CAPÍTULO 41. LA LLAMA Y EL ACERO #2
Con cada impacto de las catapultas, la puerta se resquebrajaba más.
Kaelen no había escuchado la orden, y Surghen lo prefirió así, «Que él asegure el resto del muro».
El Rey bajó por los peldaños, tomó su caballo y galopó hasta los escorpiones, que ya habían comenzado su avance.
Uno de ellos tensó la cuerda, apuntó, y esperó la abertura.
Una piedra cayó, empujó las maderas, y el escorpión disparó.
La flecha atravesó el rostro de un fyrtano, que cayó sin vida.
—¡LLEVEN EL ARIETE Y TIREN LA PUERTA! —ordenó. Surghen, alcanzando a los soldados dentro del muro externo—. ¡ARQUEROS, PREPÁRENSE PARA DISPARAR!
Las centurias tensaron sus arcos y apuntaron hacia el interior. Las manos temblaban, el pulso se aceleraba. Por un instante, solo se escuchaba el bombeo del corazón. El ariete golpeaba desde un costado. Los fyrtanos disparaban flechas y lanzas, pero la visibilidad era baja y la precisión escasa.
«Esa puerta no tarda en caer», pensó Surghen.
Las astillas saltaban por montones. Cada golpe revelaba nuevas grietas, y detrás de ellas, los miles de fyrtanos reunidos en el interior.
Los escorpiones cargaron nuevas flechas, tensaron las cuerdas, y esperaron otra abertura.
Las catapultas prepararon una nueva piedra, y Surghen, con las manos firmes, la prendió en fuego.
—Cuando la puerta caiga, disparen dos bombas de cristal a ambos lados de la calle —ordenó Surghen a los ingenieros de las catapultas—. ¡Preparen otra carga de vidriadas! —añadió a la segunda fila de soldados. Éstos encendieron las antorchas y mantuvieron las botellas cerca.
La piedra surcó el cielo y quebró la puerta por completo.
Los ingenieros reajustaron el objetivo y dispararon las bombas de cristal, tal como el Rey había ordenado.
Detrás de ellas, las vidriadas fueron lanzadas e incendiaron la calzada principal.
Luego, las flechas de los arqueros y los escorpiones cruzaron el aire.
El ataque fue devastador: dos centenares de fyrtanos murieron y medio millar huyó con fuego en las piernas.
—¡POR LA MADRE PATRIA DRAKARETH! —gritó Surghen a todo pulmón.
Su caballo se encabritó y se abalanzó contra la barricada fyrtana.
La infantería lo siguió. El asalto final había comenzado.
Surghen cruzó el muro interior, atropelló a fyrtanos que intentaban levantarse del caos, y pasó la espada por los que lo atacaban desde el suelo.
No se detuvo. Galopó hasta el final de la columna y luego emprendió el regreso.
Los hombres de Vaelric se unieron a la batalla y rodearon a los fyrtanos restantes.
Al verse atacados también por la retaguardia, el Señor de Brelwaith, Lord Thariel Braeven, envió a toda su legión a contener la invasión.
Muy pronto, soldados del oeste y del sur acudieron a la masacre.
—¡DISPAREN MÁS BOMBAS DE CRISTAL Y MÁS VIDRIADAS!
—ordenó el Rey mientras bloqueaba el golpe de un fyrtano montado.
Los drakarianos obedecieron. Cargaron los proyectiles, encendieron las botellas y las lanzaron hacia los puntos donde los fyrtanos se congregaban.
Las ventanas de las casas explotaron al contacto.
El choque de espadas se intensificó y se volvió una pesadilla para los civiles atrapados.
Las casas comenzaron a arder por dentro y por fuera, aún con sus habitantes dentro.
Un humo negro, espeso y denso, cubrió toda el área.
Los gritos de los calcinados ensordecieron el campo y dificultaron la comunicación entre los propios soldados.
Los fyrtanos estaban combatiendo tanto contra los drakarianos como contra el humo que se espesaba en el área.
El choque de las espadas continuaba. Surghen seguía combatiendo, pero no sabía contra quién.
Otro drakariano, alejado del Rey, amarró cuatro vidriadas, conectó la mecha, la prendió y la lanzó.
La explosión fue devastadora: arrasó con el centro de la calle y aumentó las llamas que consumían las casas colindantes.
—¡Avancen hacia el castillo! —ordenó Surghen entre tosidos.
Dio vuelta al caballo y galopó hacia el palacio.
Una flecha voló y se clavó en su rodilla izquierda.
El Rey nunca supo desde dónde había sido disparada.
Aun con el dolor de la herida y con la sangre brotando en una cascada brillante, espoleó su caballo y se dirigió hacia el castillo, tratando de salir del humo.
Se detuvo más adelante, cuando el aire se limpió.
Allí volvió su mirada hacia atrás, hacia la batalla que se seguía librando y donde se seguían escuchando los alaridos de dolor de los calcinados.
