Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 39. VIENTOS DE GUERRA #4
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CAPÍTULO 39. VIENTOS DE GUERRA #4

Durante la semana siguiente, el Consejo estuvo preparando sin cesar la campaña. Kaelen envió cuervos a Braveth, Zarn-Korveth, Dorlak, Tharûl-Bel y Tharwen. Todos con el mismo mensaje solicitando una fracción de sus tropas para retomar el frente fyrtano y emprender contra Brelwaith.

Fue durante esos días cuando Vaelric se trasladó al Bastión para tratarse el muñón del hombro.

El curandero en jefe de la Legión de Kaer'Durnath le destapó las vendas y dejó al descubierto una amputación sana, con varias líneas que se hundían unas cuartas y convergían en un centro blanco oculto.

Lo acostó sobre una camilla tallada en madera y atravesó ligeramente el pus solidificado de la herida.

Una combinación blanquecina y roja emergió al instante y cubrió el hombro de Vaelric, quien siseó por el dolor.

Rápidamente, el curandero tomó una toalla de lino blanco y la colocó sobre la abertura.

La tela se humedeció enseguida y quedó marcada con manchas rojas oscuras.

Después, tomó una pequeña guadaña y rascó con cuidado los alrededores, tratando de extraer toda infección.

Le dio raíz amarga a Vaelric y, cuando terminó, acarició el muñón con un ungüento de cáñamo.

Una vez limpia, la herida se veía completamente sana.

El curandero no colocó nuevos vendajes, solo le ofreció una copa de vino especiado con raíz amarga. Vaelric la bebió en silencio.

Surghen subió hasta su dormitorio y comenzó a vestirse con la armadura.

Esa misma tarde partirían y se encontrarían con el resto de los soldados en el sendero hacia Dorlak.

No se cambió el jubón; simplemente se quitó el chaleco y se colocó por encima la cota de malla y, sobre esta, la armadura negra.

Nelysia la había lavado y encerado recientemente.

Su reflejo se notaba con claridad sobre la superficie brillante del metal, y el dragón encadenado, forjado en oro, brillaba con la luz del sol, al igual que los grabados asimétricos que lo rodeaban.

—Ya no sé cuándo fue la última vez que me puse esta armadura —le dijo a Naeryn, al tiempo que tomaba su casco y lo observaba como si fuera un trofeo.

—Creí que la ciudad era segura —contestó Naeryn con frialdad.

—Lo es.

—Entonces, ¿por qué te vuelves a cubrir con metal?

—Porque el mundo no es seguro. Mi ejército me necesita. Habrá una paz temporal después de esta campaña.

«¿No íbamos a convertir Drakareth en Fyrtim? —quiso preguntar, pero las palabras no salieron de su boca—. Entonces, ¿por qué los atacas?»

—Tú te irás, ¿y quién gobernará? —terminó preguntando—. El embarazo ya me dificulta moverme.

—Gobernarás tú —dijo sin emoción—. Tú eres la Dama Regente. Tú eres la gobernante de esta ciudad y de este país. Te daré consejeros leales que te ayuden.

—¿No te llevarás a todo tu Consejo?

—No. Necesito que Raghor se quede. Con la partida de Vaelric, él será comandante de la Guardia Capitalina. Selthar, por otro lado, también debe quedarse. Como Dama Regente, tienes completo control sobre la ciudad. Te pediré que, cuando salga, nombres a Raghor como comandante.

Surghen se terminó de poner las botas y los guantes. La espada se sentía plana cuando agarró la vaina con los dedos metálicos, pero al tomar la empuñadura, antes de colgarla en el cinturón, la propia arma se sintió viva y carente de peso.

Naeryn no dijo nada. Colocó las manos sobre su vientre y miró al Rey con un miedo invisible.

Surghen caminó hasta ella, le dio un beso de despedida y salió del dormitorio.

Con cada paso que daba, el metal resonaba tenebroso.

Al entrar nuevamente en la Sala del Trono, se encontró precisamente con Raghor y Selthar.

—Ustedes se quedarán —les dijo—. La Dama Regente gobernará en mi ausencia. Su palabra será tan absoluta como el Código, y ustedes serán sus consejeros. Si algo le pasa, ustedes serán criminales. ¿Entendido?

Los hombres hicieron un gesto de asentimiento, intercambiando miradas de sorpresa y miedo.

Cuando Surghen salió del castillo, Nelysia ya lo esperaba, sosteniendo las riendas de su caballo, el cual estaba ensillado y cubierto con las mantas de su armadura.

El Rey dio un pequeño brinco para montar y espoleó al animal hasta emprender el galope hacia la puerta oeste.

Kaelen, Vaelric y Neryss se colocaron detrás de él.

Los tres caballeros también iban forrados en placas metálicas.

Vaelric, en específico, llevaba una armadura adaptada que le cubría el muñón con una sólida pero flexible pieza de acero.

«Un viaje al pasado —pensó Kaelen, al posicionarse a la derecha de Surghen—.

Él vuelve a ser comandante, y yo su escudero».

El crepitar de la puerta los envolvió, junto con los sonidos apagados de los molinos que la movían. El exterior comenzaba a hacerse cada vez más visible. El campanario del Castillo Magno sonó con fuerza, aclamando por el regreso de su Rey, y los cuernos de guerra anunciaron la partida.

—El fuego del Dragón Encadenado se alzará. Y ningún fyrtano recordará el color de sus banderas —dijo Surghen, antes de espolear con agresividad a su caballo, que se encabritó, relinchó y salió al galope de la ciudad.