Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3)
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Capítulo 1
Willa
F lotaba en un mar oscuro. La marea fluía suavemente bajo mí, lamiendo la orilla de una playa distante. No había luna ni estrellas. Solo el cielo oscuro en lo alto, confundiéndose con las aguas negras e insondables.
Y entonces, un estruendo.
Metal contra metal.
Intenté enderezarme con la esperanza de mantenerme a flote mientras buscaba el origen del sonido, pero mi cuerpo estaba paralizado. Congelada, prisionera del agua que me mantenía cautiva en su abrazo oscuro.
El sonido se hizo más fuerte, acompañado por los gruñidos guturales de un monstruo invisible.
El pánico me arañó las entrañas. ¿Dónde estaba este lugar oscuro? ¿Por qué no podía escapar? ¿Por qué no podía ver nada? Intenté mover brazos y piernas en vano, tratando de abrir los ojos a la fuerza mientras los sonidos a lo lejos se convertían en algo reconocible: gritos.
Alguien —o algo— estaba conmigo en el gran mar.
Y entonces, poco a poco, apareció una rendija de luz.
Al final no estaba flotando. Ni siquiera estaba en el agua. Estaba tumbada en una especie de cama.
Mi alivio al poder abrir los ojos duró poco. La luz era penetrante, su brillo como un taladro en el cerebro, y cerré los ojos de golpe por el dolor antes de intentar abrirlos de nuevo.
—Se está despertando —dijo una mujer desde el otro lado de mis párpados cerrados.
—¿Por qué tarda tanto seguridad? —dijo otra voz, esta vez un hombre.
—No lo sé, pero que no entre aquí —dijo la mujer.
Lo intenté de nuevo, obligándome a abrir los ojos pese al dolor que me taladraba el cerebro, y quedé cegada por los fluorescentes que brillaban desde un techo blanco.
—¿Willa? Estás bien —dijo la mujer—. Estás en el hospital, pero estás bien.
Parpadeé de nuevo y su imagen se enfocó ante mí: una mujer de mediana edad con el pelo castaño y arrugas alrededor de unos reconfortantes ojos azules.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
El alboroto de fondo iba en aumento: una voz profunda, enfadada e insistente.
Animal.
Y ahora que estaba despierta, conocía esa voz.
La conocía en mi sangre. En mis huesos.
Neo.
Entonces recordé: salir de la isla con Oscar, Rock y Neo. Conducir con Rock para encontrarme con mi madre, para contarle la verdad sobre Roberto.
Recordé algo más. Camillas que pasaban junto a mí por un largo pasillo blanco, sangre empapando la ropa de los hombres inconscientes que yacían en ellas.
Mis hombres.
Intenté incorporarme y una mueca me cruzó el rostro cuando el dolor me atravesó el esternón. Era tan intenso que me dejó sin aliento y jadeé mientras me dejaba caer de nuevo en la almohada.
—Los airbags del coche y el cinturón de seguridad te salvaron la vida —dijo la mujer (¿doctora? ¿enfermera? no lo sabía)—. Pero te has llevado bastantes moratones.
El dolor bastaba para hacerme llorar, pero ahora que recordaba lo que había pasado, nada importaba salvo ellos.
Los Reyes.
Mis Reyes.
—Mis... amigos... Rock... —recordé haber visto cómo llevaban a Oscar y Neo junto a mí por el pasillo del hospital justo después del accidente.
Pero no recordaba haber visto a Rock.
—Tus amigos... —fue todo lo que llegó a decir antes de que la puerta de la habitación se abriera de golpe.
Levanté la cabeza de la almohada e intenté comprender lo que estaba viendo.
Neo, su enorme figura extrañamente vulnerable en una bata de hospital, plantado en la entrada como un toro furioso, los ojos ámbar encendidos de furia caótica.
Su mirada se posó en mí y el alivio inundó sus ojos.
—Willa... gracias a Dios.
Cruzó la puerta y se dirigió hacia la cama, pero apenas dio unos pasos antes de que dos guardias de seguridad le agarraran de los brazos y empezaran a tirar de él hacia atrás.
Empecé a protestar, pero apenas me dio tiempo antes de que el rugido de Neo desgarrara la habitación.
—¡Quitadme las putas manos de encima! —bramó, sacudiéndose a uno de ellos como si no fuera más que una mosca. El guardia se tambaleó hacia atrás—. ¡No podéis mantenerme alejado de ella! ¡Nadie va a mantenerme alejado de ella!
—¡Está bien! —Mi grito fue débil pero desesperado. Necesitaba verlo. Necesitaba saber que estaba bien. Necesitaba saber qué les había pasado a Oscar y Rock—. ¡Dejadlo entrar! ¡Quiero verlo! ¡Dejadlo entrar!
Los guardias de seguridad miraron a la mujer que seguía de pie junto a mi cama y ella asintió.
Soltaron a Neo con el ceño fruncido y él se tambaleó hacia mi cama, sin apenas sostenerse en pie, como si estuviera drogado, con un feo corte sobre el ojo izquierdo.
Pareció alcanzarme de golpe, atrayéndome hacia sus brazos con una mezcla de suavidad y fiereza.
Hundió la cabeza en mi pelo. —Gracias a Dios —suspiró—. Joder, gracias a Dios.
Lo rodeé con los brazos y me hundí en la solidez de su cuerpo.
Se apartó y me sostuvo la cabeza entre las manos, estudiándome el rostro. —¿Estás bien? —me recorrió los hombros con cuidado—. ¿Estás herida?
—Me duele el pecho. —El dolor había quedado relegado a un segundo plano ante el alivio de ver a Neo, pero seguía ahí, un latido sordo que empezaba en el lado izquierdo del pecho y se irradiaba por la parte superior del cuerpo—. Pero creo que estoy bien. ¿Y tú?
Lo examiné buscando señales de alguna otra lesión aparte del corte que le habían suturado sobre el ojo izquierdo.
—Estoy bien —dijo Neo.
La enfermera que trajinaba a nuestro alrededor resopló y entrecerré los ojos mirándolo.
—¿Por qué será que no me lo creo? ¿Y dónde están Rock y Oscar?
—Drago recibió un disparo en el muslo y…
—¿¡Un disparo!?
—Está bien —dijo Neo—. Pero…
—¿Pero? —El corazón me martilleaba en el pecho y mi mente repetía una súplica como un mantra.
Por favor, que estén bien, por favor, que estén bien, por favor, que estén bien…
Y luego, solo una palabra.
Por favor.
Neo vaciló y luego tomó mi mano entre sus dos manazas.
Fue un gesto tan tierno, tan impropio de su brusquedad habitual, que el retumbar del miedo se intensificó aún más, amenazando con ahogar todo lo demás mientras un extraño zumbido me llenaba la cabeza.
—Rock tiene un traumatismo en la cabeza —dijo Neo por fin—. No ha recuperado el conocimiento.