Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Willa

D espués de que Daisy se fuera, pasamos un par de horas instalándonos. Oscar y yo preparamos las camas con las sábanas y mantas que Daisy había traído mientras Rock organizaba la comida en la pequeña cocina.

Neo inspeccionó la sala de calderas en el sótano y reconoció los alrededores, advirtiéndonos de que Daisy tenía razón sobre los acantilados: el río que alimentaba las cataratas corría detrás de la casa y el borde del acantilado surgía de repente más allá de lo que en su día debió de ser el jardín trasero.

—Necesito una ducha —dije cuando terminamos de desempacar.

Rock sonrió.

—Me apunto.

Entrecerré los ojos.

—Ya veo que tienes algo más en mente que una ducha.

—¿Puedes culparme? —preguntó Rock—. ¡Han pasado días!

Puse los ojos en blanco.

—Días en los que nos han disparado, nos han echado de la carretera, hemos acabado en el hospital y hemos huido para salvar el pellejo.

—Molestias menores mientras no te alejen de nuestra cama —dijo Rock.

—Estoy con Rock —dijo Oscar—. Mojémonos y desnudémonos.

—Me apunto a lo de mojados y desnudos —dijo Neo, con los ojos oscurecidos por esa lujuria que tan bien conocía.

—Podemos ducharnos juntos —dije—, pero eso es todo lo que vamos a hacer. Y solo porque Rock probablemente necesita ayuda para mantener esa escayola seca. Nada de tonterías hasta que revise esas heridas de bala y me asegure de que no estén infectadas.

—Bien —dijo Rock—. Si eso es lo que hace falta para que te desnudes, acepto a regañadientes.

Elegimos el baño con la ducha más grande, que supuse habían reformado en algún momento de los años ochenta a juzgar por los azulejos horteras y los grifos de latón.

Abrí el agua caliente al máximo, suponiendo que tardaría un rato en llegar al tercer piso desde los calentadores que probablemente estaban en el sótano junto a la caldera. Luego ayudé a Rock a quitarse la camiseta y empecé a desnudarme mientras los Kings hacían lo mismo.

Me devoraron con la mirada mientras me quitaba la ropa interior que Oscar había elegido para mí en la gasolinera: unas braguitas rosas tipo bikini con la palabra Monday escrita en el trasero. Venían en un paquete con otras seis, cada una de un color diferente y con un día de la semana distinto.

Y los Kings no eran los únicos hambrientos. Había sido muy bravucona hablando de abstenerme de actividad vigorosa cuando los Kings estaban vestidos, pero sentí que mi determinación se desvanecía al contemplar sus fuertes cuerpos desnudos.

Los hombros de Neo parecían más anchos que nunca en el baño relativamente pequeño, y el vendaje empapado de sangre sobre su pecho solo hacía que su tatuaje de ángel —el tatuaje que me representaba— pareciera más peligroso y enigmático.

No me sorprendió ver que su enorme polla estaba dura como el granito, asomando entre sus muslos como un guerrero ansioso, porque a pesar de mis protestas anteriores, estaba mojada por ellos, con el coño empapado de deseo.

¿Qué demonios me pasaba? Estábamos huyendo para salvar nuestras vidas, hambrientos y exhaustos, y todo lo que mi cuerpo quería era a los Kings enterrados dentro de mí.

El baño se estaba llenando de vapor y me apresuré hacia el grifo para añadir un poco de agua fría, esperando que enfriara el fuego en mi sangre.

Era mucho pedirle a mi cuerpo que se calmara ante tres Kings preciosos y desnudos, pero lo que había dicho antes iba en serio: nada de tonterías hasta que supiera que estaban bien.

Me di la vuelta justo cuando las manos de Oscar se deslizaron entre mis muslos por detrás, con los dedos acariciándome el coño húmedo.

Le aparté la mano de un manotazo y abrí la puerta de la ducha.

—Sé buen chico y métete en la ducha.

Joder.

Incluso con un hilo de sangre goteándole por el muslo desde la herida de bala, estaba buenísimo. Su físico esbelto resaltaba cada músculo de los bíceps, el pecho tan cincelado como una estatua.

Tenía los abdominales como una tableta de chocolate y mi mirada descendió sin querer por el rastro de vello oscuro que conducía a su rígida polla con piercing.

