Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 43. EL SUSURRO DE LAS RUINAS
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CAPÍTULO 43. EL SUSURRO DE LAS RUINAS

Los guardias de la puerta oeste sonaron los cuernos anunciando la llegada del Rey y los dos generales. Surghen y sus compañeros seguían a caballo. Se habían quedado unos cuantos días en Dorlak para reparar, limpiar y encerar las armaduras. Llegaron a Kaer'Durnath en cuestión de cuatro días.

El crujido de la puerta al abrirse se escuchó en los oídos de los recién llegados como una melodía sinfónica que daba paz.

La gente se congregó a los costados de la calzada y llegó hasta la Plaza Dorada.

Recibieron al Rey y a sus caballeros entre chiflidos y vítores.

Neryss no pudo evitar sacar una risita. Celebraban que estaban ganando la guerra; celebraban que las estrategias del Rey los habían catapultado hasta atravesar el corazón de Fyrtim y cruzar el Mar de Elarion.

—¡Que viva el Emperador! —gritaba la muchedumbre.

Surghen y sus hombres siguieron su camino entre las rosas que la gente lanzaba.

«Por fin estoy en casa», pensaron los tres al mismo tiempo.

Cuando llegaron a los cuatro obeliscos, la multitud se disolvió y les otorgó un silencio gratificante.

Ahí se encontraban Selthar y Raghor, esperándolos.

Detrás de ellos también estaba Nelysia, como portavoz de la Dama Regente, montada sobre su yegua marrón.

—Bienvenido, Su Alteza —saludó el capitán de la Guardia Fronteriza—. Y bienvenidos, generales.

—Los tiempos que corren no son los adecuados, Selthar —dijo Surghen—. Ahora nuestro objetivo es saber la situación del frente velmyriano.

Los hombres siguieron cabalgando hasta dejar atrás las celebraciones.

—El comandante Lorem no se ha reportado en los últimos dos meses —comentó Raghor—. Dudamos que lo hayan capturado.

Surghen se adelantó hasta estar a la par con su escudera, la abrazó ligeramente y regresó con el Consejo. Nelysia emprendió el galope hasta el Varkhalion.

—¿No le han mandado ninguna carta a Lorem por su falta de actividad? —preguntó Surghen.

—No —dijo Selthar con tono desinteresado. Surghen se molestó ligeramente.

—¿Qué ha pasado en estos dos meses de ausencia? —preguntó de nuevo el Rey.

Los muros del Varkhalion se acrecentaron y se mostraron imponentes. Atravesaron las puertas y caminaron hasta las cuadras, donde dejaron los caballos y siguieron hasta entrar al Castillo.

—La Dama Regente importó varios cofres de tela desde Zarn- Korveth —dijo Raghor—. Me nombró comandante de la Guardia Capitalina —añadió entre risas, todavía incrédulo.

—¿No pasó nada más?

Ni Raghor ni Selthar contestaron. Por aquel silencio, Surghen dedujo que no.

Entraron en la Sala del Trono. Naeryn estaba vestida con un gran camisón gris, debajo de una túnica de seda y una piel de tigre.

A un costado de ella estaba el trovador Irlendir, rasgando las cuerdas de su lira y cantando suavemente otra canción más.

Surghen y sus hombres guardaron silencio, y el Rey puso atención en la letra.

En los muros de la piedra sombría, retumbó el acero al alba tardía, los bravetianos cruzaron el llano, con furia y estandarte en mano. Pero el dragón encadenado rugió, y el suelo con sangre se tiñó.

Las lanzas chocaron como tormenta, la muerte acechaba en cada afrenta, de Kaer’Durnath brotó el temor, más Surghen alzó su negro clamor: «Que no quede hombre, ni quede honor, ¡sólo el trono y su conquistador!»

Las piras ardieron tras la batalla, ninguna plegaria fue ya muralla, los bravetianos, polvo y dolor, los capitalinos, frío terror. Y en el silencio de aquel redentor, Surghen reinó, con fuego y rigor.

Naeryn estaba con la cabeza agachada y los ojos cerrados.

La música que llegaba a sus oídos ambientaba los vívidos sueños de ese momento.

Estaba hipnotizada por el talento que Irlendir tenía para la lira.

Aquel día, con el canto del trovador, el mundo desapareció.

Ya no estaba en el Castillo Magno, sino que había regresado a su hogar en Aelwîn, como Reina y madre; con un hijo en brazos y una princesa ya comprometida.

Nelysia se acercó al trono.

—Mi señora —susurró—. Ya llegó el Rey Surghen.

Naeryn abrió los ojos lentamente y levantó la mirada. No dijo nada, pero la sonrisa, apenas perceptible, que asomaba en su boca dijo todo lo que Surghen necesitaba. No se levantó. No iba a hacerlo. No iba a hablar. Solamente quería dormir y escuchar lo que Irlendir estaba cantando.

Surghen la miró con ternura. Se desabrochó los cierres de la coraza, y Nelysia lo ayudó a quitárselos. También le retiró las hombreras, las espinillas y los pantalones. Guardó toda la armadura, junto con la cota de malla, en una alforja de cuero y se la llevó.

Surghen se sentó en el trono y se volvió hacia el Consejo.

—Raghor —dijo sobriamente—. Encárguense de la ciudad y descansen. Nos reuniremos mañana.

