CAPÍTULO 38. LAS SOMBRAS DE SELGOR #2
Kaelen volteó a ver nuevamente hacia la ventana y paseó la mirada por la lejanía.
El viento soplaba fuerte en su rostro, y su mente estaba en calma.
Cuando dirigió su vista hacia la ciudad, ésta parecía segura.
La gente caminaba, y la noche era transitada.
Por un momento, él se sintió invasor. «Mi lugar es en Kaer'Durnath.
Con mi gente». El general tomó una bocanada de aire fresco y observó el Mar de Lysarneth.
En la playa había varios barcos atracados.
Barcos velmyrianos. «Siguen aquí —pensó.
Instintivamente llevó su mano a la espada y frunció el ceño—.
Siguen escondidos aquí dentro». Salió corriendo lo más rápido que pudo hasta el patio del castillo y disparó una bengala de humo negro.
Después de unos minutos, su capitán se reunió con él.
—Redoblen esfuerzos —ordenó—. Divide a tus hombres y comiencen a buscarlos por afuera de la muralla. Los invasores no se han ido.
El capitán asintió y salió nuevamente al galope.
Kaelen, entonces, subió hasta la habitación del castellano, donde tenía los materiales para enviar mensajes.
Encendió el candelabro, cerró la puerta con llave y comenzó a escribir durante una hora.
«Tuvieron su oportunidad para irse vivos de aquí.
Ahora, se irán con una espada en la garganta», se dijo Kaelen mientras trazaba cada palabra con precisión.
Selló el mensaje y lo envió al bloqueo drakariano en el Mar de Lysarneth, solicitando apoyo para destruir los barcos de la alianza que seguían pisando tierra drakariana.
Pasaron dos días desde que Kaelen había enviado su pájaro.
Esa mañana estaba sentado en el trono, esperando el informe de su capitán.
Estaba deseoso de saber si habían encontrado a los invasores.
Pero no llegaba. Quien llegó fue Vaelric, que seguía con las vendas, pero ya podía caminar.
Estaba vestido con un jubón marrón, un chaleco de cuero verde, un cinturón de piel tintada de negro, y la espada colgada en la espalda.
—No me avisaron que tendría la visita de una momia —bromeó el general.
—Ya jugué al discapacitado —rio Vaelric—. Ya me toca incorporarme al frente.
—No lo harás. Ya no tienes los dos brazos.
—No los necesito.
—Yo quiero hombres completos, no héroes lisiados.
—Sí —dijo con fuerza—, estoy lisiado, pero no estoy inválido.
Tú ya me viste en el muro. Puedo seguir peleando.
Así, sin un brazo, blando la espada mejor que muchos soldados que ahora tienes en el frente.
—Se acercó más hacia Kaelen—. Sabes mejor que nadie que, en este frente, no tienes soldado más competente que yo.
Sí, quieres que me vaya, pero me necesitas más aquí.
—Avisé al Rey. Regresarás a Kaer'Durnath en cuanto se aliste una galera.
—¡Me necesitas más aquí!
—Lo siento, pero el comandante de la Guardia Capitalina no puede morir en una ciudad de plebeyos.
—Todos moriremos, general —Vaelric ya estaba por retirarse—. Tarde o temprano, todos iremos a la tumba.
Vaelric salió del castillo y desapareció en la ciudad.
El general se limitó a verlo, impotente.
«¿Por qué hay gente ansiosa por morir?».
Unos minutos más tarde, entró su capitán.
Se quitó el casco y dejó entrever una cabellera corta, apenas de dos cuartas.
Colocó una mano en la empuñadura de la espada y la otra en su cinturón.
Kaelen cambió el semblante; esbozó una falsa sonrisa debajo del enojo que le producía la actitud de su compañero.
—Señor, tengo dos noticias —dijo el capitán—. Encontramos al castellano en una prisión alejada. Por otro lado, la flota invasora fue destruida.
—¿Encontraron a los invasores?
La negativa del capitán enfureció todavía más a Kaelen, quien soltó un duro golpe en el trono.
«Están aquí. Sé que están aquí». Se sentía frustrado; el estómago se le contrajo y tuvo dificultades para pasar saliva.
Quería gritar. Nuevamente quería gritar.
Pero no lo hizo. Hizo una mueca con los dientes y se volvió hacia su capitán.
—Eleven las banderas del Dragón Encadenado —ordenó—. Y liberen al castellano.
El capitán asintió con una reverencia y salió del castillo.
***
Desde que el mensaje y las órdenes de Surghen habían llegado al parapeto, Tharion Mûrvel, su escudero y su mayordomo se habían pasado mucho tiempo escribiendo informes, reportes y demás mensajería que terminarían enviando a la capital.
