Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 35. LAS LLAMAS DE ARVENMAR #3
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CAPÍTULO 35. LAS LLAMAS DE ARVENMAR #3

Los ciudadanos en los alrededores estaban muertos de miedo.

No podían hacer nada para evitar sus muertes, más que rezar para que los soldados no entraran en sus casas.

Ellos, en particular, mandaron a sus hijos para que se escondieran en algún baño o en el sótano, lejos del sonido constante de los golpes de la espada y de los gritos y alaridos de los soldados que caían.

Atracaron la puerta con todos los muebles que pudieron cargar entre ambos.

Posterior a eso, corrieron para esconderse en alguna habitación alejada.

Pero en un descuido de la esposa, una flecha perdida atravesó la ventana y terminó clavada en su sien.

La mujer cayó, sin soltar un solo grito.

***

Lorem se apoyó nuevamente en su espalda y soltó un suspiro. Sentía las ganas de llorar. La pierna le punzaba a la vez que se le entumecía. Se levantó con mucha dificultad y volteó a ver a Vaereth. El mariscal yacía en el suelo, con lágrimas en los ojos.

—Perdóname… —alcanzó a escuchar—. Mi lealtad es con el dragón encadenado…

«Maldito mercenario y traidor». Vaereth no despegaba las manos de su costado.

Trataba, pero no podía detener la hemorragia.

Lorem no lo vio más. El fragor de la batalla comenzaba a disiparse a medida que ésta menguaba.

Comenzó a buscar nuevamente a Tharvek. No lo veía.

La pelea lo estaba comenzando a cegar. Puso más atención en los rostros de la gente que permanecía viva.

Y lo encontró. Tharvek estaba parado, sosteniendo la espada ensangrentada en una mano y, en la otra, medio cuerpo de Erelan agarrado desde la cabellera.

Observaba a Lorem con una sonrisa en la cara.

El cuerpo de Erelan tenía espasmos esporádicos.

Arrojó aquel cuerpo sobre una pila de más cadáveres, el cual cayó sobre un saliente filoso que atravesó su rostro por el centro.

Inmediatamente corrió a toda velocidad hacia el comandante.

Éste agarró el escudo de Vaereth y lo mantuvo en su brazo izquierdo.

El ambiente estaba más despejado y se comenzaba a formar un sendero serpenteante entre él y Tharvek.

La respiración de comandante comenzaba a flaquear.

El sudor le caía a cántaros sobre los ojos y le nublaba la vista.

Estaba desfalleciendo. Atravesó una rata que se había arrimado a roer los cuerpos cercanos y recuperó un poco de energía. La suficiente para luchar.

Cuando echó un vistazo a toda la calle, y con eso, a la batalla, notó que la había ganado.

Lo último que quedaba eran unas pequeñas escaramuzas.

Tharvek le soltó una estocada hacia el centro del cuerpo.

Lorem colocó el escudo y bloqueó el golpe; inmediatamente se deslizó hacia un costado y lanzó un golpe vertical hacia la cabeza del traidor.

Tharvek se movió rápidamente, por lo que el golpe fue en vano.

El contrincante aprovechó para asestar otro golpe en diagonal desde abajo, pero Lorem lo cortó con la espada y mantuvo el contacto de las armas.

—Nunca creí que el general Lorem Valtrakar fuese capaz de matar a sus propios compañeros —dijo Tharvek con una sonrisa burlona en el rostro.

—No maté a mis hombres —Lorem agarró el costado del traidor y lo comenzó a empujar—. Maté a dos traidores que se creyeron reyes.

El comandante liberó su escudo, golpeó la axila de Tharvek para crear espacio y le arrojó el escudo en dirección al cuello.

El hombre se cubrió, pero quedó desacomodado.

Lorem corrió y tiró otro tajo en diagonal.

Tharvek cubrió el golpe y enseguida dio otro más haciendo un giro.

Lorem lo detuvo y mantuvo nuevamente el contacto.

Bajó las espadas hasta el suelo y golpeó a Tharvek en el estómago, tratando de causarle una hemorragia similar a la que causó en Vaereth.

Cambió de posición y, desde la derecha, asestó un golpe más que Tharvek intentó bloquear.

En ese intento perdió la mano. Lorem le hizo también un corte en las piernas y un tercero en la axila.

El usurpador de Arvenmar cayó rendido ante él, mirándolo.

Lorem echó un último vistazo hacia su alrededor.

La batalla se había terminado. Se quitó el casco y golpeó, por el lado que tenía el excremento, al hombre que tenía a sus pies.

Después de eso, arrojó su casco lejos. El sudor le caía a chorros; su cuello, cachetes y orejas estaban húmedas y enrojecidas.

La pierna estaba totalmente roja, con la sangre todavía saliendo.

—Tharvek —dijo Lorem con mucho esfuerzo—. Eres condenado a muerte por alta traición a la Corona.

