CAPÍTULO 37. LA SANGRE DEL KARNETH #3
—Cúralo —le ordenó—. Yo terminaré la guerra —le dijo al comandante, antes de regresar a la puerta norte y seguir con la invasión.
Un crujido especialmente estruendoso se escuchó en la puerta norte.
Las astillas salieron disparadas en todas direcciones y los drakarianos entraron en tropel a la ciudad.
Las seis cohortes que se quedaron en tierra se enfilaron y protegieron las máquinas de asedio: se formaron los escuderos por delante, los lanceros en una segunda fila y la infantería en una tercera, mientras que la artillería se mantenía en el centro.
Con esa estrategia, el avance de las máquinas se aceleró tras la separación de las fuerzas enemigas.
Los arqueros fyrtanos y velmyrianos allanaron propiedades y dispararon a los drakarianos desde aquellas posiciones.
Los escuderos fueron los primeros en caer.
Kaelen disparó otra bengala roja y ordenó el descenso del resto de tropas que aún estaban en el muro.
Una nueva ola de caballería invasora se desplegó desde la retaguardia del castillo, rodeó la ciudad y atacó a los drakarianos por ambos flancos.
Kaelen abrió a toda prisa la escotilla de una torre y llegó a la base.
No se molestó en abrir la poterna, solamente la empujó.
La poterna cayó sin resistencia. Un contingente adicional de soldados comenzó a salir de la misma poterna y de las demás torres; rápidamente engrosaron la invasión e hicieron retroceder a los locales.
Kaelen se lanzó contra un jinete fyrtano, lo fulminó y agarró las riendas de su caballo.
El jinete cayó con ambas manos en el pecho y el general robó la montura.
El caballo se agitó con agresividad para desprenderse de Kaelen; al no poder, se encabritó y se dejó caer sobre su costado.
El general perdió la paciencia y degolló al animal, que, en un último suspiro de vida, soltó una patada al aire.
Después de aquello, Kaelen regresó a la columna principal y asumió nuevamente el mando. El avance se había detenido, y una lluvia de flechas no paraba de llegar y clavarse en escudos o cuerpos. El general levantó la vista y ubicó algunos objetivos.
—¡Entren a las casas y no dejen a nadie vivo! —ordenó, furioso—. ¡Que las catapultas y escorpiones sigan disparando!
Solamente se quedaron un par de centurias a defender a los ingenieros; el resto de los soldados inició un saqueo devastador e implacable.
Los arqueros escondidos perdieron total visibilidad de sus víctimas.
Los drakarianos entraron a las casas por tercias y se mostraron carentes de piedad; los arqueros no tuvieron tiempo de cargar una flecha ni de sacar otra arma.
Habían perdido la batalla. Algunos, antes de verse acorralados, saltaban por las ventanas abiertas o trataban de escapar lo más rápido posible por las puertas, pero, tarde o temprano, todos ellos encontraron el descanso infinito.
La orden de Kaelen hizo que los arqueros que restaban se escondieran y ya no dispararan; en su defecto, montaron barricadas en puertas y ventanas, y esperaban a que la guerra terminase.
El general había ordenado explícitamente que salvaguardaran la seguridad de las familias.
—¡Castigaré con la muerte a quien ose pasarles la espada!
—había ordenado. Al fin de cuentas, seguían siendo ciudadanos drakarianos.
Había una singular calma en aquella parte de la ciudad.
Los caballos ya no continuaban su ofensiva y tampoco había soldados a la redonda.
El paso de las nubes dejó ver la iluminación de la luna en toda la ciudad.
«Se comenzaron a retirar», dedujo Kaelen.
—¡Avancen hacia el castillo! —ordenó. Las tropas reanudaron el paso y, en pocos minutos, irrumpieron en el palacio.
La estancia era bastante amplia y estaba totalmente despejada e iluminada.
Una puerta decorada con basalto y madera daba paso a la Sala del Trono.
Dentro, grandes pilares de basalto escoltaban un pasillo de tapetes de lana roja y filigrana de oro hasta un pequeño estradillo donde estaba un trono de hierro, el cual permanecía vacío.
Dos grandes escaleras circulares que se mantenían a los costados conducían a un segundo piso, donde había dos docenas de habitaciones, una biblioteca grande, armerías, lavanderas y salas de estar cerradas.
Los drakarianos se separaron y registraron cada habitación donde los usurpadores pudiesen esconderse.
No había nadie. Registraron los cinco pisos del castillo, hurgaron cada torreón, derribaron cada puerta, pero no los encontraron. Kaelen estaba muy desconcertado.
Los drakarianos salieron a las calles aledañas y siguieron buscando a los invasores.
—Disparen una bengala de humo rojo si los encuentran —dijo Kaelen—. Eviten el combate y esperen refuerzos.
Algo extraño sucedía, y Kaelen lo presentía.
No estaba tranquilo. Creía que los invasores seguían escondidos en algún lugar recóndito de la ciudad.
No quería erigir las banderas hasta no estar seguro de que la ciudad volvía a ser drakariana.
Pero estaba desierta. Nadie cruzaba, ni civil ni invasor.
Ordenó recorrer la muralla en varias ocasiones, o por lo pronto, aquel sector.
No vieron a nadie. El general se desesperó y llamó a que regresaran al castillo.
Se trataba de tranquilizar. Quería pensar que ya había terminado.
Que habían ganado. Pero no se sentía así.
Los soldados estaban atentos al cruce de cualquier calle.
El silencio sepulcral anidó en la ciudad, sumado a un tenebroso aroma a muerte.
Las personas lograban escuchar su propio palpitar.
Una nueva nube cubrió la luna y oscureció aún más la ciudad.
«Con esta oscuridad se pueden esconder en cualquier lado», pensó Kaelen con miedo.
No había razón para sentirse seguro en Selgor.
Al entrar nuevamente al castillo, los drakarianos lo volvieron a registrar.
Fueron meticulosos, abrieron cada puerta y ventana.
En esa ocasión buscaban cualquier espacio hueco lo suficientemente grande para que alguna persona se pudiera esconder en él.
«Derribaremos el castillo si hace falta».
Kaelen no había guardado la espada todavía, y su mano temblaba intensamente, incluso en ese momento.
Subió un tramo de escaleras hasta una sala, se paseó varias veces por muchas habitaciones y salas del primer piso.
No encontró nada. Podía notar cómo el tiempo pasaba y la noche comenzaba a debilitarse.
«Tal vez la ciudad está bajo control drakariano —pensó, detenido frente a una ventana que daba al norte—. Tal vez... solamente soy un paranoico».
—Icen las banderas y quemen aquellas que ondean —ordenó.
Aprovechó para salir a la calle a tomar un poco de aire.
Vio que los ingenieros estaban sentados sobre las propias máquinas; tenían las espadas apoyadas sobre el regazo y platicaban entre sí.
Un viento gélido sopló y Kaelen respiró con profundidad.
«La sangre del Karneth corre negra esta noche.
La ciudad es devuelta a sus dueños». Su escudero se acercó por la espalda.
—Señor —informó—, nuevamente no hay rastros de ningún invasor.
—Es extraño, pero es bueno —contestó Kaelen—. Envía un cuervo a Kaer’Durnath. Informa al Emperador que recuperamos el control del Karneth. En la mañana buscaremos a los invasores por toda la ciudad; registraremos casa por casa hasta que salgan.
El escudero asintió y entró corriendo al castillo.