Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 42. CENIZAS DE VICTORIA #2
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CAPÍTULO 42. CENIZAS DE VICTORIA #2

En sus labores, Neryss decidió meter las máquinas de asedio a la ciudad y desmantelar parcialmente las torres. Sería Vaelric quien se las quedaría.

Por decreto imperial, se prohibió el uso de cuervos, no solo en Brelwaith, sino también en Tharwen.

Según decía el Rey, quería mantener seguras las cartas y mensajes sin levantar sospechas entre los fyrtanos.

Cuando Neryss envió las misivas, Surghen le exigió flagrantemente que omitiera los datos de remitente.

Esperaba una respuesta diplomática de las dos ciudades.

Sabía que, en Aelwîn, el general Caerlan Vëthar no era un soldado impulsivo; sospechaba que intentaría negociar con Aerymar Thalanor antes de formar alianzas o enviar tropas.

Por otro lado, no conocía en absoluto a los militares de Elvarthir; rezaba por pensar que ellos tendrían la misma reacción.

«Seré hombre muerto si ellos son impulsivos».

Durante los primeros días de la segunda semana, Surghen promulgó oficialmente el Código. Y sería durante los últimos días cuando haría oficial el nombramiento de Vaelric.

Esa misma semana, el Rey redujo sus salidas a la calle y, en su defecto, permaneció en su dormitorio durante largas horas, divagando sobre el poder de la espada que había estado portando por un año.

En esos pensamientos, le entró una extraña fascinación por la magia, algo que, en meses pasados, consideraba cuentos fantásticos.

Quería saber cómo podía encender el poder de su espada a voluntad.

Esos días quiso encontrar respuestas. Más que nunca, quiso regresar a las ruinas.

Se mojó la cara con el agua caliente de la pila.

«Tienes otras prioridades —se dijo—. Tarde o temprano las respuestas llegarán».

Levantó los postigos de la ventana y la abrió.

Corrió los cortinajes de la habitación y dejó entrar la luz.

Depositó su armadura sobre un perchero pequeño, y su escudo lo dejó detrás de éste.

Se quitó la espada del cinturón y la desenfundó.

Observó con detenimiento el brillo negro que ésta desprendía.

«Una espada simplemente perfecta». Cada minuto que pasaba viéndola, sentía que un nuevo rayo dorado aparecía.

La hoja parecía de obsidiana y los rayos brillaban como si de oro se tratase. Asimétricas pero elegantes.

«Parece un carbón brillante». Le dio vuelta y comprobó que el otro lado era similar, mas no igual. Las vetas doradas, en ese lado, se ramificaban como venas, rodeando el fascinante texto.

—Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen. —trató de pronunciar.

Pero no pasó nada. La espada no dio ningún indicio de que aquello la hiciera cambiar.

Surghen sabía que esa espada no era para nada común, ni siquiera similar a las espadas convencionales drakarianas.

«Como cualquier hoja, esta se debe afilar», supuso.

Levantó el arma y pasó un dedo por su punta.

La mano se le acalambró y el dedo se le durmió.

La sangre comenzó a brotar como serpiente por su piel.

—Esta espada no es humana —corroboró Surghen tras el experimento.

No lograba concebir cómo una espada podía estar exenta de afilarse y aun así mantener un filo mortal.

Observó detenidamente la forma recta de la hoja, con su terminación en una punta triangular, y conforme seguía observando su brillo, sentía cómo las vetas doradas bailaban un baile nupcial. Se movían como peces en los ríos.

Envainó la espada, la volteó y observó su mango. Una gema oscura, homogénea y áspera, abrazada por las colas de dos dragones que formaban la guarda del arma. Las colas finalizaban en delgadas membranas simétricas a los costados de una punta espinosa.

Volvió a soñar con las visiones que había tenido en el Kharthûr hace poco menos de un año: él, montado sobre una gigantesca dragona negra, con la Reina detrás de él, embarazada.

Solo en aquella ocasión, Naeryn tenía un niño en brazos, y otra mujer de rostro conocido estaba con los brazos levantados y la espalda recargada en las suaves escamas del animal.

En ese momento, Surghen lo veía todo desde lejos.

Fuera de su cuerpo. «Yo conozco a esa mujer, pero…

¿quién es?». Había un cielo nocturno sobre ellos.

La luna, dueña del firmamento y escoltada por un millar de estrellas y constelaciones reunidas como un ejército, brillaba sobre una gigantesca nube que cortaba el cielo de este a oeste, iluminando las escamas de la dragona y otorgándoles un reflejo celestial.

