CAPÍTULO 34. LAS CENIZAS DE LO
OLVIDADO
La biblioteca estaba iluminada por un candelabro de quince velas dispuestas en un enredado de estrellas; eran nuevas y ardían con una tranquilidad solemne.
La estancia, amplia y silenciosa, estaba construida en su mayor parte por basalto, mientras que los muebles habían sido restaurados por el Rey con roble y piedra de Thyr, importada desde Tharwen.
En los bordillos, decoraciones metálicas reflejaban la luz con un brillo apagado.
La puerta seguía siendo de madera oscura, pesada y firme.
Las estanterías rebosaban de libros, papeles y textos demacrados y desordenados, casi todos recientes y escritos desde la mirada drakariana.
Solo unos pocos documentos habían sobrevivido desde el Primer Alzamiento.
Durante aquellos días, Surghen había encontrado en la lectura un pasatiempo obsesivo.
Tras la extinción y encarcelamiento de los grupos sediciosos, la Guardia Capitalina y el Rey habían alcanzado la paz que tanto hacía falta.
Surghen divagaba constantemente, soñando con su regreso a las ruinas de Vaer-Morrak.
Desde aquella vez, hace un año, cuando las recorrió por primera vez, había sentido una curiosidad ardiente por volver. «La recorreré… hasta el último rincón».
El papel que a Surghen especialmente le llamaba la atención era aquel que el tal Dürhavel escribió.
Le seguía intrigando que su apellido apareciera en un texto tan antiguo, el más antiguo que había tenido en sus manos.
Surghen regresó al presente y se levantó de la silla con un atisbo de hartazgo.
Para el Rey, todo aquello relacionado con dragones, elfos y demás criaturas mitológicas eran simples palabras, sin posibilidad alguna de que fueran reales.
Sin embargo, a medida que leía más y más los papeles, más veces soñaba con dragones.
Recordó la visión que tuvo hacía muchos meses.
Se veía a él y a Naeryn, embarazada, volando sobre un gran dragón negro, cuyas alas se extendían hasta donde la vista alcanzaba.
Las nubes pasaban, monótonas, por debajo de ellos, como una sábana blanca, y el sol les ofrecía luz y protección.
«Un dragón sería lo que necesito —pensó con amargura—.
La guerra se facilitaría, y Fyrtim y Velmyria tendrían que doblar la rodilla».
Surghen parpadeó unas cuantas veces y regresó a su presente, en la biblioteca.
«Esto es ridículo». Se sintió como un niño pequeño, soñando con respuestas mágicas y fantasiosas.
Caminó hasta una ventana; desde ahí se alcanzaba a ver el pequeño jardín que se escondía detrás del Castillo Magno.
Logró ver a Naeryn, abrazando su vientre, mientras Nelysia la acompañaba.
Surghen comenzó a divagar de nuevo. En su mente siguió repasando esos papeles.
«¿Qué significa eso? ¿Quién fue Dürhavel?
». Se había percatado de que todos los textos, sin excepción, hacían referencia a un solo humano: Dürhavel.
Un pensamiento agresivo, como cuchillo punzante, atravesó su mente y le hizo recordar la frase en idioma extraño que estaba grabada también en su espada.
«¿Qué podría significar eso? Debió ser algo muy importante para que se hubiera repetido tanto».
Se terminó rindiendo. Antes de salir, apagó las velas del candelabro. No obstante, aquella frase seguía repitiéndose en su mente, sin poder quitársela de la cabeza: «Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen., ¿qué puede significar eso».
Sus pensamientos estaban desordenados e inquietos.
Se detuvo en seco en medio del pasillo, con la mirada fija en un retoño de malva real.
Sentía que algo de gran importancia se le estaba olvidando.
Esa sensación lo obligó a regresar a la biblioteca.
En la chimenea, las brasas estaban a medio encender, todavía calientes.
Les dio unos soplidos y el fuego apareció.
La rellenó con más leña y tomó una pequeña astilla para encender las velas.
Sobre la mesa extendió los cuatro papeles que había sacado de las ruinas y los volvió a leer, uno por uno, hasta el cansancio, buscando algo que satisficiera el vacío que le carcomía la mente.
—Pero ya no importa. He encontrado algo que siempre he buscado: la inmortalidad.
Los elfos y dragones han confiado en mí…
y me la han concedido —murmuró para sus adentros mientras leía.
Levantó lentamente la cabeza y se quedó viendo, por un rato, las llamas de la chimenea.
«¿Será posible conseguir la inmortalidad?
». Ese pensamiento se arraigó y lo acompañó durante todo el mes.
Por un momento, nada más le interesó: ni la guerra, ni las lealtades, ni su propia boda.
Había encontrado aquello que necesitaba con urgencia ese día. «Regresaré a esas ruinas».
