Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 36. LAS PUERTAS DEL KARNETH
75%

CAPÍTULO 36. LAS PUERTAS DEL KARNETH

Surghen estaba saliendo de una sala de estar del castillo y se dirigía a desayunar a la Sala Mayor, cuando Nelysia lo increpó por el pasillo con una nueva carta.

Estaba cerrada simplemente con hilos y no tenía sello.

Surghen la tomó con ligera sospecha. Nelysia se separó de él y se fue hacia lo más interno del lugar.

Surghen entró a la Sala Mayor y se sentó en la silla de honor.

A su derecha estaba Naeryn, comiendo lentamente, como si sufriera al masticar.

En ese momento apareció el curandero Meron con una bandeja llena de tizanas e infusiones, la mayoría con raíz amarga.

Enseguida salieron varios criados con un plato de comida, tarros de vino y cerveza, y copas de oro.

Dejaron todo en la mesa, vertieron el vino en dos copas y le entregaron una a Surghen y otra a Naeryn.

El Rey tomó la copa y olió el vino, el cual tenía un aroma afrutado de manzana con algunos toques de canela y miel.

Le dio un trago y se sintió rejuvenecido.

Las sirvientas, además, le sirvieron unos cuantos pedazos de huevo, rebanadas de carne de cerdo, un pequeño tazón con caldo de almendras y arúgula, y pan tostado cubierto con crema de tomate.

Después de eso, le retiraron los platos a Naeryn y limpiaron aquella zona.

Mientras Surghen comía, con un cuchillo pequeño cortó el hilo de la carta que le había entregado Nelysia y desenrolló el mensaje.

Desde Arvenmar hasta Kaer’Durnath.

Quiero informar que nuestro regreso a Arvenmar no fue, ni por asomo, placentero.

Sufrí la traición de dos generales y tuve que tomar nuevamente la ciudad por la fuerza.

En el proceso, la mitad de los hombres que llegaron conmigo fallecieron, sumados a otra mitad de soldados que estaban ya en la ciudad.

Actualmente, y por esta razón, ya no tenemos la capacidad para atacar Vel'Anareth. Solicito al Rey, y a su consejo, que nos proporcione las tropas suficientes para poder continuar con nuestra campaña contra la ciudad portuaria.

Firma Lorem Valtrakar. Comandante Supremo del ejército de Drakareth.

En aquel momento, Surghen no estaba muy seguro sobre la situación en la que estaba para proporcionarle los soldados que exigía.

En ese momento, llegó Nelysia. Tenía puesta una túnica púrpura con rayos celestes en los costados y la espalda, por encima de un camisón grisáceo.

Llevaba un gran cinturón de terciopelo negro con una piedra de oro en su centro; vestía, además, una pequeña coraza plateada y deslumbrante, que llevaba al dragón encadenado en filigrana azul.

—Nelysia. Reúne al Consejo.

La escudera asintió. Antes de salir del castillo, entró a una armería un poco alejada de la puerta y agarró una daga blanca dentro de una vaina escarlata.

Salió hasta las cuadras y tomó su caballo.

Cabalgó por algunas partes cercanas al Varkhalion y recorrió el bastión militar de la Plaza Blanca, buscando a todos los miembros.

Después de una hora, el Consejo ya estaba reunido, y Nelysia estaba recorriendo, una vez más, el pequeño jardín trasero del Castillo Magno junto a Naeryn.

Cuando Surghen entró en la Sala de Guerra, encontró a Selthar hablando sobre algo a lo que no le puso mucha atención. En cuanto la puerta se cerró detrás del Rey, todos se silenciaron y lo voltearon a ver. Surghen, en silencio, recorrió toda la estancia y se quedó de pie en la cabecera de la mesa.

—Tengo una noticia —dijo, mirando todo el mapa.

—Yo tengo otra —Selthar se sentó, enrollando un papel dorado.

—Kaelen, ¿en qué situación se encuentra el ejército? ¿Podemos disponer de un envío de tropas? —preguntó el Rey—. El comandante Lorem solicita tropas para la conquista de Vel'Anareth.