Unos golpes lo despertaron del sueño. Era Kaelen.

—¡Su Alteza! —gritó por décima vez—. Vaelric convoca nuestra presencia en una cena.

—Ahí voy —respondió secamente.

Miró por última vez su espada y la guardó debajo de la cama.

«Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen.

… ¿qué significará eso?». La oscuridad era absoluta, y las antorchas de las escaleras lo encandilaron.

Cuando se acostumbró nuevamente a la penumbra, cerró la puerta tras de sí y bajó el torreón hasta la Sala del Trono.

El Consejo lo esperaba. Estaban sentados con un pequeño y apetitoso banquete sobre la mesa. Cuando se sentó, dos criados le sirvieron una copa de cerveza y varios platos con comida.

—La ciudad está avanzando bien —dijo Vaelric, abriendo la cena—.

Kaelen ya reformó al ejército y se completó la legión de la ciudad.

En este momento están enterrando los cuerpos calcinados de la puerta este en las afueras del muro exterior.

Establecí más guardias, una milla a la redonda, y permití la salida de las personas para que llorasen por sus muertos.

»La Legión ya me juró lealtad. Reabrí las exportaciones e importaciones, y establecí nuevos impuestos para éstas. Para ganarme la simpatía de la gente, reduje el tributo a dos cobras de plata. Ya contraté albañiles, canteros y carpinteros para reconstruir la puerta este y aquella zona.

»Guardé caballos en las cuadras… —le costó trabajo hablar; estaba comenzando a llorar—.

Mandé a restaurar un carro y despaché varias escuadras de exploración a vigilar.

Me parece que, con su reporte de esta noche, tienen todo lo necesario para regresar a Drakareth.

Les daré una escuadra que los guiará hasta Tharwen.

Nadie dijo nada. Todos se mantuvieron callados y se quedaron mirando a Vaelric con demasiada atención.

Él lloraba con abundancia por la nostalgia que aquello le provocaba.

Recordaba con tristeza sus antiguos días sentado en una silla del Consejo de Guerra Imperial.

Recordaba sus días como comandante de la Guardia Capitalina.

Recordaba cuando tenía un dormitorio en el Castillo Magno.

—Gracias por luchar a mi lado —se levantó de su silla y se despidió—. Gracias por ser mis compañeros. Nos veremos pronto.

El resto también se levantó y lo abrazó, uno por uno.

La comida quedó de lado, y las lágrimas sacudieron la Sala del Trono.

A partir de ese momento, él comandaría solo a su propio ejército.

Su escudero, al regresar, lo hizo acompañado de un trovador, quien se colocó detrás de todos con una lira, y rasgó suavemente sus cuerdas, entonando una hermosa y antigua balada.

Kaelen se esforzó en hacer chistes para levantar el ánimo del castellano.

Surghen se mostró más abierto y cercano, recordando lo que fue su juventud fyrtana. Neryss reía sin parar.

A la mañana siguiente, a primera hora, Surghen, Kaelen y Neryss salieron hasta las cuadras.

Ahí estaban sus caballos: ensillados, descansados y alimentados; amarrados a los postes de los establos.

También había un carro listo, lleno con comida para los animales y para las personas.

El Consejo montó, espolearon a los caballos y, con paso lento, salieron de la ciudad.

Unos segundos más tarde, llegó también la escuadra que los escoltaría hasta Tharwen.

Traían un segundo carro con provisiones.

Surghen sacó una bengala de humo verde y la disparó.

Vaelric, quien observaba todo desde el balcón del castillo, replicó la señal y disparó su bengala.

Una nueva lágrima recorrió su mejilla en silencio.

El Rey vio la señal y esbozó una sonrisa.

Se había despedido, en su totalidad, de uno de sus mejores soldados.

—Es momento de irnos —les dijo a todos—. Regresemos a Kaer'Durnath.

Surghen lideró la marcha e impuso el paso al galope.

Estaban muy lejos de Tharwen. Trataría de recorrer la mayor distancia posible, pero sin desgastar a los animales.

Calculaba que llegarían en poco más de una semana.

Perfectamente podrían tardar un mes en llegar de nuevo a la capital.

Su mente estaba en una constante tormenta.

Recuerdos iban y venían, y se fusionaban con visiones y sueños.

De pronto, lo invadió el anhelo por un solo día de descanso.

Un solo día para dormir. Un solo día. Solo eso quería.

Cuando menos se dio cuenta, ya llevaba más de dos meses de campaña. «Por fin estoy de regreso».

***