Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Oscar

O bservaba a Willa dormida en la cama junto a Rock mientras pensaba en el lío en que nos habíamos metido. Al otro lado de la habitación, en el lado opuesto de la cama de hospital de Rock, Neo por fin se había quedado dormido.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por las máquinas que monitorizaban las constantes vitales de Rock; el cielo, oscuro, se veía al otro lado de las ventanas. Una de las enfermeras había intentado echarnos, pero Neo, Willa y yo le respondimos al unísono:

—No nos vamos.

Willa estaba empeñada en quedarse hasta que Rock despertara, convencida de que sí despertaría, y de que querría verla cuando lo hiciera.

No podía llevarle la contraria. Ella había sido lo primero que quise ver cuando desperté.

Neo y yo también queríamos apoyar a Rock, pero había una razón más oscura para nuestra vigilancia que ninguno de los dos quería compartir con Willa.

Roberto.

Sus hombres no habían conseguido eliminarnos. Peor aún, habíamos devuelto a uno de ellos con una bala en el cerebro.

Roberto no había acabado con nosotros. Ni de lejos.

Apostaba a que habría otro intento contra nuestras vidas en cualquier momento, probablemente incluso antes de que pudiéramos salir del hospital y escondernos.

Cosa que tendríamos que hacer sí o jodidamente sí.

No para siempre. No se podía huir de alguien como Roberto, e incluso si tuviera sentido, yo no querría hacerlo.

Había venido a por nosotros.

Había venido, joder, a por Willa .

Se me revolvía el estómago cada vez que pensaba en ello. Podríamos haberla perdido.

Yo podría haberla perdido.

Roberto tendría que pagar por eso tarde o temprano. Tendría que pagar por todo lo que había hecho, y por eso más que por nada.

Intenté encajar todas las piezas —las chicas de Bellepoint, Emma, la cabaña a nombre de Roberto—, pero sentía que me faltaba algo y estaba demasiado jodidamente cansado para encontrarle sentido.

Así que me dediqué a mirar a Willa, porque mirarla, saber que estaba viva y respiraba en este mundo, me hacía sentir que yo también podía respirar. Su largo pelo rubio caía enredado sobre sus hombros, su boca carnosa ligeramente entreabierta mientras dormía.

Le habría hecho una foto si no hubiera dejado mi Nikon atrás cuando llegaron los paramédicos.

Quería mirarla para siempre. Quería protegerla para siempre.

No es que hubiéramos hecho un trabajo brillante la primera vez. Hasta ahora casi la habían enterrado en los bosques que rodeaban Aventine, le habían disparado y la habían echado de la carretera.

Teníamos que hacerlo mejor, teníamos que encontrar un lugar donde estuviera a salvo de verdad, porque mantener a Willa a salvo era lo único que importaba.

Una cosa estaba clara: no podíamos contar con la madre de Willa. La cara de Willa, manchada de lágrimas, cuando volvió a la habitación de Rock después de hablar con su madre lo había dicho todo.

Celeste no le había creído.

No es que me sorprendiera, pero había esperado algo mejor. Willa ya había perdido a su padre y a Emma. Con su madre firmemente del lado de Roberto, debía de sentir que no le quedaba familia.

Joder.

Me removí en la incómoda silla del hospital y di un trago al café amargo y rancio de la máquina expendedora del pasillo. Era tan malo que resultaba ofensivo.

A Rock le habría cabreado muchísimo.

Estaba tan ido que no me di cuenta enseguida de que Rock tenía los ojos abiertos.

Me levanté y me acerqué a la cama. ¿Me estaría jugando una mala pasada la tenue luz de la habitación? Pero no.

Estaba despierto.

—Eh —dije en voz baja, para no sobresaltar a Willa—. ¿Cómo te sientes?

—¿Ella está bien? —preguntó.

Asentí.

—Salió mejor parada que el resto de nosotros, gracias a ti.

— Ella está aquí mismo —dijo Willa. Se incorporó y miró a Rock, luego rompió a llorar y le echó los brazos al cuello—. ¡Estás bien!