No era precisamente el estilo del castellano de Tharûl-Bel estar enviando tantos mensajes constantemente, pero las órdenes eran claras: doblar la vigilancia sobre Aelwîn y reportar todo lo más rápido posible.
Tharion sentía una sensación extraña. El fuerte estaba repleto de hombres, y la frontera, totalmente asegurada.
«Entonces, ¿por qué me ordenaron mantener la vigilancia en la ciudad?
», se preguntó, mientras observaba la Ciudad del Hierro desde un catalejo.
«Pronto… —se dijo con hartazgo al escribir los mensajes—.
Pronto lamentará aquel día». Tal como las órdenes del Rey habían indicado, Tharion aumentó la frecuencia de sus exploraciones.
Hizo que sus hombres recorrieran las cercanías de Aelwîn, y las más extremas cabalgaban hasta que Brelwaith y Tharwen estuvieran a la vista.
En esa nueva expedición, el castellano pensó en enviar también un pájaro.
—Señor, tendríamos que enviar también a un escriba y un carro con comida para el cuervo —le había dicho Torric.
Tharion sabía que tenía razón. El tiempo de viaje era de cuatro días.
«Cuatro días de comida para hombres y comida para cuervo», murmuró con amargura.
Una mano la tenía apoyada sobre las almenas del muro, mientras que, con un catalejo, observaba la Ciudad del Hierro.
«Es demasiado gasto para expediciones tan cortas —dijo para sus adentros—.
No puedo depender toda la vida de Dorlak.
Necesitamos empezar a cultivar». Terminó por aceptar el precio de los cuervos.
Era un costo bajo en comparación con la eficiencia de la información.
—Torric —llamó—. Dile al capitán Raethur que tome a dos soldados más, caballos y provisiones para una semana, y que vaya a explorar cerca de Aelwîn. Son órdenes del Rey.
El muchacho asintió y salió de la Sala Mayor. Bajó unas pocas escaleras hasta un pasillo perpendicular a la entrada y salió al patio. Ahí estaba el capitán Raethur Malken, combatiendo junto con Heskir Dornvak y Varnok Eldran, quien controlaba el duelo.
—Mis señores—dijo algo tembloroso—. Mi señor Tharion ordena que salgan a explorar Aelwîn de inmediato.
—Los hombres no se tomaron aquello en serio.
Consideraban a Torric como una burla: un pútrido fyrtano en tierras drakarianas que debería estar en prisión.
La mayoría de las veces, hacían caso omiso a lo que él comunicaba, por lo que las encomiendas tardaban en realizarse.
El capitán Raethur miró a Torric con desprecio, se secó el sudor de la frente y se alejó indignado; quería comprobar por sí mismo lo que el escudero decía.
El capitán increpó a Tharion en la Sala Mayor.
El castellano estaba leyendo una carta de Dorlak.
—¿Qué quieres? ¿Qué me lleve a mis hombres a explorar? —Raethur habló con un tono muy elevado—. El mocoso me ordenó eso.
—Torric no te ordenó nada —aclaró Tharion—. Son órdenes de la capital.
El capitán aceptó a regañadientes. Cuando escuchó eso, se dispuso a retirarse.
—Tharion, no me vuelvas a mandar al idiota del mocoso. Si me vas a dar una orden, dámela tú, no ese imbécil.
—¿Se puede saber qué te hizo Torric? ¿Te quitó la cerveza en la fiesta?
—¡Es una burla para este castillo! —gritó el capitán—. No sirve como soldado, ni siquiera como mayordomo. Ese estúpido debería estar en prisión.
—Torric estará donde yo quiera que esté —amenazó—. Eso no te incumbe a ti ni a nadie.
—Solamente digo que, si Torric me vuelve a dar otra orden, no la va a contar —lanzó una risotada. Salió de la Sala Mayor sin esperar una respuesta.
«Será el Rey quien te ejecutará si matas a Torric», pensó Tharion, enrollando el papel y caminando hacia la chimenea.
Escuchaba el eco lejano de los pasos del capitán.
Escuchó cómo dio un golpe a un objeto, posiblemente una tinaja de cerámica, y gritó algo inaudible.
Raethur bajó al patio. Sus hombres estaban allí, rodeando a Torric, burlándose de él y golpeándolo con espadas de madera.
El escudero intentaba defenderse como podía, cubriéndose los flancos y retrocediendo entre los golpes.
Las risas se mezclaban con el sonido seco de la madera contra su cuerpo.
—Señores, nos vamos —ordenó Raethur, dirigiéndole una mirada malévola al escudero.
Los tres hombres se retiraron entre risas, burlándose de las expresiones que Torric había puesto al recibir los golpes. Pasaron unos minutos y salieron a caballo, cruzando el patio principal. Torric seguía allí, pero ya se dirigía a su habitación, con la cabeza baja y el paso lento.