CAPÍTULO 45. EL CORAZÓN DEL FUEGO ETERNO
Cuando salieron de las ruinas, el sol los deslumbró y los cegó unos cuantos minutos. Siguieron caminando hasta llegar al barco. Surghen y sus hombres dejaron los papeles en distintos cofres donde estaban las provisiones y cambiaron los alimentos a las alforjas que habían llevado consigo.
El capitán le dio al Rey un pequeño cofre de madera oscura, encerado y barnizado. Los bordes eran de acero pulido y llevaba un pequeño candado de oro. Surghen metió el huevo dentro, cerró el cofre y lo envolvió en pieles negras.
El capitán soltó una pequeña escalera de mano y amarró su cuerda a la bita del barco.
La escuadra de hombres que los escoltó se quedó en tierra y empujaron el barco para meterlo en la tranquila corriente del Karneth.
Poco a poco, el barco se fue liberando de los atascos en la ribera y el agua lo cubrió.
Los soldados entraron al rio y subieron a la cubierta por medio de la escalera.
El viento soplaba fuerte hacia el norte.
El río tenía poco caudal y su corriente era débil.
El capitán izó la vela, dirigió el barco hacia el norte y esperó a que el viento los empujara.
Lo hizo con muy poca fuerza. Avanzaron unas pocas millas hasta que entraron en una corriente del río más agresiva que los direccionó hacia Selgor.
El capitán ordenó entonces sacar los remos y combinar el movimiento.
El barco aceleró y logró cruzar los rápidos del río.
Surghen permanecía en la proa, sentado debajo de ésta y cubierto por su madera. Tenía abrazado el pequeño cofre y mantenía los ojos cerrados.
—¡Su Majestad! —llamó el capitán desde el timón—. ¡Llegaremos a la capital en tres semanas!
El Rey no contestó. Se mantuvo quieto, ahí donde estaba. No hizo nada. Abrazó con fuerza el cofre y se recargó en la baranda de la nave. Se quedó dormido.
Cuando habían subido al barco, había dejado a Nelysia acostada en el camarote del capitán, en la popa de la nave. La escudera se veía bien, pero estaba carente de fuerzas.
En el momento en que cruzaron los rápidos, el viento siguió empujando la nave con más fuerza y los remos se dejaron de utilizar.
Los hombres de Surghen venían cansados; alguno que otro estaba enfermo.
Uno de los soldados vomitaba constantemente y presentaba ronchas en el cuello, los codos y los tobillos.
Estaba enrojecido de las axilas y de la nariz.
Respiraba entrecortadamente, y su tos seca era bastante preocupante.
Neryss ordenó que dejaran en cama al soldado.
El resto de la escuadra lo dejó de costado, en una pequeña banca a un lado de los caballos; lo amarraron con una cuerda y se estuvieron cambiando algunas guardias para cuidarlo.
Durante los siguientes días, la corriente del río se fue intensificando conforme se acercaban al lago Durnkar.
El barco oscilaba de un lado a otro, tambaleándose preocupantemente y mareando a los pasajeros.
Neryss, el patriarca, y muchos de los soldados comenzaron a vomitar hacia el río.
Los alimentos no pasaban, y el hambre incrementaba al mismo tiempo que el asco por la comida.
Pasaron tres semanas. Por fin tocaron tierra y salieron a caballo del barco. Surghen seguía liderando aquella marcha. Llevaba abrazado con el brazo izquierdo el cofre con el huevo, mientras que con el derecho sostenía las riendas de su caballo.
Transcurrieron cinco días hasta que finalmente llegaron a la puerta este de Kaer'Durnath.
Las puertas ya estaban abiertas, aguardando la llegada de los viajeros.
Pero nadie los recibió. Los ciudadanos no habían salido a su encuentro, y la calzada principal estaba más desierta que de costumbre.
Solamente pasaban esporádicamente algunas patrullas de la Guardia Capitalina, y había cruces de marginados y paseos de ciudadanos llanos.
Surghen y sus hombres siguieron su entrada sin detenerse.
Sin preocuparse. La Plaza de Elarion estaba más concurrida que la calzada, pero de todos modos estaba más vacía de lo que Surghen recordaba.
No se detuvo ahí. Siguió su camino con monotonía hasta las puertas del Varkhalion.
Había un silencio sepulcral en la Plaza del Varkhalion.
Ningún alma recorría aquellos espacios. El grupo llegó hasta las cuadras para dejar a los caballos.
Nadie hablaba ni se miraba a los ojos. En su rostro se podían ver atisbos de consternación.
Algunos, incluyendo Surghen, tenían la mirada perdida.
El Rey apretaba con fuerza el cofre en una mano y la espada en la otra.
Kaelen salió a recibirlos, pero se quedó perplejo con sus rostros: miradas preocupantes, miradas amenazantes y miradas desorientadas.
«Nuevamente Surghen —pensó con enojo y preocupación.
Puso atención en lo que el Rey llevaba entre las manos—.
No me hiciste caso, y mira lo que sucedió».
