CAPÍTULO 42. CENIZAS DE VICTORIA
«Qué extraño. Se siente muy raro», pensó Kaelen mientras paseaba la mirada por el Consejo.
La Sala del Trono de Brelwaith estaba vacía, con cuatro almas sentadas alrededor de una mesa decorada con filigrana.
El trono, detrás de ellos, permanecía vacío, a la espera de su próximo Señor.
El ambiente se sentía tenso. En esos momentos, Brelwaith no se sentía como una ciudad pacífica.
Antes de iniciar aquella audiencia, Vaelric y Neryss habían repartido al ejército restante por toda la ciudad y habían reconstruido la legión local. «Tremenda legión —pensaba Vaelric mientras despachaba a un capitán—. No llega ni a diez cohortes».
Nadie en la sala hablaba. Todos estaban con los brazos cruzados, excepto Vaelric, que esperaba a que Surghen pronunciara algo.
Pero el Rey también estaba callado. Paseaba la mirada entre los rostros del Consejo y luego volteaba hacia el exterior, como si esperara que alguien entrara.
Entrecruzó las manos y movió los dedos de forma inquieta.
Estaba nervioso, aunque su rostro no lo demostraba.
«Elvarthir —pensó Surghen—. ¿Qué haremos con Elvarthir?
». La lluvia tronaba implacable sobre el techo del castillo.
La oscuridad en la ciudad era absoluta, y solo algunos destellos blancos esporádicos la iluminaban, acompañados por truenos.
«Son muchas cosas: lealtades, el Código, la Legión...
—Surghen comenzó a sobrepensar—. No puedo tratar con todo».
Volteó a ver a Vaelric. El comandante intentaba entrelazar los dedos físicos con los fantasmales.
Cuando solo arrastró la mano por la mesa, cerró el puño y bajó el brazo a las piernas.
«¿Cómo estará la capital? —la mente del Rey se trasladó a Kaer'Durnath, e imaginó un futuro hipotético: Raghor lo había traicionado—. Debo regresar lo antes posible».
—¿Qué quieren hacer con la ciudad? —fue lo único que salió de su boca.
—Eso es obvio —contestó Kaelen—. Hay que asegurarla y reparar la zona de la puerta este.
Surghen no contestó. Estaba confundido. Su mente viajaba de la capital a su espada, y de regreso.
—Pongan guardias en el muro exterior e interior —se le ocurrió decir—. Vigilen las montañas y la ciudad vecina.
—Esta ciudad está en desgobierno —añadió Neryss—. No falta mucho para que la gente se levante en revueltas.
—Tenemos que imponer el Código de inmediato —concluyó Vaelric.
«Tienes razón —pensó Surghen—. Debes hacerlo YA». Se levantó de su silla, y los demás lo siguieron.
—Vaelric —dijo con seguridad—. Estás en una ciudad peligrosa. Tu única salvación es la vida de tus ciudadanos. Recuerda: si Elvarthir o Merindar deciden atacar, lo pagarán con tus ciudadanos.
»Tenemos control sobre el Camino de las Cruces.
Intercepta los halcones que vuelen por tu ciudad y establece los impuestos que quieras a los mercaderes que pasen por aquí.
Así sacarás el dinero suficiente para reparar la puerta este.
Te estarás alimentando de las tierras de Elvarthir.
No te atacarán, ya que ahora dependen de ti.
Recuerda: si entras en conflicto, tus ciudadanos fyrtanos pagarán las consecuencias. Pero no entrarás en conflicto.
Vaelric preguntó con su sola mirada.
—El rey Thyrvalion dice preocuparse por sus ciudadanos —siguió Surghen—. El Monarca quiere mantener las apariencias y, por lo tanto, no marchará contra la ciudad… mientras la vida de sus habitantes corra peligro.
—Podría estar marchando hacia acá en este instante —intervino Kaelen—. Quién sabe cuántos halcones pudieron salir volando mientras la ciudad caía.
—Sí, y por eso hay que resolver esto —espetó el Rey—. Vaelric, híncate.
Un estallido sonó, y la lluvia se intensificó.
Las calzadas y callejones cercanos al castillo se inundaron, y las alcantarillas se desbordaron.
El Consejo se puso en fila frente al trono, y Surghen caminó hacia el comandante con la espada al aire.
«Hará falta una corona —pensó—. Ni modo, que él se encargue».
—Comandante Vaelric Durnharn —nombró con solemnidad—.
No. Desde ahora, Lord Vaelric Durnharn. Señor de Brelwaith.
—Colocó con delicadeza el frío metal de la espada en cada hombro, para que luego, el ahora castellano de la ciudad se levantara—.
Establezcan los guardias que les dije y reinicien los impuestos. Debemos poner en pie la ciudad.
Vaelric caminó y se sentó lentamente en el trono. Parecía incómodo, como si no tuviera que estar ahí. Apoyó la espalda y se recargó sobre la piedra. Talló el reposabrazos con la mano metálica y sacó un poco de polvo. La tierra le llegó a la nariz y estornudó.
—Neryss, envía halcones a Aelwîn y a Elvarthir —siguió Surghen—.
Deja claras nuestras intenciones. —Se dirigió a Kaelen—.
