Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 12
18%

Capítulo 12

Willa

L os Kings ya estaban despiertos y sentados alrededor de la mesa de la cocina cuando llegué a la mañana siguiente. Había dormido como un tronco después de nuestra diversión nocturna y ni siquiera los había oído salir del dormitorio.

Rock se puso de pie de un salto cuando me vio y se acercó a darme un beso rápido en los labios.

—Buenos días, gatita —dijo—. Debes de estar hambrienta después de todo ese, eh, ejercicio de anoche.

—Ja, ja —dije. Pero no se equivocaba. Estaba muerta de hambre.

—Me lo tomaré como un sí avergonzado —dijo Rock, dirigiéndose hacia la cocina—. Por suerte para ti, te he mantenido calientes las tostadas francesas.

Abrió la puerta del horno y sacó uno de los platos que Daisy había traído con el resto de los suministros. Tres gruesas rebanadas de tostadas francesas se apilaban en su superficie.

Lo dejó sobre la mesa, abrió la pequeña nevera y sacó un cuenco con cóctel de frutas en conserva.

—No son fresas frescas, pero tendrán que valer hasta que consigamos comida de verdad, que espero que sea pronto, porque aquí no tengo mucho con qué trabajar —dijo mientras me servía un poco de fruta en el plato junto a las tostadas francesas.

Lo dejó delante de una de las dos sillas vacías de la mesa y me dejé caer en ella. Incliné la cabeza para oler las tostadas francesas. Olían de maravilla aunque sabía que Rock estaba trabajando con un surtido limitado de provisiones.

—Huele bien —dije—. ¿Hay café?

—¿Que si hay café? —se burló Rock. Se acercó a la vieja cafetera de goteo, me sirvió una taza y la dejó delante de mí.

La cogí e inhalé el aroma. —Gracias a Dios. Y gracias a ti.

—Para eso estoy —dijo con una sonrisa mientras volvía a la mesa.

Di un sorbo cuidadoso al café, luego otro, y cerré los ojos con un suspiro. Probablemente era solo el efecto placebo, pero ya me sentía mejor.

Miré a Neo y a Oscar; sus corpachones hacían que la diminuta mesa de la cocina pareciera aún más pequeña. —Buenos días.

Oscar me dedicó una sonrisa cómplice. —Desde luego.

Puse los ojos en blanco y bañé las tostadas francesas con sirope. No era del tipo natural y orgánico que Rock prefería, pero desde luego serviría. —No seas engreído solo porque la polla de Neo estaba en mi boca mientras tú me follabas anoche.

—Tiene razón —dijo Neo—. Si alguien tiene derecho a ser engreído, soy yo.

—Siempre eres engreído —dije antes de meterme un bocado enorme de tostada francesa en la boca.

—Uno de mis muchos encantos —dijo Neo.

Que me aspen si no estaba empezando a darle la razón.

Estaba buenísimo a pesar de que todavía llevaba los bermudas de la gasolinera, probablemente porque iba con el pecho al aire, cada estúpido músculo perfecto a la vista.

Las tostadas francesas me tocaron la lengua en una explosión sabrosa de masa mantecosa, canela y sirope de arce. —Esto está delicioso —le dije a Rock.

—Pan industrial y sirope de imitación —dijo con tristeza.

—A mí me sabe bien —dije.

—Eso es porque eres una pelota —dijo Neo desde el otro lado de la mesa.

—Ser amable no significa que seas una pelota —dije.

—Odio interrumpir este importante debate sobre qué constituye ser un pelota —dijo Oscar—, pero tenemos cosas más importantes de las que hablar.

Estaba al menos tan apetecible como las tostadas francesas, con su pecho definido y sus abdominales marcados al descubierto sobre los pantalones de chándal negros.

¿Qué tenían los tíos que iban por ahí sin camiseta? ¿Y cómo podíamos conseguir que lo hicieran más a menudo?

—Estoy de acuerdo —dijo Rock—. Como cuándo voy a tener algo que ponerme que no me roce las pelotas.

—Si hubiera sabido cuánto iba a tener que oír hablar de tus pelotas, nunca te habría comprado un caftán —dijo Oscar.

—El karma es cabrón —dijo Rock mientras se servía otra taza de café y se sentaba a la mesa.

—Eso parece —dijo Oscar—. Y por muy harto que esté de escucharte quejarte de tus pelotas, sí plantea un punto importante. Vamos a necesitar más provisiones. Al menos un ordenador, más ropa, efectivo y tarjetas de crédito, entre otras cosas.

—Armas —dijo Neo con firmeza.

Había una luz violenta en sus ojos que me habría asustado si no hubiera ido dirigida a Roberto y a sus hombres.

Oscar asintió. —Armas.

—Mejor comida —dijo Rock.

—Todo esto suena a que vamos a estar aquí una temporada —dije.

—Eso me temo —dijo Oscar.

—No podemos volver a casa mientras mi padre siga intentando matarnos —dijo Neo.

—De acuerdo —dijo Rock—. Y por mucho que me encantaría refugiarme en un hotel de cinco estrellas, tenemos que pasar desapercibidos.

Eché un vistazo a la diminuta cocina. —Bueno, más discreto que esto, imposible.

—De las armas me encargo yo —dijo Neo.

—No podemos volver a usar la tarjeta de crédito de Rock —dijo Oscar—. Alguien tiene que ir a un banco y sacar suficiente efectivo de la cuenta en el extranjero para ir tirando hasta que decidamos qué hacemos.

