Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 3
5%

Capítulo 3

Willa

N o debería haberme alegrado de verla. Le había dicho a Roberto —intencionalmente o no— dónde estábamos. Neo y Oscar estaban claramente heridos (no me tragaba esa bravuconería de machitos, quería ver qué escondían bajo esas batas de hospital) y Rock estaba en serios problemas.

Podríamos haber muerto.

Pero ¿qué puedo decir? Acababa de pasar por algo traumático. Me había despertado en un hospital .

Y seguía siendo mi madre.

—¿Dónde está mi...? —Su mirada se posó en mí y soltó un suspiro de alivio—. ¡Ahí estás! ¡Gracias a Dios!

Vino hacia mí taconeando con sus stilettos dorados y me estrechó entre sus brazos.

Hice una mueca, con el cuerpo todavía dolorido por el accidente, y me permití unos segundos hundirme contra su blusa de seda con estampado de guepardo.

Pero algo no encajaba. Su perfume favorito había sido sustituido por algo nuevo y probablemente mucho más caro, y su cuerpo, antes voluptuoso, había sido castigado hasta convertirse en una versión fibrosa y afilada de sí misma que me resultaba completamente extraña.

Se apartó para mirarme. —No puedo creer que tardaran tanto en avisarme. Voy a presentar una queja en la comisaría de este pueblo de mala muerte.

—Ya no soy menor de edad —dije con voz débil—. No te llamarían a menos que yo lo pidiera, y estuve inconsciente hasta hace una hora.

No sabía por qué me molestaba en defender a la policía de este pueblo de mala muerte , dondequiera que estuviéramos. No tenía ni idea de dónde nos habían llevado después del accidente, pero para mi madre cualquier pueblo pequeño era de mala muerte si era cutre. Si era bonito, lo llamaba pintoresco.

—¡Absurdo! —declaró antes de examinarme—. Tienes buena pinta. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Pasé la mirada de ella a Neo y Oscar, plantados junto a la cama de Rock como un par de guardaespaldas. Neo tenía el ceño fruncido con ferocidad, y no podía culparlo. Después de lo que había pasado —lo que los hombres de Roberto nos habían hecho— estaba claro que estábamos en guerra.

No creía que mi madre supiera lo que pasaría si le decía a Roberto dónde estábamos —era despistada, no retorcida— pero en cuanto le contara la verdad, tendría que elegir bando.

—Hablemos en otro sitio —dije. No sabía si Rock podía oírnos, pero no quería cargar su habitación con esa tensión.

—Voy contigo —dijeron Neo y Oscar al unísono.

Los fulminé a ambos con la mirada. —No, no vendréis. Estamos en un hospital. Estaré bien.

Era hora de tener la conversación que estaba a punto de mantener cuando los hombres de Roberto empezaron a dispararnos a Rock y a mí. No iba a ser fácil, y mi madre merecía privacidad para escuchar la verdad sobre su nuevo marido.

La llevé al pasillo y me dirigí hacia un grupo de sillas junto a una hilera de ventanales.

Tuve que entrecerrar los ojos ante la intensa luz de diciembre que entraba por la pared de cristal. Apenas ayer habíamos dejado la isla y nos habíamos despedido de Neo y Oscar en el aparcamiento del puerto deportivo, pero parecía que había pasado toda una vida.

—Siento no haber venido antes —dijo mi madre, sentándose en una de las sillas y dejando caer su gigantesco bolso de diseño en la de al lado—. Esperé en el restaurante y luego intenté llamarte cuando no apareciste.

—No es culpa tuya. —Me senté con cuidado en la silla frente a ella e hice una mueca cuando el dolor me atravesó el torso. Los analgésicos que me hubieran dado se estaban pasando rápido—. Pero esto, todo esto, es la razón por la que iba a reunirme contigo.

Frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?

—No hay forma fácil de decir esto, así que lo soltaré sin más.

—Respiré hondo, deseando haber podido tener esta conversación ayer, sin los disparos ni que nos sacaran de la carretera—.

Roberto está implicado en la desaparición de Emma.

Y no solo en la de Emma, también en la de otras chicas de Bellepoint.

No sabía qué había esperado, pero desde luego no era esa expresión completamente vacía. —Sinceramente, no tengo ni idea de qué me estás hablando, Willa.

Deseé estar al otro lado de las ventanas para poder respirar el aire frío del invierno, o al menos cerca de una máquina de café para meterme entre pecho y espalda dos o tres tazas.

Cualquier cosa para despejar las telarañas de mi cerebro y dar con las palabras exactas que hicieran que mi madre creyera lo que estaba a punto de decirle.

—Llevo intentando averiguar qué le pasó a Emma desde que llegué a Aventine —dije—. Resulta que no es la única chica que ha desaparecido de Bellepoint a lo largo de los años.

—Ve al grano con lo de Roberto —espetó.

—Alguien me estaba enviando cartas espeluznantes, amenazándome si no dejaba de buscar a Emma.

Luego recibí otra carta distinta, una que me decía que fuera a una cabaña en el bosque si quería saber qué le había pasado —dije—.

Así que fui, pero cuando llegué, dos hombres intentaron matarme. Uno de ellos era el decano Giordana.

Ahora tenía su atención. Se irguió en la silla, frunciendo el ceño todo lo que el bótox le permitía. —El decano Giordana está muerto.

—Lo sé. Murió esa noche, la noche en que intentó matarme. Había otro hombre que logró escapar —dije—. Los Kings —Neo, Oscar y Rock— me salvaron, y luego me contaron que Emma había acudido a ellos en busca de ayuda antes de morir.

