Capítulo 11
Willa
E staba oscuro cuando desperté, aturdida y desorientada, con el coño palpitándome de necesidad. Tardé unos segundos en identificar la fuente de mi hambre sexual: concretamente, la polla enorme encajada entre mis muslos por detrás.
Claro, los Kings y yo nos habíamos amontonado en uno de los dormitorios después de que Oscar y Neo juntaran dos camas dobles. Neo se había sentado en la silla junto a la pared y yo me había quedado dormida entre Oscar y Rock bajo la mirada acerada de Neo.
Apenas unas semanas antes, me inquietaba la forma en que me observaba mientras dormía. Ahora me sentía reconfortada. Había enemigos por todas partes —mortales— pero nunca me había sentido más segura que bajo la mirada vigilante de Neo.
Giré la cabeza para ver a quién pertenecía la polla entre mis muslos y capté el destello de la sonrisa de Oscar en la oscuridad.
—No puedes culparme, ¿verdad, tigresa? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo iba a seguir durmiendo con ese culo delicioso a solo unos centímetros?
No me molesté en protestar. Después de dos días luchando por mi vida, solo quería evadirme un rato.
Me restregué contra él y sentí el acero frío del piercing en la punta de su polla.
Me rodeó la cintura con un brazo y su mano bajó por mi vientre hasta colarse entre mis muslos.
Gemí mientras me acariciaba los pliegues húmedos.
—Creo que Jezabel está lista para una fiestecita nocturna.
Seguí el sonido de la voz y me encontré cara a cara con Neo, que ocupaba el lugar donde había estado Rock cuando me dormí. Por lo visto, habían jugado a las sillas musicales mientras dormía, y ahora yo era el relleno del sándwich entre Oscar y Neo.
Neo me acarició la mejilla, luego pasó el pulgar por mis labios antes de metérmelo en la boca.
La intrusión me provocó una oleada de calor en el coño y gemí con su pulgar en la boca mientras su otra mano se cerraba en torno a mi cuello.
Se acercó más y su mano se deslizó de mi cuello a una de mis tetas. Apretó, pellizcándome el pezón entre los dedos mientras yo le chupaba el pulgar, y noté cómo me subía la temperatura unos grados más.
Detrás de mí, Oscar deslizaba su polla entre mis muslos, adelante y atrás, dejándome más que lista para sentirlo dentro, sus piercings un contrapunto erótico al calor de su carne.
Neo agachó la cabeza hacia mi teta y se metió el pezón en la boca, y jadeé, enredando los dedos en su pelo y abriendo los muslos para que Oscar supiera lo que quería.
—Está oscuro de cojones aquí —dijo Rock desde la silla junto a la pared—. Pero parece que estáis de fiesta y no me habéis invitado.
Seguí el sonido de su voz. Mis ojos se habían adaptado a la oscuridad y apenas podía distinguirlo, desnudo en la silla porque no había querido dormir con el caftán, con sus ojos azules reflejando la lujuria.
—No puedes jugar —dije mientras Neo me raspaba el pezón con los dientes. Los dedos de Oscar obraban magia en mi clítoris, trazando círculos rítmicos que amenazaban con llevarme al límite—. Tienes una lesión en la cabeza.
—No necesito mi cabeza para jugar —dijo Rock—. Esa no, al menos.
—No, pero necesitamos tu cabeza pensante para otras cosas —dije con la voz entrecortada—. Tendrás que conformarte con mirar.
—Algo es algo —dijo, agarrándose la polla.
Meneé las caderas, siguiendo el ritmo de los dedos de Oscar mientras un orgasmo florecía en mi interior.
—Joder —murmuró Oscar contra mi cuello—. Creo que nuestra tigresa está a punto de correrse.
Neo levantó la cabeza de mi teta y fue mordisqueándome hasta la garganta.
—¿Es verdad, Jezabel? ¿Ya vas a correrte?
—Sí —jadeé.
—Espero que me mires mientras lo haces —dijo Rock—. Es lo mínimo.
No habría podido apartar los ojos de él aunque lo hubiera intentado.
Verlo acariciarse la polla dura mientras observaba cómo Oscar y Neo me excitaban era demasiado estimulante para ignorarlo.
Solo añadía leña al fuego que ardía en mi cuerpo: Neo acariciándome las tetas y chupándome el cuello, Oscar trabajándome el clítoris con su polla deslizándose entre mis muslos por detrás.
