Capítulo 5
Willa
E ra una mala idea, pero era la mejor que teníamos, porque los Kings tenían razón: Roberto no iba a dejarnos escapar así como así.
No sabía qué haríamos ni adónde iríamos una vez que saliéramos del hospital —no parecía inteligente volver a la casa de los Kings—, pero en el hospital éramos presa fácil.
Los Kings se quitaron las batas de hospital allí mismo, como si fuera imposible que una enfermera o un médico entrara en cualquier momento y los pillara con el culo al aire —y cuando digo con el culo al aire, lo digo literalmente—, porque no llevaban ropa interior bajo las batas.
Pero no fueron sus culos al aire lo que me llamó la atención, sino los vendajes que cubrían lo que obviamente eran heridas graves.
Me quedé boquiabierta al ver el que Neo tenía en el pecho, justo sobre el corazón.
—Ni hablar. No nos vamos de este hospital. ¡No me dijisteis que estabais heridos! —miré a Oscar con el ceño fruncido; él tenía un vendaje igual de grande en el muslo derecho y un moratón enorme en el pecho—. No me sorprende que Neo me mintiera, pero ¿tú? Esperaba más de ti.
—En primer lugar —dijo Neo—, no mentimos.
—Fue una mentira por omisión —repliqué—, y lo sabes.
—En segundo lugar —continuó, como si no me hubiera oído—, no pasa nada. Lo arreglaron en cirugía.
—¿En cirugía?
—Sí, a mí también —dijo Oscar—. Me sacaron la bala y listo.
—¿Ves? —dijo Rock—. Estamos listos para irnos, gatita.
—Tú no deberías ni abrir la boca —dije, reconsiderando todo el asunto—. Tienes una lesión en la cabeza. Ni siquiera deberías haberte levantado de la cama.
—Me encuentro bien —dijo Rock—. Solo me duele un poco la cabeza.
Los fulminé con la mirada a los tres, medio desnudos y cubiertos de moratones y gasas.
—Esto es una idea terrible.
—¿Se te ocurre algo mejor, Jezabel? —preguntó Neo mientras se ponía una de las camisas de quirófano.
—¿Quedaros aquí y recuperaros? ¿Confiar en que todo salga bien?
—Eso no es una opción —dijo Neo—. Y lo sabes.
Rock se inclinó y me besó en la cabeza.
—No te preocupes. Todo va a salir bien. Encontraremos un sitio donde descansar y recuperarnos, uno donde Roberto no pueda encontrarnos. Ahora viste ese culito.
Suspiré y me quité la bata, extrañamente cohibida de estar desnuda bajo aquella luz tan cruda en una situación tan surrealista.
Era una tontería. Después de nuestra ardiente noche de Navidad juntos, los Kings conocían cada centímetro de mi cuerpo.
Y cuando digo cada centímetro, es cada centímetro.
Pero esto era un tipo de intimidad completamente diferente.
Me quité la bata del hospital y me sorprendió ver a los Kings mirándome fijamente.
En realidad, no fue que me miraran lo que me sorprendió. Estaba desnuda delante de ellos y sus voraces apetitos sexuales estaban más que demostrados.
Lo que me pilló desprevenida fueron las expresiones de sus rostros: no lujuria, sino una especie de furia contenida que me dejó sin aliento.
—¿Qué? —me miré el cuerpo desnudo y lo entendí.
Estaba cubierta de cortes y moratones. El más grande estaba en el pecho, el que me había dejado el cinturón de seguridad y que me hacía daño cada vez que me movía o incluso respiraba.
Pero había muchos más, y los Kings tenían cara de querer matar a alguien.
—Voy a matarlo —dijo Neo en voz baja—. Lenta y dolorosamente.
—Yo también —dijeron Oscar y Rock al unísono.
—Parece peor de lo que es —dije—. Estoy bien. Bueno, sí, este moratón del pecho me duele horrores, pero la enfermera me dijo que se curará.
—Quizá no deberíamos irnos —dijo Oscar.
—Sí —coincidió Rock—, necesitas descansar.
—¿Vosotros no necesitáis descansar después de que os hayan pegado tiros y de una lesión en la cabeza, pero yo sí por unos cuantos rasguños y moratones? —negué con la cabeza—. Ni hablar. Teníais razón cuando dijisteis que tenemos que salir de aquí. Es más peligroso quedarse que irse.
Me puse el uniforme de quirófano que había en la cama e intenté no hacer muecas por el dolor que me atravesaba el cuerpo con cada movimiento.
Era peor ahora que cuando me había despertado, probablemente porque entonces había estado demasiado preocupada por los Kings como para fijarme en mi propio dolor.
Además, estaba bastante segura de que los analgésicos que me habían estado metiendo en vena mientras estaba inconsciente ya se habían pasado.
Ahora que sabía que los Kings estaban bien, mi cuerpo estaba dejando claro que había pasado por algo serio, pero no quería echar más leña al fuego de la rabia de los Kings. Teníamos que centrarnos en llegar a un lugar seguro. La venganza tendría que esperar.
Sic semper tyrannis.
Las palabras me cruzaron la mente y me llevé la mano al cuello, buscando el regalo de cumpleaños que los Kings me habían hecho el mes anterior.
—¡Mi gargantilla! ¡Ha desaparecido!
—Te compraremos otra —dijo Neo, yendo hacia la puerta.
Negué con la cabeza.
—Quiero... quiero esa.
Neo frunció el ceño.
—Era... era un regalo —dije.
Su expresión se suavizó, en la medida en que la expresión de Neo podía suavizarse.
