CAPÍTULO 44. LAS ENTRAÑAS DEL TIEMPO #3
La antorcha que tenía Neryss, junto con las que tenían sus escoltas, se apagaron y, durante mucho tiempo, convivieron con la oscuridad misma.
Surghen siguió su camino hacia el haz de luz que había en el fondo.
Un viento gélido sopló desde ningún lado y caló los huesos de todos.
Un pitido especialmente atronador se internó en ellos y llamó, con voz potente, un susurro que exigía su salida.
Surghen, con una mueca de dolor, abrazando a Nelysia con una mano y empuñando su espada con la otra, siguió dando pasos.
Uno. Y luego otro. El eco que sonaba era la única ambientación que existía.
Un paso rítmico que hizo a Surghen inundarse en sus recuerdos, al mismo tiempo que caminaba.
Solo soñó y vio a un humano. ¿Era un humano?
Estaba parado frente al mismo trono que ya había explorado en las ruinas.
Sobre el trono: Un rey. Una corona. Él ya había visto esa corona.
«Es la corona del estandarte». Un humano de rodillas, con la cabeza gacha y los ojos llenos de temor.
Un dragón gris de dos patas caminaba detrás de él, dispuesto a matarlo si escapaba.
El Rey elfo, el último rey de su raza, se levantó del trono con brazos abiertos.
—Levántate, Dürhavel —dijo. En su presente, Surghen lo escuchó como una orden. Un grito exigente.
Siguió caminando hacia la puerta. Según veía, faltaba mucho.
La fría ventisca aumentó. El castillo no los quería ahí.
Surghen no se detuvo. Se mantuvo caminando con paso firme.
El eco le maltrataba los oídos y los hacía sangrar.
Con cada respiración que daba, un vapor caliente salía de su boca.
De la boca de todos. El aire era tan frío que se condensaba rápidamente, y un hielo transparente caía y se rompía al tocar el suelo. Su sonido era estridente.
En su sueño, ya no estaba en el castillo.
Estaba volando. ¿A dónde volaba? «No puedo irme, mi lugar está en Kaer'Durnath».
Miles de lanzas y flechas comenzaron a volar desde abajo, atravesando el aire y rasgando las nubes.
Iba a lomos de un dragón negro. ¿O será gris?
Sintió la mano de Naeryn en la espalda y, con el afán de buscar el cálido tacto de su mano, soltó —en su presente— la mano de Nelysia, mientras seguía caminando, apartándose de ella.
—¡AYÚDAME, DÜRHAVEL! —gritó alguien. El grito fue tan fuerte que despertó a Surghen de su alucinación.
—¡Mi señor! —gritaba Nelysia, perdida en la oscuridad.
—¡Sigue gritando! —contestó Neryss, quien se regresó por la muchacha.
Surghen se dio golpes en el rostro, pero no despertaba.
Allá donde miraba, veía ejércitos, elfos y dragones.
Estaba alucinado. Blandió agresivamente su espada y acabó con los fantasmas de su mente.
Pero no despertaba; seguía viendo lo mismo.
Sacó un puñal y se rajó levemente el torso.
La sangre brotó y rápidamente dejó de brotar.
Pero el dolor fue intenso, y con eso regresó a la oscuridad envolvente de su presente.
«Qué bueno saber que no me abandonaste, Dürhavel».
Surghen pensó que esas palabras habían circulado en el aire frío que brotaba con brutal intensidad, exigiendo a gritos imperiosos que se fuera de ahí. Unos minutos más tarde, y escuchando el silencio que había a su alrededor, sospechó que quizás fuese su mente.
Una mano tibia agarró la suya. Nelysia había regresado. Estaba agitada y sostenía la mano de la comandante, quien la había sacado de su prisión mental.
Finalmente llegaron a la puerta. Los mineros y anticuarios pensaron que los materiales de la puerta se trataban de roble y de alguna aleación, pero estaban equivocados.
No sabían de qué estaba hecha. Nadie sabía.
El haz de luz provenía del orificio de un candado negro, perfectamente conservado.
Surghen blandió su espada de nuevo y, en unos cuantos golpes, rompió el candado y abrió aquel salón.
Una luz blanca de la luna se colaba por un orificio exterior cubierto con maleza e iluminaba una pequeña plataforma donde reposaba un huevo de un intenso color negro, con vetas doradas.
Surghen cargó a Nelysia sobre sus hombros antes de continuar.
«Hija mía. No te me volverás a perder».
Neryss y el resto de los hombres ya se habían adelantado y habían ido a ver qué era aquello que reposaba, lúgubre, en aquella estancia.
Surghen los alcanzó y, juntos, observaron el huevo con detenimiento.
Ninguno de ellos veía nada; simplemente les parecía una piedra o una gema.
Solo sabían que tendría que ser algo de mucho valor.
Pero Surghen..., el Rey, veía algo más: vetas doradas tenues se reflejaban en el cascarón.
Un brillo muy débil y palpitante emergía desde su centro.
Por un momento, cuando la luz de la luna impactó directamente con el huevo, este brilló y reflejó los rostros de los drakarianos.
Además, Surghen logró ver un ligero movimiento: un animal estaba vivo dentro de él.
—Nos lo llevaremos —dijo.
—Mi señor, esa cosa está muerta. Solamente será más peso inútil en el barco —replicó la comandante. No lo dijo por querer ser práctica. Lo dijo por miedo. Tenía miedo del huevo.
El Rey no lo debatió. Tomó el cascarón con una mano y lo metió a una alforja vacía. Recuperó su vitalidad y regresó totalmente a su presente. «Lo que sea que esté aquí dentro, está más vivo que nunca», constató.