Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 43. EL SUSURRO DE LAS RUINAS #3
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CAPÍTULO 43. EL SUSURRO DE LAS RUINAS #3

Kaelen asintió y emprendió el galope hacia la puerta oeste de la ciudad.

Surghen entró de nuevo al castillo y buscó a Neryss.

La comandante estaba descansando en un balcón elevado, en el quinto piso del palacio.

Estaba sentada, con las piernas cruzadas, observando un iridiscente cometa color vino que surcaba el cielo con gran velocidad.

Con voz dulce, tarareaba una melodía mientras mantenía la mirada fina en el cometa.

—Comandante —llamó Surghen. Neryss se volteó sobre su silla—. Prepárate. Saldremos en la mañana.

La comandante hizo una solemne reverencia con una sonrisa en la boca y se volvió a enderezar. Llevó las manos a las rodillas y siguió cantando. Surghen se retiró del balcón, salió del castillo y se dirigió a la abadía de Thûn-Daeryn.

Entró a un edificio un poco alejado y subió unas escaleras hasta una habitación apartada. Cuando abrió la puerta, encontró a Vekhar Sul’Zareth parado en su ventana, observando el cometa.

—El aire huele a fuego y escamas —dijo el patriarca sin moverse—. Sus alas estaban extintas, ahora baten con fuerza. Ensordecen al mundo y presagian el regreso de grandes criaturas que reclamarán lo arrebatado.

—Patriarca Sul’Zareth —llamó Surghen, extrañado por lo que acababa de escuchar. El patriarca se volteó y lo miró con ojos lúgubres y llorosos—. Iré al grano: haré una expedición con un pequeño grupo de personas a recorrer las ruinas de Vaer-Morrak. Quiero que me acompañe.

—¿Qué espera encontrar ahí dentro, mi señor?

—Respuestas. Somos ignorantes, Sul’Zareth, y la historia humana es insignificante en comparación con la historia que esta tierra relata.

—Se dice que los conocimientos más antiguos se encuentran en la Gran Biblioteca de Ilvakar.

—No son tan antiguos como los que busco —replicó Surghen—. Estoy buscando textos anteriores a la llegada de los humanos al continente. Saldremos mañana a primera hora.

«¿Más antiguos?», pensó el patriarca. Terminó aceptando la invitación del Rey.

Cuando éste se retiró, volvió a mirar por la ventana.

La gigantesca cola del cometa lamía el horizonte.

Se separó en cinco fragmentos que flamearon imponentes.

Le pareció escuchar un gruñido gutural. Un sonido vibrante que rompía montañas, y que se escuchaba en los huesos.

Vekhar cerró los ojos y una lágrima se le escapó.

«Sus cuerpos emprendieron su vuelo. Marchan y se acercan. Volverán a la tierra de la cual fueron despojados. Sus garras harán retumbar la tierra, y su fuego la volverá ceniza».

Nelysia estaba en una sala de estar cercana a la puerta del Castillo.

La fogata ardía con tranquilidad. Sus llamaradas lamían el ladrillo enrojecido y su fuente danzaba al son del canto de la escudera.

La chica estaba sentada en un sillón cercano a la chimenea, las piernas las tenía arriba del cojín.

Estaba descalza. Tenía los ojos cerrados y cantaba un poema que Surghen desconocía.

—El Dragón Encadenado batió las alas, cubrió la ciudad que le pertenecía y eclipsó el fuego de la esclavitud con su sombra libertadora —murmuró para sus adentros.

—Nelysia —llamó Surghen.

La muchacha se levantó, se secó alguna lágrima invisible y volteó a ver al Rey.

—Saldré al sur. Vendrás conmigo.

—Mi señor —dijo entre risas entristecidas—. ¿Quién se quedará con mi señora Naeryn en mi ausencia?

—Naeryn tiene a sus doncellas. Vendrás conmigo.

La chica no supo si asustarse o emocionarse. Se quedó ahí parada, perpleja, viendo cómo Surghen se retiraba sin decir más palabras. Volteó a ver una vez más el fuego de la chimenea y se retiró de aquella sala para subir a su habitación.

Surghen se retiró a su dormitorio. Subió las escaleras y se cubrió el rostro del polvo de los albañiles.

Cuando abrió su puerta, el cuarto estaba totalmente oscuro a excepción del baño.

Ahí estaba Naeryn, desnuda y dentro de la tina con agua.

Sus doncellas la habían rodeado con lámparas de aceite y se habían sentado a un costado de la Dama Regente.

Ambientaban el baño con otra canción más.

No tenía letra, pero los chiflidos y ritmos que hacían con la boca eran todo lo que la melodía necesitaba para ser hermosa.

Surghen se sentó en su cama, se quitó la capa y la espada, se retiró las botas y se durmió.

A la mañana siguiente, Surghen, Neryss, Nelysia, Vekhar Sul’Zareth, algunos soldados y cuatro hombres más —entre mineros y anticuarios— estaban en la puerta este de la ciudad. Saldrían hacia el río, donde su barco y capitán ya los esperaban.

El sol iluminaba débilmente aquella mañana.

Una ligera escarcha de nieve había caído durante toda la noche y seguía cayendo en ese momento, cubriendo la ciudad con una delgada sábana blanca.

Con cada respiro que Surghen daba, un vapor caliente salía expulsado por su boca.

Nelysia estaba tiritando, y sus dientes chocaban constantemente por el frío invernal que se acercaba.

El crujido de las puertas marcó la salida de los hombres, en silencio. No hubo sonido alguno. No campanazos. No cuernos de guerra. Esta no era una marcha militar. Era una expedición por saciar un conocimiento.

Cuando Surghen vio las lejanas montañas, espoleó a su caballo y comenzó su tranquilo caminar. Los demás animales lo siguieron con el mismo paso.

«Descubriré sus secretos», pensó el Rey, mientras llevaba la mano a la empuñadura de su espada.