Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 39. VIENTOS DE GUERRA #2
82%

CAPÍTULO 39. VIENTOS DE GUERRA #2

En la noche, Kaelen cabalgaba bajo la luna en su cénit, rodeado por un anillo de estrellas y nubes.

«Estoy seguro de que hace algo que nosotros no sabemos», pensó sobre el castellano.

Recordó la carta de Surghen: “Tienes permitido cualquier método para que el Dragón Encadenado gobierne en Selgor”.

Alzó la vista hacia el asta del castillo.

El viento soplaba constante y arrullador, haciendo ondear la bandera con el halcón rojo de Varak.

«Del Rey... —volvió a pensar en lo que aquel soldado le había dicho—.

No creo que Surghen haya ordenado esta ejecución...

No después de ese mensaje». Su juicio se cerró en un pensamiento: «¡Ese cabrón es un traidor! ».

Los dos miembros del consejo dirigieron sus monturas de regreso al castillo, las dejaron en los establos y entraron osadamente en el palacio. Abrieron las puertas de la Sala del Trono con tal fuerza que chocaron con el límite colocado en el suelo, resquebrajando la esquina de las hojas de madera.

—¡Fui paciente durante estos días! —gritó el general, con una mano aferrada con fuerza a la empuñadura de su espada—. ¡Serás removido del cargo hasta que jures lealtad al Dragón Encadenado!

—Esta ciudad no responde ante un usurpador —Varak mostraba una singular tranquilidad, aunque su voz se oía fiera y amenazante. Se levantó del trono y tomó su arma.

—La familia Valdyran está muerta —añadió Vaelric, pensando que el castellano aún les profesaba lealtad a los antiguos reyes.

—Ya sé —dijo Varak con desdén—. Justamente estaba tratando el tema de mi coronación y su ejecución. Yo soy el Rey de Selgor. Esta ciudad ya no responde ante nadie.

—Esta ciudad responde ante Surghen Dürhavel —Vaelric desenvainó la espada impulsivamente—. Esta ciudad obedece al Código Dürhaveliano. Eres un traidor por no seguir la Ley.

—Dürhavel es un usurpador —Varak también desenvainó su espada—. La ley que rige en Selgor es la mía. Ustedes son traidores e invasores —se rio.

—Lord Varak —dijo Kaelen, calmado. Su espada seguía guardada—. Queda arrestado por alta traición ante Drakareth y su Código. Cumplirá su pena en la horca.

Varak ya no dijo nada. No habló. Levantó la punta de su espada y miró a los hombres que tenía frente a él.

Su mirada oscilaba entre el rostro del comandante y el del general, como si midiera cuál de los dos caería primero.

Kaelen tembló por un instante antes de desenvainar su espada con lentitud, sintiendo el peso del juicio que estaba por comenzar.

Vaelric también alzó el filo de su arma y se giró, dejando su muñón atrás.

—Yo, Varak Dûrnvel, Rey de Selgor, desconozco a Surghen Dürhavel como gobernante de Drakareth. Selgor ya no responde ante nadie. Como regalo, anexionaré las ruinas de Vaer-Morrak —dijo con una sonrisa—. Le enviaré al Usurpador sus cabezas como muestra de nuestra independización.

Se abalanzó y lanzó un golpe ascendente hacia el pecho de Vaelric. El comandante bloqueó el ataque con una velocidad monstruosa y contraatacó hacia las piernas del castellano. Varak se cubrió y mantuvo el contacto de las espadas.

Kaelen se había echado unos metros atrás, asombrado por la velocidad del combate.

«Mis hombres superan en número a su ejército.

Yo sigo teniendo el control de la ciudad», pensó.

Los sonidos de las espadas marcaban un ritmo frenético y preocupante.

El general salió del castillo y disparó una bengala de humo negro.

Su capitán apareció minutos más tarde, montado y cubierto de metal.

—Arresten a la Legión de Selgor —ordenó—. A quien jure lealtad al Rey, lo liberas. A quien se rehúse, lo matas.

—¡Señor! —asintió el capitán y se alejó al galope, antes de disparar otra bengala de humo rojo.

Cuando Kaelen volvió a entrar, quedó anonadado por el combate que se libraba en la Sala del Trono.

El ritmo había cambiado: los golpes eran más duros, más violentos.

Con cada contacto, saltaban chispas que se escuchaban entre las paredes.

Vaelric se impulsó hacia atrás y lanzó un golpe supremamente fuerte.

La hoja trazó un arco elegante en el aire.

El acero hizo retumbar la tierra. Luego, el comandante subió su espada y trató de atravesar el costado del castellano.

Varak bloqueó el golpe, lo golpeó en la clavícula con el pomo y lo pateó. Vaelric cayó tres yardas atrás.

Kaelen salió disparado y soltó una estocada hacia el cuello. El castellano bloqueó el ataque y empujó al general hacia su espalda. Kaelen quedó de rodillas tras el impacto.

—Me gusta cómo te ves —dijo Varak con una pequeña sonrisa—. Así te deberías quedar. De rodillas ante mí.

El general agarró la espada con ambas manos y, con un salto, lanzó un corte ascendente hacia la cabeza del castellano.

Varak lo cubrió y alejó las armas con firmeza.