—¿No tenía suficientes con las que salieron de aquí junto con él? —dijo Raghor antes de que Kaelen pudiera contestar.

—Dos de sus generales lo traicionaron y desataron una guerra civil en Arvenmar. Perdió muchos hombres, y ahora solicita tropas para continuar hacia la ciudad portuaria. De nuevo, ¿podemos disponer de un envío de tropas a Arvenmar?

Varias sirvientas entraron con una bandeja de plata, varias copas, tarros de vino y platos con uvas y aceitunas.

—¿No se sabe cuántos soldados tiene? —preguntó Kaelen—.

Creo que no estamos en posición para enviar tropas.

Recibí el informe del Maestro Racional: no se han cobrado todos los impuestos.

Para hacer ese envío habría que contratar capitanes, gastar en barcos y en suministros.

No podríamos enviar, por lo pronto, a los soldados de la capital.

»El Bastión está vacío, Alteza. Lo que queda son muchachos y guardias de muro. No podremos enviar un ejército sin vaciar la capital. El Maestro Racional dijo que tuvo que endeudar a la capital con la contratación de barcos y comida.

—Yo propongo que se quede ahí —dijo Raghor—. Que mantenga la vigilancia sobre Calarien y Vel’Anareth, pero que no ataque.

Nadie más dijo nada. Surghen lo tomó como una negativa ante su propuesta.

No indagó más en el tema; solamente le dio un trago a su copa y se sentó, dispuesto a escuchar.

Nadie hablaba. El Rey tomó una uva y la comió.

El crujido de la uva al romperse pareció resonar en toda la sala.

Sentía que aquel momento se volvía eterno.

Llamó a un escriba para que redactara la carta y enviara el cuervo.

—Selthar —rompió el silencio—. ¿Qué tenías que decir?

—Recibí un nuevo informe —se levantó y desenrolló el papel—. Los velmyrianos conquistaron Selgor. Quien escribió esta carta supone que los velmyrianos tienen suficientes tropas para conquistar también Velgorad.

»Otra carta informa que tanto el Sol Eterno como el Tridente ondean en la asta del castillo de Selgor.

Surghen sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda, pero su rostro permaneció como una máscara de piedra.

Estaba en una encrucijada, y su pálpito se aceleró por un breve tiempo.

«No puedo librar la guerra en dos frentes al mismo tiempo».

Volvió a observar el mapa. Silenciosamente comenzó a divagar.

Se volvió a imaginar a él, vestido simplemente con un jubón negro y bordes dorados, en la proa de un barco.

Frente a él, de nuevo, estaba un bloqueo velmyriano, y en Velgorad y Selgor ondeaban banderas del Tridente y el Sol Eterno.

Nuevamente, no supo en qué momento, pero estaba envuelto en una torre de llamas negras que caían como lluvia.

Quemaban todo a su paso, pero seguía teniendo visión de los barcos velmyrianos, que ahora estaban lanzando cañonazos. «Esto ya lo viví».

Parpadeó unos momentos y observó de nuevo a su consejo. Estaban hablando entre sí. Ni siquiera le habían puesto atención a Surghen.

—Entonces, tenemos dos pendientes —contestó—. La campaña fyrtana y recuperar el sur. No tenemos recursos para ambas. Es una u otra.

Nuevamente hubo un silencio sepulcral en la sala. A pesar de que todos sabían qué se debía hacer,   no   sabían cómo hacerlo.

«Necesitamos tropas —constató Kaelen—. Y es algo que no tenemos».

Nuevamente entraron las sirvientas, retiraron los tarros vacíos y los reemplazaron por unos llenos; rellenaron las copas y sirvieron, en esa ocasión, manzanas y bayas.

Surghen le dio un trago a la copa. Trataba de concentrarse en Selgor, pero su cabeza estaba enfocada en las ruinas.

«Tenemos una capital endeudada, no tenemos ingresos y tenemos muchos gastos», pensó Surghen.

