CAPÍTULO 37. LA SANGRE DEL KARNETH #2
Al voltear a la derecha, vio a dos invasores que golpeaban sin cesar el escudo de un drakariano inexperto, el cual, cada que se cubría, hacía que las astillas del escudo saltaran y le golpearan la cabeza.
Aquel soldado no tenía casco; estaba descalabrado y sangrando de una oreja.
Vaelric saltó hacia ellos y derribó a uno de los velmyrianos, quedando en mala posición.
El recluta, aprovechando la cobertura, se levantó y embistió al otro velmyriano que se iba a lanzar contra el comandante.
Éste se incorporó, quitó a su hombre del camino y tiró una estocada con fuerza hacia la clavícula del invasor.
La espada se quedó atorada. El velmyriano, con esfuerzo, sacó una espada pequeña y trató de atravesar el estómago del comandante.
Vaelric agarró la hoja y su mano se tiñó de rojo; no pudo evitar que la hoja le penetrara otra pulgada más.
El dolor comenzó a aumentar y el jubón, debajo de la cota de malla, se pintó de sangre.
Terminó por aplicar más presión en la clavícula del hombre y trató de mover su espada hacia el cuello.
No pasó mucho tiempo hasta que el velmyriano se dejó de mover y la presión en el estómago desapareció.
Estaba pálido por la pérdida de sangre y su costado estaba totalmente tinto.
El comandante sacó su espada de la clavícula y retiró el arma de su estómago.
Se hizo presión y trató de olvidarse del dolor.
Comenzó a salir de ese barco, cojeando. Mantenía la espada firme mientras presionaba su panza.
Tropezó con un cadáver y terminó rodando hasta el mástil.
Era el drakariano inexperto. Tenía una flecha en el corazón, otra en la pierna y una tercera en la frente.
Un nuevo proyectil voló y se le clavó en el hombro a Vaelric.
No tuvo tiempo siquiera de apretarse la nueva herida.
Corrió hasta la proa del barco y se escondió detrás de la baranda; guardó la espada y apretó las correas de su hombrera.
«Ojalá Kaelen ya haya tomado los muros», pensó.
Cuando las flechas dejaron de surcar el aire, Vaelric puso atención en otro hombre.
Era robusto y medía cerca de siete pies de altura; portaba un grueso mandoble plateado con una hilera oscura en su centro.
La empuñadura era negra y la guarda, de oro.
No portaba armadura, tan solo algunas capas de cuero endurecido y unas pequeñas y lamentables placas metálicas.
El comandante sacó el cuchillo y se lo arrojó al hombre, quien lo esquivó sin mucha dificultad.
«Dioses misericordiosos», pensó, suspirando.
Desenfundó la espada y la posicionó. Los latidos de su corazón se aceleraron, su cabeza se calentó y su mano le tembló.
Se fue acercando poco a poco. Quería agarrar un escudo.
El hombre bajó el mandoble y soltó un golpe hacia arriba.
El comandante lo trató de bloquear con su espada.
El golpe fue sonoro y la fuerza del hombre, abrumadora.
Vaelric salió disparado hacia la proa del barco.
Se trató de levantar, pero el hombre llegó rápidamente y soltó una patada en el mentón velludo del comandante, quien cayó nuevamente al suelo.
El hombre pisó el hombro de Vaelric y aplicó presión.
Vaelric escuchó los huesos crujir y soltó un grito.
El hombre levantó la espada y tiró un golpe directo.
Con todas sus fuerzas, el comandante se movió hacia su derecha y logró zafarse, por un momento, con el brazo roto.
El mandoble hizo un corte limpio y el brazo izquierdo de Vaelric cayó a su lado.
Le dolían la mano y los dedos que ya no tenía, pero no gritó ni hizo nada.
Se escabulló entre las piernas hacia la espalda des u contrincante y rajó su espalda verticalmente.
El enemigo se volteó lentamente. Vaelric se agachó y encajó su espada en la axila del hombre.
La sacó rápidamente de ahí y rajó horizontalmente el estómago del enemigo, quien simplemente cayó.
La sangre le manaba a Vaelric por el hombro, el hombro izquierdo y el estómago, y el brazo fantasmal estaba acalambrado.
Vaelric estaba cojeando. Ya no le importaba nada.
Salió lentamente a cubierta y cayó sobre la baranda lateral, detrás del mástil.
Dejó caer su brazo restante sobre algunas cajas y cerró los ojos.
Respiró con más tranquilidad. «Solo me queda esperar —se dijo con un suspiro—.
Ya llegué a mi final». Se trató de quedar dormido, para ya nunca despertar, pero una parte de él le decía que siguiera con la campaña.
Las lágrimas le comenzaron a correr por el rostro.
Un soldado lo vio y corrió hasta su barco, cortó un pedazo de cuerda de la misma nave y le hizo un torniquete a Vaelric.
«¡AHHH!», habría querido gritar, pero su grito se ahogó.