Cuando por fin mi mirada volvió a su cara, me estaba mirando con una sonrisa cómplice.

—Lo que tú digas, tigresa.

Entró en la ducha, seguido por Neo.

Miré a Rock y le ordené a mi coño hambriento que se calmara ante la visión de su pecho esculpido, su polla hinchada y sus muslos enormes.

—Ni se te ocurra —dije con el ceño fruncido.

Se detuvo de camino a la ducha e inclinó la cabeza para besarme. Su lengua acarició la línea de mis labios y luego se enredó con la mía en una danza lánguida.

Por un segundo, olvidé la orden que le había dado y me dejé hundir en el beso. Luego su mano se cerró sobre mi teta, el pulgar acariciándome el pezón, y volví en mí de golpe.

—Buen intento —dije, apartándome del beso. Lo miré—. Casi lo consigues. Ahora métete en la ducha.

Sonrió como el gato que se comió al canario.

—Lo que tú digas, gatita.

Entré en la ducha después de ellos y Rock me agarró de las caderas para colocarme bajo el chorro de agua caliente. Estábamos apretados, desde luego, pero difícilmente podía quejarme rodeada de Kings desnudos mientras echaba la cabeza hacia atrás bajo el agua caliente.

Gemí de placer mientras me empapaba el pelo y me corría por el cuerpo magullado.

—Oh, Dios mío, qué bien sienta.

Cuando abrí los ojos, los tres Kings me miraban como leones a punto de abalanzarse sobre una gacela.

—Sigue gimiendo así y no podré portarme bien —dijo Oscar.

—Sí, bueno, si alguna vez sientes la tentación de portarte mal, solo mira el agua que se arremolina a nuestros pies —dije.

Miraron la sangre que se mezclaba con el agua mientras se iba por el desagüe, pero por lo visto no les impresionaba ni de lejos tanto como a mí, porque Rock se limitó a encogerse de hombros.

—Es solo un poco de sangre —dijo Rock—. Y ni siquiera es mía, así que no veo por qué me castigan a mí junto con estos dos imbéciles.

—Por si no te has dado cuenta, te falta un brazo —dije.

Sonrió. —No necesito este brazo para lo que quiero hacerte.

Sus palabras me recorrieron el cuerpo como una oleada de calor y me obligué a coger el champú en lugar de agarrar otra cosa.

Me escabullí entre ellos hacia el fondo de la ducha, intentando no rozar sus cuerpos al pasar. Era una locura que, después de todo lo que habíamos pasado, lo que más deseara fuera un buen polvo con los tres tipos que una vez desprecié, pero no tenía sentido mentirme a mí misma.

—Me lavaré el pelo mientras os enjabonáis —dije—. Excepto tú, Rock. Tienes que mantener esa escayola seca. Dame un segundo y te ayudo.

Miró triunfante a Neo y Oscar. —¿Oís eso? Va a ayudarme.

—Que te jodan —dijo Neo, metiéndose bajo el chorro de la ducha.

Veinte minutos e incontables intercambios similares después, salimos de la ducha y cogimos las toallas que Daisy nos había traído.

Estaba agotada del esfuerzo de mantener a los Kings a raya, de apartar sus manos errantes de mi cuerpo cuando lo único que quería de verdad era ceder al placer que sabía que podían darme.

Con todo el trauma del accidente de coche y el tiroteo —sin mencionar la angustiosa huida de los hombres de Roberto en el hospital—, había olvidado la ardiente noche que los Kings y yo habíamos pasado juntos en Navidad.

Ahora todo volvía de golpe, y recordé la sensación de estar tumbada frente al fuego, con la polla de Oscar en mi boca mientras Rock me llenaba el culo y Neo me embestía el coño.

A pesar de nuestra precaria situación, quería más.

Mucho más.

No había tenido tiempo de averiguar qué significaba eso respecto a mis sentimientos hacia los Kings —especialmente Neo—, pero a mi cuerpo le importaban una mierda mis sentimientos.

Inspeccioné a los Kings uno por uno. Las heridas de Neo y Oscar estaban inflamadas de tanto ajetreo, pero no parecían infectadas. Las cubrí con la pomada antibacteriana del botiquín que Neo había comprado en la gasolinera y las volví a vendar con gasa limpia.