El Consejo no logró disimular la sonrisa y el alivio que esas palabras provocaron. Hicieron una leve reverencia y se retiraron del Castillo. Surghen se durmió ahí mismo, e Irlendir comenzó a tocar otra canción. Esta vez narraba la victoria de Lorem en Arvenmar. Kaelen se acercó en silencio.

—Escribe sobre la victoria del Rey en Brelwaith —dijo en voz baja.

El trovador asintió, cerró los ojos y siguió cantando.

Cuando Kaelen salió del Castillo, tomó nuevamente su caballo y visitó una casa al sur de la ciudad, a unas calles de la Plaza Sorna.

Era un edificio convencional, hecho de piedra común y decorado con otro tipo de piedra más clara.

La madera de la puerta era simple roble, un poco maltratada y rugosa.

La perilla, esférica, se mantenía en el centro de las maderas.

Kaelen llamó a la puerta, y fue su hermana, Talia Virelth, quien lo recibió con un cálido abrazo.

Al día siguiente, Surghen se levantó especialmente tarde, pero estaba descansado y renovado.

El viento frío que venía del norte entró por la ventana y se asentó en el dormitorio.

Surghen entró al baño y llenó la tina con agua caliente, removió la ceniza del bracero, añadió leña nueva y la encendió.

Se desvistió y entró al agua. Ahí se quedó durante una hora, relajado.

Quería que el agua le entrara a la herida.

La noche anterior, su curandero lo había cubierto con un ungüento de ceniza, limón y cáñamo; le rascó la costra con una pequeña guadaña y lo terminó vendando.

Unos ligeros golpes a la puerta lo despertaron.

El Rey salió rápidamente, se vistió con un jubón celeste, un chaleco de tela verde, unos pantalones de terciopelo y unas botas negras de piel.

Abrió la puerta y observó a Nelysia, quien estaba sentada en las escaleras, leyendo una historia que narraba intrigas entre dragones y elfos.

—¿Ese papel te lo dio Naeryn? —preguntó Surghen.

Nelysia asintió con la cabeza. Dejó un momento su lectura y observó el rostro de Surghen, buscando su aprobación. El Rey no dijo nada. Cerró la puerta del dormitorio y bajó las escaleras. Nelysia interpretó aquello como un gesto de aprobación. Enrolló el papel y siguió a Surghen.

Llegaron al piso de abajo y el Rey se dirigió a la sala menor de banquetes.

—Junta al Consejo para más tarde —le pidió.

Entraron en la sala y se sentaron a la mesa.

Nelysia tomó un lugar a la derecha de Naeryn.

También estaba Velrik Anhal, a quien la Dama Regente había invitado a desayunar.

La comida estaba compuesta por frutas caramelizadas, lechón dorado con salsa, ternero cocido y relleno de papas, sopa de pistaches, vino dulce y cerveza.

Un criado alcanzó al Rey, le dejó un plato y le sirvió un poco de todo.

—¿Qué pasará hoy? —preguntó Naeryn, que planeaba continuar con los arreglos del dormitorio de Nelysia y quería consultarlo con Surghen.

—No creo que pase nada —dijo Surghen con la boca llena—.

Arreglé una audiencia con el Consejo. Quiero hacer otra expedición al sur, pero no hoy.

Tal vez mañana o dentro de una semana. —Naeryn siguió comiendo.

Kym le sirvió más vino dulce y lo condimentó con raíz amarga—. ¿Qué te han dicho del embarazo?

—El curandero me dijo que está evolucionando bien —respondió entre risas—. Él espera que en dentro de poco nazca. Me han estado atiborrando con raíz amarga, ¿no es así, Kym? — La doncella se sonrojó y comenzó a tartamudear. Se tranquilizó luego de escuchar la risa de su señora.

Surghen terminó de comer. Un criado le recogió la loza y el Rey se retiró a la Sala de Guerra. Ahí ya estaban sentados Kaelen, Neryss, Raghor y Selthar alrededor de la mesa. Surghen tomó su lugar en la cabecera y apoyó las manos en el marco de la mesa.

—Drakareth estuvo perdiendo la guerra durante los últimos años de Valdyran en el trono —dijo con orgullo—. Con nuestra victoria en Brelwaith, eso se invirtió. Ahora, somos nosotros quienes conservamos la victoria en esta contienda.

»Para lo que sigue, enviaremos un cuervo con Vaelric para su informe, y también mandaremos otro a Arvenmar para conocer la situación de Lorem.

—No será necesario —intervino Raghor—. El comandante nos acaba de mandar un cuervo.

Se levantó y le entregó la carta a Surghen. Ya tenía el sello roto.

Surghen lo desenrolló y lo leyó en silencio.

Desde Arvenmar hasta Kaer’Durnath.

La situación en el frente velmyriano se ha endurecido, mis exploradores han dicho que Vel’Anareth comienza a hacer movimientos para recuperar esta ciudad, aunque no han atacado.

Como saben, no tengo los hombres suficientes para defender mi ciudad si es que los velmyrianos deciden hacer un ataque a gran escala.

La tensión es real, y en mis hombres hay un miedo por lo que pueda venir. He ordenado vigilancia total a la ciudad portuaria, pero su flota también bloquea nuestra salida sur. Si esperamos mucho tiempo, perderé la ciudad.

Firma Lord Lorem Valtrakar. Comandante Supremo de las hostes drakarianas y Castellano de Arvenmar.