CAPÍTULO 35. LAS LLAMAS DE ARVENMAR #2
—Sí claro, no es como que tengamos demasiados soldados. —La ironía con la que Vaereth lo dijo hizo enojar más a Lorem.
—¡Exacto! Tharvek firmó su sentencia de muerte al izar esa bandera. Por ley, debe morir.
—¡Eso no está en el código de Drakareth! —exclamó Vaereth, levantándose.
Lorem le extendió, con una pequeña sonrisa y una mano en la espada, el papel que establecía el Código Dürhaveliano. Vaereth lo desenrolló y lo leyó.
—¡Esta es una mierda! —explotó del enojo—. ¡Esto no se puede considerar ley!
—Pues eso es —respondió el comandante con fuerza—. Atente a ella, mariscal.
Vaereth observó cómo, además de Lorem, Maeryn y Erelan se habían levantado y habían llevado las manos a sus espadas.
«Vaya —se dijo sorprendido mientras se sentaba—. Qué rápido traicionan sus ideales. Parecen mercenarios».
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó, todavía molesto.
—Nos presentaremos ante la puerta —ordenó Lorem—. Cuando la abran, haremos lo que debamos hacer. Arvenmar es de Drakareth. Y Drakareth es de Surghen Dürhavel.
Por lo pronto, el consejo entendió las órdenes de Lorem. Entendieron que, tal como la ley dictaba, así debía hacerse. Vaereth observó los demás rostros antes de levantarse. Los veía con desprecio. Con desconfianza. «Aquí no es Drakareth», pensó el mariscal.
Lorem salió del carro, seguido por su consejo.
Cuando el general tocó tierra, se hundió un poco más de lo que se había acostumbrado.
Dio unos pasos y se quedó sobre dos leños de madera.
El sendero, ahora, estaba más limpio y grueso.
Los árboles, con bastantes ramas y raíces cortadas, rodeaban un camino que desembocaba en una zona más amplia del bosque.
Zona que daba con la puerta este de la ciudad.
Lorem montó de nuevo y, por delante del ejército, siguió su marcha hasta Arvenmar.
Tres días después, llegando al muro, los guardias que resguardaban la puerta lo vieron e hicieron sonar los cuernos de guerra.
Una entrada de madera, más delgada de lo común, se abrió hacia arriba, dejando entrever en el interior de la ciudad un pasillo de casas pequeñas y grandes, comercios y demás construcciones.
En su centro se alzaba el castillo de la ciudad y, delante de él, manteniéndose cercano a la puerta, estaba Tharvek al frente de una columna de cinco cohortes de caballería y maquinaria.
El caballo de Lorem relinchó y movió la cabeza de arriba hacia abajo.
El comandante lo espoleó y emprendió la marcha, seguido por sus hombres.
Tharvek tenía ambas manos en las riendas de su montura y estaba cubierto por metal —excepto por la cabeza—; su armadura era plateada y reluciente.
El dragón rúnico de Valdyran brillaba con un esplendor morado.
Su capa era roja, con rebordes de esmeralda y amatista, y la torre pálida se mantenía centrada en la tela escarlata.
Los escoltas de sus hombres portaban lanzas desnudas, con puntas oscuras y madera clara.
Más al centro, los caballos estaban libres de ornamentos: solo correas y sillas de montar.
Los jinetes aguardaban con el rostro oculto detrás de los cascos, con las espadas desenvainadas y los mazos recién calados.
—General Lorem —saludó solemnemente Tharvek—. En Arvenmar gobierna la familia Valdyran. Tú y tus hombres ya no son bienvenidos aquí.
—Tharvek —Lorem trató de mostrarse ofensivo—. Ahora eres un traidor. El rey al que sirves está muerto, su apellido está extinto y su linaje está olvidado. Esta provincia drakariana sirve ante Drakareth y ante su rey: Surghen Dürhavel.
«Él no es el rey. Es un usurpador con delirios de grandeza», pensó Vaereth.
—¡El Usurpador no es rey! —dijo Tharvek—. Ni siquiera lo han coronado —se rio—. ¡¿Y se dice ser rey?!
—Un usurpador tampoco es señor de una ciudad —contestó Lorem, agarrando su espada—. ¡Yo soy el Señor de Arvenmar!
—¡Que le quede claro, general! En Arvenmar ya no ondea el dragón bicéfalo ni el dragón encadenado —amenazó Tharvek—. ¡Lárgate ahora que puedes!
El comandante soltó una risita.
—Tharvek —dijo con desdén—. Los perros no les dan órdenes a sus dueños. Si hace algo, ataca o lo que sea, responderemos —les dijo a sus hombres.
—¡Y por esa misma razón… el perro del usurpador Dürhavel no es bienvenido dentro de los muros de Arvenmar! —desenvainó la espada y ordenó lanzar la primera piedra, la cual impactó a un costado del carro de comida.
«Ahora sí estás muerto», se dijo el comandante. Ordenó el ataque de regreso. Los ingenieros cargaron una piedra en una catapulta y la dispararon. Cayó sobre un escorpión de la ciudad.
