CAPÍTULO 41. LA LLAMA Y EL ACERO
Un fuerte golpe sonó, fruto de las pedradas que las catapultas lanzaban contra la puerta, ya resquebrajada.
Las torres de asedio hicieron contacto con el muro, y Surghen y Kaelen observaban todo desde la retaguardia.
Se habían dejado rebasar por su columna de soldados.
«Si no se preocupan por la puerta, quiere decir que no hay nada desde ahí hasta el muro interior», dedujo Surghen al ver la nula reacción de los fyrtanos.
Los defensores trataban de derribar las escaleras, pero estaban atadas a las torres, y el peso las volvía inamovibles.
—¡Sigan disparando, aun si cae la puerta!
—ordenó Surghen a los ingenieros. Desde su posición, alcanzaba a ver cómo los primeros soldados drakarianos subían por las almenas y comenzaban el combate sobre el muro—.
¡Lancen las vidriadas! —añadió. Los soldados encendieron las bombas y las arrojaron antes de subir.
El fuego no se propagó, sino que se mantuvo vivo en su lugar de origen, creando un perímetro ardiente donde los drakarianos podían ascender con ventaja, evitando el combate directo.
—¡Suban el resto de las escaleras! —ordenó Kaelen—.
¡Crucen el fuego! Más drakarianos elevaron las maderas, colocándolas detrás de los fyrtanos que aguardaban para atacar.
El plan era dividir las fuerzas enemigas, facilitar el combate y reducir las bajas.
Los fyrtanos se arremolinaban detrás de las llamas, esperando su extinción para cruzar, pero los drakarianos que subieron por detrás los tomaron por sorpresa.
El ataque fue simultáneo. Los soldados dentro del perímetro ardiente se lanzaron al combate justo cuando los que habían escalado por la retaguardia atacaban.
Los fyrtanos, rodeados, no tuvieron tiempo de reorganizarse.
El muro comenzó a ceder. El fuego y el acero se cruzaron. La batalla había comenzado.
—¡Que los escorpiones disparen y destruyan las torres! —ordenó Surghen—. ¡Lleven el ariete y tumben esa puerta!
El capitán Khorven dirigió a una centuria para terminar el trabajo.
Se posicionaron al ras del muro, pegados a la piedra; levantaron el pesado tronco y lo estrellaron contra la madera, que se estiró con un crujido antinatural antes de regresar a su lugar.
Las catapultas seguían golpeando la puerta, mientras los escorpiones redirigían sus proyectiles hacia las torres más cercanas, apuntando a las ventanas.
Piso por piso, ladrillo por ladrillo, las torres comenzaron a ceder.
Los crujidos de la puerta se volvían más agudos. Kaelen, con el catalejo en mano, observó cómo nuevas unidades fyrtanas se acercaban desde el norte y el sur para reforzar la defensa.
—¡Lancen más vidriadas! —ordenó. Los soldados que subían por las escaleras encendieron las bombas y las arrojaron contra los refuerzos.
Una cubeta con hojarasca seca fue lanzada también, y el fuego se expandió.
Algunos drakarianos ardieron junto a los fyrtanos.
—Señor, es momento de subir —dijo Kaelen.
—Aún no —respondió Surghen, sin apartar la vista del muro—. Hay que esperar el aviso de Neryss.
Kaelen frunció los labios, pero no se movió. Volteó hacia los matorrales del sur, esperando ver la señal de humo. Nada. Volvió la mirada a la batalla.
—¡Que los arqueros disparen a las almenas! —ordenó el Rey.
Dos centurias se posicionaron, tensaron los arcos y soltaron una lluvia de flechas. Algunas se clavaron en los fyrtanos; otras rebotaron.
—¡Prendan fuego a las flechas y sigan disparando! —gritó Surghen. Los proyectiles encendidos surcaron el cielo, pero el resultado fue el mismo. La espera continuaba.
La puerta al fin cedió. Los trozos de madera volaron y dejaron a la vista un gran pasillo de una milla de distancia. Un drakariano del ariete disparó una bengala de humo rojo, indicando que no había civilización entre los muros.
—¡Que las catapultas sigan disparando! ¡Que los escorpiones apoyen y destruyan la siguiente puerta! ¡Inicien el avance! —ordenó Surghen.
Las catapultas redirigieron sus objetivos y comenzaron a lanzar proyectiles contra la segunda puerta.
Desde torres más alejadas, nuevos fyrtanos comenzaron a disparar contra los ingenieros.
Kaelen ordenó que una centuria de escuderos los escoltara y los protegiera de las flechas.
Al sur, una bengala de humo verde se alzó en el cielo: Neryss Alvareth y sus hombres ya estaban dentro de la alcantarilla.
—Kaelen, es momento de subir —dijo el Rey. Ambos espolearon a sus caballos y galoparon hasta las torres de asedio. Desmontaron con rapidez y subieron por las escaleras con las espadas desenfundadas.
—¡Prendan fuego a las piedras y derriben la puerta! —ordenó Kaelen antes de llegar a las almenas.
Las piedras del muro ya estaban chamuscadas y ennegrecidas.