Por fuera, Rock solo estaba un poco magullado, con los mismos cortes y moratones que yo. Pero seguía preocupada por su lesión en la cabeza. Por mucho que intentara quitarle importancia, correr y esforzarse como lo había hecho en las últimas veinticuatro horas era lo último que necesitaba.

Por suerte, Daisy había traído un router portátil junto con el resto de suministros, y tomé nota mental de buscar en internet señales de alerta de posibles complicaciones. Tendríamos que vigilar a Rock hasta asegurarnos de que estaba fuera de peligro.

Limpios y recién vendados, nos pusimos la ropa de antes porque no teníamos otra opción.

Me pregunté cuánto tardaríamos en poder recoger algunas cosas de la casa de los Kings, o al menos hacer una compra de verdad.

Solo me quedaban seis días de ropa interior limpia, y las gafas de sol con forma de corazón y la camiseta rosa demasiado pequeña no iban a durarme eternamente.

Fuimos a la pequeña cocina y nos sentamos alrededor de una mesa de madera desgastada mientras Rock preparaba sándwiches de queso a la plancha.

No eran los gourmet que había hecho cuando llegué a la casa de los Kings en septiembre, pero con la macedonia enlatada de la gasolinera pensé que podría ser la comida más deliciosa que había probado en mi vida.

Todos estábamos hambrientos y devoré dos de los pegajosos sándwiches de queso y medio cuenco de fruta mientras investigaba sobre lesiones en la cabeza en mi móvil desechable.

Los Kings se zamparon tres sándwiches en menos tiempo del que yo tardé en comerme uno, y para cuando terminamos, nos habíamos quedado callados.

No podía hablar por ellos, pero yo estaba agotada; la comida y la ducha me arrastraban hacia un colapso inevitable.

—Deberíamos hablar de lo que viene ahora —dijo Neo.

Me levanté. —Tendréis que hacerlo sin mí —dije—. Ni siquiera puedo pensar con claridad. Me voy a la cama.

—No es la única —dijo Rock—. Necesito desplomarme.

Oscar se levantó para unirse a nosotros. —Tenéis razón. Estamos todos agotados. No vamos a rendir hasta que durmamos.

—Alguien tiene que vigilar a Rock y despertarlo cada hora o dos —dije, repitiendo lo que había leído en internet.

—Lo haré yo —dijo Neo—. De todos modos estoy demasiado acelerado para dormir ahora.

Cómo alguien podía estar acelerado después de todo lo que habíamos pasado, seguido de la ducha caliente y las bombas de carbohidratos que acabábamos de meternos, me superaba, pero me alegraba de que alguien pudiera mantenerse despierto y vigilar a Rock.

—Podemos hacerlo por turnos —dijo Oscar—. Despiértame cuando estés listo para dormir y yo tomo el relevo.

—Cogeré el dormitorio del fondo del pasillo —dije.

—Ni de coña —dijo Neo.

Lo miré. —Si te importa tanto, cojo otro y ya está.

Oscar me pasó un brazo por los hombros. —Creo que lo que quiere decir, tigresa, es que ni de broma vas a dormir sola.

—Sé que dije que tenía que revisaros antes de hacer nada, pero estoy agotada de verdad —dije.

—Nadie está hablando de hacer nada —dijo Rock—. Aunque estoy más que dispuesto a discutirlo. Creo que lo que estamos diciendo es que no queremos perderte de vista.

Ahora lo entendía. Estaban preocupados por mí. De eso iba todo.

—Vale, ¿quién es el afortunado? —pregunté.

—Todos —dijo Neo.

—De acuerdo —dijo Oscar—. Dormiremos en la misma habitación, al menos por ahora.

—Las camas serán demasiado pequeñas —dije.

Neo cruzó los enormes brazos sobre el pecho, igual de enorme. —Entonces juntamos dos. No vamos a perderte de vista, Jezabel.

En cualquier otra situación, tanta protección habría sido jodidamente molesta, pero ahora mismo me sentaba bien saber que estaban cuidando de mí.

Para bien o para mal, estábamos juntos en esto. Que me alegrara planteaba un montón de preguntas problemáticas y exactamente cero respuestas.