Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 39. VIENTOS DE GUERRA #3
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CAPÍTULO 39. VIENTOS DE GUERRA #3

El sol ya iluminaba por completo la ciudad capital.

Corrió los cortinajes de su dormitorio y la luz entró con fuerza.

Desde ahí vio que la gente comenzaba a moverse.

Caminaban campantes o corrían emocionados hacia la puerta sur.

El campanario del Castillo Magno no dejaba de retumbar, y los cuernos de guerra del muro cantaban a todo pulmón.

Alguien tocó la puerta del Rey. Era Nelysia.

Vestía un vestido de sutil color negro y una capa azul marino con bordes amarillos y escarlata.

El cabello lo tenía trenzado en varias secciones, algunas delgadas, otras gruesas.

Sus doncellas le habían colocado polvo de amapola en los pómulos y labios, y desprendía una cálida fragancia floral de verano.

Surghen abrió la puerta sin decir nada. Solo esperó a que la escudera hablara.

—El general supremo Kaelen y el comandante de la Guardia Capitalina han regresado de Selgor —dijo con emoción.

Surghen asintió y cerró la puerta. Llenó la bañera con agua humeante y se sumergió.

El calor resultó placentero. El vapor se introducía en la piel y la limpiaba con suavidad.

Cerró los ojos, respiró profundamente y se quedó dormido unos minutos.

Al despertar, salió del agua y se vistió con un jubón tinto, un chaleco de cuero negro con su blasón bordado en amatista.

Se colgó la capa, la espada, y salió del dormitorio.

Bajó las escaleras y salió del castillo.

Nelysia lo esperaba montada sobre una yegua marrón con motas blancas y melena negra.

Sostenía las riendas del caballo de Surghen: un corcel negro de gran tamaño, con patas blancas, melena plateada y ojos destellantes.

El Rey montó, y ambos galoparon hasta la puerta sur, ya abierta, donde los miembros del Consejo entraban entre una columna de gente que los recibía con flores de escarcha, malvas reales y hojas de palma.

Surghen y Nelysia se detuvieron a media milla de la puerta.

El Rey agarraba las riendas con fuerza y esbozaba una sonrisa; Nelysia temblaba de emoción.

Los dos caballeros se encararon con el Rey y su escudera.

Nadie dijo nada. Kaelen solo bajó la cabeza en señal de respeto.

—Bienvenidos —dijo Surghen. Tiró de las riendas y abrió paso para los generales, quienes espolearon a sus caballos y siguieron la marcha hacia el Varkhalion.

—La guerra empeoró. Emprenderemos contra Fyrtim, y los quiero a los dos en el frente.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Vaelric con un suspiro.

—La Ciudad del Hierro se prepara para la guerra —contestó el Rey—. Tharion ha informado sobre grandes movimientos militares alrededor de la ciudad.

—¿Va a reforzar la frontera? —inquirió Kaelen.

—No. Tengo la idea de plantar un golpe decisivo. Esto no va a terminar con la guerra, pero nos dará tiempo suficiente para fortalecernos.

—No tenemos hombres suficientes para marchar contra Aelwîn —resaltó Vaelric.

Llegaron al castillo y desmontaron. Surghen hizo un ademán, y Nelysia disparó una bengala de humo amarillo.

—No quiero conquistar Aelwîn —replicó Surghen—. Quiero expandir el frente. Si lo logramos, uno del Consejo se despedirá de Kaer'Durnath —Surghen observó disimuladamente al comandante.

Entraron hasta la sala de guerra y tomaron asiento ante la gran mesa central. Después de unos pocos minutos, Neryss, Raghor y Selthar entraron también y se sentaron. Surghen apoyó los puños sobre el marco de la mesa y se inclinó hacia el frente.

—Ahora que están todos, planeo expandir el frente fyrtano con la conquista de Brelwaith —sus ojos recorrieron a su Consejo mientras su dedo señalaba la ciudad fyrtana—. Tharion informó que Aelwîn ha comenzado a mover sus piezas. Están enviando patrullas a lo largo de su muralla.

—¿Por qué Brelwaith? —preguntó Selthar, con una sonrisa nerviosa—. ¿No es mejor atacar Aelwîn?

—Sí —le contestó Kaelen—. Eso sería lo mejor, pero no tenemos soldados.

—Marcharemos contra Brelwaith por temas logísticos. Con su control, también dominaremos las rutas comerciales. La única forma en que Edruval podrá comunicarse con Velmyria será por el Mar de Valmyr —dijo Surghen.

—¿No será mejor reforzar los frentes? —cuestionó Raghor—. Tanto el Altheryn como Arvenmar. Vel'Anareth no tarda en asediar Arvenmar.