—Postergaremos la campaña de Fyrtim —ordenó—. Es crucial recuperar Selgor.

—No —replicó Raghor—. No podemos dejar morir la frontera.

—Que la Guardia Capitalina haga nuevamente una recolección de impuestos —ordenó Surghen, callando a Raghor—. Dos cobras de plata. Que arresten a aquel que no pague. Aumenten, solamente a los nobles mayores, el impuesto a cinco cobras de oro.

Vaelric notó cómo Surghen lo observaba. El comandante de la Guardia asintió.

—Kaelen, comienza a preparar la campaña —siguió el Rey.

—Señor, no tenemos dinero —replicó el general con algo de miedo.

—Prepara la campaña —ordenó con más fuerza.

Kaelen ya no dijo nada, pero en su rostro se mostraba una creciente preocupación.

—¿Qué saben de Tharion?

—El último mensaje que envió fue hace como dos meses —dijo Selthar—. Tengo una muy ligera sospecha de que quizás ya hayan tomado la frontera.

—Neryss, manda un cuervo a Dorlak y que saquen una patrulla a la frontera.

Si la frontera está bien, entonces envía un cuervo a Tharûl-Bel.

Quiero saber el estado de Tharion. Que informe sobre los movimientos de Aelwîn.

Quiero que aumente la vigilancia en todo el Altheryn, y que aumente también la frecuencia de las exploraciones.

—Señor —asintió la comandante.

—Selthar, que la Guardia Fronteriza apoye en seguridad a los hombres de Vaelric. Quiero las calles seguras.

El capitán asintió.

—Señor, propongo que nos enfoquemos en la frontera —insistió Raghor—. Es más peligroso que los fyrtanos se acerquen por el oeste que por el sur.

—No —le espetó—. Si perdemos el sur, perderemos Arvenmar. No quiero perder la ruta con Velmyria. Si te hago caso, mostraré debilidad, y más barcos velmyrianos entrarán por el sur.

Surghen comenzó a hacer una cadena de pensamiento sobre lo que estaba diciendo Raghor.

«Está fundamentado, pero está equivocado».

Comenzó a sospechar e imaginar infinidad de situaciones que podrían haber ocurrido en la frontera.

Observó nuevamente los rostros de su consejo y los escudriñó.

«El rostro es la ventana de la lealtad —pensó con arrogancia—.

Entonces, ¿cuál era su rostro? ...» Trató de recordar a Tharion el día que lo había intentado arrestar.

«Si se le ocurre traicionarme, entonces es más imbécil de lo que pensaba».

Surghen se levantó al mismo tiempo que el Consejo. Teóricamente, habían resuelto el problema de Selgor. Solamente quedaba iniciar la campaña. El Rey tomó su copa y se acabó el vino. Neryss, Selthar y Raghor se habían retirado; Kaelen y Vaelric estaban por irse.

—Señores, no se vayan —les dijo a Kaelen y a Vaelric—. Preparen la campaña.

—Eso haré —la voz de Kaelen sonó desafiante.

—Sí, lo harás aquí.

—No solo es incumbencia de Kaelen, ¿por qué retiró a los demás? —preguntó Vaelric.

«Porque su juramento está vacío —habría querido gritar—. Porque son unos cobardes».

—Ellos están más preocupados por el frente fyrtano —terminó diciendo—. Bien, que se encarguen de la frontera. Ustedes liderarán la ofensiva de Selgor.

—Su Alteza —replicó Vaelric—. Yo me tengo que quedar, soy el comandante de la Guardia Capitalina.

—¡Irán los dos! —le espetó—. Dime, general. ¿En este momento, el control total de Selgor es de la alianza?

—Según los detalles de Selthar, sí.

«Y llegaron dos pájaros».

—Entonces saldrán lo más pronto posible —ordenó—. No tenemos certeza de que los invasores ya hayan salido a Velgorad. Partirán esta misma semana.

—Mi señor —por un momento, Kaelen volvía a ser un simple escudero—. No tenemos dinero...

