delante.
—Y lo importante es que Emma no fue la única chica que desapareció de Bellepoint.
O era una actriz excelente o estaba genuinamente sorprendida. —No me ha llegado nada de chicas desaparecidas en Bellepoint, salvo tu hermana.
—Nadie —dije—. Se hizo que pareciera que todas se habían marchado por voluntad propia. Además, eran chicas de color.
Asintió, dando a entender que comprendía. —Ya veo.
—Siempre podría estar equivocada, pero todo me parece que está relacionado.
No sé cómo, pero… —me miré las manos y respiré hondo, sintiendo de nuevo el dolor de la ausencia de Emma en mi vida—.
Tengo que averiguarlo. Mi hermana estaba aquí y de pronto dejó de estar, y nadie tiene ni idea de qué le pasó. Es… bueno, una tortura, la verdad.
—Lo siento —parecía sincera—. Es que no sé cómo puedo ayudarte.
Stephen estaba… deseoso de impresionar a sus antiguos compañeros de Aventine.
Había estudiado allí becado y nunca había terminado de encajar.
Su necesidad de que lo aceptaran hombres que no le llegaban ni a la suela del zapato y que además eran unos corruptos era uno de sus defectos.
Era un punto de discordia entre nosotros. Evitábamos el tema en lo posible.
En mi mente se iba perfilando una imagen del decano Giordana: el chico pobre en una escuela llena de ricos.
Quizá su padre había sido un delincuente de poca monta con grandes sueños para su hijo y lo había presionado para que estudiara en Aventine.
Quizá Stephen Giordana tenía sus propios grandes sueños.
Fueran cuales fueran las circunstancias que lo habían llevado a aquella escuela, había acabado siendo un marginado, algo que Roberto podría haber aprovechado para ganarse un acólito.
Quizá Roberto había ido acumulando información comprometedora sobre el decano Giordana a lo largo de su amistad. Quizá el decano Giordana no necesitaba ese tipo de chantaje para intentar hacerse un hueco como amigo y aliado de Roberto.
Fuera como fuera, había acabado haciendo lo que Roberto le mandaba.
Pero la señora Giordana había tenido razón al decir que su marido no era ningún cerebro, y yo seguía teniendo la sensación de que había algo más detrás de todo aquello, algo que iba más allá de Roberto.
—Solo sé que Roberto Alinari era el dueño de esa cabaña por las carpetas que encontré en la estantería del estudio de tu marido —repetí, volviendo a la información que esperaba encontrar.
—Crees que podría haber más información allí —dijo ella.
—No lo sé, pero es el único sitio donde se me ocurre mirar —dije.
Se puso de pie y me miró. —Me preguntaste si te habría creído cuando viniste a casa la otra vez. La verdad es que no lo sé —sus ojos oscuros, cansados y resignados apenas una hora antes, ahora tenían un destello de convicción—. Pero ahora te creo.