Surghen no saludó al general. Directamente entró al Castillo Magno y se dirigió sin rodeos hasta la Sala del Trono.
Ahí, en la silla de honor, a un costado del trono, estaba Naeryn, rodeada por Kym y Seren, quienes estaban sentadas en las escaleras del estradillo, sonrientes.
La Dama Regente tenía una lira de marfil en sus manos; tocaba y rasgaba las cuerdas con delicadeza, desprendiendo un hipnótico canto acompañado por su profunda y hermosa voz.
Cuando alzó la vista, dejó de tocar. Con ayuda de sus doncellas se levantó y caminó al encuentro del Rey.
—Tengo un anuncio que tal vez te pueda interesar —dijo Naeryn con alegría—. ¿Qué encontraste en las ruinas?
—Algo que no debería seguir existiendo en este mundo.
La apatía con la que Surghen dijo eso la hizo recordar su pasado en Aelwîn. Naeryn se preocupó.
—Este animal nacerá y será la respuesta a todas nuestras preguntas —añadió Surghen para tranquilizarla.
«¿Qué animal?», Naeryn volteó a ver el cofre que el Rey tenía en las manos. Se acercó nuevamente, lo abrazó y susurró a su oído.
—El dormitorio de Nelysia está listo.
Surghen asintió sin decir nada. Se sentó en su trono, con el cofre todavía abrazado.
—Nelysia —le dijo a la chica—. Guarda todos los papeles en la biblioteca.
Ella asintió, hizo una reverencia y salió por una puerta lateral hasta su dormitorio para asearse, despejarse y cambiarse. Se sentía sucia. Sentía su pelo y su rostro empolvados; las manos las tenía grises y pegostiosas, y tanto su pantalón como sus botas desprendían un fétido aroma a vómito.
Surghen permaneció unos minutos sentado sobre su trono.
Estaba callado, intercambiando la mirada entre la puerta de la sala y el cofre con el huevo.
Sin decir palabra, se retiró a su dormitorio y cerró la puerta con llave.
Tenía sueño, pero no se sentía cansado. Sacó la llave del cofre, lo abrió y sacó el huevo.
Dejó el cofre debajo de la cama y el huevo sobre un taburete cercano.
Se quitó lentamente la armadura y la ropa.
Abrió la llave con agua caliente, llenó la bañera y se metió dentro.
Ahí se durmió. El tiempo que fuese necesario.
No supo cuánto fue, pero cuando se despertó, salió del agua con amargura.
Se sentía cansado. La noche ya reinaba sobre Kaer'Durnath.
Se vistió con un grueso camisón cian y se metió a la cama a dormir de nuevo.
No despertó hasta que fue media mañana, pero se levantó completamente renovado.
Se vistió con un jubón cian monocromático y bajó campante a comer.
Entró en la Sala Mayor que estaba vacía; solamente había dos criados y una sirvienta recogiendo la losa de Naeryn.
La sirvienta se sorprendió cuando notó que el Rey había entrado.
Dejó bruscamente los platos y copas sobre la mesa e hizo una reverencia.
—Su Majestad, buenos días —saludó—. Pensé que ya no vendría a comer esta mañana. Ahora mismo le traeré algo caliente.
Surghen agradeció. Se sentó en la cabecera de la mesa y esperó.
No tenía nada de prisa. Nuevamente tenía esa sensación de que la guerra había concluido.
Naeryn llegó por una puerta lateral; sus doncellas la ayudaban a caminar, y Nelysia las escoltaba.
La Dama Regente vio a Surghen y sonrió. El Rey hizo lo mismo.
En ese preciso instante, la sirvienta llegó con varios platos de comida, una jarra de vino caliente y una copa de plata.
Surghen comenzó a comer. Nelysia y Naeryn se sentaron a la derecha de Surghen y lo acompañaron.
Las doncellas de la Dama Regente hicieron una reverencia y se retiraron de la sala.
—Te ves mejor —dijo Naeryn.
—Sí —contestó de forma un tanto seca—. Nelysia, ahora que termine, acompáñame.
El tiempo pasó, y Surghen se terminó su comida. Kym y Seren llegaron otro momento más tarde, acompañadas por Meron.
—Mi señora —dijo con una reverencia—. Permítame revisar su embarazo.
Naeryn se levantó, acarició su vientre y se retiró apoyada en sus doncellas.
Surghen y su escudera caminaron hasta el torreón de los reyes, subieron las escaleras hasta el penúltimo piso y se detuvieron frente a una habitación circular amueblada, que conectaba con una puerta barnizada de roble.
El dragón encadenado estaba tallado en el centro de la puerta, y el jardín del Varkhalion —el lugar favorito de Nelysia— en la parte de abajo.
Siguieron caminando y el Rey abrió la puerta.
—Fue Naeryn quien la mandó a construir —dijo con dulzura—. Espero que te guste.
La escudera se pasó y la recorrió. Dio unas cuantas vueltas. Estaba extrañada; sentía como si eso no fuera suyo, como si estuviera en los aposentos de otra persona. Un ligero aroma a incienso flotaba en invisibles nubes que impregnaban toda la estancia.