CAPÍTULO 33. EL JUICIO DEL FUEGO #2
Llegó hasta la última celda, la única con la puerta abierta.
Argon Valdyran yacía de rodillas, con los brazos extendidos y las manos atadas a dos cadenas atornilladas al techo.
Estaba sin camisa, con cortes y hematomas por todo el torso.
Su rostro estaba deformado: una herida abierta en la frente, un ojo hinchado, un pómulo reventado.
La sangre le corría por los poros, y ya había perdido varios dientes.
Vaelric lo golpeó de nuevo, y otro soldado lo flageló con un látigo espinoso.
Argon sonrió, giró el rostro hacia Nelysia y la miró fijamente.
Ella se detuvo en seco, con el pulso acelerado, pero no retrocedió.
—Su Alteza ordenó sacar al prisionero y llevarlo a la Plaza Blanca —tartamudeó Nelysia.
—Apenas que me estaba divirtiendo —respondió uno de los soldados entre risas. Vaelric también rio.
Los hombres retiraron las armas que rodeaban al príncipe, desataron sus piernas y le colocaron nuevos grilletes.
Sacaron un puñal y le hicieron tres cortes limpios: uno en la mano, otro en el codo y el último en la axila.
Luego desataron sus manos solo para volver a esposarlas, esta vez con grilletes más apretados.
Lo levantaron a la fuerza y comenzaron la marcha.
Argon apenas podía sostenerse. El comandante y su soldado lo empujaban constantemente, golpeándolo en la cabeza cada vez que tropezaba.
Las lágrimas corrían silenciosas por sus mejillas ensangrentadas, mientras la sangre de los nuevos cortes se mezclaba con la de las heridas antiguas. Nadie dijo nada más.
Al salir del Kharthûr y comenzar a caminar hacia la Plaza Blanca, Argon sintió un dolor en sus pies descalzos.
Con cada paso, el dolor se intensificaba: los adoquines, los insectos, las astillas invisibles del suelo.
Todo le hería. La marcha fue lenta, interminable.
Una hora después, el príncipe avistó la fuente de la plaza.
«Aquí terminó mi vida… y no pude cambiar el destino de mi patria», se dijo entre sollozos.
Vaelric lo condujo hasta la parte trasera del patíbulo, donde ya lo esperaban los antiguos reyes, esposados, y los hombres de Selthar, que, al verlo llegar, se echaron a reír.
Irlendir Maelvorn comenzó a tocar el arpa.
Una melodía solemne, compuesta tras la guerra civil, se elevó sobre la plaza.
Nobles y plebeyos aplaudieron con fuerza, y el estruendo de las palmas ensordeció al príncipe.
En el cielo, las estrellas se agruparon y abrazaron a una nube solitaria, que cubrió a Argon con su tenue luz.
Los cascos de dos caballos resonaron sobre la piedra.
Surghen y el patriarca Vekhar Sul’Zareth atravesaron el pasillo de flores, rodearon la fuente y desmontaron detrás del patíbulo.
Nelysia tomó las riendas del caballo del Rey y lo amarró a un poste cercano.
—Mírate, Argon. Qué distinto te ves del joven que solías ser —dijo Surghen con una sonrisa irónica. Argon alzó la cabeza, furioso, y le escupió sangre al rostro. El rey no hizo más que reír—. Tranquilo, hermano. Hoy tienes el mejor asiento del evento.
El arpa del trovador sonó con más fuerza y dio inicio al evento con su canción.
En columnas viejas de piedra y dolor, cayeron los reyes sin cetro ni honor, las cadenas crujieron al alba sin luz, y el fuego dictó que su sangre es la cruz.
El trono olvidó su estirpe y su piel, las coronas rodaron al rojo burdel, ni madre ni padre, ni el hijo quedó, bajo el peso encendido que el tirano forjó.
Sus nombres se hundieron en tierra sin voz, las sombras los cubren sin piedad ni perdón, el dragón encadenado su estirpe quebró, y el viento en Kaer'Durnath su luto cantó.
Así mueren linajes que a los débiles criaron, cuando el hierro y la llama su juicio dictó, no quedan estatuas, ni rezos, ni altar, solo el eco de un reino que no volverá.
Surghen subió al patíbulo y paseó la mirada por el público.
Más que observarlos, escaneaba los alrededores en busca de algún arquero despistado que intentara frustrar la ejecución.
Detrás de él, Kaelen disparó una bengala de humo verde, que fue replicada por los soldados apostados en los bordes de la plaza.
El humo se elevó en grandes columnas de más de cincuenta yardas de altura, cercando el juicio en un anillo esmeralda que alcanzaba el sol.
—¡Hoy comienza una nueva era en la Madre Patria Drakareth! —proclamó Surghen a todo pulmón, dirigiéndose a todos—. ¡Hoy se termina lo que, durante cuarenta años, pudrió esta nación y detuvo su potencial como el mayor país de la tierra!