Surghen giró la espada y corrió hacia el sur, donde sus soldados estaban siendo rodeados.
Embistió a los fyrtanos por la espalda, cortando, atravesando y desgarrando espaldas y piernas.
Vio a sus hombres luchando desesperadamente, superados en número.
Saltó sobre dos fyrtanos y les clavó el escudo y la espada en la cabeza.
Detuvo un golpe vertical con la hoja y empujó al atacante.
Luego disparó una bengala de humo negro.
Una cuarta catapulta, desde el campamento, lanzó una bomba de cristal.
Surghen retrocedió hasta el punto de impacto, plantó su escudo y recibió el golpe.
Cayó al suelo con el hombro adolorido, pero sin heridas graves.
A su alrededor, los fyrtanos yacían muertos o malheridos.
«No saben qué es eso, y no se lo esperaban».
Algunos drakarianos también resultaron heridos por esquirlas, pero ninguna fue mortal. El proyectil había sembrado el caos.
Los drakarianos se reagruparon detrás del Rey. El humo aún flotaba en el aire. Los fyrtanos, aturdidos, no lograban reorganizarse. Surghen se levantó, alzó la espada, y sus hombres cargaron con renovada furia. El muro ya no era una defensa; era el umbral de la conquista.
***
Uno de los hombres que acompañó a Neryss la noche anterior dirigía la marcha junto con Vaelric, quien iba al frente del enorme contingente.
La columna de soldados avanzaba lento, pero en zona segura.
El humo de las antorchas flotaba bajo, dificultando la respiración.
Los hombres estaban separados, y la escasa luz apenas iluminaba los rostros.
Al llegar a las escaleras, empujaron la escotilla y vigilaron los alrededores.
Como no vieron a nadie, comenzaron a salir.
Primero el soldado, luego Vaelric, quien necesitó apoyo.
Conforme los drakarianos emergieron, se ocultaron en la oscuridad del callejón.
Vaelric permaneció cerca de la escotilla, esperando a Neryss.
Pasaron unos minutos hasta que la arquera salió.
—Cuatro cohortes irán contigo a asegurar la puerta —ordenó Neryss—. Los demás, síganme. —Se acercó a Vaelric—. Nos comunicaremos por señales de humo.
Vaelric asintió y se separó con la mitad del ejército.
Se movió con agilidad hasta la base de la muralla, y desde ahí se arrastró por el perímetro hasta unas casas cercanas a la puerta este.
Al menos tres cohortes de fyrtanos se reunían allí.
Habían levantado una barricada con troncos, muebles y escombros. La puerta crujía cada vez más.
—Cúbranse la cabeza con los escudos —ordenó al soldado detrás de él—. Pasa el mensaje.
No quería que los fyrtanos detectaran su presencia. Más defensores llegaban con escorpiones y catapultas. Vaelric desenvainó la espada con delicadeza, la dejó en el suelo y alzó la mano para pedir paciencia. Solo necesitaban que la puerta cediera.
En el otro extremo de la ciudad, Neryss caminaba por las calles de Brelwaith sin explorar nada, ocultando sus verdaderas intenciones.
Había decidido colarse en el castillo por una puerta secundaria, menos vigilada.
Por eso, sus hombres caminaban separados, aparentando normalidad.
Doblaron en un callejón oscuro que conducía a un mercado clandestino, con salida hacia la parte posterior del castillo.
Neryss decidió entrar por ahí. «Siempre es más fácil entrar por atrás».
El mercado estaba lleno de objetos interesantes.
Neryss paseó la mirada por los puestos: armas robadas, artefactos ilegales, herramientas oxidadas.
En la zona más angosta, comenzaron los chiflidos y el acoso.
Muchos hombres gritaban y pedían un precio por su cuerpo, otros se trataban de acercar y la mayoría simplemente chiflaba de manera burlona.
«Agradezcan que estoy ocupada —dijo para sus adentros—.
Si no, les clavaría una flecha en el cuello a todos».
Siguió caminando hasta ver un puesto de madera podrida, con un letrero púrpura a medio pintar.
Entre las armas oxidadas, una espada relucía aún en su vaina.
El mercader decía que pertenecía al príncipe Caelion de Eärvendil.
«Esa espada es muy bonita», pensó Neryss, pero no la compró.
Siguió su camino hasta salir del mercado y quedar justo detrás del castillo de Brelwaith.
***
—¡Las puertas están por caer! —gritó uno de los ingenieros de las catapultas.
Surghen se batía en duelo contra un fyrtano cuando escuchó el aviso. Bloqueó un golpe con el escudo, cortó en horizontal con la espada, giró sobre su eje, le asestó a su oponente un nuevo golpe con el escudo y lo atravesó por la espalda.
—¡Bajen del muro! —ordenó mientras sacaba el arma del cadáver—. ¡Prepárense para entrar en la ciudad!
Los drakarianos comenzaron a abrirse paso entre los últimos fyrtanos, provenientes del otro lado de la muralla. En poco tiempo, llegaron hasta las torres de asedio y comenzaron el descenso.