Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 40. LAS PUERTAS DE BRELWAITH #2
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CAPÍTULO 40. LAS PUERTAS DE BRELWAITH #2

Los arqueros apuntaron sus flechas hacia la base de la muralla y dispararon.

Las flechas rebotaron o se clavaron en la madera, sin hacer ningún daño a los drakarianos.

Los proyectiles se intensificaron, y los fyrtanos comenzaron a lanzar lanzas y armas más pesadas.

Con cada golpe que los drakarianos recibían, saltaban astillas hacia arriba y las maderas se abollaban.

El capitán Velthor estaba desconcertado.

«¿Por qué no han tirado las escaleras?», se preguntó, mientras el tiempo del engaño pasaba, al igual que la noche.

Recordó las órdenes de Surghen: detener el engaño al amanecer.

Miró al cielo y vio que la luna estaba menguando detrás de una nube.

El capitán sacó aire por la boca y continuó con la estrategia.

Las pequeñas poternas que Neryss había explorado estaban totalmente cerradas.

«Estoy segura de que hay gente del otro lado —pensó con miedo—.

Soldados que están esperando a que abramos para atravesarnos».

Estaba desesperada. Se sentía impotente.

Se le hizo un nudo en la garganta por el estrés, y el estómago se le comprimió.

—Regresen al campamento, el engaño ya terminó —ordenó—. Yo los alcanzaré luego.

Como flujo pausado, el sol comenzó a salir. Sus hombres se alejaron silenciosa y rápidamente para no comprometer su posición. Cuando estuvieron a una distancia considerable de la muralla, comenzaron a correr sin detenerse, esperando no tropezar con un pozo.

Neryss se quitó el arco. «Ellos no saben —dijo con una sonrisa—, pero yo les enseñaré a disparar».

Cargó una flecha y apuntó hacia arriba. Se escondió tan rápido como la cuerda se destensó, pegada al muro y cercana a una poterna.

Clavó los ojos en las alturas y esperó a no ser encontrada.

Un cuerpo cayó desde la cima y se postró ante ella con un sonido metálico.

La flecha estaba clavada en el centro del rostro magullado del hombre.

La comandante esperó otro par de minutos para empezar su regreso al campamento.

Cuando quedó claro que nadie la estaba buscando, echó un último vistazo hacia arriba y, al no ver nada, corrió hacia el campamento sin mirar atrás.

Los soldados del muro habían desistido de matarla, o eso quería creer, pues no había disparos de regreso, a pesar de que la luz del sol, aunque creciente, ya la iluminaba.

Surghen disparó una bengala de humo rojo, declarando que esa distracción ya estaba concluida.

Estaba parado en la puerta del muro de madera, observando la enorme ciudad.

Los soldados del ariete se divisaron corriendo de regreso; algunos todavía conservaban los escudos en sus cabezas.

El capitán Khorven Dralvak ordenó que no regresaran el ariete, y los hombres de Velthor Karnûm dejaron las escaleras en cuanto notaron el humo.

El general Coren se apoyó sobre las almenas del muro y esbozó una sonrisa mientras veía cómo los invasores se retiraban.

«Este engaño no les funcionó». Una imponente columna de humo rojo se alzaba en la entrada del campamento drakariano.

Tenía gran grosor. Coren calculó que serían unas cuatro yardas, y cubría prácticamente el campamento del rey drakariano, protegiendo el número del ejército que había llegado a esas tierras.

Durante aquel día, Surghen ordenó que se reabasteciera el armamento, se reanudara la construcción de las vidriadas y bombas de cristal, y se reiniciara la extracción de piedras para las catapultas.

Los soldados aumentaron el trabajo, y el ejército comenzó a correr de un lado a otro.

Vaelric, por su parte, había notado que poseían muy pocas escaleras.

Mandó a construir más. Envió a varios artesanos y carpinteros, escoltados por una centuria de soldados, hacia un bosque seco y pequeño, a una legua del campamento.

—Bórrenlo del mapa —había ordenado—. Quiero un millar de escaleras.

Surghen conocía parcialmente el resultado del engaño, y comprendió entonces que no lo había pensado tan bien como quería creer.

Se dio cuenta de que, para ese punto, su ejército dependía más del orgullo del fyrtano que estuviera encargado de ese muro que de su propia capacidad para iniciar el asalto.

No pensó que esa estrategia también revelaría el proceso con el que quería atacar la ciudad.

«Cometí un error garrafal», pensó, observando los pasillos de la muralla.

En ese momento supo que la reacción más natural era pedir refuerzos—.

«Podemos cubrirnos con humo, o podemos avanzar y derrumbar su ciudad».

Estableció un centenar de vigías que observaran los pasillos exteriores, y encargó diversas patrullas de exploración cercana para vigilar el resto de la sección este del muro.

Quería controlar eso. Agarró la empuñadura de la espada.

«Quien sea ese fyrtano, morirá. Y su cuerpo colgará en el trono de su ciudad».

Surghen entró a su tienda y no salió en todo el día.