Su brazo bueno la rodeó y casi envidié al cabrón por poder ver cuánto se preocupaba Willa por él.

—¿Qué coño le pasa a mi otro brazo? —El pelo de Willa le amortiguaba la voz.

Willa se rio y se incorporó, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

—Está roto, pero lo que preocupaba al médico era tu lesión en la cabeza.

—¿Qué lesión en la cabeza?

—La que nos tenía preocupados de cojones —dijo Neo, de pie junto a la cama.

—Ah, ¿estabais preocupados por mí? —preguntó.

—Preocupados de tener que sacar tu culo inconsciente de aquí en una camilla —dijo Neo.

Rock empezó a reírse, pero hizo una mueca.

—Ay. Cabrón. Deja de hacerme reír.

—No estaba bromeando —dijo Neo—. Tenemos que salir de aquí.

—¿Y dónde es aquí ? —preguntó Rock—. O sea, obviamente un hospital. ¿Pero dónde?

—El nombre del sitio no importa tanto como el hecho de que tiene una población de unas mil personas —dije—. El hospital da servicio a varios pueblos como este de la zona, pero es pequeño.

—Supongo que la seguridad deja bastante que desear —dijo Rock.

Willa estaba acurrucada junto a él en la cama, ajena por el momento a nuestra conversación.

Neo resopló. —Eso es quedarse corto. Más bien inexistente.

—Joder —dijo Rock—. Entonces tienes razón, tenemos que largarnos de aquí.

Willa se incorporó y lo miró desde arriba. —Lo recuerdas.

—Recuerdo que los matones de Roberto nos dispararon —dijo él—. Y recuerdo que el coche volcó.

—Eso es más de lo que yo recordaba cuando me desperté —dijo Willa.

—Es suficiente para saber que no podemos quedarnos aquí —dijo él.

—Tienes una conmoción cerebral —señaló Willa—. Y quizás incluso un traumatismo craneal más grave. Además, tienes el brazo roto.

—Estoy bien —dijo Rock, incorporándose.

Willa se bajó de la cama. —Ni siquiera tenemos coche. Y no sé dónde está nuestra ropa.

Se le notaba la desesperación en la voz mientras intentaba convencerlo de que no podíamos irnos.

—Esos problemas tienen solución, Jezabel —dijo Neo, dirigiéndose hacia la puerta de la habitación de Rock.

Ella me fulminó con la mirada cuando Neo desapareció por el pasillo.

—Esto es una locura. Todos estáis heridos y.

.. —alzó la voz para hablar por encima de mí cuando intenté protestar— ni se os ocurra decirme que estáis bien porque se nota por cómo os movéis Neo y tú que estáis ocultando algo bajo esas batas de hospital, y no me refiero solo a lo bueno.

Me reí a mi pesar. ¿Cómo nos conocía tan bien esta jodida chica?

—Da igual, tigresa, porque si nos quedamos vamos a acabar mucho peor que heridos: vamos a acabar muertos.

¿De verdad crees que Roberto nos va a dejar ver telerrealidad mientras nos recuperamos en el hospital?

¿Que nos va a dejar marcharnos tan tranquilos?

—Por supuesto que no —dijo ella—. Pero llevará tiempo... no sé, asignarle el trabajo a otro, mandarlos de vuelta aquí.

—Todos estuvimos fuera de combate un buen rato, ¿recuerdas? —pregunté—. Ya hemos perdido más de veinticuatro horas. Incluso con las seis horas de viaje, ha tenido tiempo de sobra para reagruparse.

Rock le cogió la mano. —Tiene razón, gatita. Y creo que lo sabes. Tenemos que salir de aquí. Sin papeles de alta, sin avisar a nadie, solo una salida rápida y discreta.

Una lucha interna se dibujó en su hermoso rostro, pero no tuvo tiempo de decir nada más porque un segundo después Neo entró por la puerta con una pila de uniformes quirúrgicos verde claro en las manos.

—Primer problema resuelto —dijo, tirando los uniformes sobre la cama—. Vámonos.