Inicia una búsqueda exhaustiva de la legión restante que esté escondida.
Comienza una purga del ejército y reforma la legión de la ciudad.
—Se dirigió a Vaelric—. Prepara una comitiva que nos lleve de regreso a Tharwen.
Le diré a un capitán que haga también una purga ciudadana.
Esta ciudad debe ser de tu propiedad. Te recomiendo que promulgues ya el Código.
—Enviaré a reparar las zonas afectadas por el fuego, reiniciaré forjas y reabriré las salidas a las granjas —dijo Vaelric, levantándose del trono.
—Eso puede esperar. Haz los juramentos de tus hombres y apacigua la ciudad. Esa es tu prioridad.
El Rey no esperó respuesta. Salió presuroso de la sala y terminó bajo la lluvia.
Se subió detrás de Kaelen en el caballo y emprendieron camino hacia la puerta este, a buscar la montura del Monarca.
Vaelric no dijo nada. Se quedó impotente, sobre su lugar.
No podía hacer nada. La lluvia seguía azotando con fuerza en el exterior, y la noche no avanzaba.
Vaelric subió hasta el dormitorio del castellano y buscó alguna capa que pudiera usar.
«¿Por qué tengo prisa?», pensó. Terminó eligiendo una manta gruesa, hecha con piel de cocodrilo, teñida de negro y acondicionada con una capucha de gran tamaño.
Con dificultad se quitó la coraza y el guante.
Cuando ya se había despojado de la cota de malla, caminó hasta el espejo y observó su figura.
«Kaelen tenía razón, estoy lisiado». Se agarró el muñón y lo acarició.
Entró al baño, abrió la pila con agua helada y sumergió la cabeza unos segundos.
Al terminar, se colgó la capa y, por encima de esta, la espada.
Salió del dormitorio. «Mi hogar está en Kaer'Durnath, no aquí», se dijo al bajar las escaleras del torreón y entrar nuevamente a la Sala del Trono. «Ni siquiera escudero tengo».
Se dio la casualidad de que Kaelen iba entrando. Por alguna razón que Vaelric desconocía, el general se veía bastante cansado y abrumado. No supo decir si estaba mojado por la lluvia o por el sudor. Cuando Kaelen entró, se sentó directamente en una silla.
—Libera a los sirvientes —le ordenó Vaelric.
Kaelen no se movió. Dejó caer la cabeza sobre la mesa y comenzó a respirar menos agitado. Tenía los ojos cerrados, y en su rostro se veía una mueca de dolor. Las manos las tenía derretidas, la espada mostraba insignificantes destellos de óxido, y el escudo estaba bastante maltratado.
—Kaelen, ¿dónde tienes a los sirvientes? —volvió a preguntar.
—En una habitación cercana, por allá —con el escudo, señaló a la izquierda de Vaelric—. Los resguardan dos escuadras.
El castellano abandonó la sala y se dirigió hasta la puerta que Kaelen le había indicado.
Era alta pero delgada. Dos guardias estaban parados a ambos lados.
Sus corazas mostraban el halcón plateado de los Virelth, y sus capas, el dragón encadenado.
Al ver a Vaelric, hicieron una reverencia y abrieron la puerta.
Dentro, era una biblioteca. Tenía sillones de lana con bordes de madera, algunos atriles por los costados, un escritorio en el centro, y una chimenea detrás. Ochenta criados, sirvientes y doncellas estaban de rodillas, amarrados de pies y manos, con una mordaza en la boca y algunos moretones.
—¡Libérenlos! —ordenó.
Los guardias sacaron puñales, cortaron las cuerdas de las muñecas y de los pies, pero mantuvieron las mordazas por órdenes del castellano.
—¡Escúchenme todos! —se dirigió a los prisioneros—. Su vida depende de sus palabras. Aquel que me jure lealtad quedará libre. Aquel que me rechace como su Señor quedará muerto. ¿Entendieron?
Todos asintieron. Así pues, los guardias liberaron uno tras otro, y en ese mismo orden fueron pronunciando un juramento inquebrantable a los pies de Vaelric.
Después de que el castellano diera su consentimiento, las doncellas, sirvientes y criados volvieron a trabajar dentro del castillo.
Encendieron las cocinas, enterraron los cadáveres que había, y limpiaron hasta el último rincón del castillo.
Desde que Surghen dio sus órdenes, y desde que Vaelric liberó a los criados, hubo mucho movimiento en toda la ciudad.
Se establecieron dos cohortes en las murallas, y el resto patrullaba las calles en grupos de media escuadra.
Algunos iban con espadas desenvainadas, otros montados a caballo, y otros tantos se presentaban con aspecto más amigable.
Preguntaban las opiniones de la gente. La mayoría no dijo palabra por miedo, y aquellos que fueron lo suficientemente osados para reclamar, fueron detenidos.
Durante aquella semana hubo arrestos masivos en toda la extensión de la ciudad.
Miles de personas salían a las calles aseguradas por las muñecas y amenazadas con una daga en la espalda.
Vaelric liberó a un joven de unos trece años, lo vistió con una capa dorada, un cinturón de cuero, una daga de cristal negro, y lo adoptó como su escudero.