"¿Y nuestras cosas?" —pregunté—. No estoy tan desesperada como Rock, pero no puedo vivir con esta misma ropa para siempre.

—No me importaría recuperar nuestros ordenadores —dijo Rock—. Tenemos muchos… datos que no me gustaría que cayeran en manos de Roberto.

—Entonces no necesitaríamos ordenadores nuevos —dijo Oscar—. Podemos usar una VPN para ocultar nuestra actividad.

—El problema es que no podemos ir a casa así como así a recoger nuestras cosas —dije—. Roberto tendrá a alguien vigilando la casa.

La habitación se quedó en silencio mientras sopesábamos nuestras opciones. Pensé en Claire. Iría a la casa en nuestro lugar y recogería nuestras cosas. Incluso Mara, por muy lejos que estuviera, vendría si la necesitara.

Pero llamaría la atención sobre ellas, especialmente si las veían entrar en la casa y salir una hora después con un montón de cosas. Alguien podría seguirlas. Era demasiado peligroso, para ellas y para nosotros.

Oscar vaciló. —¿Qué hay de Reva?

—¿Qué pasa con ella? —pregunté.

Oscar se encogió de hombros. —Podemos pedirle que nos traiga algunas cosas. Está en la casa al menos dos veces por semana.

—Ni hablar —dije. No necesitábamos más pruebas de lo peligroso que era Roberto que vernos a los cuatro sentados alrededor de la mesa con dos heridas de bala, un brazo roto y más moretones y arañazos de los que podía contar.

No iba a arriesgar la vida de nadie más, especialmente la de Reva.

—No es tan mala idea —dijo Rock—. Podría traer las cosas en bolsas de basura. Nadie se enteraría.

—Para mí es un no rotundo. Solo pensar que alguien pudiera resultar herido por mi búsqueda de Emma me revolvía el estómago.

Esperaba a medias que Neo me llevara la contraria y me sorprendió cuando asintió. —Entonces encontraremos otra manera.

Vaya. Eso era nuevo.

—¿Y qué hay de Emma? —pregunté—. No podemos quedarnos escondidos ahora que sabemos que tu padre está involucrado en su desaparición y en la de las otras chicas.

La expresión de Neo se volvió fría. —No nos estamos escondiendo. Nos estamos reagrupando. Hay una diferencia.

—Llámalo como quieras —dije—, pero no estamos más cerca de descubrir qué le pasó a Emma mientras tú andas por ahí intentando conseguir armas. Creo que debería ir a hablar con la señora Giordana otra vez.

—Ni de coña —dijo Neo.

—Es solo una mujer —dije—. Una viuda. Es completamente inofensiva.

—Famosas últimas palabras —dijo Rock—. Todo muy bonito hasta que la viuda loca te pilla husmeando y te encadena en su sótano.

—No me va a pillar husmeando porque no voy a husmear —dije.

—Empiezo a creer que el de la lesión en la cabeza soy yo —dijo Neo.

—Le diré la verdad —dije—. Que el decano Giordana intentó matarme en la cabaña y que estaba metido en algo malo. Se lo contaré todo y le pediré que me deje ver esas carpetas otra vez.

Había hecho fotos con el móvil, pero lo había perdido en el accidente de coche y el tiroteo después de salir de la isla.

—Ahora empiezo a pensar que la de la lesión en la cabeza eres tú —dijo Neo.

Oscar se levantó y empezó a dar vueltas por la cocina. —En realidad no es mala idea.

—Tal vez todos tengamos lesiones en la cabeza —dijo Rock.

—Pensadlo —dijo Oscar—. Lo que estuviera pasando con las chicas, incluida Emma, era algo gordo. Alguien tuvo que llevárselas, hacerles daño o matarlas, esconder los cuerpos.

Se me revolvió el estómago; las tostadas francesas y el café se me hicieron un nudo en la garganta con las palabras de Oscar.

Porque no eran solo palabras. Estaba hablando de personas reales.

De Emma y las otras chicas.

Debió de notárseme en la cara, porque Oscar dejó de dar vueltas y se agachó a mi lado junto a la mesa.

Me cogió la cara entre las manos. —Lo siento.

La sinceridad se reflejaba en sus ojos oscuros.

—No es culpa tuya —dije—. Sé que pasó algo malo. Inspiré hondo, con un temblor, obligándome a pronunciar lo que venía después. —Sé que probablemente esté muerta.

La última frase me salió en un susurro. Me sorprendió que llegara a salir. Era la primera vez que lo decía en voz alta, aunque ese pensamiento me había perseguido durante casi dos años.

—Sea lo que sea lo que les pasó a Emma y a las demás, vamos a descubrir quién es el responsable y haremos que pague —dijo Neo.

Su voz era gélida y supe que esa era la forma que tenía Neo de cuidarme. Puede que no tuviera las palabras dulces de Rock ni la delicadeza de Oscar, pero le importaba, y lo demostraría desatando su furia contra cualquiera que me hiciera daño.

Empezaba a entenderlo. Mi propia tristeza, miedo y frustración se habían ido transformando en ira. Neo quería hacer pagar a quien hubiera hecho daño a Emma, y yo estaba con él en eso.

Me toqué el collar.

Sic semper tyrannis .

Muerte a los tiranos.

—Solo podremos hacer que paguen si descubrimos quiénes son —dijo Rock—. Y la viuda del decano Giordana es tan buen punto de partida como cualquier otro.