Tiempo después, por la mañana, se vistió con un jubón tinto de lino y un pequeño chaleco de cuero negro; se colocó el cinturón, decorado con diamantes, y se colgó la espada en él.
Abrió los cortinajes de la ventana y dejó entrar el aire frío.
En el horizonte ya se alcanzaba a ver un tenue brillo anaranjado.
Bajó las escaleras hasta la sala de audiencias, donde el Consejo ya lo esperaba.
Exactamente nadie sabía por qué se había convocado aquella reunión.
Solo Kaelen. Surghen se sentó en la cabecera de la mesa, donde estaba el mapa, y esperó.
—Llegó un informe —Kaelen se levantó y desenrolló un papel platinado—. Una flota velmyriana, cuando menos tres barcos grandes, salió de Port Velyr y se adentró en el Lysarneth. Los hombres del bloqueo mencionaron que no hubo enfrentamiento; tal parece que no se toparon con ella.
—¿Era necesario que salieran de Port Velyr? —ironizó Raghor—. Si arribaran en el país, no habría nada a la redonda.
—Está Selgor —contestó Vaelric—. Es lógico que hayan salido de ahí; Port Velyr es el puerto por excelencia. Lo que no se explica es por qué querrían tomar Selgor.
—No he terminado —interrumpió Kaelen—. Llegó una nueva carta de la frontera fyrtana. Tharion nos informó que en Brelwaith se está formando un nuevo ejército. Sus expediciones de patrullaje sugieren que puede ser para sitiar Tharwen y recuperar su puerto.
—De acuerdo. Entonces tenemos una supuesta invasión velmyriana por el sur, mientras que la frontera está siendo amenazada por una incursión fyrtana —resumió Surghen.
El general asintió. «Vaer-Morrak tendrá que esperar», pensó Surghen. Debía concluir la guerra antes.
—Bueno, ¿y qué hacemos? —preguntó Neryss.
—¿Dónde está el comandante supremo? —preguntó Surghen.
—Mis informes dicen que ya salió del Karneth —respondió Selthar—. Calculo que ya debería estar llegando a Arvenmar.
—Vel’Anareth está desprotegida —dijo el Rey—. Envíen un mensaje a Lorem: que tome la ciudad y queme el puerto. Con el contingente que se llevó será suficiente.
—Momento —interrumpió Vaelric—. ¿Cómo están tan seguros de que los velmyrianos nos están invadiendo?
—Si salieron de Port Velyr, no fue para proteger su territorio —Kaelen lo dijo con tono burlesco.
Vaelric lo miró de manera despectiva, mas no dijo nada.
—Muy seguramente los velmyrianos se enteraron de nuestro “pequeño” problema —añadió Surghen—. Estoy seguro de que se están aprovechando de eso para tomar ciudades sin mucha dificultad.
—Bien, ¿y qué hacemos? —repitió Neryss.
—De momento, nada —contestó el Rey—. Debemos aclarar nuestras prioridades, y eso es la frontera fyrtana.
—Está cometiendo el mismo error que su predecesor, Alteza —Raghor estaba meneando la cabeza con desaprobación.
—Lo que tenemos que hacer es dar un golpe lo suficientemente fuerte en el grueso de nuestro enemigo —siguió Surghen, sin darle mucha importancia a la advertencia del general—. Hay que crear una fisura en Fyrtim, una que logre hacer retumbar la tierra.
El Consejo se mostró intrigado por esa idea. Pero todos ya tenían la misma sospecha: la conquista de Brelwaith.
—Si aislamos a la Ciudad del Hierro, conquistando Brelwaith, tanto el Altheryn como Tharûl-Bel sobrevivirán. De este modo, lograremos mantener quieto al general Caerlan. Aelwîn estaría amenazada por tres frentes.
—¿Por qué no atacamos Aelwîn directamente? —cuestionó Selthar—. Tenemos los recursos suficientes.
—Sí —admitió Surghen—. Pero no tendremos defensa en caso de un ataque. Si conquistamos Aelwîn directamente, los velmyrianos tendrán paso libre por el Karneth hasta acá.
»Le ordenaré al Maestro Racional que aumente la recaudación de ingresos. Los impuestos subirán a dos cobras de plata.
Había rastros de confusión en los rostros del Consejo. No todos estaban muy convencidos de que la campaña de Brelwaith fuera lo óptimo en la guerra. «Si no quiere conquistar Aelwîn, puede marchar contra Osthelar, ¿por qué complicarse con Brelwaith?», pensó Selthar, frotándose la barbilla.
Surghen notó que la mirada de su capitán estaba fija en Osthelar.
—No ordenaré la marcha contra Osthelar por una simple razón: Eärvendil está ahí —la voz de Surghen despertó a Selthar de su trance—. Supongamos que conquistamos Osthelar. No tendremos suficientes hombres para defendernos de la capital y de Aelwîn al mismo tiempo.
