Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 38. LAS SOMBRAS DE SELGOR
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CAPÍTULO 38. LAS SOMBRAS DE SELGOR

Tras la partida de Vaelric al sur, Surghen le había asignado el control provisional de la Guardia Capitalina a Raghor.

El Rey rápidamente notó una clara distinción entre la dirigencia de Vaelric y la de Raghor.

El general de la vanguardia resultó ser más paciente y tolerante, tardaba en informar los hechos y, la mayoría del tiempo, no los comunicaba completos.

«Me tiene miedo —se rio Surghen en la oscuridad de su dormitorio—.

El miedo es el primer paso para la lealtad».

Aquel día, Surghen salía de una audiencia privada con Naeryn en la Sala Menor.

Era media tarde. Se dirigía a comer. «Una hija, ¿eh?

Qué interesante». Al llegar a la Sala Mayor, las sirvientas se metieron por puertas traseras y prepararon un pequeño pero abundante banquete.

Sirvieron copas con vino veraniego helado, sopa de remolacha, panceta de cordero y ensalada.

Entró también Irlendir Maelvorn y se quedó en una esquina; rasgó el arpa y comenzó a tocar una bella melodía.

Naeryn llegó acompañada por una de sus doncellas y se sentó a la mesa.

Inmediatamente le acercaron un plato de comida y le sirvieron una copa de vino, a la que añadieron polvo de raíz amarga por órdenes del curandero Meron.

Raghor entró en la sala y se quedó en medio de las mesas. Hizo una reverencia.

—Llegó un mensaje desde Selgor, mi señor —dijo Raghor—. Creo que es más importante que usted lo lea.

Surghen hizo un gesto de asentimiento y Raghor le entregó la hoja.

Cuando se retiró, el Rey lo observó con atención.

Caminaba extraño. «Quiere aparentar, pero yo sé que me teme», pensó, sonriendo mientras seguía comiendo.

Era una hoja encerada, de tono amarillento, amarrada con un hilo de algodón y sellada en cera tinta con el halcón plateado del general supremo.

El sello se sentía ligeramente caliente al tacto. Tomó un cuchillo y lo rompió.

Desde Selgor hasta Kaer’Durnath.

Hay demasiadas cosas que informar. Iré directo al grano.

Hemos recuperado la ciudad, pero en el aire resuena la muerte.

Se siente como si la batalla continuase sin que nosotros lo sepamos.

Extrañamente, ya terminó. Desde que tomamos y registramos el castillo, ya no hay invasores.

O eso parece. Tal vez eso es. O tal vez los fyrtanos quieren que mis hombres y yo creamos que escaparon.

Mas algo no cuadra. No dejaron rastro. Mi ejército busca día y noche entre callejones y barrios marginales, pero no los encuentran.

Un soplido entre estos muros sugiere que ya se encontró la paz.

La gente comienza a salir, y con ellos han aparecido algunas revueltas menores. Se escuchan gritos que exigen el regreso del antiguo régimen de Selgor. Otros exclaman el nombre de Valdyran. Solicito orientación para este tema.

Esta batalla se ganó con muchas bajas, más de las que yo hubiera querido. Vaelric estuvo muy cerca de la muerte. Actualmente está inconsciente. Perdió el brazo izquierdo y tiene múltiples heridas en el cuerpo. Lo pienso enviar de regreso una vez que despierte.

Por el momento es todo.

Firma Lord Kaelen Virelth. General Supremo de las hostes drakarianas y miembro del Consejo de Guerra Imperial.

Únicamente se sorprendió por la mutilación de Vaelric. Por todo lo demás, no se inmutó; aquel resultado era totalmente esperable.

«El objetivo está hecho». Tomó un trozo de pan, lo sumergió en la sopa de betabel y lo comió.

Nelysia llegó al recinto, conversando y riendo con una de las doncellas que Naeryn le había asignado.

Llevaba puesto un nuevo vestido escarlata, con tirantes que cruzaban los hombros y una capa traslúcida de seda; la falda del vestido cubría por completo sus pies; un cinturón rosado ceñía su cintura, con fragmentos de jade incrustados; tenía el pelo ligeramente suelto, polvo de amapola en los pómulos y algo de agua de rosal que hacía brillar su piel.

—Ese vestido te sienta bien, querida —dijo Naeryn con una sonrisa.

—Gracias, mi señora —Nelysia se sacudió la prenda y la contempló fascinada—. Gracias de nuevo por dármelo.

—Nelysia —le dijo Surghen—, escribe un mensaje para el general Kaelen. Te veré en la biblioteca.

La chica asintió y se sentó a comer. Su doncella le sirvió un plato con comida, y Nelysia comenzó a picar los alimentos.

Después de una hora, tanto ella como Surghen se retiraron a la biblioteca.

