CAPÍTULO 35. LAS LLAMAS DE ARVENMAR
Los barcos tocaron tierra con un sonido suave.
Extrañamente, Lorem se sentía como en casa al ver el bosque costero de Velmyria.
El aroma de la playa y el constante oleaje lo hacían sentir tranquilo.
«¿Por qué? La guerra continúa… y yo, aquí, soy invasor».
Los drakarianos habían arribado en una pequeña saliente en el este de Velmyria.
Evitaron encontrarse con el bloqueo velmyriano, que se mantenía vigilante.
La tarde era tranquila. El viento soplaba en suaves ráfagas, y las olas, de un pie de altura, golpeaban rítmicamente la arena endurecida y mojada.
Una neblina densa se congregaba en la playa, ocultando los barcos, mientras el último rayo del sol tocaba los interminables mares sureños.
Al respirar, Lorem sacaba vapor por la boca, al igual que el resto de sus hombres.
«El invierno se acerca». A veces, podía notar cómo la neblina se condensaba al contacto con la espuma que se levantaba por el choque contra los barcos.
El comandante notó las difusas luces de los faroles velmyrianos acercándose.
—¡Desembarquen y escóndanse! —ordenó.
Los soldados colgaron escaleras de mano desde las bordas de los barcos, y poco a poco fueron bajando hasta tierra.
La temperatura bajó más en cuanto las botas metálicas se hundieron en el agua turbia de la orilla.
Lorem dejó escapar un suspiro friolento; el vapor se metió por sus fosas nasales y sus ojos.
La nariz se le irritó y los ojos se le humedecieron. Dejó salir una lágrima.
El barco no avanzó más allá. «Está vigilando el resto de mis naves», pensó Lorem.
Caminó hasta la playa y ordenó sacar las máquinas de los barcos.
El crujido de las maderas sonó con fuerza, y al comandante le entró un nuevo escalofrío.
«Espero que no se alcance a escuchar». Los ingenieros, con ayuda de caballos, comenzaron a sacar carromatos, catapultas y escorpiones de los pisos inferiores.
Las grandes y pesadas ruedas chocaron y se hundieron en la arena.
Los caballos trataban de avanzar, relinchando por el esfuerzo.
—¡Traigan maderas! —ordenó.
Cuando levantó la mirada al cielo, alcanzó a notar dos cuervos que volaban hacia ellos, escondidos por la oscuridad creciente.
Los pájaros descendieron y se posaron en la proa.
Soltaron un áspero graznido. Tenían amarrados a las patas dos papeles enrollados con lino y sellados en cera, con el dragón encadenado como emblema.
Lorem desamarró los mensajes y ordenó a uno de sus hombres enjaular a los cuervos. Ahí mismo, sin esperar a una zona más oculta, tomó una vela de dentro de uno de los barcos, la encendió y abrió la primera carta.
Desde Kaer'Durnath hasta el Comandante Supremo Lorem Valtrakar:
Ha concluido el periodo de guerras civiles, incluyendo el asalto de Braveth a la ciudad capital. Nuevamente hay un poder centralizado en nuestra Madre Patria.
Como resultado, se ejecutó a la familia Valdyran por alta traición contra la Madre Patria, profanación del Castillo Magno e incitación a la revolución. Además de ello, se detuvieron más de un millar de sediciosos en la capital. Kaer'Durnath vuelve a ser segura.
Desde hoy, y para siempre, la verdadera Corona de Drakareth es la familia Dürhavel.
Firma Lord Kaelen Virelth General Supremo de las hostes drakarianas y miembro del Consejo de Guerra Imperial.
«He leído cosas innecesarias… y luego está esto —Lorem soltó una breve carcajada—. «¿De verdad ejecutaron a los Valdyran?» No esperaba aquella noticia. «Se ejecutó a la familia Valdyran», volvió a repetirse.
Se estaba distrayendo. Lorem vigiló el exterior del barco, se aseguró que la calma siguiera imperando y regresó al interior. Respiró profusamente y abrió el segundo papel.
Desde Kaer’Durnath hasta el Comandante Supremo Lorem Valtrakar.
Una nueva administración se ha ceñido, y ha arraigado sus raíces en Drakareth. Como medida de este nuevo orden, se ha implantado —por lo que entra en vigor inmediatamente— el Código Dürhaveliano: la ley absoluta que regirá en nuestra nación y en nuestra gente.
Esta nueva ley establece que toda persona —noble o plebeyo, marginado o señor, mugriento o militar— deberá proclamar una completa lealtad hacia el Rey.
Todo acto en contra de este Código será catalogado como alta traición y será castigado con la pena máxima.
La voluntad del Rey es la ley, y la ley es completa e incuestionable.
Aquel que desafíe al Rey será traidor… y será ejecutado.
En esta nación ya no hay lugar para hombres débiles, para linajes caducos o para sediciosos estúpidos. Desde hoy y hasta el final de la historia, todo mensaje, acto o palabra deberá tener el sello del Dragón Encadenado. Aquel que no lo lleve será traidor y será ejecutado.
Firma Surghen Dürhavel. Emperador de Drakareth.
Aquel papel sí tomó por sorpresa al comandante.