—¡CARAJO KAELEN, SIGUE ÓRDENES! —gritó. El general se sobresaltó—. ¡Saldrán esta semana! ¡Viajarán con el ejército de Nur'Dan y Kaelrith! Le pediré a Nelysia que envíe los cuervos.

Se le erizó el vello a Kaelen por debajo de las mangas del jubón. Internamente sentía que estaba temblando, aunque no fuera cierto. Ya no dijo nada. Tanto él como Vaelric hicieron una reverencia y salieron de la sala.

Cuando el general se tomó el tiempo de observar al comandante de la Guardia Capitalina, se sorprendió al ver su rostro. Vaelric tenía los ojos iluminados y una sonrisa emocionante en la boca. «¿Cómo puede estar así? —se preguntó al salir del castillo—. ¿Cómo puede estar tan emocionado?».

Kaelen respiró profundo y salió hasta el Bastión.

Quería gritar. Aquella sería la primera vez que saldría de la capital.

«...No regresaré...», aquel pensamiento comenzó a hacer mella en su cabeza.

Kaelen se lo trató de sacudir en más de una ocasión.

Se detuvo a medio camino. Los muros del Bastión se veían ya imponentes desde esa distancia.

Levantó su mano y la observó. Verdaderamente estaba temblando.

—Esto se debió haber terminado junto con los Valdyran —dijo enfurecido—. Quisiera huir, irme al norte y nunca volver.

Echó un vistazo hacia atrás, hacia Kaer'Durnath, y vio las grandes torres del Castillo Magno alzándose solemnemente.

Las banderas bailaban con el viento y se movían formando grandes arcos, denotando una feroz imagen.

En el interior, sintió la desaprobación de Surghen.

Sintió cómo Surghen lo observaba oculto desde algún lugar. Nuevamente sintió miedo.

Respiró profundamente con los ojos cerrados, tratando de vaciar su mente. Tiró de las riendas y regresó a la capital.

Al día siguiente, ya se encontraba él y Vaelric en el sector este de la ciudad.

Los campanarios del Varkhalion sonaron con fuerza, anunciando con gozo su partida; los cuernos de guerra sonaban triunfantes mientras las puertas se abrían.

«Cállense mejor, esto no es bueno», Kaelen estaba enojado y preocupado.

Los caballos de los soldados tenían varias alforjas a sus costados.

Los habían ensillado con una manta verde por debajo de la armadura metálica, y en los ojos tenían unas placas oscurecidas.

Los animales movían su cabeza y daban algunos pasitos sobre el adoquín enterregado.

Estaban inquietos. Los militares estaban vestidos con armaduras plateadas recién pulidas; tenían bordado el emblema de Surghen en el pecho y su propio blasón en un hombro.

Surghen llegó cabalgando, acompañado por Nelysia y por el escudero de Kaelen. Solamente tenía un jubón negro con bordes dorados y el dragón encadenado tejido en un costado del pecho. Nelysia llevaba su espada. Tenía una capa pequeña que le llegaba a la cintura y las manos enguantadas.

—No tocamos a Selgor en la redistribución militar —dijo al llegar—. Es posible que sigan leales al Dragón Rúnico. Cuando la conquisten, icen al dragón encadenado y establezcan el Código. Infórmenme frecuentemente sobre el avance de la guerra.

Ambos asintieron. Surghen se acercó más y agarró a Kaelen por el hombro.

—Regresen vivos —su voz sonaba más dulce—. Después de Selgor, marcharemos contra Brelwaith, y quiero que estén ahí para entonces.

Los ojos de Kaelen se le humedecieron. Estaba a punto de llorar, pero solamente se limitó a asentir.

Surghen se retiró de la puerta y regresó al Varkhalion.

Kaelen se volvió hacia enfrente. Afuera de la capital se extendía una gran planicie verde, con pequeños y esporádicos bosques.

En el fondo, como una sombra, se alzaba una cordillera de grandes montañas.

Kaelen volvió a respirar, tratando de calmarse.

Espoleó a su caballo y salió al galope, seguido por Vaelric y por su escudero.