Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 42. CENIZAS DE VICTORIA #3
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CAPÍTULO 42. CENIZAS DE VICTORIA #3

Naeryn ya estaba levantada para cuando los cofres llegaron de Zarn-Korveth.

Un gran grupo de soldados y mercaderes había llegado desde el norte, y para ese momento, ya esperaban en la puerta de la ciudad.

Fue Raghor quien le informó. El comandante de la Guardia Capitalina permitió el acceso y exigió el pago del impuesto por importación. Así como lo exigió, así se hizo.

Las cajas llegaron al Castillo Magno en carromatos más pequeños. Grandes y pesados cofres de madera oscura, con metal en los bordes y enormes candados de plata. Eso fue lo que Naeryn recibió en la Sala del Trono.

—Llamen al Maestro Racional para que haga el pago —ordenó.

Del castillo salieron algunos criados y sirvientes, mientras que las doncellas escoltaron a la Dama Regente hasta donde se encontraba la mercancía.

Los mercaderes abrieron las cajas y dejaron ver los materiales que llevaban dentro: telas de todo tipo, material y color. Naeryn aceptó dos cajas para sí.

—Lleven éstas a mi dormitorio —señaló las que tenía en frente—.

Aquellas otras llévenlas al almacén, y el resto déjenlas en la abadía.

Los criados se movieron a toda prisa. Entre ocho personas cargaron las cuatro cajas y subieron las escaleras de los respectivos torreones.

Naeryn subió después a su dormitorio, acompañada por sus doncellas y por un sastre que Selthar había llevado la tarde anterior.

Al entrar, las doncellas abrieron los cortinajes, prendieron el candelabro y trajeron una pequeña plataforma de madera.

Naeryn subió a ésta mientras las chicas abrían los cofres.

El sastre dejó otras pequeñas cajas sobre una mesa alargada, y sacó una cinta marcada, una pluma y un papel que estiró sobre un pequeñísimo atril. Estiró la cinta por los brazos de la Dama Regente y comenzó a hacer anotaciones en el papel.

Las doncellas sacaron enormes rollos de tela y los extendieron sobre la cama de Naeryn. Había terciopelo negro, seda azul, lino dorado, y algunas plumas teñidas en tono violeta. Los rollos, bajo la luz de las velas y las lámparas de aceite, brillaban y aparentaban respirar bajo la cálida luz.

—Este terciopelo está hecho para la noche —dijo una doncella llamada Kym.

—Y esta seda... parece hecha de agua —añadió la otra, llamada Seren.

Cuando el sastre terminó de tomar las medidas superiores de Naeryn, se tomó un pequeño descanso y corroboró sus anotaciones.

Durante ese tiempo, ella aprovechó para bajar de la plataforma y tocar personalmente las telas.

Algunas se sentían ásperas como roca; otras, suaves como pasto.

Las plumas desprendían una fragancia sutil y relajante.

Volvió a subir a la plataforma. El sastre solicitó sacar moldes de vestidos y algunos vestidos usados, y probárselos. Solicitó la opinión de Naeryn y sus aspiraciones con la nueva prenda.

Sus doncellas entraron al armario de la Dama Regente y sacaron algunos vestidos que, en su opinión, eran hermosos.

Uno tenía bordes de amatista; otro, una capa de plumas negras.

Ahí mismo, Naeryn se desnudó y enseguida se vistió con el primer vestido que Seren le ofreció.

Se colocó frente a un espejo, se dio una vuelta y lo rechazó.

—No me gusta —dijo con frialdad.

El tiempo pasó. Aunque los vestidos que sus doncellas habían sacado no eran del agrado de Naeryn, eran lo que el sastre necesitaba para darse una vaga idea sobre el tipo de prenda que la Dama Regente quería.

Pasó una hora cuando, por fin, habían terminado.

Naeryn despachó al sastre y se volvió a vestir con el camisón y las túnicas que ya tenía.

«No me gusta cómo me veo —acarició el vientre—. Me casaré cuando mi hijo haya nacido».

Más tarde, cuando el sol ya había salido completamente y el desayuno había pasado, Naeryn entró en una audiencia privada con el sastre y sus sirvientes. Hablaron sobre el gusto de Naeryn para su prenda.

—Falda larga, una capa de seda, hombros descubiertos. El escote de la espalda lo quiero pronunciado. Terciopelo tinto, una apertura en la pierna. No quiero velo —describió.

El sastre solo se dedicó a escribir.

***

Surghen se encontraba recorriendo las almenas del muro de Tharûl-Bel por pura nostalgia, recordando aquellos días en que un Comandante Dürhavel se rebeló contra el Trono de Drakareth mientras libraba batallas por el control de la frontera.

Desde que había llegado, no había visto a Tharion, quien se había refugiado en sus habitaciones sin salir a recibir al Rey.

Bajo la incipiente luz del sol, Surghen fijó la mirada hacia Dorlak, desenvainó su espada y la elevó, inclinándola de un lado a otro, buscando el punto exacto en que el sol la hiciera brillar.

Las vetas doradas y la inscripción resplandecían como si estuvieran vivas.

Desde lo ocurrido en Brelwaith, cada vez que observaba la espada, nacía en él una nueva fascinación.

Sabía que esa arma escondía secretos, y él los iba a descubrir todos. «¿Quién te forjó?», se preguntó.