Capítulo 8
Willa
— N o me lo puedo creer, joder —refunfuñó Rock mientras cruzábamos el aparcamiento.
—No quiero oírlo —dijo Oscar—. Todos estuvisteis de acuerdo en que hiciera yo la compra.
—Sí, porque no sabía que me ibas a comprar un vestido —dijo Rock.
—No es un vestido, es un caftán —dijimos Oscar y yo al unísono.
Ya habíamos tenido esta conversación en el coche. Oscar había dudado sobre qué comprarle a Rock por lo de su brazo, así que había elegido un caftán vaporoso con estampado tropical, pensando que Rock podría llevar el brazo por dentro.
Rock no había podido rebatir la lógica, pero eso no significaba que estuviera contento de entrar en un área de servicio en medio de la nada con un caftán puesto.
—Bueno, sea lo que sea, es una mierda —dijo Rock—. Se me van a rozar los huevos. Además, dijiste que intentábamos no llamar la atención. No creo que nada de esto ayude precisamente en ese sentido.
Tenía razón. Oscar era el menos llamativo de nosotros, con pantalones de chándal negros y una camiseta negra con la imagen de un camión y las palabras Siéntate y deja que papá conduzca , pero a Neo le habían tocado unas bermudas de cuadros y una camisa hawaiana enorme con estampado de flores.
Si a eso le sumabas el caftán de Rock, sin duda formaban un grupo variopinto.
Neo se removió dentro de la holgada camisa hawaiana. —Esta cosa parece que la ha recortado un crío de guardería con tijeras de punta roma.
—Dejad de quejaros —dijo Oscar—. Tú tenías que montar el numerito con lo de llevar una talla extragrande. Esto es lo que tenían en la sección de tallas extragrandes.
—Creo que estáis todos increíbles —intenté decir con cara seria. Cogí la mano de Rock—. Y los vestidos están muy de moda para los hombres ahora.
Me miró. —Uno, no es un vestido, es un caftán. Dos, solo intentas hacerme sentir mejor. Tres, tú lo tienes fácil. Estás mona de cojones.
Probablemente solo lo decía por decir algo amable, pero a mí no me había ido tan mal. Oscar había elegido unos pantalones de chándal rosas y una camiseta rosa demasiado pequeña con la imagen de un bulldog que, inexplicablemente, lucía una boina con brillantitos.
Le había dado la lata por el tamaño de la camiseta, recordándole que había afirmado conocer mi talla, momento en el que él había mirado sugestivamente mis tetas, bien a la vista en la diminuta camiseta, y había dicho: «La conozco».
Cabrón.
También me había comprado unas gafas de sol rojas con montura de corazón solo porque eran monas. Las llevaba puestas para entrar en el área de servicio aunque era pasada la medianoche porque tenía razón: eran monas.
Habíamos esperado pasar desapercibidos ahora que llevábamos ropa, pero eso... no fue lo que pasó.
Oscar se acercó a la puerta y la mantuvo abierta. Neo entró primero, con su arrogancia característica bien visible a pesar de su atuendo poco elegante. Yo iba justo detrás de él, con las luces fluorescentes de la tienda atenuadas por mis nuevas gafas de sol.
Lo que no me impidió ver a la gente que se giró para mirarnos.
La verdad es que no podía culparlos, especialmente cuando Rock cruzó la puerta con su caftán.
Miré atrás para asegurarme de que él y Oscar estaban con nosotros, y había que reconocérselo a Rock: mantenía la cabeza alta aunque solo le sobresalía un brazo del caftán, con el otro todavía sujeto al costado bajo la tela, tal como Oscar lo había planeado.
Solo podía imaginar lo que pensaría todo el mundo mientras pasábamos junto a ellos y nos adentrábamos en la tienda.
¿Recién salidos de una fiesta de disfraces?
¿Refugiados de una rave?
¿O simplemente un grupo heterogéneo de veinteañeros con el gusanillo nocturno?
