Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Rock

L levábamos dos horas en carretera cuando Drago por fin se desvió y entró en un enorme complejo de área de servicio con surtidores de gasolina y una cafetería anexa.

Hacía rato que había perdido la noción de dónde estábamos; Drago llevaba el Impala por una serie de carreteras secundarias para evitar las autopistas.

Y daba igual. Solo tenía una cosa en la cabeza, una sola cosa que importaba.

Willa había resultado herida estando a mi cargo.

No me molesté en decirlo en voz alta. Drago me diría que no fuera idiota, Neo me diría que dejara de autocompadecerme, y Willa se apresuraría a explicar todas las razones por las que no era culpa mía que estuviera cubierta de cortes y moretones.

Nada de eso cambiaría el hecho de que ella estaba conmigo cuando el coche volcó, cuando los hombres de Roberto nos dispararon. Si un conductor cualquiera no se hubiera detenido cuando el coche volcó, lo que obligó a los hombres de Roberto a largarse, Willa estaría muerta.

No podía pensar en ello sin querer gritar.

Se había pasado al asiento de atrás, y la miré; los moretones en su bonita cara eran visibles incluso en la penumbra del coche. Nada me parecía más importante que mantenerla a salvo.

Y había fallado.

—¿Estás seguro de que es seguro parar? —preguntó Willa, observando el concurrido aparcamiento, repleto de camioneros de larga distancia y turistas de viaje.

Una hilera de enormes tráileres con sus remolques de carga se alineaba a un lado del aparcamiento, algunos con el motor al ralentí, otros a oscuras, con sus conductores durmiendo dentro o estirando las piernas y pillando algo de comer en el minimercado o la cafetería.

—Define «seguro» —dijo Drago, apagando el motor.

Ella arqueó las cejas.

—¿Un sitio donde los hombres de Roberto no vayan a aparecer pegando tiros?

—No hay garantías —dijo Drago—, pero es improbable. Salimos del hospital antes que ellos y hemos evitado todas las carreteras principales. No he visto que nos siguieran, y hubo muchos tramos donde me habría dado cuenta.

—Vale —dijo ella—. Entro, nos pillo algo de ropa, y luego entramos todos a por comida y eso.

—Vamos todos —dije. No pensaba perderla de vista.

Ladeó la cabeza como si estuviera mal de la azotea.

—¿En serio?

—¿Qué? —pregunté.

—Míranos —dijo—. Vamos en pijamas de hospital, Neo y Oscar van descalzos, y estamos hechos polvo. Si entramos todos, alguien va a llamar a la policía.

Tenía razón, y tuve que contener la carcajada histérica que amenazaba con escapárseme.

Había estado en muchas situaciones raras —en Estados Unidos y en Sicilia trabajando para la familia—, pero ninguna se acercaba a estar sentado en el Impala a oscuras con tres de las cuatro personas que más me importaban (tenía que contactar con Sophia, ver cómo estaba, asegurarme de que mi hermanita estuviera a salvo), todos con pijamas de hospital robados, discutiendo si tenía sentido ir de compras de madrugada a un área de servicio en medio de la nada.

—Entonces voy yo —dije.

Neo puso los ojos en blanco.

—Eres el último que debería ir. Ni siquiera deberías estar de pie. ¿Y si te desmayas o algo? No estaremos allí para sacarte. Debería ir Drago.

—¿Por qué Oscar? —preguntó Willa.

—Porque asusto a la gente incluso cuando no lo intento —dijo Neo—. Y todos pensarán que tú necesitas ayuda. Además, ni de coña te dejo entrar ahí sola.

—Apoyo la moción —dije.

—Yo también —dijo Drago, y luego añadió—: ¿Se puede decir «yo también también»? —Alzó la vista, como intentando encontrar la respuesta, luego se encogió de hombros y se giró en el asiento del conductor para mirar a Rock—. Voy yo. Dame tu tarjeta de crédito.

—Si usamos la tarjeta, podrán rastrearnos —dijo Willa.

—No de inmediato —dijo Neo—. Y ahora mismo no tenemos otra opción. Necesitamos conseguir ropa y comida, cambiar de coche y de matrículas, y encontrar un sitio donde reagruparnos.

—Tiene razón —dije—. Para cuando los hombres de Roberto rastreen mi tarjeta, si es que se molestan, ya estaremos lejos. En cuanto entre, usaré el wifi para acceder a nuestras cuentas en el extranjero y transferir dinero a la cuenta numerada en Aruba.

Willa negó con la cabeza.

—Espera, ¿tenéis... cuentas en el extranjero?

Drago extendió la mano para coger mi tarjeta.

—Llevamos mucho tiempo preparándonos para esto, tigresa. Lo que no esperábamos era que descubrieran nuestro escondite.

—Lo siento —dijo Willa, con la desolación pintada en el rostro.

Le cogí la mano.

—Deja de disculparte. Nadie te culpa. Solo necesitamos tiempo para pensar. El dinero nos ayudará.

Le di mi tarjeta a Drago y él fue a abrir la puerta.

—Uso talla extra grande en todo —dijo Neo.

—Ya lo sé —dijo Drago.

Casi podía verlo poniendo los ojos en blanco.

—¿No necesitas saber mi talla? —preguntó Willa.

Drago se volvió hacia ella con una sonrisa burlona.

—¿Crees que no sé tu talla, tigresa?