—Miraremos en tu habitación de camino, pero si no está, nos vamos sin ella.
Asentí. No podía pretender que pusieran el hospital patas arriba solo porque me había puesto sentimental.
Rock se dirigió al armario pegado a la pared de la habitación. —Joder, sí —dijo, rebuscando dentro. Sacó su cartera y miró a Neo y a Oscar—. ¿Queréis volver a por las vuestras?
—No merece la pena el riesgo —dijo Oscar—. Total, tienes acceso a todo.
No sabía qué significaba eso, pero pareció satisfacer a Rock, que asintió y se guardó la cartera en uno de los bolsillos del pijama de hospital.
Volvió a asomar la cabeza en el armario y la sacó con los zapatos en la mano.
—¡Me han guardado los zapatos! —dijo mientras se los ponía.
—Enhorabuena —dijo Neo, y se acercó a la puerta de la habitación de Rock. La entreabrió para echar un vistazo al pasillo.
—¿Estáis seguros de que no podemos simplemente pedir el alta voluntaria? —pregunté a nadie en particular. No me gustaba lo clandestino que parecía todo aquello, como si fuéramos los criminales cuando éramos las víctimas—. Tampoco es que puedan obligarnos a quedarnos.
—No tenemos tiempo que perder —dijo Oscar—. Querrán que Rock se quede, y aunque dejemos claro que nos vamos, los papeles del alta tardarán una eternidad. Es demasiado arriesgado esperar.
—Vale —refunfuñé—. Pero me parece absurdo irnos sin nuestra ropa y nuestras cosas cuando están justo en la habitación de al lado.
—Seguramente nos cortaron la ropa —dijo Rock—, pero puedes coger lo que encuentres cuando vayamos a por tu gargantilla.
—Vía libre —dijo Neo, volviéndose hacia nosotros—. Actuad con naturalidad.
—¿Por qué me miras a mí? —pregunté.
Neo puso los ojos en blanco. —Porque eres la que quiere pedir el alta como una niña buena.
¿Por qué me parecía tan sexy cuando en el fondo me estaba llamando empollona?
Salimos al pasillo: Neo delante, yo detrás de él, y luego Rock y Oscar. Funcionaban como una unidad militar, adaptando la formación según las circunstancias, y sabía que Neo y Oscar nos protegían no solo a mí sino también a Rock, que estaba más tocado que el resto aunque no quisiera admitirlo.
El pasillo estaba en silencio y pasamos las tres habitaciones entre la mía y la de Rock sin ver a nadie, aunque el pitido de fondo de las máquinas y el murmullo de las voces me hacían sentir que alguien iba a pillarnos en cualquier momento.
Me repetí que daba igual —teníamos derecho a irnos—, pero sabía que los Kings tenían razón: dar explicaciones llevaría tiempo y llamaría la atención, y tenía el presentimiento de que no podíamos permitirnos ninguna de las dos cosas.
De vuelta en mi habitación, me acerqué al armario pegado a la pared y encontré una bolsa de plástico con cordón etiquetada con mi nombre. Mi ropa no estaba, pero encontré la gargantilla y, de propina, mi bolso y las botas de suela gruesa que llevaba cuando salimos de la isla.
—¡Sí! —exclamé, y saqué la bolsa del armario. Iba a meter la mano para coger la gargantilla, pero Neo me detuvo con una orden tajante.
—Trae la bolsa.
Claro. Teníamos prisa.
—Me pongo los zapatos —dije, y me agaché para calzarme las botas—. Así me moveré más rápido.
Me pasé los cordones de la bolsa por la muñeca y volvimos al pasillo.
Habíamos recorrido la mitad del camino hacia el ascensor cuando una voz sonó a nuestras espaldas.
—Disculpen.
Me quedé helada y me giré instintivamente hacia aquella voz femenina autoritaria. Era joven, y su bata blanca me indicó que era médica. Miró a Rock con un gesto de reconocimiento teñido de desaprobación. —No debería estar fuera de la cama.
—Ya... —empezó Oscar—. Es que tenemos que estar en otro sitio, doctora.
Frunció el ceño y se acercó a nosotros con paso enérgico. —El único sitio donde este tiene que estar —dijo, señalando a Rock — es en su cama, recuperándose de su traumatismo craneal y esperando los resultados del TAC.
—Suena muy bien y todo eso —dijo Rock—, pero mi amigo tiene razón, tenemos que estar en otro sitio.
—No hay ningún sitio que pueda ser más importante que...
Se detuvo en seco, con la mirada fija en algo a nuestras espaldas. No sabía qué era, pero por la expresión de su cara supe que probablemente no era nada bueno.
Los Kings también lo notaron y nos volvimos hacia el ascensor. Entendí de inmediato por qué la doctora parecía tan alarmada: los cuatro hombres que salían del ascensor y caminaban con decisión hacia nosotros no estaban allí precisamente para visitar a un familiar enfermo.
Eran soldados de Roberto, tan reconocibles para mí como si fueran de mi propia familia, aunque no supiera sus nombres.
Eran corpulentos, vestidos con la combinación de vaqueros y cazadoras de cuero que preferían los soldados rasos. Creían que así pasaban desapercibidos entre la gente, pero para cualquiera que fuera miembro de la familia, bien podrían haber llevado un cartel que dijera Te mato por cien pavos .
El más alto era casi de la estatura de Neo. Metió la mano bajo la cazadora y sacó una pistola.
Neo alargó el brazo hacia atrás y me agarró de la mano. —¡Corred!