Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 40. LAS PUERTAS DE BRELWAITH
85%

CAPÍTULO 40. LAS PUERTAS DE BRELWAITH

Brelwaith se alzaba imponente desde la distancia.

Surghen había detenido la marcha dos millas antes del muro.

La ciudad estaba protegida por dos murallas: una exterior, más baja, de ocho yardas de altura, y una interior que superaba las trece.

Los torreones dominaban el muro exterior y se contaban por decenas.

Desde la posición drakariana, se alcanzaba a ver el palacio de la ciudad.

Imponente. Rodeado por más murallas y grandes torres de techos planos.

En el tejado de la torre más alta, ondeaba solemnemente una bandera blanca con el Sol Eterno en dorado resplandeciente.

La piedra con la que se habían construido los muros era gruesa y resistente; las puertas estaban hechas de roble, reforzadas con acero y cristal negro.

El Rey ordenó que, ahí mismo donde se habían detenido, levantaran el campamento.

Vaelric estableció guardias perimetrales, mientras Kaelen y Neryss coordinaban escuadras de exploración.

Los drakarianos comenzaron a trabajar. Sacaron leños de gran longitud de los carros provenientes de Tharwen, los afilaron y los clavaron en los exteriores.

Otros tomaron palas y cavaron pozos periódicos fuera del muro de madera.

El resto del ejército se dedicó a levantar tiendas y estructuras.

Los ingenieros salían constantemente del campamento, escoltados por escuadras y acompañados por carros de menor tamaño, con cuerdas gruesas para cargar piedras destinadas a las catapultas.

Surghen había traído artesanos y herreros cercanos al ejército para fabricar bombas de cristal sin depender de suministros lejanos.

Se usaron lanzas, espadas viejas y magulladas, puntas de flecha en mal estado, residuos de vitrales, dagas y astillas de madera.

Todo fue envuelto en un recubrimiento suelto de grava y amarrado con cuerdas resistentes, lo suficientemente frágil para estallar al contacto con el suelo.

Más gente le daba mantenimiento a las máquinas de asedio. Pulían las flechas que usaban, golpeaban y afilaban las piedras, y limpiaban y enceraban con aceites los carriles metálicos para que las piedras resbalaran y los disparos fueran más rápidos.

No pasó mucho tiempo para que las primeras hogueras comenzaran a crepitar y dieran calor mañanero.

Los improvisados fuelles soplaron, y las armerías y herrerías iniciaron su constante golpeteo.

Las cocinas se pusieron en marcha, y pronto la comida comenzó a fluir entre el ejército.

Algunos hombres habían cavado un pozo cercano a la tienda de Surghen, y le habían llenado una pila con agua fría.

El Rey entró esa misma mañana a su tienda y se mojó el rostro.

Movió unos cuantos muebles y despejó un pequeño espacio en el centro de la tienda, donde colocó un par de sillas.

Neryss, Kaelen y Vaelric llegaron unos minutos más tarde.

Surghen se sentó en el centro, y los demás tomaron lugares alrededor.

«Mientras más nos tardemos en marchar, peor será el proceso», pensó Surghen.

Tomó una manta de gran tamaño y la extendió al centro de los hombres, mostrando un mapa de la ciudad y sus alrededores.

—Ya lo pudieron ver —dijo Surghen—. La ciudad es muy diferente. Primero debemos hacernos con el muro exterior, ¿qué sugieren?

—Siempre nos funcionó un asedio rápido y contundente —propuso Kaelen.

—Hay que ver si hay gente al otro lado —dijo Neryss, apoyándose sobre su arco—. Si la hay, nos podemos infiltrar y atacar desde dentro.

—Habrá más problema si hay gente dentro —Surghen descartó la idea—. Eso significaría mayor inversión militar, lo que se traduce en más problemas para nosotros.

—Antes de hacer nada, hay que investigar si hay alguna entrada que podamos usar —dijo Kaelen.

—Hay que hacer un asedio prolongado —propuso Vaelric—. Aunque sea más gasto para nosotros, son ellos quienes tienen los recursos limitados. Tarde o temprano se les acabarán los soldados.

—Nosotros tampoco tenemos recursos —contestó el general—. El tiempo que nos tardamos en cargar las catapultas o en crear las bombas es tiempo que se pierde —se volvió hacia Surghen—. Lo mejor es tomar la muralla con todo el ejército, tal como hicimos en Tharûl-Bel o Tharwen.

—No conocemos la capacidad defensiva de la ciudad —replicó el Rey—. Es muy posible que no tengamos tanta suerte. Pero tienes razón. Debemos investigar su muralla y sus defensas. Ya luego podremos atacar.

—¿Tomaremos la muralla primero? —preguntó Kaelen. «¿Por qué? ¿Por qué sigue en pie la guerra? Tan fácil como es firmar la paz. Cada vez se vuelve más repugnante», pensó el general—. ¿Como siempre hicimos?

—Es posible —dijo Surghen—. Pero tenemos que concentrarnos en lo que acabo de decir. Estamos en el corazón de Fyrtim, debemos planear mejor nuestras estrategias.

