Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 40. LAS PUERTAS DE BRELWAITH #3
87%

CAPÍTULO 40. LAS PUERTAS DE BRELWAITH #3

La noche comenzó y la luna ganó brillo. La comandante y su escuadra se alistaron nuevamente para salir.

Debían encontrar aquello. Era su única oportunidad para tomar la ciudad al día siguiente.

En cuanto estuvieron listos, salieron. Nadie los acompañó: ni los del ariete ni los hombres de las escaleras.

—Esta vez iremos más al sur —ordenó Neryss.

Había un pequeño cráter cubierto de vegetación a menos de una milla del campamento.

Ese fue el punto en el que Neryss dobló hacia el sur y se dirigió a un torreón esquinado del muro.

Para su suerte, había una manivela circular oxidada, escondida entre un campo de matorrales que conducían al Mar de Lysarneth.

Estaba cubierta de tierra y rodeada por biznagas y plantas carnívoras.

Una serpiente clara, que brillaba ligeramente con la luz de la luna, se enrolló sobre sí misma y comenzó a sisear.

Neryss sacó su puñal, y en un movimiento rápido, el siseo terminó.

Se levantó, retrocedió unos pasos, sacó el catalejo y observó el muro.

—Ábranla —ordenó.

Sus hombres giraron la manivela con fuerza.

Un chirrido estridente se escuchó con brutalidad en los oídos de los drakarianos.

Al abrirse, la escotilla reveló una escalera de mano que descendía profundamente.

Neryss fue la primera en bajar. El descenso duró pocos minutos, hasta que la comandante tocó tierra.

Un soldado desenfundó su espada junto con una piedra áspera, mientras otro envolvía una rama de gran tamaño en telas blancas arrancadas del jubón que sobresalía de su cota de malla para encender una antorcha.

Neryss volvió a subir y echó un último vistazo para comprobar la dirección.

Luego guió a sus hombres por lo que parecía una alcantarilla o una mina derrumbada.

Tenía varios soportes de madera podrida y una infinidad de goteras.

Encontraron salidas de aguas negras y tabiques de piedra rotos que dificultaban el paso.

Pronto, sumergieron los pies en una corriente maloliente.

El olor, y sobre todo el contacto con objetos sólidos irreconocibles, provocaron el vómito a más de un soldado, incluida Neryss.

Caminaron durante lo que pareció ser una legua, hasta que encontraron otra escalera de mano clavada a su derecha.

Sabían por dónde regresar; solo necesitaban comprobar que aquel pasaje los sacaría al interior de la ciudad.

Uno de los hombres subió. Las escaleras estaban frías y resbaladizas por un musgo blanquecino.

Era una tubería de tamaño considerable; el hombre calculó que tendría una yarda de diámetro.

No importaba. Giró la manivela y empujó con fuerza.

La escotilla se abrió, dejando un pequeño hueco por donde observó la vida nocturna de la ciudad.

La salida estaba escondida en un callejón poco transitado, a menos de una milla de la puerta este.

El hombre cerró la alcantarilla —sin asegurarla— y bajó hasta el suelo del drenaje.

—Es la puerta que buscábamos —le dijo a Neryss.

Dieron media vuelta y regresaron por sus mismos pasos. Trataron de acelerar el paso lo más que podían. Durante algunos tramos, les pareció escuchar risas y pláticas entre los habitantes de la ciudad.

«Espero que no nos escuchen». Esos ruidos les dieron la pauta para saber si aún estaban dentro de Brelwaith.

La antorcha estaba por consumirse. Siguieron su camino con un paso todavía más acelerado. Ya no les importaba mojarse los pies; ni siquiera les afectaba el olor. Neryss llegó a un pequeño recodo y giraron hacia la izquierda. Al fondo se lograba ver un rayo de luz blanca. Neryss suspiró del alivio.

A unas pocas yardas de distancia había una pequeña presa de ladrillos que bloqueaba el paso de la corriente. Brincaron aquel muro y corrieron hasta la salida. Neryss tropezó en una ocasión y su armadura se rayó.

Una vez que salieron, cerraron la escotilla, nuevamente sin asegurarla, y se alejaron en silencio.

Un fulgor tenue se asomó por el este y la luna comenzó a perder brillo.

El muro se hizo cada vez más visible y los guardias dejaron a un lado las farolas.

La comandante decidió rodear los matorrales hasta estar lo suficientemente lejos para dirigirse de nuevo al campamento.

El curandero dio el aviso, y Neryss corrió hasta el ejército.