En el asiento de atrás estaba oscuro, pero habría jurado que Willa se sonrojó. Era una de las cosas más adorables de ella. No es que fuera una virgencita inocente. Había pasado las de Caín, había viajado sola por el mundo y seguramente había tenido algún que otro rollo por el camino.

No es que me gustara pensar en eso. De hecho, hacía todo lo posible por no pensar en ello porque era una de las pocas cosas que me daban ganas de destrozar algo. No era ingenuo. Sabía que Willa había estado con otros hombres antes de nosotros; simplemente no me gustaba pensar en ello.

Pero aun con todo eso, a veces parecía tímida y no podía evitar encontrarlo jodidamente adorable.

Drago cerró la puerta tras él y observamos cómo se dirigía hacia la estación de servicio. Había aparcado lejos de las farolas que iluminaban el aparcamiento, pero cuando por fin llegó a la luz que emanaba del complejo, vi lo mal que estaba.

No sabía si Drago había cojeado cuando corrimos por el hospital y salimos al aparcamiento, pero ahora cojeaba, obviamente herido, con el pelo revuelto y con pinta de que le faltaba un tornillo.

La cosa no pintaba bien. Suspiré y me recosté en el asiento, esperando que pudiera entrar y salir sin llamar demasiado la atención.

Willa se deslizó por el largo asiento trasero y se pegó a mi costado. Me tocó la cabeza con delicadeza.

—¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?

La rodeé con el brazo y la atraje hacia mí, saboreando la sensación de su cuerpo contra el mío aunque la vergüenza me atravesaba como un acorde desafinado.

—Estoy perfectamente, gatita. No te preocupes por mí. ¿Cómo estás tú? No hemos tenido mucho tiempo para hablar.

—Yo también estoy bien —dijo ella—. Gracias a ti.

—¿Gracias a mí?

—Tú eras el que conducía cuando vinieron a por nosotros —dijo—. A Neo y a Oscar les dispararon. Tú me mantuviste con vida.

Negué con la cabeza.

—No puedo atribuirme ese mérito. Si esa gente no se hubiera detenido...

Solo recordaba vagamente el momento justo después de que el coche volcara, pero recordaba un monovolumen blanco que se detuvo en lo alto del terraplén, el conductor asomándose por el borde, mi alivio cuando los hombres de Roberto se largaron a toda velocidad justo antes de que perdiera el conocimiento.

—Pero lo hicieron. Y tú eras el que conducía y daba órdenes mientras ellos disparaban e intentaban echarnos de la carretera —dijo.

Era una contribución insignificante a su seguridad, pero no le correspondía a ella consolar mi ego herido.

Le besé la coronilla.

—Solo me alegro de que estés bien.

—Deberíamos separarnos cuando entremos —dijo Neo desde el asiento delantero—.

No podemos permitirnos dar nada por sentado, y Drago está llamando la atención ahí dentro nos guste o no.

Será mejor cuando todos llevemos ropa de verdad, pero alguien podría recordarlo y vamos a parecer sospechosos de cojones.

—De acuerdo —dije.

—Tú y Willa coged toda la comida que creáis que vamos a necesitar en los próximos días —dijo Neo—. Yo buscaré material de primeros auxilios y Drago puede conseguir artículos de aseo y móviles de prepago.

—Willa debería ir contigo o con Drago —dije.

Willa se removió y me miró.

—¿Por qué? Alguien debería estar contigo.

—No necesito niñera, gatita —le besé la coronilla para suavizar mis palabras. No estaba enfadado con ella. Estaba enfadado conmigo mismo, y ya no confiaba en mí mismo para protegerla—. Estarás más segura con Neo o Drago.

Su deliciosa boca se torció en una mueca y agaché la cabeza para besarla. Estaba jodido de todas las formas posibles: la cabeza me martilleaba como si alguien me la hubiera taladrado, el cuerpo me dolía entero y el brazo roto empezaba a latir con fuerza.

Y eso era solo lo físico.

—No es negociable —dijo Neo—. Willa se queda contigo.

—Vale —murmuré. No me sentía yo mismo y no tenía fuerzas para discutir.

Observé a la gente entrar y salir de la estación de servicio, envidiando su libertad.

El complejo era un hervidero de actividad: coches que llegaban a los surtidores y se marchaban solo para ser reemplazados por otros, y un flujo constante de clientes que entraban en la estación y salían unos minutos después con bolsas en las manos.

Iluminado por las luces artificiales que lo rodeaban, era un oasis inquietante, un faro en la oscuridad de dondequiera que estuviésemos.

Por fin Drago salió junto con varias personas más. Llevaba dos bolsas de plástico en una mano, cojeando junto a gente que reía y hablaba, despreocupada porque sabía que nadie la perseguía ni estaba dispuesto a dispararle en público.

Parecía tan fuera de lugar, tan obviamente mal , que casi esperaba que alguien lo detuviera en su trayecto por el largo tramo de asfalto entre la estación de servicio y donde habíamos aparcado, pero un minuto después estaba allí, abrió la puerta del conductor y se deslizó en el coche soltando un resoplido.

—Joder —dijo.

—¿Qué? —preguntó Willa.

—Intenté no llamar la atención, pero... —dijo.

—¿Llamaste la atención? —pregunté.

—Más o menos —dijo.

—¿Nos encontraste ropa a todos? —preguntó Neo.

—Más o menos —dijo Drago.

Neo lo fulminó con la mirada.

—Dame esas bolsas.