Surghen se levantó y comenzó a señalar puntos en el mapa.

—Enviaré una pequeña escuadra de exploración que busque alguna poterna por la cual podamos entrar. Al mismo tiempo, manden el ariete y unas pocas escaleras. Quiero conocer su defensa y, sobre todo, cómo podrían derrumbarlas. Que las catapultas disparen piedras pequeñas y ligeras para cubrirlos.

Hicieron un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Neryss comandará a los exploradores —añadió—. Envíen a un capitán a cargo del ariete y ordenen el inicio del bombardeo. Comiencen a acercar las torres.

—Señor —asintió Neryss.

Los soldados salieron de la tienda. Surghen cerró los cortinajes tras de él y recorrió todo el campamento hasta las catapultas, las cuales estaban reunidas en una esquina cercana al muro de madera.

—Junta a tus hombres —le dijo a la comandante—. Iniciaremos el bombardeo cuando salgas.

La comandante se retiró con un paso apresurado. Recorría tiendas y golpeaba las maderas. La escuadra de la comandante estaba conformada por ocho hombres mayores: tres arqueros, cuatro espadachines y un curandero, seleccionados expresamente por ella.

Kaelen informó al capitán Khorven Dralvak para que apoyara con el ariete.

Se llevaría consigo a media centuria para protegerse y para cargar el mazo.

Asimismo, también ordenó al capitán Velthor Karnûn que, junto con el resto de la centuria, llevaran escaleras al muro y comprobaran las estrategias fyrtanas.

Por otro lado, Vaelric le había ordenado al jefe de los ingenieros que comenzaran a disparar, a su señal, contra las almenas y contra la puerta.

Todo con tal de hacer de ese engaño algo exitoso.

Neryss salió en cuanto el sol se puso. No llevó caballos.

Se vistió con telas negras por encima de la armadura, se cubrió con una capucha y una capa, metió la cabeza por la cuerda del arco y amarró la aljaba a la cintura.

Cuando estuvieron al otro lado del muro de madera, comenzaron a caminar lentamente hacia el sur.

Pisaban con delicadeza, tratando de no hacer ruido con la maleza.

Neryss llevaba un pequeño catalejo amarrado a la parte alta de su brazo; al otro lado de su cinturón tenía una pequeña alforja con bengalas, y en su espalda llevaba un pequeño puñal de acero blanco.

En cuanto se colocaron a menos de una milla de distancia, Neryss ordenó que continuaran arrastrándose hasta una pequeña cueva cercana, lo suficientemente amplia para refugiarlos.

El paso se ralentizó. No se arrastraron, pero caminaron con las rodillas.

Había ruidos extraños: siseos que delataban la presencia de varias serpientes acechando; el croar de algunos sapos escondidos entre las hierbas altas; y la estridulación de muchos grillos.

Algunas arañas salían de sus madrigueras y comenzaban su caminata nocturna hacia los cuerpos de los soldados.

El tenue sonido de los pasos confundió a unos cuantos hombres, quienes pensaron que algún animal más grande los estaba cazando.

Comenzaban a tiritar de los nervios; las manos les temblaban y las rodillas les calaban.

Cuando llegaron a la cueva, los hombres continuaron su camino, mientras Neryss vigilaba los pasillos del muro.

«Es muy común que haya poternas cercanas a las puertas», pensó la comandante, una vez que había hecho contacto con la piedra del muro.

Eso era lo que buscaba: una poterna por la cual pudiera colarse.

En el campamento, la primera piedra voló y se estrelló con un estruendoso sonido.

Los capitanes Velthor y Khorven salieron al mismo tiempo y trataron de correr lo más rápido que pudieron.

Los cuernos del muro exterior anunciaron el ataque y pusieron en alerta a los capitanes.

Varias escuadras de fyrtanos corrieron hasta la puerta este y apuntaron al muro de madera.

Cuando llegaron los capitanes al muro, levantaron las escaleras y las reposaron sobre la piedra.

El ariete comenzó a dar ligeros golpes, los suficientes para que los fyrtanos cayeran en la mentira.

Los drakarianos levantaron los escudos y se cubrieron, esperando las flechas.

El capitán Velthor vigilaba las demás escaleras, esperando ver si alguna caía. Pero nada.

En la cima del muro, el general Coren Fenwold ordenó replegar a los soldados que ya estaban concentrados en la puerta.

Dejó solamente a tres escuadras de arqueros, y a los demás los regresó a sus puestos.

La puerta sonaba fría con cada golpe del ariete y de las piedras, y las escaleras estaban desiertas.

Nadie subía. «Sin duda creen que soy estúpido».

—No tiren las escaleras —ordenó—. No subirán.

El capitán fyrtano supo que, por la baja frecuencia de las piedras y los golpes de ariete, ese «ataque» era una total farsa. «No están atacando —pensó con tranquilidad—. Y si lo están haciendo, no me sorprende que estén perdiendo la guerra».

—Dejen de disparar al campamento. Están lejos —ordenó—. Disparen a los del ariete; quiero que ese trozo de madera se quede ahí.