CAPÍTULO 37. LA SANGRE DEL KARNETH
Kaelen había decidido detener los barcos en una saliente, un poco antes de las ruinas y al otro lado del río.
Prefirió paralizar la navegación durante unos momentos; quería planear bien la manera en que atacarían la ciudad.
Vaelric le había informado que los velmyrianos habían colocado defensas improvisadas: picas de madera, trincheras en la base de la muralla y torreones a medio construir donde posaban vigías que vigilaban el mar.
Según el comandante, aquellas defensas estaban al norte de la ciudad, precisamente en la puerta que Kaelen pensaba atacar.
Por otra parte, Vaelric notó que la flota velmyriana se había dividido: una parte esperaba en el Lysarneth, mientras otra estaba atracada en el río.
Vaelric supuso que sería aquella fracción invasora la que marcharía contra Velgorad.
El comandante estaba en la proa de la nave, con un pie apoyado en la baranda del barco. Después de observar aquello desde el catalejo, regresó con Kaelen, quien permanecía sentado en el mástil del propio barco y afilaba su espada con trazos largos de una piedra de unas pocas pulgadas de tamaño.
—Kaelen, la flota se dividió en dos. Una se mantiene en el Lysarneth y otra aguarda en el río.
Kaelen enfundó la espada y se levantó. Apuntó el catalejo hacia el sur.
Miró los barcos y el castillo de Selgor; ahí estaban ondeando el Tridente y el Sol Eterno.
También observó las fortificaciones que habían dispuesto en la puerta norte.
Vio el cruce de algunos guardias, los cuales voltearon la cabeza y se quedaron viendo a la lejanía.
Kaelen supuso que ya los habían descubierto, pero no. Esos guardias no los vieron.
Se regresó y se sentó nuevamente en el mástil. Sacó la espada y siguió afilándola. Vaelric se sentó con él, apoyó su cabeza sobre sus manos entrecruzadas y observó el cauce del río.
—¿Cómo quieres atacar Selgor? —preguntó.
—No lo sé —Kaelen no despegó la vista de la hoja de su espada—. Pienso que sería más fácil hacer un asedio rápido y decisivo. Al Rey siempre le funcionó.
—Yo creo que sería más certero atacar lentamente. Con prudencia.
—Este no es el momento para intentar nuevos modelos. Ya hemos atacado así, es lo que nos funciona. Y ellos no lo saben —apuntó su dedo hacia Selgor.
—Pero tampoco podemos atacar impulsivamente —replicó el comandante—. Es justamente la zona norte de la ciudad la que está fortificada.
—¿Y cómo se supone que tomaremos la ciudad con tu estrategia? —preguntó irónicamente. El general se estaba comenzando a hartar.
—Antes de atacar la ciudad debemos destruir la flota del río. Tenemos más poder marítimo. Si hundimos sus barcos, aislaremos la ciudad. Por consiguiente, nos será más fácil invadirla, pues no entraríamos por el frente, donde está gruesa la cosa.
—No es así de fácil —Kaelen despreció aquella idea—. Las máquinas de asedio aumentan el peso de nuestras naves. En un ataque frontal solamente lograrás hundir nuestros barcos —se levantó y guardó nuevamente la espada. «Pero él tiene razón. Debemos deshacernos de esos barcos».
Vaelric no contestó.
—No es mala tu idea, pero está incompleta —añadió Kaelen—. Yo marcharé por tierra y tú navegarás por el río.
Vaelric se quedó confundido. Levantó la cabeza hacia el general con una ceja levantada. El resto de la tripulación de los barcos que pasaba por ahí se detuvo a escuchar disimuladamente lo que Kaelen estaba diciendo.
—Yo salgo de aquí con las máquinas y una fracción del ejército —siguió el general, consciente de que la demás gente lo oía—. Mientras tanto, tú te encargarás de destruir la flota del río y entrar a la ciudad por el este.
—¿Y cómo entro a la ciudad?
—Por favor, Vaelric, piensa —se rio el general—. Llévate algunas escaleras y sube el muro. Yo haré lo mismo. Nos encontraremos allá arriba.
—No —replicó—. Piensa tú también. Ellos tienen guardias en el muro.
Tendrás demasiadas bajas si intentas subir con todo el ejército.
Kaelen se quedó en silencio durante un momento.
Dirigió la mirada nuevamente hacia Selgor.
Desde el catalejo pudo ver diversas patrullas rodeando los muros de la ciudad.
Vio las puertas abrirse y cerrarse. A Kaelen se le iluminaron los ojos.
—Dividiré mis fuerzas entonces —constató—.
Tomaré tanto la puerta como el muro norte.
Tú solo preocúpate por destruir aquella flota.
—El viento comenzó a soplar desde el norte con más velocidad, y las nubes cerraron la luz del sol.