Se escucharon algunos aplausos. El sonido fue reforzado por la balada que Irlendir Maelvorn cantaba desde el estrado.
El patriarca subió junto al Rey. Vestía varias túnicas blancas con bordes de oro, y el dragón encadenado bordado en el pecho con filigrana de sangrezafiro. Tenía las manos enguantadas, y sobre ellas llevaba una manta ceremonial con el blasón de Surghen. Irlendir calló junto con el público.
—¡Gran dios Vark! —exclamó Vekhar Sul’Zareth—. ¡Tu tierra y tu centro han sido profanados por traidores! ¡Hoy, esos traidores pagarán su penitencia! ¡Envíalos a sufrir!
Levantó la manta al cielo, cerró los ojos y guardó silencio. Luego, con solemnidad, la postró sobre el banco de la guillotina.
—¡Hoy muere un linaje! —añadió Surghen—. ¡Un linaje de traidores! Tyrnium Valdyran y su familia ya han cantado la Canción del Último Día y, ahora, es momento de darles silencio eterno.
Subieron a los tres prisioneros al estrado y los colocaron detrás de la guillotina.
La familia observaba la cuchilla del artefacto y la madera del patíbulo.
No veían a los espectadores. No eran capaces.
Los guardias de Vaelric jalaron a la reina hasta la cuchilla y le hicieron un corte en la mano. Surghen tomó la manivela.
—Reina Seraphyne —dijo—. ¿Cuáles son sus últimas palabras?
—Que los dioses juzguen a los hombres. La Corona nunca debió mancharse con la sangre de un huérfano plebeyo. Algún día, las llamas caerán... Surghen Dürhavel —la voz de la reina era firme, pero mostraba decepción.
Los soldados la jalaron y la acostaron sobre el banco, aseguraron su cuello en el arco de madera, le pusieron una mordaza y vendaron sus ojos.
Surghen tiró de la palanca. La cabeza de Seraphyne Valdyran rodó por la madera y cayó al adoquín de la plaza.
Una lágrima salió, silenciosa, por el rostro de Argon.
Cada vez le costaba más trabajo tragar saliva.
Tenía la voz quebrada. La Guardia Capitalina quitó las banderas del dragón encadenado.
Una corriente de aire sopló con un silbido crepitante, como si fuera el último aliento de la fallecida reina.
Los guardias arrastraron a Tyrnium, quien no opuso resistencia alguna. No se movía. Articulaba palabras en voz baja, pero no las conectaba. Reposicionaron la cuchilla y le hicieron el corte ritual.
—Rey Tyrnium —dijo Surghen—. ¿Cuáles son sus últimas palabras?
El antiguo rey seguía balbuceando sin sentido.
Tenía la mirada perdida y los ojos dilatados.
Movía la cabeza toscamente y apuntaba su mirada hacia los espectadores.
La multitud seguía sin escuchar nada. Surghen no le dio más tiempo.
Lo acostaron con la misma violencia. Le colocaron la venda y la mordaza.
Surghen tiró de la manivela. La cuchilla cayó.
La cabeza del antiguo rey rodó hasta los pies del monarca, quien la pateó hacia el suelo.
Por último, jalaron a Argon hasta el encuentro con Surghen. Los soldados posicionaron nuevamente la cuchilla y repitieron el proceso. Ese fue el último día de Argon. El último portador del apellido Valdyran.
—Príncipe Argon —dijo Surghen, sonriente—. ¿Cuáles son sus últimas palabras?
—Drakareth ha muerto —condenó el príncipe, tragando saliva—. Tu linaje y el apellido Dürhavel han podrido a la Madre Patria. Y tú, Comandante, has generado una mancha sobre un nombre. Una mancha imborrable. El país está muerto… y tú lo mataste.
«...Mi apellido ya no sirve, está manchado con una mancha que ya no se puede limpiar...» Surghen recordó los textos de las ruinas. Era cierto: su nombre tenía una marca imborrable. Pero eso no le impediría borrar otro.
Los soldados jalaron a Argon y lo acostaron. Aseguraron su cuello, manos y piernas. Surghen ordenó que no lo amordazaran ni lo cegaran.
—La muchedumbre será lo último que verá —dijo.
En ese momento, el príncipe se arrepintió. Recordó fugazmente la vida que tenía antes de la guerra, cuando había paz en su casa y en su nación. Cuando Surghen Dürhavel era su hermano. Argon no lo soportó y comenzó a llorar, buscando el perdón de su hermano en sus recuerdos.
—Aquí terminó tu vida, Argon —le susurró Surghen—. Y no pudiste cambiar el destino de tu patria.
Surghen jaló la palanca.
No hubo ningún aplauso. No hubo nada. La gente permaneció en el recinto unos minutos, hasta que comenzó a retirarse lentamente. La plaza se vació. Las banderas del dragón encadenado y el cisne negro ondearon una vez más en lo más alto de la capital.
«Drakareth por fin es mía», pensó el Rey.