El caballo del comandante se encabritó y encabezó una salvaje embestida contra el ejército de Tharvek.
Éste hizo lo mismo. Los caballos chocaron entre sí y sus jinetes cayeron hacia distintos lados.
Lorem cayó debajo de otro caballo y un trozo de excremento cayó sobre su casco.
En esa caída, el comandante se dislocó el tobillo, por lo que se levantó con dificultad.
Encajó su mandoble en el pecho del animal, que soltó un relincho ahogado y áspero antes de caer inerte a los pies de Lorem.
El comandante se incorporó totalmente, con la vista fija en el traidor al mismo tiempo que decapitaba al jinete caído.
«Aquí todos son traidores... y todos merecen la muerte».
Se acercó lo más rápido posible, tratando de olvidarse del dolor que le provocaba el tobillo inflamado, pero Tharvek había desaparecido de su vista.
Otro soldado saltó por su izquierda y lanzó una estocada elevada.
Lorem la bloqueó con un golpe transversal, giró la espada y lanzó un segundo en diagonal desde arriba; fue con tanta fuerza que empujó la espada enemiga.
Acto seguido, arrojó un tercer golpe en dirección contraria, dirigido hacia los hombros.
El enemigo logró cubrirse, por poco, con el escudo.
Lorem aprovechó para soltar una nueva estocada hacia el pecho.
La espada atravesó sin resistencia. Un tercer traidor se avecinó por la retaguardia, silencioso.
Sin embargo, Lorem lo detectó. Con una energía renovada, se giró totalmente y le arrojó el cadáver del otro drakariano.
Los dos soldados cayeron en un espacio abierto y fueron aplastados por un caballo que iba al galope.
El comandante paseó la mirada, buscando a Tharvek.
No alcanzó a reaccionar ante otro soldado que fue arrastrado por el adoquín hasta su pie lastimado.
Lorem perdió el equilibrio. En el suelo, desenfundó un pequeño puñal de cristal negro y apuñaló al hombre en el pecho y axilas.
Cuando dejó de respirar, lo rodó para liberarse.
Se apoyó en su mandoble, agarró un escudo y tapó el golpe de otro oportunista que buscaba asesinarlo.
Se batió en un pequeño duelo de apenas tres golpes.
En el cuarto, trató de mantener el contacto, empujó al hombre y lanzó un corte derecho al pecho.
El hombre lo bloqueó. Lorem giró por su espalda y chocó espadas nuevamente.
Con una fuerza descomunal, movió las armas hacia el hombre.
Éste se zafó y le hizo un corte semiprofundo en el hombro.
El comandante giró lo más rápido posible, sin poder evitar el filo.
Aun así, agarró el brazo del hombre por la muñeca, se levantó y le rompió el codo.
Manteniéndose ahí, soltó un golpe en el rostro del hombre con el pomo de la espada.
La nariz tronó y se dobló. La sangre salió en canales lisos y brillantes.
Lorem aprovechó y atravesó por ambos costados al hombre, quien, en su último respiro, sacó líquido rojo por la boca.
Cuando por fin encontró algo de calma, nuevamente paseó la mirada buscando a Tharvek, pero lo que vio lo hizo entrar en cólera.
Vaereth estaba encima de Maeryn, quien tenía la espalda rota, y la apuñaló más de una decena de veces hasta matarla.
Lorem trató de correr, pero su pie se lo impedía.
Recordó fugazmente al general metódico que había rescatado a Surghen en el Altheryn.
Pero en Arvenmar no era el mismo. Usó una pila de cadáveres como plataforma para saltar sobre Vaereth.
Tiró un machetazo directo a la cabeza. El mariscal se cubrió con el escudo y lanzó al comandante por los aires.
La pierna izquierda —la misma del pie dislocado— acabó atravesada por una lanza rota.
No sintió dolor. Se levantó rápidamente, se apoyó en su espada, sacó la punta metálica y se la arrojó a Vaereth en el rostro.
«Hijo de puta. Tendrás una muerte dolorosa», se prometió.
El mariscal escondió su cabeza detrás del escudo y la lanza rebotó en la madera.
Sonrió y dejó caer el escudo. Peleaba mejor sin él.
Se enfrascaron en un combate de alta velocidad, dando vueltas en círculos.
Movían las espadas de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, sin ofrecer tregua ni descanso.
Lorem dio un mal golpe y dejó su cabeza desprotegida.
Vaereth aprovechó y lanzó un tajo en horizontal.
Lorem se agachó como pudo y rasgó parcialmente las piernas del mariscal.
No lo quería hacer sangrar… aún. Vaereth cayó sobre el comandante, sacó su puñal y atravesó el estómago de Lorem.
Éste, sin sentir cansancio, golpeó varias veces con fuerza el hígado del mariscal hasta hacerlo sangrar internamente.
Inmediatamente, Vaereth soltó las armas y se llevó las manos al cuerpo.
El dolor era insoportable, agudo y punzante.
No había sangre. No salía. Pero la hemorragia estaba.
No podía hacer nada para detenerla. Solo podía esperar su muerte.
***