Capítulo 6
Willa
N o tuvo que decírmelo dos veces: ya me estaba arrastrando tras él, y además yo no tenía la menor intención de toparme cara a cara con los cuatro hombres que venían hacia nosotros.
Neo empujó a la doctora contra la pared al pasar. —¡Al suelo y no se mueva!
Pasamos volando junto a ella, con Rock y Oscar pisándonos los talones como una mancha borrosa.
No tenía ni idea de adónde íbamos ni dónde íbamos a escondernos. Al final del pasillo había una habitación con la puerta abierta, la cortina echada alrededor de lo que supuse que era una cama, y el televisor colgado del techo a todo volumen con un concurso.
Menos mal que llevaba botas cuando doblamos la esquina hacia otro pasillo interminable. Con calcetines me habría estampado contra la pared a la velocidad a la que Neo me arrastraba.
Solo tuve un segundo para preocuparme por la herida de bala en el pecho de Neo, la lesión en la cabeza de Rock, el agujero de bala en el muslo de Oscar. Un segundo después sonaron dos disparos a nuestra espalda y las balas se incrustaron con un golpe seco en la pared de la derecha.
—¡Joder! —soltó Neo mientras recorría con la mirada las puertas a ambos lados del pasillo buscando una salida.
Nos acercábamos a otra esquina y empezaba a entender que el hospital estaba distribuido en una serie de pasillos que formaban un cuadrado. Si doblábamos dos esquinas más volveríamos al ascensor, aunque esperar a que llegara no parecía la mejor idea.
Un par de enfermeras y un hombre mayor en bata de hospital asomaron al pasillo, atraídos por el jaleo.
—¡Atrás! ¡Atrás! —gritó Oscar al pasar corriendo.
Llegábamos al final del pasillo cuando vi una pequeña placa metálica junto a una puerta cerrada.
Escaleras.
Neo también debió de verla porque tiró de mí hacia la escalera. Abrió la puerta, prácticamente me lanzó dentro y esperó a que entraran Oscar y Rock.
A mitad del primer tramo miré hacia atrás y vi a los tres que bajaban a toda velocidad detrás de mí.
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó Oscar desde atrás.
Llegué al segundo tramo y oí abrirse la puerta por encima de nosotros, seguida de pasos pesados.
Los dolores y molestias tan evidentes veinte minutos antes habían desaparecido; mi cuerpo estaba inundado de adrenalina y había entrado en modo supervivencia total.
Solo podía esperar que a Neo, Oscar y Rock les pasara lo mismo, que no sintieran el dolor de sus heridas, mucho más graves que las mías, y sobre todo que Rock siguiera consciente y no se estuviera destrozando la cabeza al huir del hospital en lugar de descansar como haría cualquier persona cuerda.
Los hombres de Roberto habían renunciado a la discreción: dispararon sobre nosotros y los tiros retumbaron en el estrecho hueco de la escalera, dejándome los oídos zumbando con el estruendo de metal contra metal.
No tenía ni idea de cuántos tramos habíamos bajado cuando llegamos a un rellano y vi un cartel de la segunda planta junto a una puerta que daba al pasillo.
Casi habíamos llegado a la planta baja. Los hombres de Roberto seguían pisándonos los talones, pero si conseguíamos llegar al vestíbulo tendríamos adónde correr.
—¡Uno más! —grité, con la esperanza de que los Kings me oyeran por encima del estruendo de los pasos en las escaleras metálicas y los disparos que sonaban cada pocos segundos.
Los hombres de Roberto disparaban a ciegas, confiando en tener suerte y frenarnos, porque era imposible que tuvieran un tiro limpio en el hueco de la escalera.
Sentí un alivio enorme cuando vi el cartel de la primera planta. Abrí la puerta de golpe y la sujeté para Oscar y Rock. Neo cruzó un segundo después y dejó de correr.
—Llevadla al aparcamiento —les dijo a Oscar y Rock—. Encontrad un coche.
Entonces comprendí que nos estaba diciendo que él no vendría. Que iba a quedarse atrás.
Le agarré del brazo. —¡No! ¡No vamos a dejarte!
—Más os vale no dejarme —dijo, y me besó fuerte y rápido en los labios. Me empujó hacia Oscar y Rock y se aferró a la manilla de la puerta de la escalera—. Solo voy a entretener a estos tipos el tiempo justo para que encontréis un coche. Estaré justo detrás de vosotros.
Quería discutir. La unión hace la fuerza, y nunca me había sentido más segura que con los Kings. Pero sobre todo, no quería dejar a Neo solo frente a los hombres de Roberto.
Pero discutir sería de imbéciles.
No había tiempo.
—Si no vienes te mato yo misma —dije, y me di la vuelta para echar a correr.
—Tened ese puto coche listo cuando salga —nos gritó Neo.
Oí a los hombres aporreando la puerta mientras cruzábamos el vestíbulo del hospital, y luego más disparos desde el hueco de la escalera: los hombres de Roberto intentaban abrirse paso a tiros.
La gente que había en el vestíbulo gritó —unos se agacharon y se escondieron, otros echaron a correr— mientras los disparos resonaban por el hospital.
La escena se convirtió en caos en menos de cinco segundos: los de seguridad corrían hacia el ruido, la gente huía en todas direcciones presa del pánico, que probablemente era lo que Neo pretendía.
En cuanto soltara la puerta, podría correr con la multitud. Sería más difícil identificarlo.
Más difícil dispararle.
Podría llegar al coche a tiempo.
—Esperad —dije sin aliento mientras salíamos a una noche clara y gélida—, ¿cómo vamos a conseguir un coche?
