Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Neo

E staba magullada y maltrecha, pero era lo más hermoso que había visto en mi puta vida.

Cuando me desperté en la unidad de trauma había un equipo de gente a mi alrededor, pero lo único en lo que podía pensar era en ella.

Luché contra los médicos y enfermeras que me examinaban la herida del pecho.

Quería levantarme, encontrar a Willa, porque lo sabía —joder, lo sabía— mi padre no solo había enviado hombres para matarnos a Drago y a mí.

La verdadera diversión para Roberto era arrebatarme a las personas que más me importaban.

Mi madre.

Mis hermanos de todo menos de sangre.

Y sobre todo, Willa.

Después de eso me sedaron, y cuando desperté estaba en recuperación tras la cirugía que me había salvado la vida.

Los sedantes tardaron un rato en pasar, pero cuando lo hicieron, encontrarla se convirtió en mi única prioridad en cuanto supe que estaba viva.

Ahora me miraba con lágrimas en sus grandes ojos verdes, el miedo reflejado en cada rasgo de su cara.

—Necesito verlos —dijo.

Asentí y me puse de pie, porque me había propuesto darle a Willa Russo todo lo que necesitara mientras me dejara, joder.

—No puede levantarse hasta que la vea el médico —le dijo la enfermera a Willa.

Los dos guardias de seguridad que habían intentado impedirme llegar a ella seguían merodeando junto a la puerta.

Como si pudieran detenerme.

—Necesito ver a mi amigo —dijo Willa. Se humedeció los labios y se irguió. Cuando alzó la barbilla, clavó la mirada en los ojos de la enfermera—. Voy a ver a mi amigo.

Había algo nuevo en su voz, un trasfondo de acero que solo se había insinuado antes.

La enfermera suspiró y cogió un tensiómetro.

—Déjame al menos tomarte las constantes.

Tres minutos después pasábamos junto a los guardias de seguridad. Nos fulminaron con la mirada mientras salíamos de la habitación y me contuve para no hacerles una peineta.

Me dolía el pecho que flipas. El médico me había dicho en recuperación que la bala había pasado a menos de un centímetro de mi corazón y que ahora era el orgulloso propietario de doce puntos en el pectoral izquierdo.

—¿Estás bien? —le pregunté a Willa, sujetándola mientras avanzábamos por el pasillo—. Puedo conseguirte una silla de ruedas.

—Estoy bien —dijo—. Eres tú quien me preocupa. Me da que debajo de esa bata de hospital hay más de lo que estás dispuesto a admitir.

Intenté esbozar una sonrisa para tranquilizarla.

—Claro que hay más, pero quizá quieras descansar antes de ponerte a pensar en eso.

Puso los ojos en blanco y una sonrisa le asomó a las comisuras de los labios. Incluso ahora quería arrinconarla contra la pared y besarla hasta dejarla sin aliento.

—Tarde o temprano vas a tener que decirme la verdad —dijo—. Lo descubriré de todos modos.

Su intención estaba clara y me vino un fogonazo de memoria: Willa desnuda y reluciente junto al fuego en la casa de la isla, recostada contra Rock, con la polla de él enterrada en su culo, la de Drago en su boca, y su dulce coñito engullendo la mía.

Joder. Era la única chica en el mundo que podía ponerme duro después de una cirugía mayor.

—Es esta —dije, aminorando el paso frente a la habitación de Rock. La detuve—. Él... No tiene buen aspecto.

Contuvo el aliento, asintió y abrió la puerta.

Rock estaba tan inmóvil como cuando lo había visto de camino a la habitación de Willa.

Todo el color parecía habérsele escapado del cuerpo en las veinticuatro horas que llevábamos en el hospital, y cables y vías serpenteaban desde sus brazos y pecho hasta las máquinas que emitían pitidos quedos junto a su cama.

Tenía un brazo escayolado y la cara llena de cortes y moratones.

Drago estaba sentado en una silla junto a la ventana. Se levantó al ver a Willa y se tambaleó hacia ella. Sabía que le habían disparado en el muslo, pero la herida quedaba oculta bajo la bata de hospital.

—¿Estás bien? —preguntó, estrechando a Willa entre sus brazos—. ¿Estás herida?

—Estoy bien —dijo ella contra su pecho—. Solo un poco magullada.

Se apartó para mirarla, estudiándole la cara como yo había hecho al llegar a su lado, como si fuera una obra de arte que alguien hubiera tratado sin cuidado.

Porque joder que lo era.

—¿Nada roto? —preguntó—. ¿No te dispararon?

—Vaya si nos dispararon —dijo—. Pero les respondimos, y luego el coche se salió de la carretera y.

.. —Entrecerró los ojos, como si intentara ver lo ocurrido desde lejos—.

Está borroso, pero creo que el coche volcó varias veces.

Luego estaba en un helicóptero. Eso es todo lo que recuerdo hasta que llegué al hospital y os vi cuando os traían.

—Tuvieron que sacar a Rock del coche cortando el metal —dijo Drago—. Tiene algún tipo de traumatismo craneal.

Ella volvió la atención hacia Rock.

—¿Cómo de grave es? ¿Qué dicen los médicos?

—La doctora vino mientras Neo te buscaba —dijo Drago—. Aún no sabe mucho, pero está claro que tiene una conmoción cerebral y puede que algún otro tipo de traumatismo craneal.

Willa se acercó a la cama de Rock y le cogió la mano grande entre las suyas, pequeñas.

—¿No pueden hacerle... no sé, una resonancia o algo?

—Por lo visto, una resonancia magnética les dará más información si Rock está consciente. Van a hacerle un TAC —dijo Drago—. La doctora dijo que sus reflejos funcionan bien y que no hay signos de parálisis.

