CAPÍTULO 45. EL CORAZÓN DEL FUEGO ETERNO #3
Soñó que estaba en la Sala del Trono, frente al Trono del Colmillo Eterno. Sentado en éste estaba un hombre con el rostro ensombrecido. Era un hombre alto, fornido y lampiño. En la cima del asiento yacía el cráneo de un dragón: una cabeza mediana con cuencas vacías.
Surghen se encontraba flotando en esa habitación.
No supo cuándo ni en qué momento. Una mujer llegó y se sentó a la derecha del hombre.
El pelo negro le caía sobre los hombros, y los polvos de amapola resaltaban sus pómulos y labios.
Llevaba un vestido color borgoña que le cubría todo el cuerpo.
Cuando Surghen puso atención en el rostro, la reconoció.
Era Nelysia. Tenía una corona de plata, trenzada con flores veraniegas y adornada con otras gemas.
Llevaba un bebé en brazos. «¿Esa es mi hija?
», pensó, pero no se podía escuchar. Ni siquiera pudo escuchar su propio pensamiento.
Se dio la vuelta y estaba negro. Naeryn apareció frente a él.
Estaba radiante y delgada, parecía como si nunca hubiera estado embarazada.
Un bebé, vestido con ropajes de rey, una pequeña corona en su cabeza y una capita colgando de sus hombros, reposaba sobre el brazo de la Reina.
«Este es el príncipe Tharion», escuchó decir a Naeryn, hasta que se esfumó.
Una niebla roja se condensó y le nubló la visión.
Nada la podía atravesar; Surghen no podía ver más allá de ella.
Pero él sí, ¿o ella? El Rey no lo supo en ese momento.
Recordó su antigua visión: aquellos ojos dracónicos que había visto en el Kharthûr lo veían de nuevo.
Ahora sin nada que esconder. Surghen veía el alma del dragón, y el dragón veía y escudriñaba su alma.
«Bienvenido, Surghen», escuchó la misma voz femenina desconocida.
Surghen se despertó. Respiraba agitado, pero no se sentía igual que en sus otros sueños de la Prisión. Un haz de luz despegó ligeramente del huevo. Seguía quieto sobre el taburete; el cascarón no se había movido para nada.
El Rey se levantó. Las velas de los candelabros se habían consumido y el brasero se había apagado.
Caminó hasta el baño y sumergió su cara unos segundos en el agua fría.
Volvió a prender el brasero y abrió los cortinajes de la ventana.
Los vitrales que Naeryn había colocado distorsionaron la luz y reflejaron rayos verdes y azulados.
Se volvió a sentar en la cama y miró fijamente el huevo.
Podía notar que el animal que estaba dentro se movía con euforia, danzando.
Las vetas doradas que rodeaban el cascarón se hincharon y se hicieron más visibles.
Hubo un primer corte: una rajada que corría desde la parte más elevada hasta la mitad del cascarón.
A partir de ahí, se abrió un extenso entramado de grietas que recorrieron todo el huevo, pero éste no mostró ningún cambio en su textura.
Surghen agudizó la vista y logró diferenciar la forma del dragón que yacía dentro.
Notaba sus alas moverse y vislumbró un ojo dorado con retina negra que parpadeaba con frecuencia y que no despegaba la vista del Rey.
Surghen se quedó hipnotizado por la penetrante mirada del dragón.
De pronto, una pequeña cabecita, de apenas media mano, empujó con fuerza el cascarón, tratando de salir.
La pequeña cría de dragón desprendió totalmente ese fragmento y se lo comió.
Empezó a rasgar el interior del huevo, cada vez con más fuerza.
Surghen acercó las manos para ayudar al animal a salir, pero este le soltó una fugaz mordida y él las apartó inmediatamente.
Se olvidó del tiempo. Parecía, incluso, que el sol se había detenido para presenciar el nacimiento de aquel animal: el último dragón de la tierra de Durhen.
Conforme pasaron los minutos, la pequeña criatura se fue desprendiendo de cada fragmento del cascarón y se los fue comiendo uno por uno.
En cuanto estuvo libre, saltó al regazo del Rey y subió por su cuerpo, haciéndole pequeños cortes con las garras.
A Surghen no le dolieron aquellos cortes; eran normales.
Eran parte de él. Las pequeñas gotas de sangre que le brotaban eran de un negro absorbente.
Tomó al dragón por las dos manos y lo observó bajo la luz del sol.
Era un dragón de cuatro patas; tenía dos alas que lo doblaban en tamaño y que mantenía cerradas.
Su cola terminaba en dos velas afiladas a los costados de un delgado aguijón.
Por todo el cuerpo tenía vetas doradas asimétricas que lo hacían brillar con fuerza ante el contacto del sol.
El animal se desprendió bruscamente de sus manos y subió hasta su cuello, donde se acurrucó y envolvió a Surghen con su cola. El tacto de las escamas con su espalda era una sensación incómoda y que le provocaba picazón, pero rápidamente se acostumbró y lo ignoró.
Nuevamente abrió el cofre donde guardaba los textos que había agarrado de las ruinas y recogió el primero que había leído aquella mañana. Buscaba cualquier información relevante. Recorrió las líneas de texto minuciosamente, buscando aquello que le fuese útil.
—Cuando un elfo y un dragón culminan un pacto, la hoja de la espada se tiñe del color de las escamas del dragón. La sangre del animal y la de su jinete también lo hacen —recorrió unas líneas más, al final de la hoja—. El pacto jinete-dragón es un vínculo inquebrantable.
Caminó hasta un cofre que tenía algunas cosas de Naeryn.
El pálpito se aceleró. Estaba emocionado.
El dragón ronroneó y talló la clavícula de Surghen con su barbilla escamosa.
El Rey tomó un pequeño alfiler del cofre y se pinchó el dedo.
La sangre brotó negra, espesa y sin brillo.
Ya lo había visto, pero se quiso asegurar.
Surghen comenzó a reír y a llorar de felicidad.
Pasó una mano hasta el abdomen del dragón, lo tomó y lo abrazó cálidamente.
Sus escamas se sentían como pequeñas hojas de árboles, delgadas, suaves y frágiles.
El animal soltó un chirrido, estresado. Encajó las garras en el cuerpo de Surghen, y este siseó de dolor.
Pero no se detuvo. Una vez que soltó al dragón, éste se acurrucó nuevamente alrededor de él y lamió sus heridas.
Cuando terminó, abrazó su cuello y soltó un gruñido gutural.
No fue estresante ni amenazante, sino tranquilo y armonioso.
Salió al balcón a presenciar la ciudad ante la luz del sol. El frío invernal entraba y le calaba los huesos, pero no le importó. Ya tenía el calor que necesitaba. Se apoyó en la barandilla de piedra. El dragón levantó la cabeza y elevó las orejas.
—Y presagian el regreso de grandes criaturas que reclamarán lo arrebatado —citó al patriarca. Se rio—. Ya regresaron... El mundo se postrará ante mis pies.