—No te preocupes por eso, tigresa —dijo Oscar mientras tiraba de mí hacia el aparcamiento, sin parecer notar el pavimento helado bajo sus pies descalzos—. Solo ayúdanos a encontrar un coche viejo. Algo que necesite llave.
Miré hacia atrás mientras pasábamos corriendo junto a las primeras filas de coches. La gente salía en masa del hospital con cara de pánico. Algunos se alejaban del edificio y luego se giraban a mirar el jaleo. Otros iban directos al aparcamiento, con ganas de largarse de allí.
—Tenemos que darnos prisa —dije.
No creía que nadie fuera a pararse a denunciarnos si nos pillaban robando un coche, pero tampoco quería que el dueño del coche que eligiéramos nos pillara con las manos en la masa.
—Ahí —dijo Rock, señalando un sedán verde mar aparcado bajo un árbol.
Lo bueno: estaba aparcado bajo un árbol, en las sombras, lejos de las farolas que iluminaban el aparcamiento.
Lo malo: parecía que había salido de fábrica antes de que naciera mi madre.
Además, era enorme. No era precisamente el coche ideal para una huida rápida.
—Esto funcionará —dijo Oscar. Me di cuenta de que cojeaba y me mordí la lengua. Habían tenido razón al insistir en que saliéramos del hospital cuando lo hicimos. Si no lo hubieran hecho, podríamos estar todos muertos, y esa posibilidad todavía no estaba descartada.
Ya me preocuparía por la cojera de Oscar más tarde.
Comprobó la puerta del conductor, la encontró abierta y suspiró aliviado. —Joder, sí. Subid.
Rock se acomodó en el asiento trasero mientras yo me subía al delantero. Neo necesitaría una huida rápida; Rock podría abrirle la puerta mientras Oscar conducía.
El coche era enorme, tan grande que ni siquiera tuve que recoger las piernas mientras él rebuscaba en la guantera, que llevaba grabada la palabra Impala .
—Este cacharro tiene un V8 —dijo Oscar—. No arranca rápido, pero tiene mucha potencia. Podría haber sido peor —rebuscó unos segundos más hasta que encontró un destornillador—. ¡Sí!
No tenía ni idea de por qué alguien guardaría un destornillador en la guantera, pero supuse que era buena señal, ¿no?
Di un salto cuando sonaron disparos, y esta vez no venían de dentro del hospital.
Me giré para mirar y vi que Rock hacía lo mismo. Neo corría descalzo por el aparcamiento con el uniforme de hospital, usando los coches como cobertura mientras los hombres de su padre intentaban acertar a un blanco en movimiento.
Podría haber sido gracioso si no hubiera sabido que podían matarlo en cualquier momento. Se me encogió el corazón solo de pensarlo, y no tuve tiempo de analizar qué significaba que la idea de perderlo —de perderlos a cualquiera de ellos— me dejara sin respiración.
Ya había estado cerca. Demasiado cerca.
Por favor , recé en silencio a quien quisiera escucharme. Por favor .
—Han salido —le gritó Rock a Oscar—. Neo está expuesto. ¡Date prisa, joder!
—Estoy en ello —dijo Oscar con calma, como si estuviera limpiando los cristales en lugar de intentando hacer un puente mientras los hombres de Roberto le disparaban a Neo.
Aparté los ojos de Neo y miré a Oscar. Tenía la cabeza agachada, la mirada a centímetros del contacto, que había arrancado para dejar al descubierto una maraña de cables de colores.
Los revisó, encontró dos que le sirvieron y usó los dientes para pelar el plástico de los extremos.
Más disparos, esta vez aún más cerca.
—¡Joder! —dijo Rock—. ¿Cuánto te queda? Porque estoy a punto de salir ahí y darles otro blanco solo para complicarles la vida.
—Casi... —dijo Oscar— ya está.
El motor rugió al arrancar.
—Prepárate para abrir la puerta —dijo Oscar, metiendo la marcha.
El coche dio un tirón hacia delante y busqué el cinturón de seguridad, solo para darme cuenta de que no había cinturón de tres puntos, y si había uno de cadera, estaba enterrado en el largo asiento corrido que compartíamos Oscar y yo.
Perfecto.
Oscar pisó el acelerador y el coche traqueteó al coger velocidad. Me agarré al salpicadero cuando llegamos al final de una fila de coches y giramos bruscamente, y luego aceleramos por el pasillo.
Neo se movía agachado detrás de los coches del siguiente pasillo mientras los hombres de Roberto avanzaban por el aparcamiento con las armas desenfundadas, buscándolo.
—¡En el siguiente pasillo! —grité.
—Lo veo —dijo Oscar, y dio otro giro brusco al final del pasillo antes de acelerar por el siguiente.
Contuve la respiración mientras nos acercábamos al coche donde se escondía Neo, con la mirada saltando entre su cabeza asomando y los hombres de Roberto, que ahora corrían hacia Neo —hacia nosotros— al darse cuenta de que estaban a punto de perder a su presa.
Rock abrió de golpe la puerta trasera justo cuando Oscar frenaba en seco frente a la enorme camioneta tras la que se cubría Neo.
Sonaron disparos detrás de nosotros y oí el golpeteo metálico de las balas impactando en el parachoques.
Por favor, las ruedas no...
—¡Agáchate, joder! —me gritó Neo. Se lanzó al asiento trasero y apenas había metido los pies cuando Oscar pisó el acelerador a fondo.
Me agaché bajo el respaldo del asiento corrido justo cuando estalló la luneta trasera y los cristales cayeron como una lluvia centelleante mientras Oscar aceleraba a fondo.