Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 44. LAS ENTRAÑAS DEL TIEMPO
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CAPÍTULO 44. LAS ENTRAÑAS DEL TIEMPO

Fue un golpe un poco fuerte. El barco atracó directamente en la ribera y resquebrajó la tierra.

Surghen ordenó que anduvieran a pie hasta las ruinas, ya que aquel no era el lugar óptimo para los caballos.

Amarraron a los animales en pequeñas salientes en la zona inferior de la nave y abrieron las puertas.

Conforme fueron saliendo, avanzaron sin detenerse a esperar a sus compañeros, pero sin aumentar la velocidad.

Surghen lideró la marcha con un paso tranquilo.

A su lado iba Nelysia, cargando una alforja.

Detrás de ellos caminaban Neryss, Vekhar Sul’Zareth y los demás hombres.

Las ruinas se veían imponentes desde la lejanía: un gigantesco castillo de torreones derrumbados y derruidos, dentro de una amplia área cercada por un muro abandonado de quince yardas de altura.

Delante de éste, varios andamios de madera a medio caer, armas abandonadas, escaleras, cámaras a medio construir y puentes incompletos.

El muro se dividía en dos grandes arcos con restos de madera que alguna vez fueron puertas, y entre ellos, una profunda zanja cuyo fondo no se alcanzaba a ver.

Mientras más se acercaban, el paraje se volvía más tenebroso.

Al Rey lo inundaron los recuerdos de su primera campaña: la batalla del río, la marcha suicida de Lorem, la masacre de los velmyrianos en el Karneth.

Recordó su primera exploración, el cambio de color de su espada, los papeles que había sacado, y la frase en un idioma extraño: «Ayúdame, Dürhavel».

Recordó los ojos dracónicos que lo observaron en el Kharthûr y el calor de las llamas que lo cubrieron aquel mismo día.

El castillo parecía mucho más grande de lo que Surghen recordaba.

Una enorme puerta resguardaba la entrada, y una oscuridad espesa, con humo denso, expulsaba a los invasores.

La piedra estaba conformada por bloques pesados.

Había decoraciones coloridas de metales desconocidos, corroído por el óxido.

Antorchas abandonadas, puertas cerradas, caminos bloqueados.

El patio principal estaba cubierto de matorrales espinosos y secos.

Hongos ocultos entre las hierbas anidaban en las esquinas enjutas de la piedra exterior.

Surghen y Neryss reunieron suficientes hierbas secas, encendieron antorchas y se internaron en Vaer-Morrak.

Un enorme pasillo de paredes infinitas, puertas gigantes por los costados, cuadros empolvados y pilares corintios musgosos los recibieron y los condujeron al corazón de una oscuridad completa.

Varias puertas laterales daban acceso a salas lujosas, habitaciones y armerías vacías.

El humo se hacía cada vez más espeso, y las antorchas no iluminaban siquiera una yarda adelante.

Al pasar por un gran salón circular, rodeado de pilares y una fuente apagada cubierta por polvo y esporas, bancos rotos, plantas marchitas, lámparas destruidas y tapetes desgarrados, un viento gélido sopló hacia sus rostros. Como si el castillo mismo no quisiera visitantes.

«Esto no lo recuerdo», pensó Surghen.

Cuatro pasillos gruesos se abrían hacia los puntos cardinales, conduciendo a cámaras desconocidas.

Los hombres siguieron rectos, atravesaron la fuente y se adentraron en el corazón del castillo.

La oscuridad se hizo abrazadora. El silencio, ensordecedor.

Cada voz, cada paso, cada respiración se escuchaba con un eco estridente que viajaba eternamente por las paredes de Vaer-Morrak, para luego regresar y aturdirlos.

Los pilares corintios dieron paso a pilares jónicos, coronados por quimeras de dragones y serpientes que miraban hacia el suelo, lanzando destellos a quienes no pertenecían ahí.

Entraron en una segunda cámara circular, en cuyo centro había una estatua.

Era un hombre, pero más alto. Orejas normales, manos con seis dedos, complexión delgada.

El cabello amarrado en dos coletas que caían hacia el pecho y abrazaban dos cuernos de carnero que sobresalían de la cabeza y bajaban hasta las orejas.

Cargaba un enorme arco de formas lisas y curvas perfectas.

Una flecha de una yarda reposaba en su mano.

Sobre su cabeza, una corona de doce puntas perimetrales y una más grande en el centro, terminada en una cruz de tres barras transversales.

Rodeándolo con su cola, un solemne e intimidante dragón blanco de cuatro patas.

Escamas duras contra los golpes, pero suaves al tacto.

Patas traseras musculosas, terminadas en tres dedos.

Patas delanteras más delgadas, con dos dedos y un pulgar, y uñas afiladas.

El rostro del dragón mostraba una cabeza curvada, puntiaguda en el hocico, labios que ocultaban los dientes y membranas que coronaban la cabeza como si fueran diademas.