Al llegar, buscó inmediatamente al Rey. Lo encontró en su tienda, mirando el mapa. Había dejado su armadura colgada en un perchero trasero y vestía únicamente un jubón rojo, un chaleco de piel negra y un cinturón de cuero café.

—¡Su Alteza! —gritó.

Surghen levantó la mirada.

—Encontramos una entrada al corazón de la ciudad.

El Rey se levantó sin decir palabra. Se quitó el chaleco y se puso la cota de malla. Neryss no lo vio, pero Surghen tenía una sonrisa triunfante. «La última batalla está por comenzar», pensó el regente.

—Llama a los demás —ordenó—. Debemos reunirnos antes de atacar.

Neryss hizo una reverencia y salió de la tienda apresuradamente, pero sin correr.

Surghen se colocó la coraza y las botas. Se mojó la cara en la pila de agua fría y se enguantó las manos. Tomó el escudo y lo amarró a su espalda. Cambió el cinturón y colgó la espada en él.

Más tarde llegaron Kaelen y Vaelric. Se sentaron y esperaron al Rey. Surghen se quedó unos minutos observando su mano. La abría y la cerraba. Se acostumbraba al metal entre los dedos. Finalmente tomó el casco y se sentó con los demás.

Antes de que él dijera algo, Neryss se levantó y tomó la palabra.

—Mis hombres y yo encontramos un pasadizo que nos lleva hacia el interior de la ciudad.

Parece estar en el muro interno —tomó la vara del brasero y señaló el campo de matorrales—.

Hay una alcantarilla que desemboca en el Lysarneth.

Tiene una longitud de una legua y nos saca en un callejón poco transitado.

—Dividiremos nuestras fuerzas —añadió Surghen—. Primero quiero saber: ¿cuántas torres tenemos?

—Tenemos cinco totalmente terminadas —informó Vaelric—. Y otras cuatro en proceso de construcción. Además, nos quedan una decena de escaleras por cubrir.

—Tardaremos demasiado en cubrirlas —replicó Surghen—.

Usaremos las que tenemos y las escaleras restantes.

Una fracción del ejército entrará por el pasadizo que Neryss encontró —comenzó a mover fichas sobre el mapa—.

Serán ocho cohortes, y las guiarán Vaelric y tú —señaló a la comandante—.

Cuando entren, unos abrirán la puerta, mientras que otros atacarán el castillo.

Para ese momento,   ya   deberemos haber tomado el muro exterior. ¿Entendido?

El Consejo asintió. Se levantaron de las sillas y se retiraron de la tienda.

Kaelen entró a otra tienda, tomó papel y pluma, y escribió una carta a su hermana en Kaer'Durnath. Las manos le temblaban, y por primera vez, la tinta se le chorreó. Después de eso, salió, ensilló su caballo y el del Rey.

Surghen salió de su tienda y disparó una bengala de humo negro.

—¡Escúchenme! —exclamó con voz potente—. ¡Iniciaremos el ataque!

Todo el ejército dejó lo que estaba haciendo y comenzó a alistarse. Las forjas dejaron de golpear, las cocinas se apagaron, los artesanos y carpinteros detuvieron su labor, y los guardias cesaron sus patrullas.

—¡Ocho cohortes entrarán a la ciudad! —añadió Surghen—. ¡Los comandantes Neryss Alvareth y Vaelric Durnharn los guiarán al interior! ¡Los demás me seguirán y tomaremos el muro!

Los relinchos de los caballos abundaron, y los cuervos con mensajes comenzaron a volar.

Neryss y Vaelric se separaron del campamento, y diez mil hombres los siguieron.

La comandante había sugerido que, quienes entraran con ella a la ciudad, se vistieran con ropa normal y guardaran sus armaduras en alforjas.

También llevaron un carro lleno de antorchas y emprendieron la marcha.

El ejército de Neryss y Vaelric se alejó caminando hacia el sur, hacia los matorrales donde podrían ocultarse mejor, aunque el rodeo fuera mayor.

El grupo del Rey ya estaba en posición. Las torres de asedio estaban al frente, junto con escuderos y lanceros.

Las ballestas quedaron en línea media, y las catapultas se detuvieron en la retaguardia, cargadas con vidriadas, bombas de cristal y piedras filosas.

Surghen y Kaelen estaban sobre sus monturas, uno al costado del otro. Ya no eran comandante y escudero. Eran una misma fuerza jerárquica, y Drakareth, su nación hegemónica.

—Hoy, Brelwaith será nuestra —le dijo Surghen al general—. Si no, el fuego la consumirá hasta dejarla en cenizas.