—Señor, ya tomamos el puerto —dijo el soldado, jadeante—. Lo esperan para subir el muro.
—Tontos —dijo Vaelric con dificultad. Seguía llorando. Seguía esperando su muerte, aunque todavía tenía fuerzas para luchar—. ¿Por qué me esperan? Conquisten ya el muro.
El soldado obedeció sus órdenes, terminó el torniquete y saltó al agua, estrellándose en la arena.
Vaelric ya no tenía voluntad. Cerró los ojos, apretó los dientes y comenzó a llorar de nuevo.
«Levántate —se imaginó al Rey, a su lado, con la espada élfica apuntando hacia él.
Vaelric no quiso voltear—. Levántate, comandante —imaginó decir, por segunda vez, a Surghen—. Tus hombres te esperan».
El sol salió y su espada comenzó a calentarse.
Vaelric la vio y sonrió. Tomó nuevamente la empuñadura y se apoyó sobre una rodilla.
La hoja de la espada se tornó amarilla y quemó las maderas.
Cuando el comandante se levantó, se colocó el filo caliente sobre su hombro.
Gritó tan fuerte como Vark bajando del Olimpo. Pero la sangre dejó de salir.
Enfundó la espada y saltó al río. Un escozor doloroso recorrió todo su cuerpo y curó, parcialmente, las heridas.
Caminó lentamente hacia Selgor. Dio un paso.
Y luego dio otro. La armadura comenzó a gotear agua roja.
Vaelric desenvainó la espada: humeante bañada en sangre.
El comandante estaba más fuerte que nunca.
***
Una parte del ejército de Kaelen estaba subiendo el muro, mientras que el resto esperaba a que el ariete y las catapultas destruyeran la puerta.
Las fortificaciones de madera que los velmyrianos habían puesto resultaron ser bastante débiles, y ya estaban, prácticamente en su totalidad, derrumbadas.
Los hombres del general resultaron ser una fuerza arrolladora.
Apenas subieron al muro, despejaron las primeras yardas a la redonda y lograron formar un perímetro seguro para que las tropas siguieran el asedio.
El general decidió dividir al ejército para cubrir más terreno.
Una mitad permanecería en los pasillos exteriores y se encargaría de asegurar los torreones que contenían la maquinaria de la puerta, mientras que el resto, arriba del muro, daría apoyo al ejército de Vaelric.
Siete cohortes de invasores se estaban juntando en la puerta, que no paraba de sonar.
Llevaban lanzas, escudos y escorpiones. Las catapultas drakarianas aumentaron la parábola y arrojaron bombas de cristal para obligar a los defensores a replegarse.
Kaelen no pudo ver aquel espectáculo; estaba enfrascado en combate.
Un fyrtano lo cubría de golpes con un hacha de doble punta, bastante más pesada que una convencional.
Golpeaba desde todos lados, sin espacio para que el general contraatacara; apenas podía retener el golpe con la suficiente fuerza.
Kaelen se echó para atrás y se lanzó hacia un costado para crear la distancia suficiente.
Entonces, el otro hombre tiró un tajo en diagonal desde arriba.
La fuerza con la que lo soltó lo hizo quedar mal colocado.
El general no pudo bloquear el golpe por completo; deslizó su escudo, desviando el filo del hacha.
Mientras el hombre se levantaba, le asestó un golpe con el escudo en el costado y, con un giro elegante, atravesó parte del cuerpo de su contrincante, desde las piernas hasta el estómago.
El hombre cayó, y el general volvió a atravesarle la espada en el corazón.
El general llegó a los torreones de la puerta este, pero no entró.
Giró su cabeza y encontró a Vaelric luchando a duras penas contra otro hombre.
Vio cómo el comandante atravesó el cuerpo del enemigo, quien instantáneamente se dejó de mover.
Pero no se detuvo ahí: la espada de Vaelric comenzó a humear y derritió al fyrtano.
El comandante elevó su espada que salió por el hombro del cuerpo, dejando a su paso ligeras estelas de fuego.
Kaelen se abrió paso hasta él y lo protegió de un segundo fyrtano que se abalanzó mientras Vaelric intercambiaba choques con otro.
El general sintió el calor de la espada de Lethira en manos de Vaelric.
Levantó su espada y paró en seco otro golpe; agarró la muñeca de su oponente y la retorció, luego jaloneó al fyrtano, quien quedó inmóvil y con la hoja en el cuello.
En su espalda, Vaelric empujó con fuerza otra espada contra el suelo y la subió rápidamente hacia el rostro del fyrtano, dejando un grotesco recuerdo en el cadáver.
Ya habían pasado unas horas desde que Kaelen atacó la puerta y Vaelric conquistó el embarcadero.
En ese momento, la batalla se había transferido a la puerta norte.
El comandante cayó rendido en el muro y se sostuvo de una almena.
Estaba jadeando e hirviendo por la rabia.
Kaelen disparó una bengala de humo verde y llamó a su escudero.