—Brelwaith está en la misma situación —dijo Selthar.
—No. El castellano de Elvarthir es un cobarde. No saldrá de sus muros.
Selthar no contestó. Aquellas palabras de Surghen convencieron a Kaelen y a Neryss, aunque no mostraron su optimismo.
La comandante se levantó y llamó a una sirvienta, quien trajo varios jarrones con vino especiado combinado con ron, y copas suficientes para los presentes.
Rápidamente, salieron otras dos sirvientas y ayudaron a repartir los vinos entre el Consejo.
—¿Por qué el desinterés en el sur? —Vaelric dio un trago al vino. Quería resolver esa duda—. No sabemos nada de esa flota, ni cuántos barcos son, ni tampoco si llevan hombres suficientes para conquistar también Velgorad.
—Velgorad no queda en su camino —dijo Selthar, con una risa imperceptible.
—Si logran conquistar Selgor y quedan con suficientes hombres, ten por seguro que marcharán contra Velgorad. Es la ciudad más cercana.
—¡Eso no pasará!
—Una vez que controlen el sur, por obviedad ganarán un frente más amplio y nos darán más problemas para recuperar territorio —siguió Vaelric.
—Es improbable —dijo Surghen, dando un trago grande a su copa—. Para que pudieran disuadir al bloqueo, debió haber sido una flota pequeña, ligera y maniobrable. Por lo tanto, solo tendrán hombres para Selgor.
»Ahora, cuando nosotros tomemos Brelwaith, también controlaremos las rutas militares y de comercio. Les cortaremos el paso hacia las ciudades importantes de Fyrtim, y poco a poco se quedarán sin tropas y sin comida, pues esa comida será para nosotros.
Vaelric asintió, pero aún con muchas dudas.
Presentía que Surghen estaba cometiendo un grave error, uno que posiblemente le costase el trono.
«Morir en esta guerra, sin tener heredero…
—pensó el comandante de la Guardia—. Lo único que logrará será una nueva guerra civil.
Una más cruenta». Por un momento, vio a sus compañeros con celos y con odio.
Surghen se levantó. La mañana ya era bastante avanzada, y no había desayunado. Estaba harto de los temas de la guerra.
«Inmaduros… ¿por qué me necesitan? —pensó con amargura—. Tienen el poder para continuar y culminar la guerra». Él sabía que el conflicto debía continuar. Era la única forma en que Drakareth podría sobrevivir.
Al no tener respuesta, Surghen se retiró de la sala, dando por concluida aquella audiencia.
Los demás se quedaron un tiempo extra. Seguían debatiendo sobre las predicciones del Rey.
Tenían opiniones divididas: algunos querían atacar Port Velyr de una vez; otros decían que era mejor marchar contra Brelwaith; y Selthar argumentaba que lo mejor era conquistar Osthelar.
Pero todos concordaban en algo: la guerra duraría, por lo menos, dos años más…
e incluso podría extenderse más tiempo del que pensaban.
Uno a uno, el Consejo se fue retirando de la sala. Cada miembro salió del castillo y regresó a su trabajo.
El Rey se internó nuevamente en su biblioteca y abrió un papel con un mapa.
Las dudas de Vaelric lo obligaron a repasar aquel tema.
Se quedó observando el sur de Drakareth, tratando de deducir algún riesgo adicional que la invasión velmyriana pudiese implicar.
Quería convencerse de que adentrarse nuevamente en tierras fyrtanas era lo mejor para continuar la guerra, pero no podía descartar que el miedo del comandante estuviese fundamentado.
Observaba una y otra vez las ciudades fyrtanas y velmyrianas.
«¿Cuál es más probable que pase?», se preguntaba constantemente.
Nuevamente, Surghen comenzó a divagar en sus pensamientos.
Soñaba despierto. Imaginó infinidad de cosas, infinidad de situaciones que pudiesen resultar de la invasión.
Se imaginó a él en la batalla, navegando nuevamente hacia el sur.
Hacia las ruinas. En ese sueño vio un bloqueo velmyriano.
Grandes banderas con el tridente plateado ondeaban en lo alto de Velgorad y Selgor.
No tuvo tiempo para situarse de nuevo: estaba ardiendo entre llamas negras. Debajo del agua.
Surghen parpadeó varias veces con fuerza y regresó a su presente.
Se talló los ojos y se levantó de su asiento.
Ahora comprendía aquello que Vaelric temía, aunque no por las mismas razones.
«Qué imbécil —se dio una cachetada—. Claro.
Si conquistan el sur, no podré ir a las ruinas —rio irónicamente antes de volver a sentarse—.
Serán ambos frentes entonces. Los dos al mismo tiempo», dijo Surghen, viendo el mapa.
Temiendo que perdiese su oportunidad de vivir para siempre.