—Ahora controlamos el puerto de Tharwen, el Mar de Lysarneth y el Mar de Elarion —dijo Surghen, ignorando a Raghor—. Con este golpe, estamos más cerca de que Fyrtim firme la paz.

«Y entonces, ¿por qué comenzó esta guerra?», se preguntó Raghor de nuevo.

—¿Y Port Velyr? —preguntó Selthar, levantándose—. Obligaríamos a los velmyrianos a firmar la paz si conquistamos el puerto y Vel'Anareth. De esa manera, también protegeríamos a Lorem.

—Sí —Kaelen estaba harto, pero se sentía, en aquella sesión, comprendido—. Si marchamos contra Vel'Anareth, no solo los obligaríamos a firmar la paz. En un futuro, podríamos establecer alianzas con Maltherion.

—Marcharemos contra Vel'Anareth —dijo Surghen—. Pero no ahora. Recibí los informes del Maestro Racional y las declaraciones tributarias. No tenemos dinero para una campaña tan grande. Para ello, tendremos que esperar.

«¡Te dije! ¡Te dije que no había dinero, y no me hiciste caso!», Kaelen habría querido gritar, pero guardó la palabra.

—Apoyo la idea del Rey —se incluyó Neryss—. Controlar Brelwaith creará un cuello de botella para los comerciantes fyrtanos. Además, presentará un aumento al ingreso sumado ya al tributo.

—¿Con qué dinero? —preguntó Vaelric—. ¿Con qué dinero haremos la campaña? Necesitamos comprar provisiones a los mercaderes, crear máquinas de asedio, y, si la conquistamos, ¿con qué dinero mantendremos a los soldados?

«¿Lo ves, Surghen? No tienes dinero, y aun así haces planes», pensó Kaelen con hartazgo.

—Entiendo tu preocupación —la voz del Rey sonaba demasiado tranquila—.

Durante el tiempo que estuvieron fuera, se cobró tributo mensual, se impuso una cobra de plata como impuesto a las importaciones, se redujo el gasto en infraestructura, e instauré una cobra de bronce como impuesto de exportaciones.

Tenemos el dinero suficiente para esta campaña.

—Es peligroso mantener esa ciudad —dijo Selthar, con los brazos cruzados—.

Nos quedaremos rodeados por dos ciudades grandes, lo que aumentará el gasto en defensa —se quedó callado un momento—.

Otro problema: esa cordillera cercana oculta Merindar.

Si ellos también deciden atacar, no lo sabremos hasta que sea demasiado tarde.

—Estoy de acuerdo con él —apoyó Kaelen—. Sugiero que posterguemos el ataque.

—¡No atacarán! —espetó Surghen—. No les convendrá siquiera salir de sus muros.

—Hay demasiada información que no sabemos —Kaelen levantó la voz—. ¿Cómo hará que la ciudad de Brelwaith se apegue a sus deseos? ¿Cómo controlará las ciudades que la rodean?

—Amenazaremos a los ciudadanos de Brelwaith —dijo Surghen rápidamente, totalmente convencido—. Si deciden atacar, con cada noche que dure su asedio, será la gente la que aparecerá clavada en los muros —no pudo evitar soltar una risita.

Neryss y Kaelen lo miraron por un momento con repugnancia.

—Si deciden aumentar el tiempo de su asedio, exterminaremos Brelwaith, y no será más que una ciudad vacía sobre una cama de cadáveres —añadió el Rey—. Si quieren velar por su gente, y lo harán, se atendrán a mis condiciones. Si no... bueno, ya saben lo que les sucederá.

—¿Cuáles serán esas condiciones? —indagó Raghor.

—El fin de la guerra —dijo Surghen con orgullo—. Brelwaith, Tharwen y Arvenmar serán drakarianas. El comercio estará abierto bajo nuestros impuestos.

—Es excesivo —replicó Kaelen.

—Es eso o la vida de su gente —dijo Surghen, amenazante.

—¿Cómo controlarás a su gente? —quiso saber Vaelric—. ¿Cómo hará que el Código sea válido en esa ciudad?

—El Código es absoluto.

—No si el castellano decide abolirlo en sus dominios.

—Es cierto —admitió el Rey—. El Señor de Brelwaith debe hacer valer la Ley, ¿no es así, comandante?

Vaelric asintió.

—Entonces eso es lo que harás —concluyó Surghen—. Tú harás valer la Ley entre esos muros. Tú mantendrás la paz en esa frontera.

Vaelric se sorprendió, mas no dijo nada. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y los músculos se le tensaron por los nervios. Entrecruzó las manos y las frotó con brusquedad para tratar de calmarse. Neryss y Kaelen intercambiaron una preocupante mirada ante aquel anuncio.