Estuvo pensando en alguna estrategia eficaz para asediar y quedarse con la ciudad.

«...Un asedio rápido, como lo hicimos en Tharûl-Bel y Tharwen...

», recordó las palabras de Kaelen. Comenzó a dar vueltas en círculo alrededor del mapa que estaba en el suelo.

Estaba seguro de una cosa: no podían regresar a Tharwen.

Se sentó una vez más y observó la ciudad plasmada en el mapa.

«Solo es imponente —pensaba, mientras golpeteaba los dedos debajo de la silla—. Pero es pequeña. Aelwîn es más grande».

—Hay unas cuantas poternas cercanas a la puerta, pero están bloqueadas —dijo la comandante—. Creo que no hay ninguna entrada a la ciudad si queremos entrar de encubiertos.

—Es muy posible —admitió el Rey—. Perderemos muchos recursos si usamos viejos métodos.

Neryss ya no sabía qué decir. Solamente cerró las mantas y se retiró de ahí, un poco confundida. No tenía clara la estrategia, pero tenía que hacer más cosas.

Pasadas unas horas, cuando el sol estuvo en su cénit, Surghen salió de la tienda.

La luz lo encandilaba y el calor lo quemaba.

Miró al suelo. «Un día sin sombra». Sacó su escudo y lo puso sobre su cabeza.

Recorrió todo el campamento, reuniendo uno a uno al Consejo.

Decidió que esa misma tarde planearían el asedio decisivo.

Se reunieron una vez más en la tienda de Surghen cuando el sol ya era menguante.

El Rey tomó la vara de metal del brasero y la colocó sobre el mapa, al tiempo que los demás se sentaban alrededor.

En el exterior se seguía escuchando mucho movimiento: bullicios, relinchos de caballos, martilleos y chillidos en las forjas.

Surghen, antes de empezar, echó unos pequeños trozos de madera seca en el brasero y lo encendió.

El fuego comenzó a consumir la madera, y un leve crepitar ambientó esa reunión. Somnoliento y repetitivo.

—Neryss me dijo que las poternas cercanas están cerradas —dijo Surghen, volviéndose a sentar—.

Estoy seguro de que debe haber una salida que podamos usar.

Brelwaith no es una ciudad perfecta. Tiene criminales, y ellos deben salir por algún lado, lejos de los guardias.

Si no hay una entrada, entonces tendremos que atacar con otros métodos más austeros.

«Te dije —se dijo Kaelen en su mente—. Te dije que subir el muro era lo mejor. Y nuevamente, no me hiciste caso».

—¿Subiremos el muro? —preguntó Kaelen, cerrado emocionalmente.

—Sí —respondió el Rey—. Pero no lo haremos todos. Lo mejor será que otro grupo se trate de meter —miró a Neryss—. Deberán derrumbar una poterna.

—¿Por qué no destruimos los pasillos exteriores? —preguntó Vaelric—. No tendrán visión más que desde las ventanas de las torres.

—Puede ser. Pero nuestro principal problema es la falta de recursos. Necesitamos conservar en pie ese muro una vez hayamos conquistado la ciudad. Seguiremos apostando por alguna entrada que nos permita entrar en la ciudad.

—Cuando los fyrtanos entraron a Kaer'Durnath, escuché que se habían hecho pasar por mercaderes —intervino la comandante—. ¿Por qué no hacemos lo mismo?

—Sí —dijo Kaelen con ironía—. ¿Qué comerciaremos?

—Solo necesitamos aparentar. Podemos decir que tenemos armamento militar desde Aelwîn, o cualquier otra cosa. Tenemos un poco de todo.

—¡No sirve eso! —le espetó el Rey—. Primero: ellos ya nos vieron.

Segundo: los fyrtanos usan permisos especiales para esa clase de importaciones.

Es ilegal comerciar armamento militar sin consentimiento de su ejército.

Lo mejor que podría pasar es que pidan un precio muy alto por el soborno, pero si eso falla, nos colgarán a todos.

»Seguiremos con el plan original. Saldrás nuevamente a buscar entradas. Si no las hay, deberemos hacernos con el muro sin tener bajas.

—Si quiere tomar el muro, no le servirán las escaleras —dijo Neryss, algo molesta—. Tienen el poder de tirarlas, aunque todavía no lo hayan hecho. Muchos morirán si suben por ellas.

—Estoy consciente de ello —replicó el Rey—. Construiremos torres de asedio, y con eso subiremos —se levantó y se calentó las manos en el brasero—. Saldrás tú, y mandaré a otro también a explorar. Busca más poternas o cualquier otro tipo de entrada que pueda haber.

Neryss asintió tímidamente, salió de la tienda con una reverencia, y los demás la siguieron.

Vaelric dio una orden, y comenzaron a construir las torres de asedio, rodeando las escaleras que ya tenían o que recién habían creado.

El comandante de la Guardia envió más hombres a talar el bosque para sacar madera, y una vez se la hubieron acabado, desmantelaron una parte del muro de madera para seguir con las construcciones.

Usaron algunos carromatos para colocar las torres y ganar algunas yardas de altura.