El día se tornó gris—. Tienes el viento a tu favor.
Llegarás rápido. Los barcos no tendrán tanto peso.
Navega con la vela, guarda las fuerzas de tus hombres y no uses los remos.
—Entiendo. ¿Cómo sabes que la flota estará desprotegida?
—Es lo más probable —Kaelen se volvió a sentar en el mástil. Su escudero le llevó un vaso con cerveza—. Necesitas soldados para resguardar una ciudad. Selgor es peligrosa, lo que aumenta ese número. No tienen a tantos hombres en su flota. Ni en la del río, ni en la del mar.
Kaelen dio una orden. Los tripulantes que pasaban por ahí aceleraron su paso y dejaron de hacer aquello que estaban haciendo para preparar la salida del ejército del general.
Se abrieron las pesadas puertas de los barcos y comenzaron a bajar las máquinas de asedio.
En otros barcos, ensillaron a los caballos y también los comenzaron a bajar.
Kaelen se levantó, se sacudió el polvo y bajó hasta la parte inferior de la nave, donde su escudero ya había ensillado al caballo negro.
Lo espoleó y bajó de la nave con un esbelto salto.
Vaelric se acercó a la proa del barco y se asomó.
—Tienes hombres suficientes para destruir la flota e invadir la ciudad —le dijo Kaelen—. Dispara una bengala de humo verde cuando liberes el río.
Vaelric asintió y marcó la salida de la flota drakariana.
Kaelen emprendió y marcó el inicio de la marcha de su ejército.
Durante aquel momento, todos estaban nerviosos, incluyendo el propio general.
Sus manos, cubiertas de metal, no dejaban de tintinear, y su caballo no paraba de relinchar.
El camino se ralentizó y los hombres comenzaron a erigir grandes torres de asedio, de cinco yardas de altura.
Una vez que estuvieron listas, más soldados las comenzaron a empujar y el viaje se reanudó.
Kaelen echó un vistazo por el catalejo y notó a los guardias que corrían de un lado a otro: algunos apuntaban hacia ellos, otros estaban cargados con lanzas o con armas, y otros tensaban los arcos.
Aquellos cuernos de guerra comenzaron a sonar.
El general se quitó el escudo y lo colocó en su brazo izquierdo, desenfundó la espada y golpeó el escudo, preparándose para aquello que más detestaba.
***
Vaelric tenía una mano en la proa del barco y otra sujetando su espada.
La levantó, y los barcos dispusieron una formación triangular: las grandes estaban en el interior, mientras que las galeras se posicionaban en los bordes.
Vaelric ordenó realizar un golpe de frente y destruir la flota velmyriana.
Había visto que las fortificaciones no solamente se quedaban en el norte, sino que rodeaban el muro y protegían también un ínfimo embarcadero.
«No te preocupes por él —pensó—. Tu deber está en la flota».
Las corrientes aceleraron su paso y aumentaron la velocidad de los barcos.
El viento aulló, anunciando el inicio del final.
Los soldados se colocaron las armaduras y sacaron las armas.
No paraban de temblar, esperando por el contacto de las maderas.
Tal como Kaelen había dicho, había muy pocos soldados en aquellos barcos.
Las galeras les abrieron paso y formaron un perímetro detrás de ellos, mientras que las naves de Vaelric impactaron contra las velmyrianas.
El barco de Vaelric, tras el impacto, se elevó y se quedó vertical.
El comandante agarró la cuerda que reposaba en la bita del barco y se quedó colgando, a seis yardas del mástil.
Los demás barcos chocaron entre sí formando arcos menos pronunciados y, con ello, puentes más transitables.
Vaelric vio que en esos caminos empezaban los combates.
El comandante estaba muy alto como para salir ileso al bajar.
Se balanceó hasta tocar la cubierta del barco y corrió hacia un costado; dejó atrás el barco y salió disparado contra un velmyriano que se batía en duelo en la nave contigua.
Le pasó la espada y el velmyriano cayó sin resistencia al río; la corriente lo hizo chocar fuertemente contra una roca.
Al caer en el otro barco, Vaelric rodó hasta detenerse en la baranda.
Se levantó rápidamente y detuvo el golpe de un fyrtano que aprovechó para asestarle un tajo vertical.
El comandante empujó la espada contraria hacia arriba y atacó a las piernas.
El fyrtano se cubrió con destreza y trató de mantener el contacto.
Vaelric, entonces, cambió de flanco y lanzó un tajo en dirección al cuello mientras ganaba terreno, acorralándolo contra el muro.
Los dos hombres chocaron espadas en lo alto y conservaron la fuerza del choque.
Con la otra mano, Vaelric sacó un cuchillo y apuñaló al fyrtano en el estómago, creando tiempo suficiente. Se separó de él y atravesó su cuello.