Oscar había encontrado chanclas para él y para Neo, así que al menos no iban descalzos encima de todo. Estaba segura de que se les estarían congelando los pies con el frío de finales de diciembre, pero las chanclas eran mejor que nada.
—Nos vemos en la caja en veinte minutos —dijo Neo.
—¿Veinte minutos? —pregunté. No era mucho tiempo para pensar en las provisiones que necesitaríamos para los próximos días.
Se giró para mirarme. —Por si no te has dado cuenta, Jezabel, somos la atracción estrella de este lugar ahora mismo. Aún tenemos que salir de aquí cuanto antes.
Él y Oscar se dirigieron hacia los artículos no alimentarios.
—Vamos, gatita —dijo Rock—. A ver qué tipo de sustento podemos encontrar en este lugar.
Pasamos junto a las estanterías de chocolatinas y otros aperitivos cerca de la caja y nos dirigimos hacia lo que parecía una pequeña sección de comestibles en el centro de la tienda.
Rock se detuvo frente a un estante lleno de conservas, cogió una lata de alubias negras y miró hacia el caftán, donde tenía el brazo escondido. —Creo que vamos a necesitar un carrito o algo.
Miré alrededor. —No creo que tengan carritos en sitios como este. —No era precisamente una experta en tiendas de área de servicio—. Déjame ir a ver si tienen cestas o algo.
Me apresuré hacia la parte delantera de la tienda y examiné la zona alrededor de la caja y la entrada principal, pero no vi nada que se pareciera a una cesta.
Era un problema que ni siquiera había considerado. La mayoría de la gente no hacía la compra del mes en un área de servicio.
Mi mirada se posó en una pequeña sección de ropa —probablemente la misma donde Oscar había encontrado nuestra ropa— y una fila de bolsas de tela con frases turísticas graciosas.
Cogí seis y volví corriendo junto a Rock, fulminando con la mirada a un hombre mayor de cara curtida que miraba a Rock con los ojos entrecerrados.
Genial. Justo lo que necesitábamos. Un boomer intolerante buscando bronca por cómo iba vestido Rock.
Le cogí la mano. —Esto es lo mejor que he podido encontrar —dije, levantando las bolsas de tela.
—Buena idea —Rock me lanzó una mirada nerviosa—. Larguémonos de aquí. No estoy en condiciones de pelear y me da que ese imbécil de allí anda buscando bronca.
—Yo sujeto las bolsas —dije—. Tú dime qué coger.
Los siguientes veinte minutos pasaron en un torbellino de instrucciones de Rock mientras recorría los estantes con la mirada y me decía qué meter en las bolsas.
Casi podía oír cómo le funcionaba la cabeza, intentando improvisar comidas con la escasa selección del minimercado y sin saber dónde estaríamos después.
Cogimos alubias y tomates en lata, atún y sopa, galletas saladas y pan integral, además de un montón de aperitivos, aunque Rock protestó diciendo que no tenían ningún valor nutricional. Luego fuimos a la nevera a por leche, huevos, fiambres, queso y mantequilla.
—Necesitamos una nevera portátil —dijo Rock—. Y hielo.
Dejé las bolsas, que ya abultaban bastante, en el suelo cerca de sus pies.
—Espera aquí.
Recorrí el minimercado a paso rápido y vi a Neo, que estaba cogiendo cosas de uno de los estantes. Oscar no aparecía por ningún lado, pero al final encontré una sección de artículos de acampada y cogí una nevera portátil grande con ruedas y un asa práctica para arrastrarla.
La arrastré hasta donde estaba Rock.
—¿Es lo bastante grande?
—Servirá por ahora —dijo Rock.
Metimos bolsas de hielo en la nevera y Rock la arrastró con el brazo bueno hasta la caja mientras yo me colgaba las bolsas de tela de los dos brazos.
Pesaban lo suyo, y para cuando llegamos a la parte delantera de la tienda me dolían los brazos del esfuerzo. No estaba tan malherida como los Kings, pero aún tenía el cuerpo molido. Estaba deseando volver al coche, donde podría estirarme y quizás hasta echar una cabezada.
