CAPÍTULO 41. LA LLAMA Y EL ACERO #3
La desventaja fyrtana se hizo evidente. Los drakarianos rodearon a los defensores.
Los que intentaron huir cayeron antes de alcanzar la puerta.
Los sobrevivientes soltaron las armas y se rindieron de rodillas.
Cuando la batalla terminó, Neryss salió presurosa del palacio y disparó una bengala de humo verde.
***
El Rey seguía sobre su montura, ayudando a sus hombres a salir del fuego mientras se batía contra los últimos fyrtanos.
El fuego alcanzó las patas del caballo, que se encabritó y arrojó a Surghen al suelo.
Cayó de espaldas. Una pica le atravesó la pantorrilla y limitó su movimiento.
Con suprema dificultad, se levantó y, en ese instante de calma, se arrancó el trozo oxidado de metal.
Apretó la empuñadura de su espada y alzó la mirada.
Vio la columna verde extendiéndose hacia el cielo.
«Perfecto —se dijo, victorioso—. Brelwaith es nuestra». Pero la batalla no había terminado.
Un fyrtano con el rostro parcialmente calcinado se lanzó con agilidad y soltó una estocada al cuello de Surghen, quien bloqueó con el escudo, liberó la hoja enemiga y devolvió el golpe.
El fyrtano lo esquivó. El Rey cambió de flanco y lanzó un tajo diagonal.
También fue repelido. El fyrtano contraatacó con un corte vertical. Surghen lo bloqueó en seco.
Ambos giraron. El escudo del Rey se deslizó por la espada enemiga.
El siguiente golpe fue hacia al pecho, pero el fyrtano lo bloqueó manteniendo el contacto.
Surghen empujó con fuerza, mandó la espada hacia la cabeza de su enemigo y se separó.
Apretó los nudillos, tiró un golpe excepcionalmente fuerte.
El fyrtano trató de bloquear, pero su espada fue empujada hacia el suelo.
Surghen giró hacia la izquierda y lo embistió con el escudo.
El fyrtano resistió apenas unos segundos, hasta que el Rey arremetió con otro golpe, más fuerte, a la cabeza. El fyrtano retrocedió. Creó distancia.
La espada élfica tocó, por un instante, unas llamas que nacían entre dos adoquines.
La hoja se encendió en un fuego violeta con una fuente azulada que partía desde el centro.
La empuñadura, sin embargo, permaneció fría como el hielo.
Surghen se abalanzó y lanzó un tajo horizontal, dejando un haz de luz púrpura a su paso.
El fyrtano intentó bloquear, pero la hoja drakariana atravesó el metal y cortó su espada por la mitad.
El fuego se extinguió, y la hoja volvió a su negro carbonizado.
El Rey aprovechó y apuñaló al fyrtano en el corazón con una estocada certera. Luego se quedó mirando su espada, sorprendido. Estaba seguro de que aquello no era obra de la herrería convencional, sino un vestigio de algo mucho más antiguo y mucho más poderoso.
La batalla se fue reduciendo y extinguiendo al mismo tiempo que el fuego consumía la calzada y sus casas.
Surghen seguía sudando, pero ya tenía más calma para comprobar sus dudas sobre su espada.
Caminó hasta un fuego todavía crepitante, colocó la punta del arma dentro de las llamas y esperó.
Esperó a que aquello volviera a suceder…
pero no ocurrió nada. Sacó la hoja del fuego y se concentró nuevamente. El tiempo apremiaba.
—¡Al castillo! —ordenó—. ¡Brelwaith es nuestra!
Los soldados que seguían envueltos en el combate corrieron hasta salir de la zona afectada.
En cuanto todos salieron del fuego, el Rey pudo hacer su ya clásico conteo de los sobrevivientes.
A priori, contó que quedaban cinco cohortes y algunas centurias más.
Cuando emprendió la marcha hacia el palacio, disparó una bengala de humo verde.
En el cielo, los relámpagos y los truenos presagiaban el mal…
o el bien para la ciudad. Las nubes de lluvia se juntaron encima y se fusionaron en una gran mole grisácea y negra.
Las primeras gotas cayeron, y más tarde, la lluvia cubrió con su manto a toda la ciudad, apagando el fuego que quedaba en la puerta este.
Los drakarianos se llenaron de gozo por la victoria.
Algunos estaban exhaustos, otros malheridos.
El comandante Vaelric fue el único que salió parcialmente ileso de la encrudecida batalla.
Tenía algunas quemaduras leves en los tobillos y muñecas, y una descalabrada en la ceja.
Quitando aquello, estaba bien de sus tres extremidades.
Surghen envainó la espada y levantó una lanza del piso para usarla de bastón.
El dolor de la pierna desaparecía rápidamente, pero caminar era un suplicio.
Se encontró con Neryss, quien permanecía de pie, con las manos sobre su arco.
Estaba inmóvil, esperando por sus compañeros.
Simultáneamente, Kaelen los alcanzó montado a caballo.
Estaba sudoroso; el brazo izquierdo lo tenía teñido de rojo, una flecha atravesaba su hombro y un corte inhabilitaba su pantorrilla. Pero estaba de pie.
—Quemen los blasones fyrtanos e icen al dragón encadenado —ordenó el Rey, orgulloso—. Brelwaith es nueva ciudad drakariana.