Surghen abrió la puerta, encendió la chimenea y descorrió los cortinajes de la ventana.

Cuando el fuego estuvo amarillo, el Rey acercó una astilla larga de madera y prendió el candelabro y las velas que estaban en el escritorio.

Nelysia, por su parte, recogió los papeles regados de la mesa, los apiló y los colocó a un costado. Surghen comenzó a dictar.

***

Kaelen veía las reparaciones de la ciudad después de la batalla desde un balcón del castillo.

Aquel saliente conectaba con el dormitorio del señor de la ciudad, que el general había tomado provisionalmente mientras su ejército se aseguraba de la inexistencia de los invasores.

Aparte de eso, otra centuria se dedicaba a buscar al castellano.

El balcón en el que estaba Kaelen era uno desde el que se podía observar el norte de la ciudad y las planicies que se extendían infinitas y verdes hasta el horizonte, donde el río Karneth convergía con el cielo.

Una sombra difuminada apareció y, pronto, Kaelen pudo percibir el batido de alas de un cuervo.

El pájaro comenzó a descender y aterrizó sobre una torre de mensajería cercana al castillo.

Unos minutos más tarde, vio salir a un hombre que entró al castillo.

Kaelen bajó las escaleras hasta la entrada y recibió el mensaje del hombre.

Cuando éste se retiró, Kaelen regresó a su dormitorio y ahí leyó la carta.

Desde Kaer’Durnath hasta Selgor.

Con lo que me has dicho, deduzco que tenemos el control del Karneth.

Antes de tu regreso, mantén la ciudad. Según tus palabras, Selgor no responde ante su Rey, así que tienes permitido el uso de la fuerza.

Restablece al Señor de Selgor y oblígalo a jurar lealtad al Dragón Encadenado y al Código.

Si se rehúsa, o proclama el gobierno de Valdyran en su ciudad, mátalo e impón a tu propio castellano.

Puedes nombrar Lord a quien quieras, pero aquel que sea elegido debe ser leal a la Corona y a Drakareth.

Con las manifestaciones, actúa según lo que el Código ordene.

Aquellos que anhelan el regreso de Valdyran no son más que traidores.

Traidores que merecen un castigo severo.

«Ya no hay cabida para linajes podridos y extintos».

En Selgor debe gobernar el Dragón Encadenado.

Tienes permitido cualquier método para cumplir con ello.

Expulsa a La Alianza y asegúrate, de una vez por todas, de que esté fuera de nuestro territorio.

Selgor debe mantenerse como vasallo de Kaer’Durnath.

Firma Surghen Dürhavel. Emperador de Drakareth y castellano de Kaer’Durnath.

Kaelen salió al exterior, hasta el patio, a reunirse con su capitán, quien estaba montado a caballo y vestido con la armadura.

—Sigue sin haber señal de La Alianza —dijo el capitán.

—Sigan buscando. Préstame una escuadra y busca a los invasores con el resto. Revisa cantinas, burdeles o comercios ilícitos.

El capitán asintió, giró su caballo y salió nuevamente al galope.

Por segunda vez, Kaelen subió hasta su dormitorio y se vistió con un jubón azulado delgado y la armadura por encima.

Luego salió de la estancia y recorrió el castillo de lado a lado hasta una sala que había sido acondicionada como enfermería.

Habían metido varias camas, algunas mesillas de noche con velas y una mesa un poco más larga.

Los candelabros estaban a medio apagarse.

El curandero tenía una pequeña hoguera sobre su mesa, donde hervía vino al que añadía raíz amarga.

El humo se acumulaba en el techo y volvía el aire cada vez más denso.

Kaelen abrió los postigos de la ventana y empujó los cristales.

Pronto, el humo comenzó a salir y el aire se limpió.

Cuando se acercó a Vaelric, el curandero estaba cambiando los vendajes.

El muñón restante le pareció repugnante; tuvo que cerrar los ojos.

El curandero rascó el hombro del comandante con un cuchillo delgado para retirarle el pus, luego acarició la herida con un ungüento de menta y limón.

La sangre brotó en canales sutiles que, en poco tiempo, tiñeron la herida.

El curandero pasó una tela grande, manchada de blanco y rojo, para limpiarla.

Vaelric dio un grito ahogado. El curandero le dio más raíz amarga.

Cuando el hombro estuvo limpio, le colocó telas nuevas y rodeó al comandante.

Un olor fétido emergió del cuchillo y se impregnó en la nariz de Kaelen, quien aguantó la respiración.

—¿Cómo está? —preguntó el general.

—Mejor de lo que aparenta —suspiró el curandero—. La herida sigue abierta, pero ahora no sale tanta sangre como antes. A duras penas traga el vino, pero la raíz amarga está surgiendo efecto.