Neo se llevó uno de mis pezones a la boca y chupó con la fuerza suficiente para hacerme gemir justo cuando Oscar me metió los dedos.
Me frotó el clítoris con la palma y me dejé ir, gritando mientras temblaba contra ellos, el cuerpo esculpido de Neo delante con su polla enorme apretada contra mi vientre, Oscar detrás con su polla perforada contra mi coño.
—Joder, sí —susurró Oscar contra mi cuello—. Córrete para nosotros, tigresa.
Estaba más que dispuesta a obedecer y noté cómo me contraía alrededor de sus dedos mientras me los metía y sacaba sin dejar de presionarme el clítoris.
En la oscuridad, Rock me sostenía la mirada mientras se acariciaba la polla.
—Joder —dijo—. Espero que vosotros, cabrones con suerte, os la folléis pronto. No aguanto mucho más.
Me quedé laxa entre Neo y Oscar, con el cuerpo agotado por el intenso orgasmo. Pero aún no habían terminado conmigo y no iba a quejarme cuando Oscar se puso de rodillas, se colocó entre mis muslos y me abrió de par en par.
—Me muero por enterrarme en ese coñito dulce —dijo.
Neo se había arrodillado junto a mi cabeza, con su polla gloriosamente perfecta cerca de mi cara, dejando claras sus intenciones.
—Drago, pásame esas almohadas de más —dijo Neo.
Oscar se inclinó sobre mi cuerpo y sentí la punta perforada de su polla presionar apenas dentro de mi coño húmedo.
Me retorcí, intentando que entrara más, y se rio con malicia en la oscuridad.
—Creo que nuestra tigresa está lista para un poco de polla —dijo, pasándole un montón de almohadas a Neo.
—Bien, porque estoy deseando sentir su boca rodeándome la polla —dijo Neo—. Levanta la cabeza, Jezabel.
Obedecí, porque era lo único que hacía, joder, cuando me daban órdenes en la cama. Pero ¿quién podía culparme? La combinación de la polla de Neo cerca de mi cara y la polla con piercing de Oscar presionando contra mi entrada me tenía loca de deseo.
Neo apiló las almohadas detrás de mí para que al recostarme mi cabeza quedara ligeramente elevada. El gesto podría haberme sorprendido, pero ya lo había pillado siendo atento más de una vez cuando creía que nadie lo miraba.
Que no me malinterpretes, seguía siendo un gilipollas monumental la mayor parte del tiempo, pero de vez en cuando hacía algo amable, aunque se asegurara de que nadie se diera cuenta.
Ahora mi cabeza quedaba a la altura de su polla y él se acercó más, rozando mis labios con su glande hinchado.
—Joder, qué labios tan suaves tienes —suspiró.
Saqué la lengua para lamer el semen acumulado en su punta mientras Oscar me colocaba las rodillas sobre sus hombros.
Neo hundió las manos en mi pelo y apretó, tirando de los mechones lo justo para humedecerme aún más.
—Eso es —dijo—. Pruébala, Jezabel. Pruébala antes de tragártela entera.
Entre mis muslos, Oscar deslizó la cabeza de su polla por mis pliegues y rodeó mi clítoris. El calor de su piel combinado con el acero liso de su piercing me hizo estremecerme.
—Eres jodidamente preciosa, tigresa. —Su polla había vuelto a mi entrada, dilatando la abertura—. Me muero por ver tu cara cuando te corras para nosotros.
Neo presionó el glande contra mis labios.
—Abre la boca y trágátela, Jezabel.
No tenía que pedírmelo dos veces. Estaba desesperada, joder, por tenerlo en la boca mientras Oscar me follaba.
La deslizó entre mis labios y un gemido largo y grave escapó de mi garganta cuando Oscar se hundió hasta el fondo.
—Jodeeeeer... —gimió.
Rodeé con la mano la base de la polla de Neo mientras él salía de mi boca y volvía a entrar. Era enorme, llegaba hasta el fondo de mi garganta y aún sobraba espacio para mi mano en la base.
Relajé la mandíbula para animarlo a entrar más, y se hundió más profundo mientras yo retiraba la mano de su tronco para poder acoger cada centímetro.
—Eso es, Jezabel —la animó—. Siempre supe que podías tragarte esa polla como una buena chica.
Oscar usó los hombros para empujarme los muslos hacia el torso y se hundió aún más. Estaba llena de ellos, el piercing en la base de Oscar estimulándome el clítoris mientras Neo me follaba la boca.