Por un breve momento, agradeció no estar en la capital.
Habían pasado demasiadas cosas… tantas en qué pensar.
«Con los Valdyran bajo tierra y esta nueva ley promulgada, ya no hay razón para oponerse al régimen».
Un leve escozor en el pecho lo sacudió. Se llevó una mano al corazón y se agazapó contra la pared.
Durante un instante le costó tragar saliva, y sintió la necesidad de llorar la muerte de los antiguos reyes.
La ejecución de los monarcas, junto con la promulgación del nuevo código, le demostró que Surghen gobernaría con la punta de la espada.
«No le interesará quién sea. Si soy yo, su Consejo o su familia…
si alguien incumple esta ley, será Surghen quien lo mate».
Aquello lo aterró, pero comprendió que, incluso en Arvenmar, ya no habría espacio para traidores. Él también acataría esa nueva ley.
Cuando el ejército terminó de desembarcar, el comandante decidió que comenzarían el avance a Arvenmar por la mañana, con luz del sol.
Por aquella noche, ordenó que montaran un campamento en la linde del bosque, lejos de la visibilidad de Vel’Anareth, pero cercanos a Arvenmar.
«Esta guerra ya llegó demasiado lejos», pensó Lorem, reflexionando sobre lo que acababa de leer.
Con ese pensamiento en la cabeza, se durmió.
A la mañana siguiente, el sol iluminaba el campamento.
Lorem bostezó y se estiró. La cabeza comenzó a darle vueltas.
No se esperó a desayunar con el resto de los hombres.
Al levantarse, se vistió con su armadura, la cual tenía al dragón encadenado en la pechera.
Estaba algo distraído y con sueño, pero no lo suficiente como para caer rendido.
Solamente requirió salir hasta la playa y remojarse la cara.
Metió las manos en el mar y se salpicó unas pocas gotas en el rostro.
El día estaba despejado. No había nubes, ni viento, ni niebla, ni frío.
Solamente estaba él en la playa. Cuando alzó la vista y observó la lejanía sureña, notó una anomalía: uno de los barcos velmyrianos estaba anclado en su vista.
Varios botes centinelas, sin velas, daban vueltas alrededor de éste, excepto por uno, el cual se mantenía quieto.
«Nos están observando. Hay que movernos ya».
Ya habían pasado tres días cuando alcanzaron el interior del bosque.
Era un avance lento: el bosque costero era frondoso y no tenía senderos para acelerar el paso.
La ruta que Lorem eligió era un pequeño rodeo hacia la costa, tratando de evitar cualquier patrulla velmyriana, pero también se adentraba hacia el corazón del bosque, escondiéndose del bloqueo del sur.
La cercanía del agua con los árboles y lo pantanoso del suelo convertían ese tramo del bosque en un extraño manglar. Las botas se hundían en una pulgada de tierra húmeda, se atoraban en las ramas imperceptibles y se volvían más pesadas por el lodo que se adhería a ellas.
Aquello ralentizó totalmente el avance de los carros y caballos.
El comandante desmontó y guió a su montura hacia el interior del bosque.
«Es mejor esto —se trató de convencer— que regresar a la playa y que nos vean».
Solamente unos pocos soldados lo siguieron; los carros se quedaron quietos y Lorem perdió toda la paciencia.
No iba a desperdiciar el filo de su espada tratando de crear el tan necesario sendero.
Amarró a su caballo en una rama baja y regresó hasta los carros por un hacha.
Ordenó que, aquellos que supieran manejarla, comenzaran a abrir camino.
—Así tengamos que tirar este bosque —les dijo.
Mientras tanto, el resto del ejército sacó los carros hasta la playa para que siguieran el trayecto, al tiempo que Maeryn, junto con un grupo pequeño de exploradores, cabalgó hasta la base del muro.
Cuando alzó la vista, lo primero que vio fue la bandera con la torre pálida de los Durnhal.
Por debajo de esta, ondeaba también el dragón rúnico de los Valdyran.
—Tharvek es hombre muerto —condenó Lorem. Había detenido a su ejército al caer la tarde. Él, junto con su consejo, se encerró en un carro cargado con comida. —Tharvek nos traicionó, y ahora, traicionó también a la Madre Patria.
—¿Cómo estás tan seguro? —Erelan había sido el único que no vio las banderas.
—Ha osado colgar la bandera de la familia Valdyran —el rostro del comandante se había enrojecido—. Ese acto es traición. Ni el más imbécil haría eso.
Erelan asintió, con su duda satisfecha.
—Tharvek nos ha complicado las cosas —añadió Lorem—. Tenemos que conquistar nuevamente la ciudad.
—Si hacemos eso, ¿qué haremos con Tharvek? —preguntó Vaereth.
—Ejecutarlo —la voz del comandante sonaba fría y vacía—. El Código nos exige ejecutarlo por alta traición.
—No podemos… no sé… ¿encarcelarlo?
—No —le espetó—. No quiero gastar dinero en andar cuidando a un criminal. Al encarcelarlo, tendríamos que establecer guardias en su celda, y más hombres estarían cuidando las calles, en lugar de vigilar y preparar defensas.