Willa nos miró con los ojos muy abiertos. —¿Parálisis?

—Relájate, Jezabel —dije—. No hay signos de parálisis, ¿recuerdas?

Era un alivio volver a nuestra vieja dinámica. Tratar a Willa con condescendencia era mucho más fácil que pensar en que casi la pierdo.

Si se ofendió por el viejo apodo, no lo demostró.

—Todo esto es culpa mía —dijo.

—Y una mierda —dijo Drago, sentándose junto a ella al borde de la cama de Rock.

Negó con la cabeza. —No, no lo entiendes. Esto es de verdad culpa mía. Le hablé a mi madre del faro cuando la llamé por Navidad.

—¿Qué faro? —pregunté.

—El rojo —dijo Willa—. El que se ve desde la isla, al otro lado del agua.

Drago le colocó un mechón de pelo dorado detrás de la oreja a Willa. —Aun así no es culpa tuya, tigresa.

Una punzada de celos me atravesó el cuerpo dolorido. Envidiaba lo natural que le resultaba a Drago estar con ella. Para mí, estar con Willa era como caminar por un campo de minas.

No seas gilipollas.

No digas nada que te delate.

Y joder, no le digas cuánto la quieres.

—Sabía que Roberto era peligroso —dijo—. Lo sabía, pero estaba tan contenta de tener una conversación normal con mi madre que prácticamente le dibujé un mapa para encontrarnos.

—Mírame —le dijo Drago a Willa. Sentí que debería irme.

Como si estuviera presenciando algo íntimo, algo que me dolía ver porque yo quería ser quien consolara a Willa, y en cambio lo único que podía hacer era decirle que se relajara y llamarla Jezabel mientras intentaba acallar los gritos en mi cabeza solo de pensar que algo pudiera pasarle—.

El único culpable de lo que nos pasó a todos es Roberto.

Ya ha hecho bastante daño. No dejes que encima te haga sentir culpable. No le des esa satisfacción.

Inspiró con un estremecimiento y asintió. —Tienes razón. Ya da igual. Lo único que importa es que estemos todos bien. —Miró a Rock, que dormido parecía diez años más joven—. Que Rock esté bien.

—La doctora dijo que las próximas veinticuatro horas son críticas —dijo Drago—. Si despierta en ese plazo, las probabilidades de recuperarse del todo son buenas.

—Entonces esperaremos —dijo Willa—. Y se despertará. Tiene que hacerlo.

No quería oír esa nota de desesperación en su voz.

¿Se preocuparía tanto por mí si yo estuviera en el lugar de Rock?

Tampoco es que hubiera hecho nada para merecer su preocupación.

Habíamos follado —aunque para mí nunca sería solo eso—, pero no sabía cuidarla como Rock ni hablar con ella como Drago.

—Me alegro una barbaridad de que estés bien, tigresa —dijo Drago.

Willa nos miró a Drago y a mí. —¿Qué os pasó? ¿Intentaron sacaros de la carretera a vosotros también?

—Lo intentaron y lo consiguieron —dije, aliviado de volver a pisar terreno firme. Los sentimientos no eran lo mío—. Aunque no creo que les hiciera mucha gracia conseguir lo que querían.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Willa.

—Neo le metió un tiro en la cabeza a uno de ellos antes de que ni siquiera saliera del coche —dijo Drago.

—¿Lo... mataste? —preguntó Willa.

—Sí, Jezabel, lo maté. Es lo que suelo hacer cuando alguien intenta liquidarme.

—¿Cuántos eran? —preguntó Willa.

—Dos —dijo Drago.

—Igual que con nosotros, creo —dijo ella—. ¿Y la policía? ¿No preguntarán por el tipo muerto?

—Estaba en el coche con el otro —dijo Drago—. Se largó cuando un coche paró a ver qué pasaba, pero tienes razón en una cosa: la policía ya ha estado aquí.

La alarma se le reflejó en la cara. —¿En el hospital?

Drago asintió. —Les dijimos que no teníamos ni idea de quiénes eran los otros hombres, pero ya habían comprobado nuestros nombres. Estaba claro que no se lo tragaron.

Drago se quedaba corto: los polis pensaban que les estábamos mintiendo descaradamente. ¿Y quién podía culparlos? Los dos éramos hijos de mafiosos conocidos —mi padre era el jefe de Nueva York, joder— y acabábamos de vernos envueltos en un tiroteo en la carretera.

La película se escribía sola.

—¿Y ahora qué? —preguntó Willa—. ¿Volverán?

—Seguro que vuelven —dije—. Nos dijeron que no saliéramos de la ciudad.

Se puso de pie. —Tenemos que largarnos de aquí. O sea... en cuanto Rock despierte y los médicos digan que está bien.

Nunca me había sentido tan jodidamente orgulloso. El disfraz de mosquita muerta que Willa llevaba puesto se estaba desvaneciendo ante nuestros ojos.

Estaba recordando quién era.

Y tenía razón. Cuanto más investigaran los polis, mayor sería el riesgo de que arrestaran a alguno de nosotros. Si eso pasaba, seríamos blancos fáciles.

Mi padre tenía gente en todas partes.

Se oyeron gritos en el pasillo y todos nos giramos hacia la puerta de la habitación de Rock. Juntos, éramos el ojo de una jodida tormenta interminable; la carnicería nos seguía adondequiera que fuésemos.

Si había problemas, lo más probable era que tuvieran algo que ver con nosotros.

Mis sospechas se confirmaron unos segundos después, cuando Celeste Russo Alinari irrumpió por la puerta vestida de Gucci de pies a cabeza, con el rostro cargado de maquillaje y crispado de indignación.