CAPÍTULO 45. EL CORAZÓN DEL FUEGO ETERNO #2
En el corazón del dormitorio, pegado contra una pared, se alzaba una cama con dosel, hecha de una estructura gruesa y duradera de roble, tallado con intrincados patrones de llamas, flores y leones.
El dosel superior, sujeto por cuatro postes, caía cubierto por una delgada cortina de seda traslúcida color borgoña, cubriendo con sobriedad y con suficiente privacidad el colchón hecho con un suave plumón fino.
Las sábanas de lino blanco que lo cubrían, sin imperfecciones, brillaban con el fulgor tenue de la luz que cruzaba los vitrales de las ventanas.
Sobre ellas, una colcha carmesí de brocado dorado, tejida con oro en sus bordes y de hilos suaves en su centro.
Las paredes, de piedra gris, permanecían insignificantes y olvidadas detrás de grandes tapices del jardín del Varkhalion y de las planicies exteriores, con imágenes de caballos, ovejas y demás animales corriendo libres, rodeando una pintura de Nelysia montada sobre su esbelta yegua marrón.
En un rincón del cuarto, un pesado cofre de cedro norteño, pulido y encerado hasta reflejar la luz como un espejo, reposaba solemne, sujeto por herrajes de bronce y resguardando joyas y papeles.
Algunos eran textos que Naeryn sacó de la biblioteca y que se los había obsequiado a Nelysia.
En una puerta apartada, se había levantado un baño de piedra de Thyr, con múltiples corrientes de agua caliente que aumentaban la temperatura de la piedra y convertían aquel en un espacio cálido.
El dormitorio, en su totalidad, era iluminado por luces celestes, rojas y verdes que cruzaban los vitrales y proyectaban patrones sobre una gruesa alfombra fyrtana.
Además, dos candelabros de acero, con velas nuevas, compartían una llama viviente que danzaba un baile majestuoso.
Frente a la cama, se había construido una chimenea de ladrillo. Una verja negra de acero resguardaba una pila de leña que estaba seca, mientras que otra resguardaba otro montón de maderas.
—Hace tiempo tuve una audiencia con Naeryn —dijo Surghen desde la puerta—. Ella supo tu pasado y se conmovió. Me hizo una propuesta, la cual acepté cuando fuimos a las ruinas.
—Mi señor —soltó una risa nerviosa—, ¿qué está diciendo? Surghen abrió los brazos y mostró una cálida sonrisa en el rostro.
—Este es mi regalo para ti, mi fiel escudera. Desde ahora, ya no serás llamada escudera del Rey; serás llamada princesa. Serás una más de la Casa Dürhavel y la considerada hija de los reyes. Desde ahora y hasta el nacimiento de tu hermano, serás la heredera de este reino. Princesa Nelysia Dürhavel.
Nelysia se quedó perpleja. Se volteó lentamente hacia las ventanas y trató de ver más allá.
Comenzó a respirar más apresuradamente. Se entrecortaba.
El corazón le palpitaba cada vez más rápido y un huracán de emociones la invadió.
Se volvió hacia Surghen y vio la sonrisa que el Rey tenía en el rostro.
Cayó de rodillas y se postró con el rostro en tierra, lleno de lágrimas.
—Su Alteza, no merezco esto. Soy solamente una chica huérfana del pueblo llano. Solo tuve la suerte de ser su escudera. Soy feliz siendo la escudera del Rey.
—Nelysia —llamó Surghen.
La chica no levantó la mirada. Estaba emocionada, pero la pena la consumía.
—Levanta la cabeza —ordenó Surghen. Nelysia la levantó, sollozante—.
Fuiste huérfana y fuiste adoptada. Fuiste una mugrienta sin casa, y ahora estás aquí.
Tú ya no eres una chica huérfana del pueblo llano.
Eres mi hija, y este castillo es tu hogar.
No volverás a pasar hambre o sed. No volverás a pasar frío o desamparo.
Desde hoy y por siempre serás bienvenida en el Castillo Magno y en el Varkhalion.
«¡No! No merezco esto. ¡No hice nada para merecer la piedad de mi rey!
», pensó la chica. Recordó su pasado: el asalto de los fyrtanos, el rostro de Lethira Vaelwyn, la primera vez que vio a Surghen.
Recordó a sus padres biológicos. Vio sus cadáveres aplastados por escombros.
Recordó a las sirvientas que la limpiaron.
Se recordó a ella, sentada en las escaleras del Castillo Magno, delgada y con hambre, mientras la comandante fyrtana pasaba con una bandera blanca a un costado de ella.
«Qué afortunada soy, pues estoy ante el dragón libertador», se recordó viendo el rostro de Surghen.
—Disfrutaremos y celebraremos —dijo Surghen—. Haremos un banquete en tu honor. Y deseo que ocupes un asiento honorífico a mi lado.
—Como diga, mi señor —dijo finalmente.
Surghen se retiró del dormitorio y bajó del torreón hasta la Sala Mayor. Meron lo estaba esperando sentado en la mesa, leyendo uno de sus informes. El Rey entró en el salón y llamó a uno de los criados: un joven de quince años, de rostro enjuto, cabello largo y estatura alta.