—¿Dónde está Drago? —preguntó Neo, que se nos unió junto a la caja.
—Aún no ha llegado —le eché un vistazo a lo que llevaba en los brazos—. Por favor, dime que tienes Tylenol o algo por el estilo.
Se le ensombreció la mirada.
—¿Estás bien?
Era lo más parecido a una muestra de preocupación que podía esperar de Neo, a menos que estuviera partiéndole la cara a alguien por mirarme mal o sacándome de las garras de un equipo de asesinos para salvarme la vida.
—Estoy bien —dije—. Solo un poco dolorida.
Oscar se nos unió un minuto después, tirando de otra nevera portátil.
Miró la que estaba junto a Rock.
—Los genios pensamos igual.
—Fue idea de Willa —dijo Rock—. También hemos cogido hielo.
—Bien —dijo Oscar—, porque la mía está llena de papel higiénico, champú y esas cosas. Además de móviles de prepago y tarjetas regalo para recargarlos.
Neo miró a un tipo joven con barba que llevaba una gorra de Los Camioneros lo Hacen en la Carretera . No nos quitaba ojo mientras se ponía a la cola, y yo cambié el peso de un pie a otro y me acerqué más a Oscar.
—Larguémonos de aquí —dijo Neo.
Fuimos avanzando nuestras cosas poco a poco hasta que nos tocó pagar, y cogí puñados de chocolatinas y bolsas de chuches y las eché sobre el montón que una chica con pinta de cansada y el pelo rosa iba pasando por caja.
—Ni me voy a molestar en decirte lo mala que es esa mierda para ti —dijo Rock suspirando.
—Bien —dije—, porque estoy desfalleciendo y necesito algo que meterme en la boca ya.
Neo sonrió con suficiencia.
—Seguro que cualquiera de nosotros estaría encantado de echarte una mano con eso, Jezabel.
—Ja, ja, qué gracioso eres —dije sin mover un músculo de la cara.
No me ofendí en absoluto. No había nada más normal que Neo dándome la tabarra.
Oscar metió la tarjeta de crédito en el lector y un par de minutos después íbamos de vuelta al coche. Oscar y Rock tiraban de las neveras portátiles mientras Neo insistía en cargar con la mayoría de las bolsas de tela llenas de comida, además de los suministros de primeros auxilios.
Guardamos todo en el maletero del Impala excepto los móviles y una bolsa con aperitivos y bebidas —además del Tylenol— y volvimos a meternos en el coche.
Esta vez Neo se puso al volante y Oscar de copiloto. Yo estaba encantada de ir detrás con Rock, donde podía estirarme. Abrí el frasco de Tylenol, me eché dos pastillas en la mano y le pasé el frasco a Rock.
Me tragué las pastillas con un sorbo de Gatorade y le quité el envoltorio a una barrita Snickers.
—¿Y ahora qué? —pregunté mientras masticaba el primer bocado.
—Ahora buscamos un sitio menos concurrido para cambiar de coche —dijo Oscar—. Y luego, un lugar donde escondernos —miró a Neo y a Rock—. ¿Ideas?
—Algún sitio cerca del campus —dijo Rock.
—¿Por qué cerca del campus? —pregunté antes de dar otro mordisco a la barrita. De repente estaba muerta de hambre y ya notaba el azúcar corriéndome por las venas.
Calculé que me quedaban unos diez minutos antes de caer redonda.
—Vamos a necesitar ayuda —dijo Rock—. Nos deben favores en Blackwell Falls. Y tenemos aliados en las otras casas de Aventine.
—¿O sea que necesitamos un sitio cerca del campus donde Roberto no pueda encontrarnos? —pregunté.
—Exacto —dijo Rock.
—No sé si será posible —dijo Neo—, pero se me está ocurriendo algo…
—Puede que esté pensando lo mismo —dijo Oscar.
Neo lo miró desde el asiento delantero.
—¿Daisy?
Oscar asintió.
—Daisy.
Neo arrancó el coche.
—Activa uno de los móviles.