Surghen no logró saber si aquellos gritos se trataban de los civiles o de los soldados.
Afiló la mirada y logró ver algunos cuerpos que corrían por su vida mientras las llamas consumían su piel.
***
Neryss y sus soldados se habían establecido a poca distancia del castillo. Compraron unos cuantos alimentos para aparentar y esperaron. Las cohortes que la acompañaban no podían comprender su paciencia, sobre todo cuando sus compañeros estaban muriendo en el campo de batalla.
—Calma, calma —pidió Neryss—. Todos los soldados, excepto los del castillo, están yendo a la batalla. Esperen un poco, y el castillo será nuestro.
Muchos de los hombres que estaban ahí temblaban por el estrés. No podían comer con serenidad. Las manos y las piernas les temblaban violentamente del miedo.
—No podemos estar escondidos en la guerra —decían unos.
—¿Por qué la comandante nos manda a abandonar a nuestros compañeros? —decían otros.
La mayoría estaba convencida de que el Rey los ejecutaría por traición.
Incluso se lo comentaban a Neryss, pero ella permanecía tranquila.
Comía con calma, tenía los ojos cerrados y, en algunas ocasiones, esbozaba una sonrisa.
«Solamente esperen —pensó para sus adentros—.
Los fyrtanos se irán, y el castillo será nuestro».
La comandante seguía escuchando muchos pasos metálicos en el castillo, y sus hombres observaban constantes escuadras de fyrtanos procedentes del sur que corrían o galopaban hacia la puerta este.
Pasaron unos minutos, y Neryss dejó de escuchar ese sonido.
—¡Levántense! —ordenó—. Brelwaith será nuestra en esta jugada.
Los alimentos que no se había terminado se los dio a un perro callejero que se acercó curioso.
Se levantó y se sacudió el polvo de los pantalones.
El resto de los soldados sacaron sus armaduras y se vistieron a toda velocidad.
«Hay tiempo», se dijo Neryss, mirando hacia el castillo.
Cuando todo su ejército estuvo listo, emprendieron la marcha hacia la puerta principal del castillo, la cual daba a una sala un tanto pequeña, parecida a una recepción.
Desde ahí se extendían dos pasillos laterales que se ramificaban hacia el interior del palacio y daban acceso al resto de las salas y habitaciones.
También, un pasillo central bastante grueso conducía a lo que Neryss pensó que sería la Sala del Trono.
Cargó una flecha en el arco y disparó contra uno de los guardias de la puerta.
Ambos estaban llenos de miedo al ver a la infinita columna drakariana.
Inmediatamente, Neryss cargó la segunda flecha y disparó contra el otro soldado.
—Sepárense —ordenó—. Registren todo el castillo y arresten a quien encuentren.
La comandante, seguida por dos centurias, inició su carrera hacia la Sala del Trono.
Estaba cerrada. La entrada estaba protegida por una gruesa puerta de roble con una cerradura metálica negra de gran tamaño y dos pilares jónicos que la flanqueaban.
Delante de ellos yacían los guardias caídos.
En la parte alta de la puerta estaba grabado el Sol Eterno.
—Derríbenla —volvió a ordenar.
Los hombres guardaron las armas y embistieron la puerta con fuerza. Esta no se movió, simplemente transmitió el tenebroso sonido del golpe. Los soldados la siguieron golpeando hasta que, finalmente, la puerta cedió.
Cuando la madera cayó, la Sala del Trono resultó ser mucho más grande de lo que Neryss imaginó.
Grandes pilares de piedra de Thyr se extendían sobre quince yardas y sostenían un amplio techo pintado con distintos héroes y leyendas fyrtanas.
En el centro de la pintura, dentro de un resplandor amarillo y blanco, estaba Vaelrik el Silente: sostenía una flecha de Lârven en la mano derecha y la cabeza de un dragón plateado en la izquierda.
Un gran tapete rojo, adornado con patrones oníricos bordados en diamante, conducía a una mesa gigante, cubierta por un mantel púrpura con filigrana dorada en los bordes.
Al fondo, se alzaba el trono: una pieza de piedra adornada con hierro y piedras preciosas, cuyo respaldo mostraba cinco puntas retorcidas en curvas tranquilas, símbolo del blasón real de Fyrtim.
Ahí estaba sentado Lord Thariel Braeven, con la cabeza apoyada en las manos, encorvado. Tranquilo. Casi dormido.
Otro centenar de soldados fyrtanos emergió por las puertas laterales y comenzó el último combate.
Una escuadra rodeó a Neryss y la protegió.
Ella, sigilosa, cargó una flecha sin que el Señor de Brelwaith la viera y, tan rápida como solo podía ser Neryss, disparó al rostro del castellano.
La flecha voló, invisible, y se posó en su frente.
Thariel no se movió. Dos hilillos de sangre descendieron por su rostro y lamieron la piel pálida del cadáver.
«¡Tengo la mejor puntería de la tierra!», pensó Neryss, entre sonrisas. Orgullosa.