—Preparen un banquete —le ordenó—. Celebraremos a mi hija.
El criado hizo una reverencia con una sonrisa y se retiró de nuevo hacia las cocinas. Surghen siguió su camino y se paró frente al curandero. Éste levantó la mirada, enrolló el papel y se lo entregó.
—Su Alteza —saludó—. ¿Cómo está?
—¿Qué haces aquí? ¿Querías decirme algo?
—Quería decirle que, al menos por esta noche, la Dama Regente debe dormir en la enfermería.
Su embarazo es avanzado. Mi señora está enferma y la raíz amarga que le doy no surte efecto.
Quiero que duerma ahí; la estaré revisando constantemente.
Le daré más ungüentos, tizanas e infusiones para curarla.
Surghen asintió seriamente. Siendo aquello todo lo que tenía el curandero para decir, se retiró a su dormitorio.
Subió las escaleras, se detuvo unos breves minutos frente a la sala de Nelysia y observó la puerta cerrada.
Estaba apático. Siguió subiendo hasta llegar a su habitación.
Cerró la puerta con llave, cerró los cortinajes y encendió los candelabros.
Acercó el taburete con el huevo a su cama y se sentó en ésta.
El centro del cascarón seguía desprendiendo un tenue fulgor palpitante; los movimientos del animal que permanecía dentro eran frecuentes, como si estuviera incómodo. Fuera de eso, no pasó nada.
Surghen estaba impaciente. No sabía si debía hacer algo para que el animal naciera o si simplemente era cuestión de tiempo.
Por un momento dudó, preocupado y decepcionado.
«Pudo haber estado milenios escondido en ese cuarto —dedujo—.
No tendría por qué nacer aquí y ahora». Golpeó ligeramente el cascarón.
Sonó hueco. Se levantó de la cama, prendió el brasero y agarró uno de los textos que había tomado en su última expedición.
Se acostó nuevamente en la cama, lo desenrolló y comenzó a leerlo.
Era un papel encerado y dorado; su caligrafía era perfecta, se había conservado bien con el paso de los siglos y todavía se comprendía con claridad.
Se dice que los elfos son criaturas divinas. Criaturas perfectas.
Se dice que los artefactos que son realizados por ellos también son perfectos. Por ejemplo, analicemos sus espadas.
Cuando el último rey elfo, Elandhor Velmyrion, me dio una de sus espadas para combatir contra los humanos, supe inmediatamente que no era una espada convencional.
Supongo que el aspecto más destacable de estas armas es su nula pérdida de filo.
Pueden pasar años o milenios, y estas espadas no perderán jamás el mortífero filo que las caracteriza.
Asimismo, su hoja también presenta otras singularidades en el momento de compararlas con las espadas humanas.
La hoja élfica está tanto exenta de perder el filo como de mancharse de sangre o cualquier fluido.
Cuando esto sucede, el líquido se evapora poco a poco y, en cuestión de un día o dos, la espada vuelve a resplandecer con un exótico brillo.
Por otro lado, la empuñadura de estas espadas se moldea respecto a la mano de su portador, y el peso se reduce, aumentando considerablemente su velocidad.
Según el Rey, cuando un elfo y un dragón culminan un pacto, la hoja de la espada se tiñe del color de las escamas del dragón. La sangre del animal y la de su jinete también lo hacen. Eso fue lo que me pasó con Súlkaran.
El pacto jinete-dragón es un vínculo inquebrantable.
Aquello era totalmente desconocido para Surghen, pero era bastante llamativo.
«¿De qué color fue mi espada antes de que la tomara?
», se preguntó, tratando de recordar su primera incursión a las ruinas.
Se levantó de la cama y tocó el huevo. La superficie era lisa y resbalosa.
No estaba agrietada. Guardó ese texto y agarró otro del mismo cofre. Se volvió a acostar en su cama.
Glosario. Metales. Volumen 1
Oro––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––Aurumï
Plata––––––––––––––––––––––––––––––––––––––Argenterï
Diamante––––––––––––––––––––––––––––––––––Fanylianë
Acero––––––––––––––––––––––––––––––––––––––Varniolë
Hierro––––––––––––––––––––––––––––––––––––Farrumnö
Zafiro–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––Azaryë
Ópalo–––––––––––––––––––––––––––––––––––––Ysolanthï
Esmeralda–––––––––––––––––––––––––––––––––Danulorië
Rubí––––––––––––––––––––––––––––––––––––––Oslinathë
Amatista–––––––––––––––––––––––––––––––––––Madfluviä
Esta es una simple traducción. Si se desea invocarlos, se tendrá que agregar el respectivo prefijo; de lo contrario, no será posible. Este glosario está hecho para mejorar la pronunciación. El decir estas palabras no representará ningún gasto energético.
Surghen se pasó las horas repitiendo constantemente aquellas palabras.
Su pronunciación fue mala. Se hartó. Quería comprobar que se podía invocar esos objetos, pero no sabía qué prefijo era.
Nelysia no le había entregado el papel que lo mencionaba.
No sabía nada. Enrolló el texto, se levantó y lo guardó de nuevo.
Estaba cansado. Decidió dormirse y seguir estudiando a la mañana siguiente.