Surghen se quedó contemplando aquella estatua durante varios minutos, hipnotizado por la belleza intrínseca que transmitía. Se sintió pequeño ante la grandeza de aquel castillo e insignificante ante la perfección de aquel dragón.

—Tranquilos todos —susurró, pero el eco lo convirtió en un grito.

El silencio se transformó en un pitido constante que atravesaba como flecha los oídos de los hombres.

La oscuridad se hizo absoluta, y el sonido increpante de sus pasos se duplicaba.

El miedo recorrió a todos por igual. Neryss colocó una flecha en su arco, Nelysia sacó su pequeño puñal, y Surghen desenvainó su espada, cuyas vetas parecían brillar y dar luz por sí solas.

Una nueva ráfaga de viento gélido los azotó desde el interior. Desde un lugar escondido. Un susurro recorrió sus venas con un sonido gutural y escalofriante.

—Duuuur... hhhaaaaa... vvvveeeell.

—¿Qué fue ese ruido? —preguntó uno de los anticuarios. Estaba atemorizado.

Surghen pensó que aquello solo lo había escuchado él, hasta esa pregunta. Acercaron las antorchas y se juntaron en un grupo más compacto. El fuego emitió una aurora amarillenta que iluminó unas pocas pulgadas a la redonda.

La niebla les impidió notar la piedra de la pared hasta que colisionaron con ella.

Habían llegado a un pasillo perpendicular que abría caminos hacia más salas y espacios.

En la pared de enfrente se abrían dos puertas apenas emparejadas, enormes y hermosas, que daban hacia una sala central: la Sala del Trono.

Doblaron hacia la izquierda y siguieron caminando con cuidado.

«Este lugar es sorprendente», pensó el patriarca. El castillo era mucho más grande por dentro de lo que aparentaba ser por fuera.

—Iremos en dos grupos —ordenó el Rey—. Ustedes irán por aquel pasillo y lo explorarán a fondo —señaló a Sul’Zareth, a un minero y a dos anticuarios. Cuatro soldados los acompañaron—. Nosotros iremos por acá. No se pierdan. Si se pierden, no los podremos encontrar.

El grupo se separó y continuó. Los anticuarios y el minero que fueron con el patriarca opinaban todo lo contrario.

—Lo mejor es no separarse —decían—. Así como vamos, nos perderemos todos.

—Es mejor que salgan unos pocos, a que no salgamos nadie —reclamó Sul’Zareth.

En el otro lado, Surghen quiso seguir caminando por aquel pasillo hasta topar con alguna pared o, si fuese posible, encontrar la biblioteca que tanto buscaba. Neryss insistió en explorar primero la gran sala que se situaba frente a ellos. El Rey se lo concedió.

Empujaron la pesada puerta mientras Nelysia sostenía la antorcha. La madera se movió a trompicones. Detrás de ella se posicionaba una sala. La más hermosa que había existido jamás. Ahí dentro, la niebla se disipaba, y se lograban ver las verdaderas dimensiones del recinto.

Varios pilares jónicos, con quimeras en lo alto y gárgolas en la base. Todas con formas dracónicas. Dos tapetes corroídos por el tiempo se juntaban en una gran alfombra demacrada, donde, con esfuerzo, se lograban ver las imágenes de dos dragones danzando en círculos alrededor de una exótica corona.

«Es la misma corona que tiene la estatua», pensó Surghen.

En el techo se deslumbraban grandes candelabros, ramificados y diseñados para contener decenas de velas.

Algunos estaban a medio caer, otros se encontraban intactos.

Las bases de las antorchas, en los pilares, estaban vacías, con algunas maderas que habían estado mil años recargadas sobre aquellos metales.

Frente a ellos, se dimensionaba un gigantesco trono de piedra sobre un gran estrado que tenía dos pedestales con antorchas apagadas. Surghen las encendió. Dieron un pequeño flamazo e iluminaron el estrado.

El respaldo del trono alcanzaba las tres yardas de altura. Su cima concluía en tres puntas y dos salientes de piedra que asemejaban cuernos de carnero. En el centro había un espacio vacío del tamaño de una cabeza y, en la parte alta, dos ojos dracónicos observaban la oscuridad.

Sobre un reposabrazos, una espada un tanto conocida. Telarañas la cubrían, y cucarachas la transitaban sin parar. La vaina estaba oxidada. El Rey le dio su antorcha a un minero y agarró su antigua espada. Estaba pesada. La empuñadura era incómoda. La guarda y el pomo, aburridos.

—Esa espada es drakariana —dijo la comandante, sorprendida—. O no estamos solos, o no somos los primeros aquí.

—Claro que estamos solos —la risa de Surghen rebotó con intensidad y aturdió a todos—. Esta espada fue mía. En este lugar encontré mi actual arma.

Le tendió la espada a Nelysia.

—Límpiala y será tuya.

La escudera quitó las telarañas con su puñal y se colgó el arma en su espalda.

Surghen le recibió la antorcha y exploraron la sala a fondo. Lentamente, recorrieron cada yarda hasta saber exactamente aquello que tenía y aquello que escondía la Sala del Trono.