—Joder, qué dulce estás —dijo Oscar.
Inclinó la cabeza hacia una de mis tetas y la chupó mientras embestía, la barra en la punta de su polla rozando las paredes de mi coño al entrar, el piercing en su base estimulándome el clítoris.
Neo se había puesto aún más duro y grande en mi boca, con la mano todavía cerrada en mi pelo. Era implacable en sus embestidas, pero eso solo me ponía más cachonda, con el coño empapado mientras Oscar me embestía y me chupaba la teta.
Neo gimió.
—Tu boca está hecha para mí, Jezabel. Trágátela como sabes.
Sus palabras fueron un viento caliente sobre el fuego que ardía en mi cuerpo, y gemí cuando el piercing de Oscar me rozó el clítoris, con otro orgasmo a punto de estallar en mi interior.
Oscar levantó la cabeza de mi teta.
—Sigue hablando —le dijo a Neo—. Cada vez está más mojada.
—Eso es porque nuestra dulce niña buena es en realidad una chica muy muy sucia —dijo Neo—. ¿A que sí, Jezabel? Te encanta que te follemos como a una buena chica.
Gemí con su polla en la boca. O sea, no es que estuviera equivocado. Me estaba metiendo su polla gigante hasta el fondo de la garganta mientras Oscar me follaba hasta perder el sentido, y nunca había sido más feliz.
Mi orgasmo iba creciendo y moví las caderas al ritmo de Oscar, agarrada al muslo musculoso de Neo para tener apoyo.
Ya no podía ver a Rock, pero oía su respiración agitada mientras se masturbaba viéndonos follar, y la verdad, me excitaba una barbaridad saber que estaba mirando mientras Oscar y Neo me follaban hasta dejarme sin sentido.
Ambos se movían más rápido, perdidos en el ascenso hacia su propio clímax, y yo me hundí más en mi placer. Las embestidas de la polla de Oscar, el piercing liso rozándome el clítoris con cada golpe, y la polla de Neo entrando entre mis labios una y otra vez aceleraban mi orgasmo.
Me cernía al borde del precipicio, en tal éxtasis que no quería que acabara.
—Joder, estoy a punto —jadeó Neo—. ¿Vas a tragarte mi corrida, Jezabel?
Sus palabras me hicieron caer por el precipicio y grité con su polla en la boca, el orgasmo golpeándome como una bomba atómica.
—Joder, sí —dijo Oscar—. Se está corriendo, joder.
Gimió al unirse a mí, embistiéndome con movimientos frenéticos que prolongaron mi orgasmo, temblores sacudiéndome el cuerpo mientras Neo se corría con un gruñido.
Su corrida caliente me explotó en la garganta y soltó una retahíla de palabrotas ininteligibles mientras me apretaba el pelo con los dedos, lanzando relámpagos por mi cuerpo, ya en sobrecarga de placer.
Me lo tragué con ansia mientras el orgasmo me recorría como un tsunami, restregando las caderas contra las de Oscar, intentando exprimir hasta la última gota de placer de mi clímax.
Terminó con un gemido largo y Neo retiró lentamente la polla de mi boca.
Todavía jadeábamos cuando se tumbaron a cada lado de mí, Oscar atrayéndome hacia su cuerpo mientras Neo me echaba el muslo encima de las caderas con gesto posesivo.
—He sido el espectador de la fiesta —dijo Rock, de pie junto a la cama, desnudo—. Pero de esta parte no me vais a dejar fuera. Me encanta acurrucarme, joder.
—Vale —dijo Neo—. Pero ni se te ocurra acercarme tu polla.
Rock se metió entre Neo y yo.
—Mi polla solo quiere a una persona ahora mismo, y desde luego no eres tú.
Se acurrucó junto a mí y yo me acurruqué entre él y Oscar, deseando poder dividirme en tres para que Neo también pudiera estar a mi lado.
Pero daba igual porque tenía los párpados pesados, el cuerpo suelto y lánguido por los orgasmos. Por primera vez en días, me sentía a salvo.
En el fondo sabía que no era verdad. Estábamos todo lo lejos de la seguridad que se podía estar.
Pero estábamos juntos, y eso era lo único que parecía importar.
No me daba tiempo a pensar en lo que eso significaba para nosotros a largo plazo. Estaba demasiado somnolienta, demasiado cómoda, y lo último que recordaba eran los labios de Oscar sobre mi frente mientras me quedaba dormida.