Kaelen giró hacia su izquierda, cortó el aire y dirigió la hoja hacia la cadera del enemigo, pero Varak lo bloqueó sin esfuerzo, como si el golpe no llevara fuerza.

El tiempo avanzaba, y Kaelen se mostraba cada vez más agotado.

El sudor le caía en abundancia, y el peso de la espada parecía aumentar con cada intento fallido.

Aun así, seguía atacando con intensidad, girando, cambiando de ángulo, buscando alguna fisura que pudiera usar. Pero el castellano no cedía.

Varak era un soldado inigualable. Un prodigio de la Guardia Capitalina durante los primeros años del reinado de Tyrnium Valdyran en Drakareth. Fue nombrado general supremo y, más tarde, convertido en Señor de Selgor. Nunca perdió la práctica con la espada: era veloz, preciso y letal en combate.

Hubo un choque especialmente estruendoso.

Las espadas se conectaron, chillaron, y las chispas saltaron como si el metal ardiera.

Vaelric se levantó y lanzó una estocada poderosa hacia el hígado de Varak.

Éste empujó la espada de Kaelen y saltó hacia atrás con agilidad.

Se agachó sobre su pierna derecha y pasó su espada por detrás de su cabeza, con la punta señalando hacia los capitalinos.

Kaelen se mantuvo firme, con la espada al frente, apuntando al centro del pecho de su enemigo.

Vaelric giró sobre su eje, colocó la espada detrás de su cuerpo y adoptó una postura lateral, como si su silueta fuera una trampa.

Kaelen fue el primero en atacar. Todavía no había hecho contacto cuando Vaelric también se abalanzó.

«Hasta el más duro de los reyes puede caer», pensó el general al soltar un golpe hacia la oreja.

Varak se cubrió, giró hacia su derecha y bloqueó el ataque del comandante.

Kaelen se agachó y trazó un corte horizontal en el costado del castellano.

El Rey de Selgor se desangró al instante y ahí murió.

Pálido. El general se retiró del charco rojo, asqueado.

Vaelric, en cambio, se acercó a la cabeza del ahora cadáver y la cortó sin titubear.

—Más vale que estos imbéciles aprendan —dijo el comandante de la Guardia Capitalina.

Las banderas del dragón encadenado volvieron a ondear en las astas del castillo. El Código entró en vigor. Se hicieron redadas contundentes contra sediciosos, miembros de la Legión de Selgor, y fueron ejecutados sin ceremonia.

Los días pasaban. El sol salía, y la ciudad que, en primera instancia, estuvo sumida en la discordia y en la guerra, poco a poco comenzaba a tranquilizarse.

La seguridad aumentaba lentamente, a medida que los ataques contra el ejército se detenían.

La radicalidad de la Legión había sido tal, que los ciudadanos empezaron a apoyar al nuevo régimen y se mantenían al margen de lo que el Código estipulaba.

Kaelen recibió una nueva carta desde la capital.

El Rey exigía que él y Vaelric regresaran de inmediato.

Pero había algo extraño. Algo lo ataba al interior de los muros de Selgor.

«Mi lugar es en Kaer'Durnath», se recordó con dificultad.

—Llama al capitán Hareth Volgarn —ordenó a su escudero. Éste asintió y salió con paso apresurado del castillo. El general,

por primera vez en varios días, se quitó la armadura y descansó las articulaciones, sentado en el trono.

—Preparen las galeras. Nos regresaremos a la capital —dijo al aire. Solo Vaelric lo escuchó, y repitió la orden.

Una hora más tarde, el capitán Hareth Volgarn estaba frente a él. Seguía vestido con la armadura, la espada colgaba de su cinturón y el escudo reposaba sobre su espalda. Tenía el casco puesto, pero con el visor levantado.

—El Rey me exige que regrese a la capital —informó Kaelen—. Haré esto rápido.

El general se levantó del trono y desenvainó la espada.

—Hace tiempo recibí la instrucción de Su Alteza en esta campaña —añadió—. Capitán, híncate.

Hareth dobló la rodilla e inclinó la cabeza.

—Haz el juramento —ordenó Kaelen.

El capitán pronunció las palabras lentamente, con voz gruesa y solemnidad. Kaelen le puso la espada en un hombro.

—Lord Hareth Volgarn. Señor de Selgor —le puso el filo en el otro.

Hareth se levantó, se quitó el casco y se sentó en el trono de la ciudad. Reconfortado. Kaelen y Vaelric hicieron una leve reverencia, acompañada de una sonrisa.

—Nosotros regresaremos a Kaer'Durnath —dijo Kaelen—. Puedes hacer con la ciudad lo que te plazca.

No esperó respuesta. Él y Vaelric salieron del castillo, tomaron sus caballos y emprendieron la marcha hacia los muros de Selgor.

Para la noche de aquel día, los miembros del Consejo, junto con seis cohortes, marcharon nuevamente hacia el Karneth.

Una gran cantidad de barcos rápidos y galeras estaban atracadas sobre el derrumbado embarcadero.

Sus capitanes cargaban provisiones, y la tripulación preparaba las naves para el viaje.

***

Las campanas sonaron. Surghen se levantó sobresaltado, sin recordar el sueño que había tenido, pero por alguna razón había despertado sudoroso.