Al fin había paz después de horas de batalla.

La noche era absoluta. La calle estaba llena de cadáveres mutilados y grupos de prisioneros resguardados por el resto de los soldados que habían sobrevivido.

Lorem hizo un ademán y dos hombres, aparentemente intactos, llegaron con él. Su escudero también llegó.

—Llévenselo a prisión —ordenó—. Que se quede ahí por el resto de su corta y miserable vida.

—Qué piadoso es usted… general —Tharvek tenía una sonrisa en la boca—. Le faltan pelotas para hacer el trabajo sucio.

«Oh, claro que lo haré. A su debido tiempo… y sufrirás. Te prometo que sufrirás». Lorem ya no dijo nada. Habría querido chillar por la presión que Rhaelven le estaba colocando en la herida. La tela blanca que había usado rápidamente se tornó gris, negra y roja.

—Le traeré un bastón —dijo Rhaelven antes de salir corriendo—. Perdió demasiada sangre. También llamaré a un curandero.

—No —Lorem lo detuvo por el hombro. Envainó su espada, la sacó del cinturón y la usó de bastón. No le sirvió de mucho; apenas podía mantenerse en pie y chillaba a cada paso que daba—. Lleven a los demás a prisión. Ellos tendrán la opción de redimirse.

Rhaelven asintió y se regresó con los demás soldados. Pronto, amarraron las manos y pies de los prisioneros, los levantaron y los hicieron caminar a punta de espada.

Lorem, antes de ir al castillo, se acercó a un tercer grupo que tenía velmyrianos y traidores.

Estaban hincados, muchos con las rodillas sangrantes, otros con alguna flecha clavada, y unos terceros mutilados de alguna extremidad.

Trató de contar a los hombres que quedaban; tal vez eran cuatro cohortes.

El comandante tenía un severo dolor de cabeza.

Igualmente, se dirigió a los prisioneros.

—¡Ustedes!... —tomó una bocanada de aire—, ¡tienen la opción de redimirse!

... —parpadeó lentamente y casi cayó hacia el frente.

Puso la espada y se enderezó —. ¡Tienen un día para jurar lealtad ante Drakareth y el Dragón Encadenado!

—perdió el equilibrio una vez más. Un dolor punzante le atravesó todo el cuerpo desde la pierna—, ¡Quién no lo haga!

... —tomó otra bocanada de aire—, ¡será traidor y será ejecutado!

Hizo una señal y sus hombres comenzaron a llevarse a los prisioneros.

Lorem caminó, como pudo, hasta el castillo por un sendero serpenteante y ensangrentado.

Miraba el suelo. Tenía la visión borrosa.

Trató de observar el rostro de un fallecido.

Era Vaereth. Tenía los ojos sin brillo, las lágrimas habían humedecido su cuerpo y el costado lo tenía sangrado; en la mano izquierda conservaba un puñal de cristal negro y en la otra tenía su espada.

Miraba al cielo y la boca la tenía semiabierta.

Lorem no hizo ninguna expresión. Arrastró una flecha que seguía completa, la agarró y la observó.

—Eres un maldito traidor mercenario —arrojó la flecha al cuello del cadáver de Vaereth. Dos hilillos de sangre salieron y se internaron dentro de la armadura. Lorem estaba llorando—. Confié en ti.

Lorem desfalleció. Rhaelven y un curandero corrieron hasta él, lo tomaron de los brazos y lo llevaron lo más rápido que pudieron hasta el castillo.

Los jadeos del escudero y las uñas encajadas del curandero despertaron al comandante, pero no hizo nada.

Las piernas ya no respondían. Su vista era borrosa y los sonidos que le llegaban eran opacos. Como si estuviera sumergido en el agua.

—La pierna no se ve bien —escuchó decir al curandero—. Trae raíz amarga. Tengo que calmarle los dolores. Reza porque no le tenga que cortar la pierna.

Nuevamente, Lorem sintió cómo perdía el equilibrio.

Rhaelven se había separado por órdenes del curandero.

El comandante no podía hacer nada para cambiar eso.

Los brazos tampoco le respondían. Cuando menos se dio cuenta, ya estaba sentado en el trono de Arvenmar.

Tenía la espalda desparramada. El tobillo resultó estar fracturado y la pierna estaba blanca.

Un nuevo dolor punzante le recorrió todo el cuerpo.

El curandero le estaba quitando las vendas mientras Rhaelven le daba a comer raíz amarga.

—Rhaelven… —suspiró—. Envía… ah… ¡AHHH! —el curandero apretó totalmente la pierna mientras la secaba. Rhaelven le dio más raíz amarga a Lorem.

—Envía… envía un cuervo a la capital —logró decir—. Necesitamos más tropas para conquistar Vel’Anareth…

Lorem desfalleció nuevamente. La pérdida de sangre fue demasiada.