—¿Qué tipo de ayuda? —La luz del sol que entraba por las ventanas era cruda. Hacía que mi madre pareciera mayor y cansada, y de pronto deseé no ser yo quien tuviera que decirle que su nuevo marido era un asesino.

Ya había pasado por suficiente.

—Había estado buscando a las chicas desaparecidas y necesitaba ayuda.

Los Kings pensaron que estaba metida en algún lío, y empecé a preguntarme si la misma persona que me había estado amenazando también la había amenazado a ella.

Y la cuestión es, mamá, que ahora sé quién es esa persona.

Lo sé porque la misma persona que me ha estado amenazando —la que me envió la carta diciéndome que fuera a la cabaña— mandó gente para echarnos de la carretera a Rock y a mí, dispararnos, y hacer lo mismo con Neo y Oscar.

Se levantó, con dos manchas de rubor intenso en las mejillas.

—¡Tienes que contárselo a la policía!

Me alivió ver la alarma en su rostro, oírla en su voz. La alarma significaba que no lo había sabido, y en el fondo me había preocupado que lo supiera, que hubiera sabido desde el principio que era Roberto y lo hubiera encubierto para protegerse a sí misma y a su nuevo estilo de vida.

Ahora sabía que eso no era cierto. Mi madre era capaz de mentir, pero nunca se le había dado bien. De verdad era tan despistada como parecía, y aunque eso no me hacía ninguna gracia, era mejor que encubrir a un asesino.

—Es... más complicado que eso —dije—. Por eso venía a hablar contigo.

—No veo qué tiene de complicado, Willa —su habitual tono de desaprobación había vuelto—. Si alguien está intentando hacerte daño, es hora de llamar a la policía, especialmente si sabes quién es.

Solté el aire, intentando reunir el valor para soltarlo de una vez.

—Investigué un poco y resulta que esa cabaña, ¿la de la decana Giordana y el otro tipo, donde iban a matarme? Es de Roberto.

Vale, estaba adornando un poco la verdad. No sabíamos con certeza que la cabaña fuera de Roberto, pero vamos: llevaba el nombre de la madre de Neo, que probablemente estaba muerta. Era demasiada coincidencia y necesitaba un argumento convincente para alejar a mi madre de su marido psicótico.

Paradeó como si le estuviera hablando en otro idioma.

—No lo entiendo.

—Roberto es el dueño de la cabaña donde esos hombres iban a matarme, y los Kings llevan mucho tiempo sospechando que está involucrado en lo de las chicas desaparecidas. Venía a avisarte cuando nos echaron de la carretera. Tienes que dejarlo. No estás a salvo con él.

El escepticismo se le notaba en toda la cara.

—Creo que te golpeaste la cabeza en ese accidente más fuerte de lo que creen los médicos, Willa. Pareces loca.

—Lo sé —dije, intentando ceder un poco—. Pero todo es verdad. No puedes volver con él. Tienes que irte de la ciudad una temporada, esconderte en algún sitio o algo.

—¿Por qué iba Roberto a hacer daño a esas chicas? —preguntó—. ¿Por qué iba a hacérselo a Emma?

—Le hizo daño a Emma para que no hablara —dije—. Las otras chicas... aún no lo sé. Todavía estamos averiguando los detalles.

Odiaba admitirlo, darle cualquier excusa para descartar lo que le estaba diciendo, pero era la verdad, y decirle que quizá no había motivo, que quizá Roberto era simplemente un psicópata al que le gustaba hacer daño a la gente, parecía mala idea.

Ladeó la cabeza como si yo fuera una niña pequeña con migas en los labios que juraba no haber asaltado el tarro de las galletas.

—Willa, no puedes esperar en serio que deje a mi marido por una acusación sin fundamento, sin ninguna prueba y con menos motivo aún.

—Espero que me creas —dije—. Soy tu hija.

—Eso no significa que tenga que tragarme una ridícula teoría conspirativa sobre Roberto.

—Dime una cosa —dije, cambiando de táctica—. ¿Le dijiste a Roberto dónde estábamos? ¿Le contaste lo del faro?

Apartó la mirada y, por primera vez, pensé que quizá estaba consiguiendo algo.

—A mí me parece que te cruzaste con algún conductor loco de esos agresivos —dijo.

—¿Un conductor loco que nos disparó en dos sitios diferentes? —pregunté—. ¿A ti qué te parece? Porque a mí me suena a un encargo.

Era hija de un jefe de la Mafia y nieta de un jefe de la Mafia.

Reconocía un encargo cuando lo veía.

Cogió el bolso.

—No pienso escuchar estas tonterías.

—Creo que le mencionaste el faro a Roberto —dije a toda prisa, notando que el momento se me escapaba.

Se estaba cerrando en banda, a punto de marcharse para no tener que pensar en lo que le estaba diciendo—.

Se lo contaste y él mandó a alguien a matarnos, a callarnos.

Y entiendo que esto es difícil de oír, pero te estoy pidiendo que me elijas a mí.

Solo... —paradeé para contener las lágrimas que me escocían en los ojos—. Solo por una vez, elígeme a mí.

—No me vengas con esas —espetó—. Estás siendo dramática, como siempre.

Esto fue un desafortunado incidente. Estabas en el lugar equivocado en el momento equivocado.

No voy a destrozar mi vida —nuestras vidas, porque por si lo has olvidado, Roberto está pagando tu matrícula en Aventine— para seguirte el juego con tu histeria.

Se me cayeron los hombros. Sabía cuándo había perdido.

—Estás cometiendo un error —dije.

Me dio un beso seco en la mejilla.

—Necesitas descansar, Willa. Hablaremos cuando te encuentres mejor.

Me quedé junto a las ventanas y la vi alejarse, con el taconeo resonando en el suelo del hospital mientras se dirigía al ascensor.